(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "La Espuma"

i 



LA ESPUMA 



NOVELAS DE ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Pesetas 



El Señorito Octavio. — Un tomo. ... 3 

Marta y María. — Un tomo 3 

El Idilio de un Enfermo. — Un tomo.. . 4 
Aouas fuertes ( novelas y cuadros ) . — Un 

tomo 3 

José. — Un tomo 3' 50 

Eiverita. — Dos tomos 6 

Maximina. — Dos tomos 6 

El Cuarto Poder. — Dos tomos 6 

La Hermana San Sulpicio. — Dos tomos. . 6 



HENRICH Y Cl± EN COMANDITA - EDITORES 
Sucesores de N. Ramírez y Cli 



ARMANDO PALACIO YALDÉS 



LA ESPUMA 

NOVELA 

DE COSTUMBRES CONTEMPORÁNEAS 



ILUSTRACIÓN DE 

M. ALCÁZAR y JOSÉ CUCHY 



Tomo I 




BARCELONA — 1890 
Imprenta de Henrich y Comp 1 ^ en comandita 

Sucesores de N. Ramírez y Comp'* 

Pasaje de Escudillers, núm. 4. 



Es PROPIEDAD DE LOS EDITORES 




I 



PRESENTACIÓN DE LA FARÁNDULA 



A las tres de la tarde el sol enfilaba todavía sus 
rayos por la calle de Serrano bañándola casi toda 
de viva y rojiza luz, que hería la vista de los que 
bajaban por la acera de la izquierda más poblada 
de casas. Mas como el frío era intenso, los transeún- 
tes no se apresuraban á pasar á la acera contraria 
en busca de los espacios sombreados: preferían re- 
cibir de lleno en el rostro los dardos solares, que al 
fin, si molestaban, también calentaban. A paso lento 
y menudo, con el manguito de rica piel de nutria 
puesto delante de los ojos á guisa de pantalla, 



6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



bajaba á tal hora y por tal calle una señora elegan- 
temente vestida, dejando tras sí una estela perfu- 
mada que los tenderos plantados á la puerta de sus 
comercios aspiraban con delicia, siguiendo extasia- 
dos con la vista el foco de donde partían tan gratos 
efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la más 
grande y hermosa de Madrid, tiene un carácter 
marcadamente provincial; poco tráfago, tiendas sin 
lujo y destinadas en su mayoría á la venta de los 
artículos de primera necesidad, los niños jugando 
delante de las casas , las porteras sentadas formando 
corrillos, departiendo en voz alta con los ociosos 
mancebos de las carnicerías , pescaderías y ultra- 
marinos. Así que, no era fácil que la gentilísima 
dama pasara inadvertida como en las calles del cen- 
tro: las miradas de los que cruzaban como de los 
que se estaban quietos posábanse con complacencia 
en ella; se hacían comentarios sobre los primores de 
su traje por las comadres, y se decían chistes espan- 
tosos por los nauseabundos mancebos, que hacían 
prorrumpir en rugidos de gozo bárbaro á sus com- 
pañeros. Uno de los más salvajes y pringosos vertió 
en su oído, al cruzar, una de esas brutalidades que 
enrojecería súbito el cutis terso de una miss in- 
glesa y le haría llamar al policeman y hasta quizá 
pedir una indemnización. Pero nuestra valiente 
española, curada de melindres, no pestañeó siquiera, 
y con el mismo paso menudo y vacilante de quien 
pisa pocas veces el polvo de la calle, continuó su 
carrera triunfal. Porque lo era á no dudarlo. Nadie 
podía mirarla sin sentirse poseído de admiración, 
más aún que por su lujoso arreo, por la belleza severa 



LA ESPUMA 



7 



de su rostro y la gallardía de la figura. Llegaría 
bien á los treinta y cinco años. El tipo de su rostro 
era extremadamente original: la tez morena bron- 
ceada, los ojos azules, los cabellos de un rubio ceni- 
ciento. Pocas veces se ve tan extraña mezcla de 
razas opuestas en un semblante: si á alguna se 
inclinaba era á la italiana, donde tal que otra, sue- 
len aparecer esta clase de figuras que semejan ladies 
inglesas cocidas por el sol de Ñapóles. En ciertos 
cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea 
de la de nuestra dama. 

La expresión predominante de su rostro en aquel 
momento era la de un orgulloso desdén, á lo cual 
contribuía quizá la luz del sol, que le obligaba á 
fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confe- 
sarlo, en aquel rostro no había dulzura: debajo de 
sus líneas correctas y firmes se adivinaba un espí- 
ritu altivo, sin ternura: aquellos ojos azules no eran 
los serenos y límpidos que sirven de complemento 
adorable á ciertas fisonomías virginales que pueden 
admirarse alguna vez en nuestro país y más á me- 
nudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin 
duda , para expresar un tropel de vivas y violentas 
pasiones, entre las cuales quizá alguna vez le tocara 
su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca 
al humilde y mudo que se resigna á morir ignorado. 
Llevaba en la cabeza un sombrero apuntado, de 
color rojo, con un pequeño y claro velo, rojo tam- 
bién, que le llegaba solamente hasta los labios. Los 
reflejos de este velo contribuían á dar al rostro el 
matiz extraño que impresionaba á los que á su lado 
cruzaban. Vestía un rico abrigo de pieles, con traje 



8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de seda del color del sombrero, cubierta la falda 
por otra de tul ó granadina, que era por entonces la 
última moda. 

Llevaba , como liemos dicho , el manguito levan- 
tado á la altura de 
los ojos, y éstos po- 
sados en el suelo, 
como quien nada 
tiene que ver ni 
partir con lo que á 
su alrededor acae- 
ce. Por eso, hasta 
llegar á la calle de 
Jorge Juan, no ad- 
virtió la presencia 
de un joven que 
desde la acera con- 
traria y caminando 
á la par con ella la 
miraba con más ad- 
miración aún que 
curiosidad. Al lle- 
gar aquí , sin saber 
por qué, levantó la 
cabeza y sus ojos 
se encontraron con 
los de su admira- 
dor. Un movimien- 
to bien perceptible 
de disgusto siguió á tal encuentro; la frente de la 
dama se frunció con más severidad y se acentuó 
la altiva expresión de sus ojos. Apretó un poco el 




LA ESPUMA 



9 



paso, y al llegar á la calle de Villanueva se detuvo 
y miró hacia atrás, con objeto sin duda de ver si 
llegaba un tranvía. El mancebo no se atrevió á 
hacer lo mismo y siguió su camino, no sin diri- 
girla vivas y codiciosas ojeadas, á las que la gentil 
señora no se dignó corresponder. Llegó al fin el 
coche, montó en él dejando ver, al hacerlo, un pri- 
moroso pie calzado con botina de tafilete , y fué á 
sentarse en el rincón del fondo. Como si se contem- 
plase segura y libre de miradas indiscretas, sus 
ojos se fueron serenando poco á poco y se posaron 
con indiferencia en las pocas personas que en el 
carruaje había; mas no desapareció del todo la som- 
bra de preocupación esparcida por su rostro, ni el 
gesto de desdén que hacía imponente su hermosura. 

El juvenil admirador no había renunciado á per- 
derla de vista. Siguió, cierto, por la calle de Villa- 
nueva abajo; mas en cuanto vió cruzar el tranvía se 
agarró bonitamente á él y subió sin ser advertido. 
Y procurando que la dama no echase de ver su 
presencia , ocultándose detrás de otra persona que 
había de pie en la plataforma , se puso con disimulo 
á contemplarla con un entusiasmo que haría son- 
reír á cualquiera. Porque era grande la diferencia 
de edad que había entre ambos. Nuestro muchacho 
aparentaba unos diez y ocho años; su rostro im- 
berbe, fresco y sonrosado como el de una damisela : 
el cabello rubio: los ojos azules, suaves y tristes. 
Aunque vestido con americana y hongo, por su 
traje revelaba ser una persona distinguida: iba de 
riguroso luto, lo cual realzaba notablemente la blan- 
cura de su tez. Por esa influencia magnética que 



10 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



los ojos poseen y que todos han podido comprobar, 
nuestra dama no tardó mucho tiempo en volver 
los suyos hacia el sitio donde el joven vibraba rayos 
de admiración apasionada. Tornó á nublarse su 
rostro y volvió á advertirse en sus labios un movi- 
miento de impaciencia, como si el pobre chico la 
injuriase con su adoración. Y ya desde entonces 
empezó claramente á dar señales de hallarse mo- 
lesta en el coche , moviendo la hermosa cabeza ora 
á un lado, ora á otro, con visibles deseos de apearse. 
Mas no lo hizo hasta llegar á San José, frente á cuya 
iglesia hizo parar y bajó, pasando por delante de 
su perseguidor con - una expresión de fiero desdén 
capaz de anonadarle. 

O muy temerario era ó muy poca vergüenza debía 
de tener éste cuando saltó á la calle en pos de ella 
y comenzó á seguirla por la del Caballero de Gracia, 
caminando por la acera contraria para mejor dis- 
frutar de la figura que tanto le apasionaba. La 
dama seguía lentamente su marcha haciendo volver 
la cabeza á cuantos hombres cruzaban á su lado. 
Era su paso el de una diosa que se digna bajar por 
un momento del trono de nubes para recrear y fas- 
cinar á los mortales , que al mirarla se embebían 
y daban fuertes tropezones. 

— ¡Madre mía del Amparo, qué mujer! — exclamó 
en voz alta un cadete agarrándose á su compañero 
como si fuese á desmayarse del susto. 

La hermosa no pudo reprimir una levísima son- 
risa, á cuya luz se pudo percibir mejor la peregrina 
belleza de que estaba dotada. En carruaje des- 
cubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron 



LA ESPUMA 



11 



un saludo reverente, al cual contestó ella con una 
imperceptible inclinación de cabeza. Al llegar á la 
esquina, en la misma red de San Luis, se detuvo 
vacilante, miró á todas partes, y percibiendo otra 
vez al rubio mancebo le volvió la espalda con osten- 
sible desprecio y comenzó á descender con más 
prisa por la calle de la Montera, donde su presencia 
causó entre los transeúntes la misma emoción. Tres 
ó cuatro veces se detuvo delante de los escaparates, 
aunque se advertía que más que por curiosidad se 
paraba por el estado nervioso en que la persecución 
tenaz del jovencito la había puesto. Cerca de la 
Puerta del Sol, sin duda para huirla, resolvióse á 
entrar en la joyería de Marabini. Sentóse con negli- 
gencia en una silla, levantó un poquito el velo del 
sombrero y se puso á examinar con distracción 
las joyas recién llegadas que el dependiente de la 
tienda le fué exhibiendo. Era lo peor que pudo 
hacer para librarse de las miradas de su adolescente 
adorador; porque éste, con toda comodidad, sobre 
seguro, se las enfilaba por los cristales del escapa- 
rate con una insistencia que la encolerizaba cada 
vez más. 

La verdad es que aquella tiendecita primorosa- 
mente adornada, donde brillaban por todas partes 
los metales y las piedras preciosas, era digno apo- 
sento para la bella; el estuche que mejor convenía 
á joya tan delicada. Así debió de pensarlo el joven 
rubio, á juzgar por el éxtasis apasionado de sus ojos 
y la inmovilidad marmórea de su figura. Al fin la 
clama, no pudiendo vencer la irritación que esto 
le producía, alzóse bruscamente de la silla, y despi- 



12 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



diéndose con mía frase seca del dependiente , que le 
guardaba extraordinarias consideraciones, salió del 
comercio y llegó hasta la Puerta del Sol á toda 
prisa. Aquí se detuvo; luego dió algunos pasos 
hacia un coche de punto, como si fuese á entrar en 
él; pero de pronto cambió de rumbo, y con paso 
firme se dirigió hacia la calle Mayor, escoltada 
siempre y no de lejos por el joven. Al llegar á la 
mitad de ella próximamente entró en una casa de 
suntuosa apariencia , no sin echar antes una rápida 
y furibunda mirada á su perseguidor, que la recibió 
con entera y rara serenidad. 

El portero, que estaba plantado en el umbral atu- 
sándose gravemente sus largas patillas negras, des- 
pojóse vivamente de la gorra galoneada, le hizo una 
profunda reverencia y corrió á abrir la puerta de 
cristales que daba acceso á la escalera , apretando 
en seguida el botón de un timbre eléctrico. Subió 
lentamente la escalera alfombrada, y al llegar al 
principal la puerta estaba ya abierta y un criado 
con librea al pie de ella esperando. 

La casa pertenecía al Excmo. Sr. D. Julián Cal- 
derón, jefe de la casa de banca Calderón y Her- 
manos, el cual ocupaba todo el principal de ella, 
sirviéndose por escalera distinta de los demás pisos 
que tenía alquilados. Este Calderón era hijo de otro 
Calderón muy conocido en el comercio de Madrid, 
negociante al por mayor en pieles curtidas , que con 
ellas había hecho una buena fortuna y que en los 
últimos años de su vida la había acrecentado ex- 
traordinariamente, dedicándose, á la par que al 
comercio, al giro y descuento de letras. Fallecido 



LA ESPUMA 



18 



él, su hijo Julián continuó su obra sin apartarse un 
punto, manejando con el suyo el haber de sus dos 
hermanas casadas, la una con un médico, la otra 
con un propietario de la Mancha. A su vez estaba 
casado, bastantes años hacía, con la hija de un rico 
comerciante de Zaragoza, llamado D. Tomás Osorio, 
padre también del conocido banquero madrileño del 
mismo nombre, que tenía su hotel con honores de 
palacio en el barrio ele Salamanca, calle de D. Ra- 
món de la Cruz. La hermosa dama que acaba de 
entrar en la casa es la esposa de este banquero, 
y hermana política, por lo tanto, de la señora de 
Calderón. 

Pasó por delante del criado, y sin aguardar á que 
éste la anunciase, avanzó resueltamente como quien 
tiene derecho á ello, atravesó tres ó cuatro gran- 
des estancias lujosamente decoradas, y alzando ella 
misma la rica cortina de raso con franja bordada, 
entró en una habitación más reducida donde se 
hallaban congregadas varias personas. En el sillón 
más próximo á la chimenea estaba arrellanada la 
señora de la casa , mujer de unos cuarenta años, 
gruesa, de facciones correctas, ojos negros, grandes 
y hermosos, pero sin luz, la tez blanca, los cabellos 
de un castaño claro excesivamente finos. Al lado de 
ella , en otra butaquita, estaba otra señora , que for- 
maba contraste con ella; morena, delgada, menuda, 
de extraordinaria movilidad, lo mismo en sus ojillos 
penetrantes que en toda su figura. Era la marquesa 
de Alcudia, de la primer nobleza de España. Las 
tres jóvenes que sentadas en sillas seguían la fila, 
eran sus hijas, muy semejantes á ella en el tipo 



14 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



físico, si bien no la imitaban en la movilidad, 
antes permanecían rígidas y silenciosas, los ojos 
bajos, con modestia y compostura tan afectadas, 
que pronto se echaba de ver el régimen severo á que 
las tenía sometidas su viva y nerviosa mamá. Con 
una de ellas hablaba de vez en cuando en voz baja 
la hija de los señores de Calderón, una niña de 
catorce ó quince años, carirredonda, de ojos pe- 
queños , nariz arremolachada y algunos costurones 
en el cuello, pregoneros de un temperamento escro- 
fuloso. Esta niña gastaba aún los cabellos tren- 
zados, con un lacito en la punta de la trenza, lo 
mismo que la última de las de Alcudia, con quien 
sostenía tímida é intermitente conversación. Esta, 
y sus hermanas, llevaban en la cabeza sendos y 
caprichosos sombreros, mientras Esperancita (que 
así nombraban á la hija de los amos), andaba con 
su cabecita redonda al descubierto: el traje una 
matinée azul, demasiadamente corta para sus años. 
Los señores de Calderón sólo tenían esta hija y un 
niño de dos años. Erente á la señora, reclinado en 
una butaca igual, estaba el general Patino, conde 
de Morillejo. Hállase entre los cincuenta y sesenta , 
pero conserva en sus ojos el fuego de la juventud; 
sus cabellos grises están esmeradamente peinados; 
los largos bigotes á lo Víctor Manuel , la perilla 
apuntada , la nariz aguileña le dan un aspecto sim- 
pático y gallardo. Es el tipo perfecto del veterano 
aristócrata. A su lado, en otra butaca, estaba 
Calderón, hombre de unos cincuenta años, grueso, 
de cara redonda y sonrosada , adornada por cortas 
patillas grises; los ojos redondos, vagos y morteci- 



LA ESPUMA 



15 



nos. Cerca de él estaba sentada una señora anciana, 
que era la madre de la esposa de Calderón, aunque 
mucho se diferenciaba de ella en el rostro y la 
figura : delgada al punto de no tener más que la piel 
sobre los huesos, morena, ojos hundidos y penetran- 
tes, revelando en todos los rasgos de su fisonomía 
inteligencia y decisión . Hablando con ella está 
Pinedo , el inquilino del cuarto tercero . Aunque 
su bigote no tiene canas, se adivina fácilmente 
que está teñido: su rostro es el de un hombre que 
anda cerca de los sesenta; fisonomía bonachona, 
ojos saltones que se mueven con viveza, como los 
que poseen un temperamento observador; viste con 
elegancia y manifiesta extraordinaria pulcritud en 
toda su persona. 

Al ver en la puerta á nuestra bellísima dama, 
la tertulia se conmovió : todos se alzaron del asiento 
excepto la señora de Calderón, en cuyo rostro 
parado se dibujó una vaga sonrisa de placer. 

— ¡Ah, Clementina ! ¡Qué milagro el verte por 
aquí , mujer ! 

La dama se adelantó sonriente, y mientras be- 
saba á las señoras y daba la mano á los caballeros, 
respondía á la cariñosa reprensión de su cuñada. 

- — -¡Anda! Aplícate la venda, hija, tú que no 
pareces por mi casa más que por semestres. 

— Yo tengo hijos, querida. 

— ¡Miren Yds. qué disculpa! Yo también los 
tengo. 

— En Chamartín. 

— Biieno; el tener hijos no te priva de ir al 
Real y al paseo. 



16 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Clementiiia se sentó entre su cuñada y la mar- 
quesa de Alcudia; los demás volvieron á ocupar sus 
asientos. 

— ¡ A y , hija ! — exclamó aquélla contestando á la 
última frase. — ¡ Si vieras qué catarrazo he pillado 




la otra noche en 
el teatro! El ton- 
to de Ramoncito 
Maldonado es el 
que ha tenido la 
culpa. Con tanto 
saludo y tanta ceremonia, no acababa de cerrar 
la puerta del palco. Aquel aire colado se me metió 
en los huesos. 

— Ha tenido fortuna ese aire , — manifestó con 
sonrisa galante el general Patino. 

Todos sonrieron menos la interesada, que le miró 
con sorpresa abriendo mucho los ojos. 

— ¿Cómo fortuna? 



LA ESPUMA 



17 



Fué necesario que el general le diese la galantería 
mascada y sólo entonces la pagó con una sonrisa. 

— ¿No es verdad que ha estado muy bien Gaya- 
rre? - — dijo Clementina. 

— ¡ Admirable ! como siempre , — respondió su cu- 
ñada. 

— Yo le encuentro falto de maneras , — expresó 
el general. 

— ¡ Oh ! no , general. . . permítame Y 

Y se empeñó una discusión sobre si el famoso 
tenor poseía ó no poseía el arte escénico, si era ó 
no elegante en su vestir . Las señoras se pusieron 
de su parte. Los caballeros le fueron adversos. 

Del tenor pasaron á la tiple. 

— Es toda una hermosa mujer, — dijo el gene- 
ral con la seguridad y el acento convencido de un 
inteligente . 

— ¡ Oh ! — exclamó Calderón. 

— Pues yo encuentro á la Tosti bastante ordina- 
ria, ¿no le parece á Y., Clementina? 

Esta corroboró la especie. 

— No diga Y. eso, marquesa; el que una mujer 
sea alta y gruesa no indica que sea ordinaria, si 
tiene arrogancia en el porte y distinción en las 
maneras, — ■ se apresuró á decir el general, echando 
al mismo tiempo una miradita á la señora de 
Calderón. 

— Ni yo sostengo eso, general; no tome Y. el 
rábano por las hojas, — manifestó la marquesa con 
extraordinaria viveza , atacando después con brío 
y un poquillo irritada la gracia y buen talle de 
la tiple. 

2 



18 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Generalizóse la disputa, y sucedió lo contrario 
que en la anterior. Los caballeros se mostraron 
benévolos con la cantante mientras las señoras le 
fueron hostiles. Pinedo la resumió, diciendo entono 
grave y solemne , donde se notaba, sin embargo, la 
socarronería : 

— En la mujer, las buenas formas son más esen- 
ciales que en el hombre. 

Clementina y el general cambiaron una sonrisa 
y una mirada significativas. La marquesa miró al 
pulcro caballero con dureza y después se volvió rá- 
pidamente hacia sus hijas , que permanecían con los 
ojos bajos, en la misma actitud rígida y silenciosa 
de siempre. Pinedo permaneció grave é indife- 
rente, como si hubiese dichola cosa más natural 
del mundo. 

— Pues yo, amigo Pinedo, creo que los hombres 
deben tener también buenas formas, — manifestó la 
pánfila señora de Calderón. 

Al decir esto se oyó un resuello débil, como de 
risa reprimida contrabajo. Era la última niña de la 
marquesa de Alcudia , á quien su mamá dirigió una 
mirada pulverizante. La fisonomía de la niña volvió 
instantáneamente á su primitiva expresión tímida 
y modesta. 

— Es una opinión... — respondió Pinedo incli- 
nándose respetuosamente. 

Este Pinedo, que ocupaba uno de los cuartos 
terceros de la misma casa propiedad de Calderón, 
desempeñaba un empleo de bastante importancia en 
la Administración piíblica. Los vaivenes de la polí- 
tica no lograbran arrancarle de él. Tenía amigos en 



LA ESPUMA 



19 



todos los partidos sin que se hubiese jamás decidido 
por ninguno. Hacía la vida del hombre de mundo; 
entraba en las casas más aristocráticas de la corte; 
trataba familiarmente á la mayoría de los perso- 
najes de la banca y la política; era socio antiguo 
del Club de los Salvajes, donde se placía en bromear 
todas las noches con los jóvenes aristócratas que 
allí se reunían , quienes le trataban con harta con- 
fianza que no pocas veces degeneraba en grose- 
ría. Era hombre afable, inteligente, muy corrido y 
experto en el trato de los hombres ; tolerante con 
toda clase de vanidades por el mismo desprecio que 
sentía hacia ellas: no obstante, con la apariencia de 
hombre cortés ó inofensivo, guardaba en el fondo 
de su alma un fondo satírico que le servía para 
vengarse lindamente , con alguna frase incisiva y 
oportuna, de las demasías de sus amiguitos los siete- 
mesinos del Club, los cuales le profesaban una mez- 
cla de afecto, desprecio y miedo. Nadie sabía su 
procedencia , aunque se daba por seguro que había 
nacido en humilde cuna. Unos le hacían hijo de un 
carnicero de Sevilla, otros le declaraban granuja de 
la playa de Málaga en su juventud. Lo que se sabía 
de positivo , era que hacía ya muchos años había 
aparecido en Madrid como parásito ele un título 
andaluz , el cual, después de haber disipado su for- 
tuna, se saltó los sesos. En la compañía de éste, 
nuestro Pinedo adquirió gran número de relaciones 
útiles , llegó á conocer y tratar á toda la gente que 
hacía viso, entre la cual era popular. Tenía el buen 
tacto de echarse á un lado cuando tropezaba con un 
hombre inflado y soberbio, dejándole paso. No exci- 



•20 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



taba los celos de nadie y esto es medio seguro de no 
ser aborrecido. Al mismo tiempo su ingenio, su 
carácter socarrón, que procuraba mantener siempre 
dentro de ciertos límites , despertaba á menudo la 
alegría en las tertulias y bastaba para darle en ellas 
cierta significación, que de otro modo no hubiera 
disfrutado. 

No tenía más familia que una hija de diez y ocho 
años llamada Pilar. Su mujer, á quien nadie cono- 
ció, había muerto muchos años hacía. Su sueldo era 
de cuarenta mil reales , y con él vivían económi- 
camente padre ó hija, en el tercero que Calderón 
les dejaba por veintidós duros al mes. Los gastos 
mayores de Pinedo eran de representación; esto 
es, como frecuentaba una sociedad muy superior á 
la que, dada suposición, le correspondía, necesi- 
taba vestir con elegancia y asistir á los teatros. 
Comprendiendo la necesidad absoluta de seguir cul- 
tivando sus relaciones, que eran las pilastras en 
que su empleo se sustentaba , imponíase tales dis- 
pendios sin vacilar, ahorrándolo en otras partidas 
del presupuesto doméstico. Vivía, pues, en situación 
permanente de equilibrio : el empleo le permitía fre- 
cuentar la sociedad de los prepotentes, mientras 
éstos le ayudaban inconscientemente á mantenerse 
en el empleo. Ningiín ministro se atrevía á dejar 
cesante á un hombre con quien iba á tropezar en 
todas las tertulias y saraos de la corte. Luego 
Pinedo tenía el honor de hablar alguna vez con las 
personas reales; ciertas frases suyas corrían por los 
salones y se celebraban más quizá de lo que mere- 
cían, j)or lo mismo que en los salones suele haber 



LA ESPUMA 



21 



poco ingenio; tiraba bastante bien con carabina y 
con pistola y era inteligentísimo y poseía una co- 
piosa biblioteca tocante al arte culinario. Los más 
altos personajes se sentían lisonjeados cuando oían 
decir que Pinedo elogiaba á su cocinero. 

— ¿Cuándo has estado en el colegio, Pacita? — le 
preguntó en voz baja Esperanza á la menor de la 
marquesa de Alcudia. 

— Pues el viernes; ¿no sabes que mamá nos lleva 
todos los viernes á confesar? ¿Y tú? 

— Yo hace lo menos tres semanas que no he 
estado. Mamá y yo nos confesamos cada mes. 

— ¿Y se conforma con eso el padre Ortega? 

— A mí no me dice nada. . . No sé si á mamá. . . 

— No le dirá, no: ya sabe muy bien dónde pone 
el pie. ¿Has visto á las de Mariani? 

— Sí; hace pocos días, en el Retiro. 

— ■ ¿No sabes que María se ha echado un novio? 

— No me ha dicho nada. 

— ■ Sí, de caballería. . . hijo del brigadier Arcos . . . 
¡Un tío más desgalichado! Feo no es, pero le tiem- 
blan las piernas cuando anda, como si saliese del 
hospital... Ya ves, como la mamá es querida 
del brigadier. . . todo queda en casa. 

— Y tú, ¿sigues con tu primo? 

— No te lo puedo decir. El lunes se marchó enfa- 
dado y no ha vuelto por casa. Mi primo no es lo que 
parece; no es una mosquita muerta, sino un pillo muy 
largo, que si le dan el pie se toma la mano... ¡Anda! 
pues si no anduviera yo con ojo, no sé adonde hu- 
biera parado con la marcha que llevaba... ¿Sabes 
dónde estaba empeñado en darme un beso el otro día? 



22 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Esperanza la miró sonriente y curiosa. Pacita 
le metió la boca en el oído y le dijo unas palabras. 

— ¡ Jesús ! — exclamó la niña de Calderón ponién- 
dose roja. 

— Lo que oyes, hija.. . Por supuesto, que yole 
puse de sucio y de gorrino que no había por dónde 
cogerle... Se marchó muy amoscado, pero ya vol- 
verá. 

— Tu primo monta muy bien. Le he visto ayer 
á caballo. 

— Lo único que sabe hacer. Las letras le estor- 
ban. Se ha examinado ya seis veces de Derecho 
romano y siempre ha salido suspenso. 

— ¡ Qué importa ! — exclamó la niña de Calderón 
con un desprecio que hubiera estremecido á Heine- 
cio en su tumba. Y añadió en seguida: 

— ¿Esos sombreros os los ha hecho Mme. Clement? 

— No , los ha encargado mamá á París por la 
señora de Carvajal, que ha llegado el sábado. 

— Son muy bonitos. 

— Más que los que hace Mme. Clement ya son. 

Y se enfrascaron por breves momentos en una 
plática de moda. 

La niña de Calderón, que era bastante fea , poseía, 
no obstante, cierto atractivo que provenía acaso 
de sus cortos años , acaso también de una boca de 
labios gruesos y frescos y dientes iguales y blancos, 
donde la sensualidad había dejado su sello. La últi- 
ma de Alcudia era una chicuela de temperamento 
enfermizo, que no tenía más que huesos y ojos. 

— Oye, — le dijo Esperanza cuando se hubieron 
cansado de hablar de sombreros. — ¿Sabes que el 



LA ESPUMA 



28 



último día que he estado en el colegio les llevé el 
retrato de mi hermanito?... Verás qué paso más gra- 
cioso. Lo han retratado desnudo y como tiene aque- 
llo descubierto, la hermana María de la Saleta no 
quería enseñarlo á las niñas. Las chicas comenza- 
ron á gritar : « ¡ queremos verlo ! ¡queremos verlo!» 
¿Sabes lo que hizo entonces? Pues lo fué enseñando 
con la mano puesta encima, dejando sólo ver el 
pecho y la cabeza. 

— ¡Chica, qué gracia tiene eso! — exclamó Pacita 
soltando la carcajada. 

Esperanza la secundó, riendo ambas de tan buena 
gana que concluyeron por llamar la atención de la 
tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvió á 
dirigir á su hija una mirada se veri sima. 

Entraba en aquel momento una señora que repre- 
sentaba cuarenta y tantos años; el rostro, hermoso 
aún, pintado, con señales impresas más que de los 
años , de una vida agitada y galante. 

— Aquí está Pepa Frías, — dijo sonriendo Ma- 
riana, la esposa de Calderón. 

— Eso es; aquí está Pepa Frías, — respondió con 
afectado mal humor la misma. — Una mujer que no 
tiene pizca de vergüenza al poner los pies en esta 
casa. 

Los tertulios rieron. 

■ — ¿Tú te crees por lo visto que soy de la Inclusa? 
¿que no tengo casa? Pues sí que la tengo, Sale- 
sas, 60, principal...; es decir, la tiene el casero... 
pero le pago, lo que no harán seguramente todos tus 
inquilinos. Perdone V., Pinedo; no le había visto... 
y también tengo mis sábados... y no hay tanto calor 



24 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



como aquí ¡uf ! y doy chocolate y te, y conversación 
y todo... lo mismo que aquí. 

Mientras decía esto , iba saludando á los circuns- 
tantes con semblante furioso. Pero como todos 
sabían á qué atenerse respecto á su carácter, lo toma- 
ban á broma y reían. 

Era una mujer metida en carnes, los cabellos 
artificialmente rubios, los ojos un poco saltones, 
pero hermosos, la boca fresca y sensual; una mujer 
agradable, en suma, que había tenido y que seguía 
teniendo, á pesar desús años, muchos apasionados. 

— Lo que no hay, — añadió acercándose á la 
señora de Calderón y dándole dos sonoros besos en 
las mejillas, — es una mujer tan ingrataza y tan 
insignificante como tú... Por supuesto, que yo no 
vengo ya á verte á ti, sino á mi señor D. Julián, que 
alguna vez que otra sube á darme las buenas tardes 
y á decirme cómo anda la cotización... Y á propó- 
sito de cotización, Clementina', dile á tu marido que 
suspenda aquello hasta que le avise... Mejor dicho, 
no le digas nada: yo pasaré esta noche por tu casa. 

— ¡Pero hija, qué líos traes siempre con el papel 
y la Bolsa y las acciones ! — exclamó Mariana. 

— • Pues los mismos que tú traerías si no tuvieses 
un marido tan activo que se encarga de calentarse la 
cabeza para que tú la tengas fresca y descansada... 

— Yaya, Pepa, no me eche Y. piropos, que voy 
á ponerme colorado, — dijo Calderón. 

— No digo más que la verdad. ¡Si creerán que es 
plato de gusto estar pensando en si baja ó si sube el 
papel, escribir cartas y endosos y andar camino del 
Banco ! 



LA ESPUMA 



25 



— Imagino yo, Pepa, — manifestó el general con 
sonrisa galante, — que por más que diga, V. tiene 
afición á los negocios. 

— ¿Imagina Y.? ¡Qué raro! 

— No tengo tanta imaginación como Y. , pero 
alguna sí, — respondió el general un poco moles- 
tado por la risa que la frase de Pepa había pro- 
ducido. 

Esta Pepa era una mujer que gozaba fama de 
chistosa en sociedad , aunque realmente su gracia se 
confundía á menudo con la desvergüenza. Hablar 
siempre con rostro enojado, llamar á las cosas por 
su nombre, por crudo que fuese, decir una fresca 
al lucero del alba , tales eran las cualidades que 
habían logrado darle popularidad en los salones. 
Había quedado viuda bastante joven, con dos hijos, 
un varón que había seguido la carrera de marino 
y que á la sazón estaba navegando, y una hija á 
quien había casado hacía un año. Su marido había 
sido comerciante , y en los últimos años jugaba en 
la Bolsa con fortuna. En esta temporada, Pepa 
contrajo la misma pasión, y una vez viuda siguió 
alimentándola. La prudencia ó por mejor decir la 
timidez que caracteriza á las mujeres en los nego- 
cios, la habían librado de la ruina que suele ser 
tarde ó temprano inevitable para los apasionados 
al juego. Algo se había mermado su fortuna, pero 
aún disfrutaba de un envidiable bienestar. 

— Pepa, el asunto marcha admirablemente, — dijo 
Pinedo. ■ — De Zaragoza han pedido un volcán y en 
la Coruña ha resuelto el Ayuntamiento establecer 
dos , al oriente y al poniente de la ciudad. 



26 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Me alegro, me alegro muellísimo. ¿De manera 
que no suelto las acciones? 

— Nunca; el sindicato tiene seguridad de que 
antes de un mes subirán á trescientos. 

Los pocos que estaban en la broma rieron. Los 
demás fijaron en ellos sus ojos con curiosidad. 

— ¿Qué es eso de los volcanes, Pinedo? — pre- 
guntó la esposa de Calderón. 

■ — -Señora, se ha formado una sociedad para esta- 
blecer volcanes en las poblaciones. 

— ¡ Ah! ¿y para qué sirven esos volcanes? 

— Para la calefacción, y además como objeto de 
adorno. 

Todos comprendieron ya la burla menos la linfá- 
tica señora, que siguió preguntando con interés los 
pormenores del negocio : los tertulios reían hasta 
que Calderón, entre risueño y enojado, exclamó: 

— ¡Pero mujer, no seas tan cándida ! ¿No ves que 
es una guasa que se traen Pepa y Pinedo? 

Estos protestaron afectando gran formalidad. 
Pero la primera dijo al oído del segundo: 

— Si será pánfila esta Mariana, que hace ya tres 
meses que el general Cruzalcobas le está haciendo 
el amor y aún no se ha enterado. 

Así llamaba Pepa al general Patiño, y no sin fun- 
damento. A pesar ele su apuesta figura un tanto ave- 
riada , y de su continente marcial, Patiño era un 
veterano falsificado. Sus grados habían sido gana- 
dos sin derramar una gota de sangre. Primero como 
ayo instructor del arte militar de una persona real; 
miembro después de algunas comisiones científicas, 
y empleado últimamente en el ministerio de la Gue- 



LA ESPUMA 



27 



rra, cultivando la amistad de todos los personajes 
políticos ; diputado varias veces ; senador por fin y 
ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina t 
no había estado en el campo de batalla sino persi- 
guiendo á un general revolucionario , y eso con firme 
propósito de no alcanzarle nunca. Como había via- 
jado un poco y se jactaba de haber visto todos los 
adelantos del arte de la guerra, pasaba por militar 
instruido. Estaba suscrito á dos ó tres revistas cien- 
tíficas; citaba en las tertulias, cuando se tocaba á su 
profesión , algunos nombres alemanes ; para discutir 
empleaba un tono enfático y sacaba voz de gola que 
imponía respeto á los oyentes. Pero la verdad es 
que las revistas se quedaban siempre por abrir sobre 
la mesa de noche, y los nombres alemanes, aunque 
bien pronunciados, no eran más que sonidos en su 
boca. Preciábase de militar á la moderna por esto y 
por vestir siempre de paisano. Amaba las artes, so- 
bre todo la música : era abonado constante al teatro 
Real y á los cuartetos del Conservatorio. Amaba 
también las flores y á las mujeres, muy especial- 
mente á la mujer del prójimo: era catador insaciable 
de la fruta del cercado ajeno. Su vida se deslizaba 
modesta y feliz, regando las gardenias de su jardin- 
cito de la calle de Perraz y seduciendo á las esposas 
de los amigos. Hacía esto último por vocación, como 
se deben hacer las cosas , y ponía en ello todo el 
empeño y concentraba todas las fuerzas de su lúcida 
inteligencia , lo cual es de absoluta necesidad para 
hacer algo grande y provechoso en el mundo. Sus 
conocimientos estratégicos , que no había tenido 
ocasión de aplicar en el campo de batalla , servíanle 



28 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



admirablemente para entrar á saco en el corazón de 
las bellas damas de la corte. Bloqueaba primero la 
plaza con miradas lánguidas , acudiendo á los tea- 
tros , al paseo , á las iglesias que ellas frecuentaban; 
en todas partes el sombrero flamante y reluciente de 
Patiño se agitaba en el aire declarando la ardiente y 
respetuosa pasión de su dueño. Estrechaba después 
el cerco intimando en la casa, trayendo confites á los 
niños, comprándoles juguetes y libros de estampas, 
llevándoles alguna vez á almorzar - se hacía querer 
de ios criados con regalos oportunos. Venía después 
el asalto; la carta ó la declaración verbal. Aquí 
desplegaba nuestro general una osadía y un arrojo 
singulares que contrastaban notablemente con la 
prudencia y habilidad del cerco. Esta complejidad 
de aptitudes es lo que ha caracterizado siempre á 
los grandes capitanes, Alejandro, César, Hernán 
Cortés, Napoleón. 

Los años no conseguían ni calmar su pasión por 
las altas empresas ni mermar sus extraordinarias 
facultades. O por mejor decir, lo que perdía en vigor 
ganábalo en arte, con lo que se restablecía el equi- 
librio en aquel privilegiado temperamento . Mas 
como la fortuna , según ha tenido á bien comunicar 
á varios filósofos, se niega á ayudar á los viejos, el 
insigne capitán había experimentado en los últimos 
tiempos algunos descalabros que no podían atri- 
buirse á falta de previsión ó valor, sino á la versati- 
lidad de la suerte. Dos jóvenes casadas le habían 
dado calabazas consecutivamente. Como sucede á 
todos los hombres de verdadero genio en quien los 
reveses no producen desmayos femeniles , antes sir- 



LA ESPUMA 



29 



ven para concentrar y vigorizar las fuerzas de su 
espíritu, Patiño no lloró como Augusto sobre sus 
legiones. Pero meditó, y meditó largamente. Y su 
meditación fué de fecundos resultados: un nuevo 
plan estratégico, asombroso como todos los suyos, 
surgió del torbellino de sus pensamientos elevados. 
Dándose cuenta perfecta del estado y cantidad de 
sus fuerzas de ataque y calculando con admirable 
precisión el grado de resistencia que podían ofre- 
cerle sus dulces enemigos, comprendió que no debía 
atacarlas plazas nuevas, cuyas fortificaciones son 
siempre más recias, sino aquellas que por su antigüe- 
dad empezasen ya á desmoronarse. Tal viva penetra- 
ción del arte y tal destreza en la ejecución como el 
general poseía , anunciaban desde luego la victoria. 
Y en efecto, á consecuencia del nuevo y acertado 
plan de ataque, comenzaron á rendirse una en pos 
de otra, á sus armas, no pocas bellezas de las mejor 
sazonadas y maduras de la capital. Y en los brazos 
de estas Venus de plateados cabellos siguió reco- 
giendo el merecido premio á su prudencia y bravura. 

Como el cartaginés Aníbal, Patiño sabía variar en 
cada ocasión de táctica , según la condición y tem- 
peramento del enemigo. Con ciertas plazas convenía 
el rigor, desplegar aparato de fuerza. En otras era 
necesario entrar solapadamente sin hacer ruido. A 
una dama le gustaba el aspecto marcial y varonil 
del conquistador; se deleitaba escuchando las memo- 
rables jornadas de Grarrovillas y Jarandilla , cuando 
iba persiguiendo á los sublevados. A otra le placía 
oirle disertar en estilo correcto, con su hermosa voz 
de gola, acerca de los problemas políticos y milita- 



30 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



res. A otra, en fin, le extasiaba oirle interpretar 
alguna famosa melodía de Mozart ó Schuman en el 
violoncelo. Porque nuestro héroe tocaba el violon- 
celo con rara perfección, y fuerza es confesar que 
este delicadísimo instrumento le ha ayudado pode- 
rosamente en las más de sus preciadas y famosas 
conquistas. Arrastraba las notas de un modo irresis- 
tible , indicando bien claramente que á pesar de su 
arrojado y belicoso temperamento, poseía un cora- 
zón sensible á las dulzuras del amor. Y por si este 
arrastre oportunísimo de las notas no lo decía con 
toda claridad, corroborábalo un alzar de pupilas y 
meterlas en el cogote, dejando descubierto sólo el 
blanco de los ojos, cuando llegaba al punto álgido ó 
patético de la melodía, que realmente era para im- 
presionar á cualquier belleza por áspera que fuese. 

La maliciosa insinuación de Pepa Frías tenía fun- 
damento. El bravo general hacía ya algún tiempo 
«que estaba poniendo los puntos» á la señora de 
Calderón, aunque ésta no daba señales de adver- 
tirlo. Jamás en sus muchas y brillantes campañas 
se le había presentado un caso semejante. Disparar 
contra una plaza durante algunos meses cañonazos 
y más cañonazos , meter dentro de ella granadas 
como cabezas y permanecer tan sosegada , dur- 
miendo á pierna suelta como si le echasen bolitas de 
papel. Cuando el general le soltaba algún requiebro 
á quemarropa, Mariana sonreía bondadosamente. 

— Cállese V., picaro. ¡Buen pez debió V. de haber 
sido en sus buenos tiempos ! 

Patiño es mordía los labios de coraje. ¡Los buenos 
tiempos! ¡El , que pensaba que nunca los había tenido 



LA ESPUMA 



31 



mejores! Pero con su inmenso talento diplomático 
sabía disimular y sonreía también como el conejo. 

— ¿Cuándo te lian comprado esa pulsera? — pre- 
guntó Pacita á Esperanza, reparando en una muy 
caprichosa y elegante que ésta traía. 

— Me la ha regalado el general hace unos días. 

— ¡ Ah! ¿El general, por lo visto, te hace muchos 
regalos? — dijo la de Alcudia con leve expresión 
irónica que su amiga no entendió. 

— Sí; es muy bueno. Siempre nos está trayendo 
regalos. A mi hermanita le ha comprado una me- 
dalla preciosa que trae al cuello. 

— ¿Y á tu mamá no le hace regalos? 

— También. 

— ¿Y qué dice tu papá? 

— ¿Mi papá? — exclamó la niña levantando los 
ojos con sorpresa, — ¿qué ha de decir? 

Pacita, sin contestar, llamó la atención de una de 
sus hermanas. 

— Mercedes , mira qué pulsera tan bonita le ha 
regalado el general á Esperanza. 

La segunda de Alcudia perdió su rigidez por un 
momento , y tomando el brazo ele Esperanza la exa- 
minó con curiosidad. 

— Es muy bonita. ¿Te la ha regalado el general? — 
preguntó cambiando al mismo tiempo con su her- 
mana una mirada maliciosa. 

■ — Aquí está Ramoncito , — dijo Esperanza vol- 
viéndolos ojos á la puerta. 

— ¡Ah! Ramoncito Maldonado. 

Un joven delgado, huesudo, pálido, de patillas 
negras que tocaban en la nariz , como las gastaba 



82 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



entonces el rey, y á su imitación muchos jóvenes 
aristócratas, entró sonriente y comenzó á saludar 
con desembarazo á todos, dándoles la mano con una 
ligera sacudida y acercándola al pecho, del modo 
extravagante que se estilaba hace algunos años en- 
tre los pisaverdes madrileños. En cuanto él entró 
esparcióse por la habitación un perfume penetrante. 

- — ¡ Jesús , qué peste ! — exclamó por lo bajo Pepa 
Frías después de darle la mano. — ¡Qué afeminado 
es este Ramoncito ! 

— - ¡ Hola , barbián ! — dijo el joven tomando de la 
barba con gran familiaridad á Pinedo. — '¿Qué te 
has hecho ayer? Pepe Castro ha preguntado por ti... 

■ — ¿Ha preguntado por mí Pepe Castro? ¡Tanto 
honor me confunde ! 

Causaba cierta sorpresa ver á Maldonado tutear á 
un hombre ya entrado en años y de venerable aspec- 
to. Todos los mozalbetes del Club de los Salvajes ha- 
cían lo mismo, sin que Pinedo se diese por ofendido. 

— Ahí tienes á Mariana — siguió éste — que acaba 
de hablar perrerías de ti, y con razón. 

— Pues. 

— No haga V. caso, Ramoncito, — exclamó la 
señora de Calderón asustada. 

— Y Pepa también. 

— ¿Usted, Pepa? — preguntó el mancebo que- 
riendo mostrar desembarazo, pero inquieto en reali- 
dad, porque la de Frías era con razón temida. 

— Yo, sí. Vamos á cuentas, Ramoncito, ¿qué se 
propone V. echando sobre sí tanto perfume? ¿Es 
que pretende V. seducirnos á todas por el órgano 
del olfato? 



LA ESPUMA 



3o 



— Por cualquier órgano me agradaría seducir á 
usted , Pepa. 

La tertulia celebró la respuesta. Se oyó una es- 
pontánea carcajada: Pacita la había soltado. Su 
mamá se mordió los labios de ira y encargó á la hija 
que tenía más cerca que hiciese presente á la otra , 
para que á su vez lo comunicase á la menor, que era 
una desvergonzada y que en llegando á casa se 
verían las caras. 

■ — -¡Hombre, bien! choque Y., — exclamó la de 
Frías dando la mano á Mamoncito. — -Es la única 
frase regular que le he oído á V. en mi vida. Grene- 
r amiente no dice V. más que tonterías. 

- — Muchas gracias. 

— No hay de qué. 

— Ya hemos leído la pregunta que Y. hizo en el 
Ayuntamiento, Ramoncito, — -dijo la señora de 
Calderón mostrándose amable para desvirtuar la 
acusación de Pinedo. 

— ¡ Ps ! cuatro palabrejas. 

— -Por ahí se empieza, joven, — manifestó Calde- 
rón con acento protector. 

■ — No; no se empieza por ahí , — ■ dijo gravemente 
Pinedo. — Se empieza por rumores. Luego vienen las 
interrupciones... (¡ Es inexacto ! ¡Pruébelo su seño- 
ría! La culpa es de los amigos de su señoría). En 
seguida llegan los ruegos y las preguntas. Después 
la explicación de un voto particular ó la defensa de 
una proposición incidental. Por riltimo, la interven- 
ción en los grandes debates económicos . . . Pues 
bien, Ramón se encuentra ya en la tercer catego- 
ría , en la de los ruegos. 

3 



84 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Gracias, Pinedito, gracias, — respondió el joven 
algo amoscado. — Pues ya que he llegado á esa cate- 
goría, te ruego que no seas tan guasón. 

— Hombre, tampoco está mal eso! — exclamó Pepa 
Frías con asombro. — Mamoncito, va usted ecliando 
ingenio. 

El joven concejal fué á sentarse entre la niña de 
la casa y la menor de Alcudia, que se apartaron 
de mala gana para dejarle introducir su silla. Este 
Maldonado, muchacho de buena familia, no entera- 
mente desprovisto de bienes de fortuna y elegido 
recientemente concejal por la Inclusa, dirigía desde 
hace algún tiempo sus obsequios á la niña de Cal- 
derón. Era un matrimonio bastante proporcionado 
al decir de los amigos. Esperanza sería más rica 
que E.amoncito, porque la hacienda de D. Julián 
era sólida y considerable; pero aquél, que tampoco 
estaba en la calle, tenía ya comenzada con buenos 
auspicios su carrera política. Los padres de la chica 
ni se oponían ni alentaban sus pretensiones. Con el 
aplomo y la superioridad que da el dinero, Calderón 
apenas fijaba la atención en quién requería de amo- 
res á su hija, abrigando la seguridad de que no le 
faltarían buenos partidos cuando quisiera casarla. 
Y en efecto, cinco ó seis pollastres de lo más ele- 
gante y perfilado de la sociedad madrileña zumba- 
ban en los paseos , en las tertulias y en el Teatro 
Real alrededor de la rica heredera , como zánganos 
en torno de una colmena. Mamoncito tenía varios 
rivales , algunos de consideración. No era lo peor 
esto , sino que la niña , tan apagada de genio , tan 
tímida y silenciosa ordinariamente, sólo con él era 



LA ESPUMA 



35 



atrevida y desenfadada, autorizándose bromitas más 
ó menos inocentes, respuestas y gestos bruscos que 
mostraban bien claro que no le tomaba en serio. 
Por eso le decía á menudo Pepe Castro, su amigo y 
confidente, que se hiciese valer un poco más, que 
no se manifestase tan rendido ni ansioso, que á las 
mujeres hay que tratarlas con un poco de desdén. 

Este Pepe Castro no sólo era el amigo y el confi- 
dente de Maldonado, pero también su modelo en to- 
dos los actos de la vida social y privada. Los juicios 
que pronunciaba acerca de las personas, los caba- 
llos, la política (de esto hablaba pocas veces), las 
camisas y los bastones eran axiomas incontrover- 
tibles para el joven concejal. Imitábale en el vestir, 
en el andar, en el reir. Si el otro compraba una 
jaca española cruzada, ya estaba Ramoncito ven- 
diendo la suya inglesa para adquirir otra parecida; 
si le daba por saludar militarmente llevándose la 
mano abierta á la sien , á los pocos días Ramoncito 
saludaba á todo el mundo como un recluta; si 
tomaba una chula por querida, no tardaba mucho 
nuestro joven en pasear por los barrios bajos en 
busca de otra. Pepe Castro se peinaba echando el 
pelo hacia adelante, para ocultar cierta prematura 
calva; Ramoncito, que tenía un pelo hermoso, se 
peinaba también hacia adelante. Hasta la calva 
hubiera imitado con gusto por parecerle más chic. 
Pues bien, á pesar de tan devota imitación no había 
podido obedecerle en lo tocante á sus incipientes 
amores. Y esto porque, aunque parezca raro, Ra- 
moncito había llegado á interesarse de verdad por la 
niña. El amor pocas veces es un sentimiento simple: 



36 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á menudo contribuyen á formarle y darle vida otras 
pasiones, como la vanidad, la avaricia, la lujuria, la 
ambición. Así formado apenas se distingue del ver- 
dadero amor: inspira el mismo vigilante cuidado y 
causa las mismas zozobras y penas: la piedra de 
toque de éste está en el sacrificio y la constancia; 
mientras tanto es muy fácil confundirlos. Mamoncito 
se creía sinceramente enamorado de Esperancita, 
y acaso tuviera razón para ello, pues la apetecía, 
pensaba en ella á todas horas, buscaba con afán los 
medios de agradarla y aborrecía de muerte á sus 
rivales. Por más que se esforzaba en seguir los con- 
sejos del admirado Pepe Castro, procurando ocultar 
su inclinación ó al menos la vehemencia con que la 
sentía, no lo lograba. Había empezado por cálculo 
á festejarla, con el dominio sobre sí de un hombre 
que tiene libre el corazón, y había llegado pronto, 
gracias á la resistencia desdeñosa de la chica, á 
preocuparse vivamente, á sentirse aturdido y fasci- 
nado en su presencia. Luego la competencia de otros 
pollos le encendía la sangre y los deseos de hacerse 
pronto dueño de la mano de la niña. En obsequio 
á la verdad, hay que decir que se había olvidado 
«casi» de los millones de Calderón, que amaba ya á 
la hija «casi» desinteresadamente. 

— ¿Conque ha hablado Y. en el Ayuntamiento, 
Ramón? — le preguntó Pacita. — ¿Y qué ha dicho Y.? 

— Nada, cuatro palabras sobre el servicio de al- 
cantarillas , — respondió con afectado aire de mo- 
destia el joven. 

— ¿Pueden ir las señoras al Ayuntamiento? 

— ¿Por qué no? 



LA ESPUMA 



37 



— Pues yo quisiera mucho oirle hablar un día . . . 
Y Esperancita tiene más ganas que yo, de seguro. 

— ¡ No, no!. . . yo no, — se apresuró á decir la niña. 
■ — Vamos, chica, no lo disimules. ¿No has de te- 
ner ganas de oir hablar á tu novio? 

Esperanza se puso como una amapola y exclamó 
precipitadamente : 

— Yo no tengo novio, ni quiero tenerlo. 
Ramoncito también se puso colorado. 

- — ¡Pero qué cosas tan horribles tienes, Paz! — 
siguió, aturdida y confusa. — No vuelvas hablar así 
porque me marcho de tu lado. 

- — Perdona , hija , — dijo la maliciosa niña , que se 
gozaba en el aturdimiento de su amiga y del conce- 
jal. — Yo creía... Hay muchos que lo dicen... En- 
tonces si no es Ramón será Federico . . . 

Maldonado frunció el entrecejo. 

— Ni Federico ni nadie... ¡Déjame en paz!... 
Mira, aquí está el padre Ortega; levántate. 



II 



MÁS PERSONAJES 



clérigo alto, de rostro pálido y redondo, joven 
aún, con ojos azules y mirada vaga de miope, apare- 
ció en la puerta. Todos se levantaron. La marquesa 
de Alcudia avanzó rápidamente y fué á besarle la 
mano; detrás de ella hicieron lo mismo sus hijas, 
Mariana y las demás señoras de la tertulia. 

— Buenas tardes, padre. — Buenos ojos le vean, 
padre. — -Siéntese aquí, padre. — No, ahí no, padre; 
véngase cerca del fuego. 

El sexo masculino le fué dando la mano con afec- 
tuoso respeto. La voz del sacerdote, al preguntar ó 
responder en los saludos, era suave, casi de falsete, 



40 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



como si en la pieza contigua hubiese un enfermo; su 
sonrisa era triste, protectora, insinuante. Parecía 
que le habían arrancado á su celda y á sus libros 
con gran trabajo, que entraba allí con repugnancia, 
sólo por hacer algún bien con el contacto de su 




nes era director es- 
piritual. Sus hábitos 
y sotana eran finos y elegantes ; los zapatos de cha- 
rol con hebilla de plata; las medias de seda. 

Lé dieron la enhorabuena calurosamente por una 
oración que había pronunciado el día anterior en el 
Oratorio del caballero de Gracia. El se contentó con 
sonreír y murmurar dulcemente : 

■ — Dénsela á Vds. , señoras, si han sacado algún 
fruto. 

El padre Ortega no era un clérigo vulgar, al 



LA ESPUMA 



41 



menos en la opinión de la sociedad elegante de la 
corte, donde tenía mucho partido. Sin pecar de 
entremetido frecuentaba las casas de las personas 
distinguidas. No le gustaba hacer ruido ni llamar 
la atención de las tertulias sobre sí : no daba ni ad- 
mitía bromas , ni tenía el temperamento abierto y 
jaranero que suele caracterizar á los sacerdotes que 
gustan del trato social. Si era intrigante debía de 
serlo de un modo distinto de lo que suele verse en 
el mundo. Discreto y afable, humilde, grave y si- 
lencioso cuando se hallaba en sociedad , procurando 
borrar y confundir su personalidad entre las demás, 
adquiría relieve cuando subía á la cátedra del Espí- 
ritu Santo, lo que hacía á menudo. Allí se expre- 
saba con desenfado y verbosidad sorprendentes : no 
lograba conmover al auditorio ni lo pretendía , pero 
demostraba un talento claro y una ilustración poco 
común en su clase. Porque era de los poquísimos sa- 
cerdotes que estaban al tanto de la ciencia moderna 
ó al menos semejaba estarlo. En vez de las pláticas 
morales que se usan y de las huecas y disparatadas 
declamaciones de sus colegas contra la ciencia y la 
razón, los sermones de nuestro escolapio trascen- 
dían fuertemente á lecturas modernísimas : en todos 
ellos procuraba demostrar directa ó indirectamente 
que no existe incompatibilidad entre los adelantos 
de la ciencia y el dogma. Hablaba de la evolución, 
del transformismo, de la lucha por la existencia, 
citaba á Hegel alguna vez , traía á cuento la teoría 
de Malthus sobre la población , el antagonismo del 
trabajo y el capital: de todo procuraba sacar partido 
en defensa de la doctrina católica: para rechazar 



42 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



los nuevos ataques era necesario emplear nuevas 
armas. Hasta se confesaba, en principio, partidario 
de las teorías de Darwin, cosa que tenía sorpren- 
didos ó inquietos á algunos de sus timoratos amigos 
y penitentes, aunque esto mismo contribuía á infun- 
dirles más respeto y admiración. Cuando hablaba 
para las señoras solamente, prescindía de toda eru- 
dición que pudiera parecerles enfadosa; adoptaba 
un lenguaje mundano, les Hablaba de sus tertulias, 
de sus saraos, de sus trajes y caprichos, como quien 
los conoce perfectamente; sacaba comparaciones y 
argumentos de la vida de sociedad, y esto encan- 
taba á las damas y las postraba á sus pies. Era el 
confesor de muchas de las principales familias de la 
capital. En este ministerio demostraba una pruden- 
cia y un tacto exquisitos; á cada persona la trataba 
según sus antecedentes, posición y temperamento. 
Cuando tropezaba con una devota, escrupulosa, viva 
y ardiente como la marquesa de Alcudia , el buen 
escolapio apretaba de firme las clavijas, se mostraba 
exigente, tiránico, entraba en los últimos porme- 
nores de la vida doméstica y los reglamentaba. En 
casa de Alcudia no se daba un paso sin su anuencia. 
Y en estos sitios , como si se gozase en mostrar su 
poder, adoptaba un continente grave y severo que 
en otras partes no se le conocía. Cuando daba con 
alguna familia despreocupada, con poca afición á la 
iglesia, ensanchaba la manga, se hacía benigno y 
tolerante, procurando nada más que guardasen las 
formas y no diesen mal ejemplo á los otros. Hacía 
cuanto le era posible por afianzar esa alianza dichosa 
establecida de poco tiempo á esta parte entre la 



LA ESPUMA 



religión y el « buen tono » en nuestro país ; cada día 
sacaba una moda que á ello contribuyese , tradu- 
cidas unas del francés, otras nacidas en su propio 
cerebro. En la capilla ú oratorio de alguna familia 
ilustre , reunía ciertos días del año por la tarde 
á las damas conocidas : eran unas agradabilísimas 
matinées, donde se oraba, tocaba el órgano expre- 
sivo la más hábil pianista, decía el padre una plática 
familiar, departía después amigablemente con las 
señoras acerca de asuntos religiosos , se confesaba 
la que quería y, por último, pasaban al comedor 
donde se tomaba te, cambiando de conversación. 
Cuando fallecía alguna persona de estas familias, 
el padre Ortega se bacía poner en las papeletas de 
defunción como director espiritual , rogando que la 
encomendasen á Dios: luego repartía entre todos 
los amigos unos papelitos impresos ó memorias, con 
oraciones, donde se pedía al Supremo Hacedor 
con palabras encarecidas y melosas, que por tal ó 
cual mérito que resplandeció en su sagrada pasión, 
perdonase al conde de T*** ó á la baronesa de M*** 
el pecado de soberbia ó de avaricia, etc.: general- 
mente no era aquel en que más liabía sobresalido el 
difunto, lo cual bacía el padre con buen acuerdo 
para evitar el escándalo y una pena á la familia. 
También se encargaba de gestionar la adquisición 
del mayor número posible de indulgencias , la ben- 
dición papal in artículo mortis, las preces de algún 
convento de monjas, etc. Siendo su amigo y peni- 
tente se podía tener la seguridad de no ir al otro 
mundo desprovisto de buenas recomendaciones. Lo 
que no sabemos es el caso que Dios hacía de ellas , 



ARMANDO PALACIO YALDÉS 



si escribía encima de las memorias con lápiz azul, 
como los ministros, «llágase», ó si preguntaba al 
padre Ortega como la señora del cuento: «¿Y á Y. 
quién le presenta?» 

Guando hubo cambiado algunas palabras corteses 
con casi todos los tertulios, haciendo á cada cual la 
reverencia que dada su jiosición le correspondía , 
la marquesa de Alcudia le tomó por su cuenta , y 
llevándole á uno ele los ángulos del salón y sentados 
en dos butaquitas, comenzó á hablarle en voz baja 
como si se estuviese confesando. El clérigo, con el 
codo apoyado en el brazo del sillón, cogiendo con 
la mano su barba rasurada, los ojos bajos en acti- 
tud humilde, la escuchaba: de vez en cuando decía 
también alguna palabra en voz de falsete, que la 
marquesa escuchaba con profundo respeto y sumi- 
sión, lo cual no impedía que al instante volviese 
á la carga gesticulando con viveza, aunque sin alzar 
la voz. 

Había entrado poco después que el padre un 
joven gordo, muy gordo, rubio, con patillitas que le 
llegaban poco más abajo de la oreja, mucha carne en 
los ojos y fresco y sonrosado color en las mejillas. 
La ropa le estallaba: su voz era levemente ronca y 
la emitía con fatiga. Al entrar nublóse la descolo- 
rida faz de Ramoncito Maldonado. El recién llegado 
era hijo de los condes de Casa-Ramírez y uno de los 
pretendientes á la mano de la primogénita de Calde- 
rón. Jacobo Ramírez ó Cobo Ramírez, como se le 
llamaba en sociedad, pasaba por chistoso por el mis- 
mo motivo que Pepa Frías , aunque con menos razón. 
Caracterizábale una libertad grosera en el hablar, 



LA ESPUMA 



45 



un desprecio cínico hacia las personas, aun las más 
respetables, y una ignorancia que rayaba en lo 
inverosímil. Sus chistes 
eran de lo más burdo y 
soez que es posible tole- 
rar entre personas de- Safe" - 
centes. Alguna vez daba \ 
en el clavo, esto es, te- 
nía alguna ocurrencia fe- 
liz; mas, por regla gene- 
ral , sus chuscadas eran 
pura y lisamente desver- 
güenzas. 

La tertulia, no obs- 
tante, se regocijó con su 
entrada. Una sonrisa fe- 
liz se esparció por todos 
los rostros, menos el de 
Ramoncito. 

— Oiga usted , Calde- 
rón, — entró diciendo, 
sin saludar. — ¿Cómo se 
arregla usted para tener 
siempre unos criados tan 




guapos 



A uno d 



ellos , el de la entrada , 

con la poca luz que había y la voz de mezzo-soprano 
que me gasta , le he confundido con una muchacha. 

— ¡ Hombre, no ! — exclamó riendo el banquero. 

— ¡Hombre, sí! A mí no me importa nacía que Y. 
traiga todos los Romeos que guste... ¿Viene por 
aquí su amigo Pinazo ? 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Los que entendieron adonde iba á parar, que eran 
casi todos, soltaron la carcajada. 

— ¡ No viene ! ¡ no viene ! — dijo Calderón casi aho- 
gado por la risa. 

— ¿De qué se ríen? — preguntó Pacita por lo 
bajo á Esperanza. 

■ — No sé, — respondió ésta con acento de sinceri- 
dad, encogiéndose de hombros. 

— De seguro Cobo ha dicho una barbaridad. Se lo 
preguntaré después á Julia que no dejará de haberla 
cogido. 

Volvieron ambas la vista hacia la mayor de Alcu- 
dia y la vieron inmóvil, rígida, con los ojos bajos 
como siempre. En el ángulo de sus labios, sin em- 
bargo, vagaba una leve sonrisa maliciosa que mos- 
traba que no sin razón su hermana menor haba en 
sus profundos conocimientos. 

— Hola, Jamoncillo, — dijo acercándose á Maldo- 
nado y dándole una palmada en la mejilla con fami- 
liaridad. — Siempre tan guapote y tan seductor. 

Estas palabras fueron dichas en tono entre afec- 
tuoso ó irónico, que le sentó muy mal al joven. 

— No tanto como tú..., pero en fin, vamos tiran- 
do,- — respondió Mamoncito. 

— No, no, tú eres más guapo... y si no que lo 
digan estas niñas... Un poco flacucho estás, sobre 
todo desde hace una temporada, pero ya doblarás en 
cuanto se te pase eso. 

— No tiene que pasarme nada... Ya sé que nunca 
podré ser de tantas libras como tú, — replicó más 
picado. 

— Pues tienes más hierbas. 



LA ESPUMA 



47 



— Allá nos vamos , chico ; no vengas echándotelas 
de f andullo, porque es muy cursi, sobre todo de- 
lante de estas niñas. 

■ — ¡ Pero hombre , que siempre han de estar us- 
tedes riñendo ! — exclamó Pepa Frías . — Acaben 
ustedes pronto por batirse, ya que los dos no caben 
en el mundo. 

— Donde no caben los dos, — le dijo por lo bajo 
Pinedo , ■ — es en casa de Calderón. 

— Nada de eso , — manifestó Cobo en tono ligero 
y alegre. — Los amigos más reñidos son los mejores 
amigos. ¿Verdad, barbián? 

Al mismo tiempo tomó la cabeza de Ramoncito 
con ambas manos y se la sacudió cariñosamente. 
Este le rechazó con mal humor. 

— Quita, quita, no seas sobón. 

Cobo y Maldonado eran íntimos amigos. Se cono- 
cían desde la infancia : habían estado juntos en el 
colegio de San Antón : luego en la sociedad siguieron 
manteniendo relaciones estrechas , principalmente 
en el Club de los Salvajes, adonde ambos acudían 
asiduamente. Como ambos ejercían la misma profe- 
sión, la de pasear á pie, en coche y á caballo; como 
ambos frecuentaban las mismas casas y se encon- 
traban todos los días en todas partes, la confianza 
era ilimitada. Siempre había habido entre ellos, sin 
embargo, una graciosa hostilidad, pues Cobo des- 
preciaba á Eamoncito, y éste, que lo adivinaba, man- 
teníase constantemente en guardia. Esta hostilidad 
no excluía el afecto : se decían mil insolencias , dis- 
putaban horas enteras; pero en seguida salían jun- 
tos en coche como si no hubiera pasado nada, y se 



48 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



citaban para la hora del teatro. Malclonado tomaba 
las cosas ele Cobo en serio, y éste se gozaba en lle- 
varle la contraria en cnanto decía, hasta que con- 
seguía irritarlo, ponerlo fuera de sí. Mas el afecto 
desapareció en cuanto ambos pusieron los ojos en 
la chica de Calderón: no quedó más que la hostili- 
dad. Sus relaciones parecía que eran las mismas; 
reuníanse en el club diariamente, paseaban á me- 
nudo juntos, iban á cazar al Pardo como antes: en 
el fondo, sin embargo, se aborrecían ya cordial- 
mente. Por detrás decían perrerías el uno del otro; 
Cobo con más gracia, por supuesto, que Ramoncito, 
porque le tenía, fundada ó infundadamente, un des- 
precio verdadero. 

— Vamos, les pasa á Yds. lo que á mi hija y su 
marido. . . — dijo la de Frías. 

— ¡ No tanto ! ¡ no tanto , Pepa ! — interrumpió 
Ramírez afectando susto. 

— ¡Pero qué sin vergüenza es Y. , hombre ! — ex- 
clamó aquélla tratando de contener la risa, que no 
cuadraba á su mal humor característico. — Se- pa- 
recen ustedes en que siempre están regañando y 
haciendo las paces. 

Y se puso á describir con bastante gracia la vida 
matrimonial de su hija. Lo mismo ella que el ma- 
rido eran un par de chiquillos mimosos , insoporta- 
bles. Sobre si no la había pasado el plato á tiempo 
ó no la había echado agua en la copa, sobre los 
botones de la camisa, ó si no cepillaron la ropa, ó 
tenía la ensalada demasiado aceite, armaban cara- 
millos monstruosos. Los dos eran igualmente sus- 
ceptibles y quisquillosos. A veces se pasaban seis 



LA ESPUMA 



49 



ú ocho días sin hablarse : para entenderse en los 
menesteres de la vida se escribían cartitas y en 
ellas se trataban de Y. — «Asunción me ha pasado 
un recado dicióndome qne vendrá á las ocho para 
llevarme al teatro. ¿Tiene Y. inconveniente en que 
vaya?» — escribía ella dejándole la carta sóbrela 
mesa del despacho. — «Puede Y. ir adonde guste», 
— respondía él por el mismo procedimiento. — « ¿ Qué 
platos quiere Y. para mañana? ¿Le gusta á Y. la 
lengua en escarlata?» — «Demasiado sabe Y. que no 
como lengua. Hágame el favor de decir á la cocinera 
que traiga algún pescado, pero no boquerones como 
el otro día , y que no fría tanto las tortillas » . Nin- 
guno de los dos quería humillarse al otro : así que, 
esta tirantez se prolongaba ridiculamente, hasta 
que ella, Pepa, los agarraba por las orejas, les de- 
cía cuatro frescas y les obligaba á darse la mano. 
Luego, en las reconciliaciones, eran extremosos. 

— ¿Sabe Y., Pepa, que no quisiera estar yo allí 
en el momento de la reconciliación? — dijo Cobo ha- 
ciendo alarde nuevamente de su malignidad brutal. 

— Tampoco yo, hijo, — respondió dando un sus- 
piro de resignación que hizo reir. — Pero ¡qué 
quiere Y. ! Soy suegra, que es lo último que se puede 
ser en este mundo, y tengo esa penitencia y otras 
muchas que Y. no sabe. 

— Me las figuro. 

— No se las puede Y. figurar. 

— Pues querida , á mí me gustaría muchísimo ver 
á mis hijos reconciliados. No hay cosa más fea que 
un matrimonio reñido, — -dijo la bendita de Mariana 
con su palabra lenta, arrastrada, de mujer linfática. 

4 



50 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— También á mí . . . pero después que pasa la re- 
conciliación, — respondió Pepa cambiando miradas 
risueñas con Cobo Ramírez y Pinedo. 

— ¡ De qué buena gana me reconciliaría yo con V. , 
Mariana, del mismo modo que esos chicos! — dijo 
en voz muy baja el almibarado general Patino, 
aprovechando el momento en que la esposa de Cal- 
derón se inclinó para hurgar el fuego con un hierro 
niquelado. Al mismo tiempo, como tratase de qui- 
társelo para que ella no se molestase, sus dedos se 
rozaron, y aun puede decirse, sin faltar á la verdad, 
que los del general oprimieron suave y rápidamente 
los de la dama. 

— -¡Reconciliarse! — dijo ésta en voz natural. — 
Para eso es necesario antes estar enfadados y, á 
Dios gracias, nosotros no lo estamos. 

El viejo tenorio no se atrevió á replicar. Rió 
forzadamente , dirigiendo una mirada inquieta á 
Calderón. Si insistía, aquella pánfila era capaz de 
repetir en voz alta la atrevida frase que acababa 
de decirle. 

— Por supuesto, — siguió Pepa, — que yo me meto 
lo 'menos posible en sus reyertas. Ni voy apenas 
por su casa. ¡Uf! ¡Me crispa el hacer el papel de 
suegra ! 

— Pues yo, Pepa, quisiera que fuese Y. mi sue- 
gra, — dijo Cobo mirándola á los ojos codiciosa- 
mente. 

— Bueno, se lo* diré á mi hija, para que se lo 
agradezca. 

— ¡ No ; si no es por su hija ! . . . Es porque . . . me 
gustaría que V. se metiese en mis cosas. 



LA ESPUMA 



51 



— ¡Bah, bah! , déjese Y. de músicas ,- — replicó la 
de Frías medio enojada. 

Un amago de sonrisa que plegaba sus labios prego- 
naba, no obstante, que la frase la había lisonjeado. 

Ramoncito volvió á sacar la conversación del 
teatro Real, la liebre que sale y se corre en todas 
las tertulias distinguidas de la corte. La ópera, 
para los abonados, no es un pasatiempo, sino una 
institución. No es el amor á la música, sin embargo, 
lo que engendra esta constante preocupación, sino 
el no tener otra cosa mejor en qué ocuparse. Para 
Ramoncito Maldonado, para la esposa de Calderón 
y para otros muchos, los seres humanos se dividen 
en dos grandes especies: los abonados al teatro 
Real y los no abonados. Los primeros son los úni- 
cos que expresan realmente de un modo perfecto 
la esencia de la humanidad. G-ayarre y la Tosti 
fueron puestos otra vez á discusión. Los que habían 
llegado últimamente dieron su opinión, tanto sobre 
el mérito como sobre la disposición física de los dos 
cantantes. 

Ramoncito se puso á contar en voz baja á Espe- 
ranza y á Paz, que la noche anterior había sido pre- 
sentado á la Tosti en su camerino. «Una mujer muy 
amable , muy fina : le había recibido con una gracia 
y una amabilidad sorprendentes. Ya había oído 
hablar mucho de él, de Ramoncito, y tenía deseos 
vivos de conocerle personalmente. Cuando supo 
que era concejal, quedó asombrada por lo joven que 
había llegado á ese puesto. ¡Ya ven Yds. qué ton- 
tería! Por lo visto, en otros países se acostumbra á 
elegir sólo á los viejos. De cerca era aún mejor que 



52 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de lejos. Un cutis que parece raso; una dentadura 
preciosa: luego una arrogante figura; el pecho 
levantado y ¡unos brazos!...» 

La vanidad hacía á Ramoncito no sólo torpe , 
porque es regla bien sabida que cuando se galantea 
á una mujer no debe alabarse con demasiado calor á 
otra, sino un tantico atrevido dirigiéndose á niñas. 
Estas se miraban sonrientes, brillándoles los ojos 
con fuego malicioso y burlón que el joven concejal 
no observaba. 

— Y diga Y., Ramón, ¿no se ha declarado V. á 
ella? — le preguntó Pacita. 

— Todavía no, — respondió haciéndose cargo ya 
de la intención burlona de la pregunta. 

— Pero se declarará. 

— Tampoco. Yo estoy ya enamorado de otra 
mujer. 

Al mismo tiempo dirigió una miradita lánguida á 
Esperanza. Esta se puso repentinamente seria. 

— ¿De veras? Cuente Y , cuente Y. 

— Es un secreto. 

— Bien, pero nosotras lo guardaremos... ¿Yerdad 
Esperanza que tú no dirás nada? 

Y la escuálida chiquilla miraba maliciosamente 
á su amiga gozándose en su mal humor y en la 
inquietud de Ramoncito. 

— Yo no tengo gana de saber nada. 

— Ya lo oye Y., Ramón... Esperanza no tiene 
gana de oir hablar de sus novias. .. Yo bien sé por 
qué es , pero no lo digo. . . 

— ¡ Qué tonta eres, chica! — exclamó aquélla con 
verdadero enojo. 



LA ESPUMA 



58 



El joven concejal, lisonjeado por tal advertencia 
que venía de nna amiga íntima, creyó, sin em- 
bargo, que debía cambiar la conversación á fin de 
no echar á perder su pretensión, pues veía á Espe- 
ranza seria y ceñuda. 

— Pues no crean Vds. que es tan difícil decla- 
rarse á la Tosti y que ella conteste que sí . . . Y si 
no, ahí tienen Vds. á Pepe Castro, que puede dar fe 
de lo que digo. 

— Es que Pepe Castro, no es V., — manifestó la 
niña de Calderón con marcada displicencia. 

Maldonado cayó de la región celeste donde se 
mecía. Aquella frase punzante dicha en tono des- 
preciativo le llegó al alma. Porque cabalmente la 
superioridad de Pepe Castro era una de las pocas 
verdades que se imponían á su espíritu de modo 
incontrastable. Pudiera ofrecer reparos á la de Ho- 
mero, pero á la de Pepito, no. La seguridad de no 
poder llegar jamás, por mucho que le imitase, al 
grado excelso de elegancia , despreocupación , valor 
desdeñoso, y hastío de todo lo creado, que caracte- 
rizaba á su admirado amigo, le humillaba y le hacía 
desgraciado. Esperanza había puesto la mano en 
la llaga que minaba su preciosa existencia. No pudo 
contestar; tal fué su emoción. 

Clementina estaba triste, inquieta. Desde que 
había entrado en casa de su cuñada, buscaba pre- 
texto para irse. Pero no lo hallaba. Era forzoso 
resignarse á dejar transcurrir un rato: los minutos 
le parecían siglos. Había charlado unos momentos 
con la marquesa de Alcudia, mas ésta la había 
dejado en cuanto entró el padre Ortega. Su cuñada 



54 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



estaba secuestrada por el general Patino, que le 
explicaba minuciosamente el modo de criar y cui- 
dar á los ruiseñores en jaula. Las dos chicas de 
Alcudia que tenía al lado parecían de cera, rígidas, 
tiesas , contestando por monosílabos á las pocas 
preguntas que las dirigió. Una sorda irritación se 
iba apoderando poco á poco de ella: dado su tempe- 
ramento, no se hubieran pasado muchos minutos en 
echar á rodar todos los miramientos y largarse 
bruscamente. Mas al oir el nombre de Pepe Castro 
levantó la cabeza vivamente y se puso á escuchar 
con ávida atención. La reticencia de Ramoncito 
la puso súbito pálida : se repuso no obstante en 
seguida, y, entrando en la conversación con amable 
sonrisa, dijo : 

— Yaya, vaya, Ramón; no sea V. mala lengua... 
¡Pobres mujeres en boca de Yds. ! 

— No se habla mal sino de la que lo merece, Cle- 
mentina, — respondió éste animado por el cable que 
impensadamente recibía. 

— De todas hablan Yds. Me parece que su ami- 
guito Pepe Castro no es de los que se muerden la 
lengua para echar por el suelo una honra. 

— Pues mire Y., Clementina , hasta ahora no le 
he cogido tras de ninguna mentira. Todo Madrid 
sabe que es hombre de mucha suerte con las mu- 
jeres. 

— ¡ No sé por qué ! — replicó con un mohín de 
desdén la clama. 

— Yo no soy inteligente en la hermosura de los 
hombres, — manifestó el joven riendo mucho su 
frase, — pero todos dicen que Pepito es guapo. 



LA ESPUMA 



55 



— ¡Ps!... Eso será según el gusto de cada cual... 
y que me dispense Pacita, que es su pariente: Yo 
formo parte de esos todos y no lo digo. 

— Pues la verdad es, — apuntó Esperancita tími- 
damente, — -que Pepito no pasa por feo... Luego, es 
muy elegante y distinguido, ¿verdad tú? 

Y se dirigió á Pacita, poniéndose al mismo tiempo 
levemente colorada. 

Clementina ]e dirigió una mirada penetrante y 
singular que concluyó de ruborizarla. 

— ¿De qué se habla? — preguntó Cobo Ramírez 
acercándose al corro. 

Casi nunca se sentaba en las tertulias. Le placía 
andar de grupo en grupo, resollando como un buey, 
soltando alguna frase atrevida en cada uno. La faz 
de Ramoncito se nubló al aproximarse su rival. Este 
no dejó de notarlo y le dirigió una mirada burlona. 

— Vamos, Ramoncillo, di; ¿cómo te arreglas para 
tener tan animadas á las damas? Me acaba de decir 
Pepa que vas echando ingenio. 

— No, hombre; ¿cómo voy á echarlo si lo tienes 
tú todo? — dijo con irritación el concejal. 

— Yaya, chico, si es que te azaras porque yo me 
acerco, me voy. 

Una sonrisa irónica, amarga y triunfal al mismo 
tiempo, dilató el rostro anguloso de Ramoncito. 
Había cogido á su enemigo en la trampa. Ha de 
saberse que pocos días antes averiguó casualmente, 
por medio de un académico de la lengua, que no 
se decía azararse , sino azorarse. 

— Querido Cobo, — dijo echándose hacia atrás 
con la silla y mirándole con fijeza burlona. — Antes 



5(3 



ARMANDO PALACIO VALDBS 



de hablar entre personas ilustradas, creo que debie- 
ras aprender el castellano... Digo... me parece... 

— ¿Pues? — preguntó el otro sorprendido. 

— No se dice azarar, sino azorar, queridísimo 
Cobo. Te lo participo para tu satisfacción y efectos 
consiguientes. 

La actitud de Mamoncito al pronunciar estas 
palabras era tan arrogante, su sonrisa tan imper- 
tinente, que Cobo, desconcertado por un momento, 
preguntó con furia: 

— ¿Y por qué se dice azorar y no azarar? 

— ¡Porque sí!... ¡Porque lo digo yo!... ¡Eso!... 
— respondió el otro sin dejar de sonreír cada vez 
con mayor ironía y echando una mirada de triunfo 
á Esperanza. 

Se entabló una disputa animada, violenta, entre 
ambos. Cobo se mantuvo en sus trece sosteniendo 
con brío que no había tal azorar, que á nadie se lo 
había oído en su vida y eso que estaba harto de ha- 
blar con personas ilustradas. El joven y perfumado 
concejal le respondía brevemente sin abandonar la 
sonrisilla impertinente, seguro de su triunfo. Cuanto 
más furioso se ponía Cobo, más se gozaba en hu- 
millarle delante de la niña por quien ambos sus- 
piraban. 

Pero la decoración cambió cuando Cobo irritadí- 
simo, viéndose perdido, llamó en su auxilio al gene- 
ral Patino. 

— Vamos á ver, general, V. que es una de las 
eminencias del ejército, ¿cree que está bien dicho 
azorarse? 

El general, lisonjeado por aquella oportuna 



LA ESPUMA 



57 



dedada de miel, dijo dirigiéndose á Maldonado en 
tono paternal: 

— No, R-amoncito, no: está Y. en un error. Jamás 
se ha. dicho en España azorar. 

El concejal dio un brinco en la silla. Abando- 
nando súbito toda ironía, echando llamas por los 
ojos, se puso á gritar, que no sabían lo que se 
decían, que parecía mentira que personas ilus- 
tradas, etc., etc., que estaba seguro de hallarse 
en lo cierto y que inmediatamente se buscase un 
diccionario. 

— El caso es, Ramoncito, — dijo D. Julián ras- 
cándose la cabeza, • — que el que había en casa hace 
ya tiempo que ha desaparecido. No sé quién se 
lo ha llevado... Pero á mí me parece también, como 
al general, que se dice azarar. . . 

Aquel nuevo golpe afectó profundamente á Mal- 
donado , que, pálido ya, tembloroso, lanzó con voz 
turbada un último grito de angustia. 

— ¡Azorar viene de azor, señores ! 

- — ¡ Qué azor, ni qué coliflor , hombre de Dios , — 
exclamó Cobo soltando una insolente carcajada.— 
Confiesa que has metido la patita y di que no lo 
volverás á hacer. 

El despecho, la ira del joven concejal no tuvie- 
ron límites . Todavía luchó algunos momentos con 
palabras y ademanes descompuestos; pero como 
se contestase á sus enérgicas protestas con risitas 
y sarcasmos, concluyó por adoptar una actitud 
digna y despreciativa, masticando palabras carga- 
das de hiél, los labios trémulos, la mirada torva: 
de vez en cuando dejaba escapar por la nariz un 



58 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



leve bufido de indignación. Cobo estuvo implacable, 
aprovechando todas las ocasiones que se ofrecieron 
para dirigirle indirectamente alguna pullita enve- 
nenada que causaba el regocijo ele las niñas y 
hacía sonreír discretamente á las personas graves. 
Nadie en el mundo padeció más hambre y sed de 
justicia que Ramoncito en aquella ocasión. 

La llegada de un nuevo personaje, puso fin ó 
suspendió por lo menos su tormento. Anunció el 
criado al señor duque de Requena. La entrada de 
éste produjo en la tertulia un movimiento que in- 
dicaba bien claramente su importancia. Calderón 
salió á recibirle dándole las dos manos con efusión. 
Los hombres se levantaron apresuradamente y se 
apartaron de los asientos para salir á su encuentro 
sonrientes, expresando en su actitud la veneración 
que les inspiraba. Las damas volvieron también sus 
rostros hacia él con curiosidad y respeto, y Pepa 
Frías se levantó para saludarle. Hasta el padre Or- 
tega abandonó á su marquesa y se adelantó incli- 
nado , sumiso, dirigiéndole un saludo almibarado, 
sonriéndole con sus ojos claros al través de los fuer- 
tes cristales de miope que gastaba. Por algunos ins- 
tantes apenas se oyó en la estancia más que « señor 
duque » , « señor duque » . « ¡ Oh , señor duque ! » 

El objeto de tanta atención y acatamiento era 
un hombre bajo, gordo, la faz amoratada, los ojos 
saltones y oblicuos, el cabello blanco, y el bigote 
entrecano, duro y erizado como las púas de un 
puerco-espín. Los labios eran gruesos y sinuosos, 
manchados por el zumo del cigarro puro que traía 
apagado y mordía paseándolo de un ángulo á otro 



LA ESPUMA 



59 



de la boca sin cesar. Podría tener unos sesenta 
años, más bien más que menos. Venía envuelto en 
un magnífico gabán de pie] es que no había querido 
quitarse á la entrada 
por hallarse acata- 
rrado. Mas al poner 
los pies en el salon- 
cito de Calderón, 
sintióse malamente 
impresionado por el 
calor que allí hacía, 
y sin contestar ape- 
nas á los saludos y 
sonrisas que á por- 
fía le dirigían , mur- 
muró en tono brutal, 
con la yoz gruesa y 
ronca á la vez que ca- 
racteriza á los hom- 
bres ele cuello corto: 

— Puf! Esto echa 
bombas. . . ! 

Y lo acompañó de 
una interjección va- 
lenciana que princi- 
pia por f. Al mismo 
tiempo hizo ademán 
de despojarse del 
abrigo. Veinte ma- 
nos cayeron sobre él para ayudarle y esto retrasó 
un poco la operación. 

Representóse en la tertulia ele Calderón la es- 




60 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cena de los israelitas en el desierto que más se ka 
repetido en el mundo, la adoración del becerro de 
oro. El recién llegado era nada menos que don 
Antonio Salabert, duque de Requena, el célebre 
Salabert rico entre los ricos de España , uno de los 
colosos de la banca y el más afamado, sin disputa, 
por el número y la importancia de sus negocios. 
Había nacido en Valencia : nadie conocía á su 
familia. Decían unos que había sido granuja del 
mercadal , otros que empezó de lacayo de un ban- 
quero y luego fué cobrador de letras y zurupeto, 
otros que había sido soldado de Cabrera en la pri- 
mera guerra civil, y que el origen de su fortuna 
estuvo en una maleta llena de onzas de oro que 
robó á un viajero. Algunos llegaban hasta á afiliarle 
en una de las célebres partidas de bandoleros que 
infestaron á España poco después de la guerra. Pero 
él explicaba del modo más sencillo y gráfico la pro- 
cedencia de su fortuna, que no bajaba de cua- 
trocientos millones ele reales. Cuando se enfadaba 
con los empleados de su casa , lo cual sucedía á 
menudo, y notaba que se ofendían con sus pala- 
brotas injuriosas, solía decirles gritando como un 
energúmeno : 

— ¿Sabéis, f , cómo he llegado yo á tener 

dinero?... Pues recibiendo muchas patadas en el 
trasero. Sólo á fuerza de puntapiés se consigue 
subir arriba. ¿Estamos? 

Hay que confesar que este dato adolece de ser 
un poco vago; pero la perfecta autenticidad de que 
se halla revestido, le da un valor inapreciable. 
Tomándolo como base de la investigación, acaso se 



LA ESPUMA 



61 



pueda llegar á definir el carácter y á historiar la 
vida y las empresas del opulento banquero. 

— Hola, chiquita, — dijo avanzando hacia Cle- 
mentina y tomándole la barba como se hace con los 
niños. — ¿Estás aquí? No he visto tu coche abajo. 

— He salido á pie, papá. 

— Es un milagro. Si quieres, puedes llevarte 
el mío. 

— No; tengo deseos de caminar. Estoy estos días 
muy pesada. 

El duque de Requena había prescindido de todos 
los presentes y hablaba á su hija con toda la afabi- 
lidad de que era susceptible. La veía pocas veces. 
Clementina era su hija natural, habida allá en 
Valencia, cuando joven, de una mujer ele la ínfima 
dase social, como él lo era al parecer. Luego se 
había casado en Madrid, ya en camino de ser rico, 
con una joven de la clase media, de la cual no 
tuvo familia. Esta señora, extremadamente deli- 
cada de salud desde su matrimonio, había cedido, 
ó por mejor decir, había ella misma propuesto que 
la hija de su marido viniese á habitar la misma 
casa. Clementina se educó, pues, aquí y fué amada 
de la esposa de su padre como una verdadera hija: 
ella la quiso y la respetó también como á una madre. 
Después que se casó solía visitarla á menudo; pero 
como su padre estaba siempre muy ocupado no 
entraba en sus habitaciones, y desde las de su 
madre (así la llamaba) se iba á la calle. Sólo en los 
días de banquete ó recepción , ó cuando casualmente 
le tropezaba en las casas ó en la calle departía un 
rato con él. 



62 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Después de preguntarle por su marido y por sus 
hijos, el duque se puso á hablar, sin sentarse, con 
Calderón y Pepa Frías. Era un hombre rudo y 
campechanote en la apariencia: sonreía pocas veces, 
y cuando lo hacía era de modo tan leve que aun 
podía dudarse de ello. Acostumbraba á llamar las 
cosas por su nombre y á dirigirse á las personas 
sin fórmulas de cortesía, diciéndoles en la cara 
algunas cosas que pudieran pasar por groserías : no 
lo eran porque sabía darles un tinte entre rudo y 
afectuoso que les quitaba el aguijón. No era muy 
locuaz. Generalmente se mantenía silencioso mor- 
diendo su cigarro y examinando al interlocutor 
con sus ojos oblicuos, impenetrables. Mostraba al 
hablar una inocencia falsa y socarrona que no le 
hacía antipático. Detrás se veía siempre al antiguo 
granuja del mercadal de Valencia , diestro, burlón, 
receloso y marrullero. 

Pepa Frías le habló de negocios. La viuda era 
incansable en esta conversación. Quería enterarse 
de todo, temiendo ser engañada, ávida siempre de 
ganancias y temblando con terror cómico ante la 
perspectiva de la baja de sus fondos. Se hacía repe- 
tir hasta la saciedad los pormenores. «¿Soltaría las 
acciones del Banco y compraría Cubas? ¿Qué pen- 
saba hacer el Gobierno con el amortizable? Había 
oído rumores. ¿Se haría en alza la próxima liqui- 
dación? ¿No sería mejor liquidar en el momento 
con treinta céntimos de ganancia que aguardar á 
fin de mes ? » 

Para ella las palabras de Salabert eran las del 
oráculo de Delfos. La fama inmensa del banquero 



LA ESPUMA 



03 



la tenía fascinada. Por desgracia, el duque, como 
todos los oráculos antiguos y modernos, se expre- 
saba siempre que se le consultaba, de un modo 
ambiguo. Respondía muchas veces con gruñidos 
que nadie sabía si eran de afirmación, de negación ó 
de duda; las frases que de vez en cuando se escapa- 
ban de su boca entre el cigarro y los labios húme- 
dos y sucios eran oscuras, cortadas, ininteligibles 
en muchos casos. Además, todo el mundo sabía 
que no era posible fiarse de él, que se gozaba en 
despistar á sus amigos y hacerles caer de bruces 
en un mal negocio. Sin embargo, Pepa insistía 
aspirando á arrancar de aquel cerebro luminoso el 
secreto de la mina : bromeaba tomándole de las so- 
lapas de la levita, llamándole viejo, cazurro, zorro,, 
haciendo gala de una desvergüenza que en ella 
había llegado á ser coquetería. El banquero no daba 
fuego; le seguía el humor respondiendo con gru- 
ñidos y con tal cual frase escabrosa que hacía reir á 
Calderón, aunque no tenía muchas ganas de hacerlo 
viéndole echar sin miramiento alguno tremendos 
escupitajos en la alfombra. Porque el duque con el 
picor del tabaco salivaba bastante y no acostum- 
braba á reparar dónde lo hacía, á no ser en su casa 
donde cuidaba de ponerse al lado de la escupidera. 
Calderón estaba inquieto, violento, lo mismo que 
si se los echase en la cara. A la tercera vez, no 
pudiendo contenerse, fué él mismo á buscar la escu- 
pidera para ponérsela al lado. Salabert le dirigió 
una mirada burlona y le hizo un guiño á Pepa . Ya 
tranquilo Calderón se mostró locuaz y pretendió 
sustituirse al duque dando consejos á Pepa sobre 



64 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



los fondos. Pero aunque hombre prudente y experto 
en los negocios, la viuda no se los apreciaba ni aun 
quería oirlos. Al fin y al cabo, entre él y Salabert 
existía enorme distancia : el uno era un negociante 
vulgar, el otro un genio de la banca. Sin embargo, 
éste asentía con sonidos inarticulados á las indica- 
ciones bursátiles del dueño de la casa. Pepa no se 
fiaba. 

Salabert se apartó un poco del grupo y se dejó 
caer sobre el brazo de un sillón adoptando una pos- 
tura grosera, para lo cual sólo él tenía derecho. En 
vez de ser mal vistos sus modales libres y rudos, 
contribuían no poco á su prestigio y al respeto ido- 
látrico que en sociedad se le tributaba. Lejos nue- 
vamente de la escupidera volvió á salivar sobre la 
alfombra con cierto goce malicioso, que á pesar de 
su máscara indiferente y bonachona se le traslucía 
en la cara. Calderón tornó igualmente á nublarse y 
fruncirse [hasta que, resolviéndose á saltar por enci- 
ma de ciertos miramientos sociales, le acercó otra 
vez la escupidera sin tanto valor como antes, pues 
lo hizo con el pie. Pepa sentóse en el otro brazo y 
siguió haciendo carocas al duque. Este comenzaba 
á fijar más la atención en ella. Sus miradas frecuen- 
tes la envolvían de la cabeza á los pies notándose 
que se detenían en el pecho , que era alto y provo- 
cador. Pepa era una mujer fresca y apetitosa. Al 
cabo de algunos minutos el banquero se inclinó 
hacia ella con poca delicadeza, y acercando el ros- 
tro á su cara , tanto que parecía que se la rozaba 
con los labios, le dijo en voz baja: 

— ¿Tiene Y. muchas Osunas? 



LA ESPUMA 



65 



— • Algunas , sí , señor. 

— Véndalas V. á escape. 

Pepa le miró á los ojos fijamente , y dándose por 
advertida calló. Al cabo de unos momentos fué ella 
quien acercando su rostro al del banquero le pre- 
guntó discretamente: 

— ¿Qué compro? 

— Amortizable , — respondió el famoso millonario 
con igual reserva. 

Entraban á la sazón un caballero y una dama, 
ambos jovencitos, menudos, sonrientes, y vivos en 
sus ademanes. 

— Aquí están mis hijos , — dijo Pepa. 

Era un matrimonio grato de ver : ambos bien 
parecidos , de fisonomía abierta y simpática , y tan 
jóvenes, que realmente parecían dos niños. Fueron 
saludando uno por uno á los tertulios. En todos los 
rostros se advertía el afecto protector que inspi- 
raban. 

— Aquí tienes á tu suegra , Emilio , ¡ qué encuen- 
tro tan desagradable! ¿verdad?...- — -dijo Pepa al 
joven. 

— Suegra , no : mamá . . . mamá , — respondió éste 
apretándole la mano cariñosamente. 

— ¡Dios te lo pague, hijo! — replicó la viuda 
ciando un suspiro de cómico agradecimiento. 

Volvió la tertulia á acomodarse. Los jóvenes ca- 
sados sentáronse juntos al lado de Mariana. Cie- 
rnen tina había dejado aquel sitio y charlaba con 
Maldonado : el nombre de Pepe Castro sonaba 
muchas veces en sus labios. Mientras tanto Cobo 
aprovechaba el tiempo , haciendo reir con sus des- 



66 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



vergüenzas á Pacita ; pero aunque intentaba que 
Esperanza acogiese los chistes con igual placer, no 
lo conseguía. La niña de Calderón, seria, distraída, 
parecía atender con disimulo á lo que Mamoncito y 
Clementina hablaban. Pinedo se había levantado 
y hacía la corte al duque; y el general, viendo á su 
ídolo en conversación animada con los jóvenes casa- 
dos , fatigado de que sus laberínticos requiebros no 
fuesen comprendidos, ni tampoco sus restregones 
poéticos, vino á hacer lo mismo. La marquesa y el 
sacerdote seguían cuchicheando vivamente allá en 
un rincón, ella cada vez más humilde ó insinuante , 
sentada sobre el borde de la butaca , inclinando su 
cuerpo para meterle la voz por el oído; él más grave 
y más rígido por momentos , cerrando á largos in- 
tervalos los ojos como si se hallase en el confeso- 
nario. 

— ¡ Qué par de bebés , eh ! — dijo Pepa en voz alta 
á Mariana, aludiendo al joven matrimonio. — ¿No 
es una vergüenza que esos mocosos estén casados? 
¡ Cuánto mejor sería que estuviesen jugando al 
trompo ! 

Los chicos sonrieron mirándose con amor. 

— Ya jugarán. . . en los momentos de ocio, — dijo 
Cobo Ramírez con retintín. 

— ¡ Hombre , cá ! — exclamó Pepa , volviéndose 
furiosa hacia él. — ¿Le han dado á V. cuenta ellos 
de sus juegos? 

Aquél y Emilio cambiaron una mirada maliciosa. 
Irenita, la joven casada, se ruborizó. 

— Te están haciendo vieja, Pepa. Acuérdate que 
eres abuela, — -respondió la señora de Calderón. 



LA ESPUMA 



67 



— ¡Qué abuela tan rica! — exclamó por lo bajo 
Cobo, aunque con la intención de que lo oyese la 
interesada. 

Esta le echó una mirada entre risueña y enojada, 
demostrando que había oído y lo agradecía en el 
fondo. Cobo se hizo afectadamente el distraído. 

— ¿Os ha pasado ya la berrenchina? — siguió la 
viuda dirigiéndose á sus hijos. — ¿Cuánto durarán 
las paces?. . . ¡Jesús, qué criaturas tan picoteras! ... 
Mirad , yo no voy á vuestra casa porque cuando os 
encuentro con morro me apetece coger la escoba y 
romperla en las costillas de los dos.. . 

Los tertulianos se volvieron todos hacia los jóve- 
nes esposos sonriendo beatíficamente. Esta vez se 
pusieron ambos fuertemente colorados. Después, 
por la seriedad que quedó bien señalada en el rostro 
de Emilio , se pudo comprender que no le hacían 
maldita la gracia aquellas salidas harto desenfada- 
das de su suegra. 

El general Patiño, por orden de la bella señora de 
la casa , puso el dedo en el botón de un timbre eléc- 
trico. Apareció un criado; le hizo el ama una seña: 
no se pasaron cinco minutos sin que se presentase 
nuevamente y con él otros dos con sendas bandejas 
en las manos colmadas de tazas de te, pastas y 
bizcochos. Momento de agradable expansión en la 
tertulia: todos se ponen en movimiento y brilla en 
los ojos el placer del animal que va á satisfacer una 
necesidad orgánica. Esperancita deja apresurada- 
mente á su amiga y á Ramírez y se pone á ayudar 
con solicitud á su madre en la tarea de servir el te 
á los tertulios. Ramoncito aprovecha el instante en 



68 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que la niña le presenta una taza, para decirla en 
voz baja y alterada «que le sorprende mucho que 
se complazca en escuchar las patochadas y frases 
atrevidas ele Cobo Ramírez». Esperanza le mira 
confusa, y al fin dice «que ella no ha oído seme- 
jantes patochadas, que Cobo es un chico muy ama- 
ble y gracioso » . Mamoncito protesta con voz débil 
y lúgubre entonación contra tal especie y persiste 
en desacreditar á su amigo, hasta que éste, oliendo 
el torrezno, se acerca á ellos bromeando según cos- 
tumbre. Con lo cual, á nuestro distinguido concejal 
se le encapota aun más el rostro y se va retirando 
poco á poco : no sea que al insolente de Cobo se 
le ocurra cualquier sandez para hacer reir á su 
costa. 

Llegó el momento de hablar de literatura, como 
acontece siempre en todas las tertulias nocturnas ó 
vespertinas de la capital. El general Patiño habló 
ele una obra teatral recién estrenada con felicísimo 
éxito y le puso sus peros, basados principalmente 
en algunas escenas subidas de color. Mariana mani- 
festó que de ningún modo iría á verla entonces. 
Todos convinieron en anatematizar la inmoralidad 
de que hoy hacen gala los autores. Se dijeron pestes 
del naturalismo. Cobo Ramírez, que había tomado 
te y luego unos emparedados y se había comido una 
cantidad fabulosa de ensaimadas y bizcochos, expuso 
á la tertulia que recientemente había leído una 
novela titulada Le journal d'une dame (en francés y 
todo), preciosa, bonitísima, la más espiritual que 
él hubiera leído nunca. Porque Cobo, en literatura, 
— ¡ caso raro! — estaba por lo espiritual, lo delica- 



LA ESPUMA 



69 



do. No le vinieran á él con esas novelotas pesadas 
donde le cuentan á uno las veces que un albañil se 
despereza al levantarse de la cama (ó los bizcochos 
y ensaimadas que se come un chico de buena socie- 
dad) , ni le hablaran de partos y otras porquerías 
semejantes. En las novelas deben ponerse cosas 
agradables, puesto que se escriben para agradar. 
Esto decía con notable firmeza , resollando al hablar 
como un caballo de carrera. Los demás asentían. 

La entrada de un caballero ni alto ni bajo, ni 
delgado ni gordo , alzado de hombros y cogido de 
cintura, la color baja, la barba negra y tan espesa 
y recortada que parecía postiza , cortó rápidamente 
la plática literaria. Nada menos era que el señor 
ministro de Fomento. Por eso llevaba la cabeza tan 
erguida que casi daba con el cerebelo en las espal- 
das, y sus ojos medio cerrados despedían por entre 
las negras y largas pestañas relámpagos de suficien- 
cia y protección á los presentes. Hasta los veintidós 
años había tenido la cabeza en su postura natural; 
pero desde esta época en que le nombraron vice- 
presidente de la sección de derecho civil y canónico 
en la Academia de Jurisprudencia, había comenzado 
á levantarla lenta y majestuosamente como la luna 
sobre el mar en el escenario del teatro Real, esto 
es, á cortos é imperceptibles tironcitos de cordel. Le 
hicieron diputado provincial; un tironcito. Luego 
diputado á Cortes; otro tironcito. Después gober- 
nador de provincia; otro tironcito. Más tarde Direc- 
tor general de un departamento; otro. Presidente de 
la Comisión de presupuestos; otro. Ministro: otro. 
La cuerda estaba agotada; aunque le hicieran prín- 



70 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cipe heredero, Jiménez Arbós ya no podía levantar 
un milímetro más su gran cabeza. 

Su entrada produjo movimiento, pero no tanto 
como la del duque de Requena. Este, cuyo rostro 
carnoso, sensual, no podía ocultar el desprecio que 
aquella asamblea le inspiraba, corrió á él sin em- 
bargo , y le saludó con un rendimiento y servilismo 
que á cualquiera sorprendería , mucho más teniendo 
en cuenta la rusticidad y grosería con que general- 
mente se comportaba en el trato social. El ministro 
comenzó á repartir apretones de manos de un modo 
tan distraído que ofendía. Unicamente cuando salu- 
dó á Pepa Frías dio señales de animación. Esta le 
preguntó en voz baja tuteándole : 

— ¿Cómo vienes de frac? 

— Voy á comer á la embajada francesa. 

— ¿Yas luego á casa? 

— Sí. 

Este diálogo rapidísimo en voz imperceptible fué 
observado por el duque, quien acercándose á Pinedo 
le preguntó con reserva y haciendo una seña expre- 
siva: 

— Diga Y. , ¿Arbós y Pepa Frías? . . . 

— Hace ya lo menos dos meses. 

La mirada que el banquero le echó entonces á la 
viuda no fué de la calidad de las anteriores. Era 
ahora más atenta, más respetuosa y profunda, que- 
dándose después un poco pensativo. Calderón se 
había acercado al ministro y le hablaba con acata- 
miento. Salabert hizo lo mismo. Pero el personaje 
no tenía ganas de hablar de negocios ó por ventura 
le inspiraba miedo el célebre negociante : la prensa 



LA ESPUMA 



71 



liacía reticencias malévolas sobre los negocios de 
éste con el Gobierno. Por eso, á los pocos momentos, 
se fué en pos de Pepa Frías y se 
pusieron á cuchichear en un án- 
gulo de la estancia. 

Clementina esta- 
ba cada vez más im- 
paciente , con unos 
deseos atroces de 
marcharse. Dejaba 
de hacerlo por el te- 
mor de que su padre 
la acompañase. El 
ministro se fué á los 
pocos minutos, re- 
partiendo previa- 
mente otros cuantos 
apretones de manos 
con la misma dis- 
tracción imponente, 
mirando no á la per- 
sona á quien saluda- 
ba , sino al techo de la estancia. Entonces 
el duque se apoderó de Pepa Frías, mos- 
trándose con ella tan galante y expresivo, 
que parecía que iba á hacerle una declaración de 
amor. El general, observándolo, le dijo á Pinedo: 

— Mire V. el duque qué animado se ha puesto. 
De fijo le está haciendo el amor á Pepa. 

— No , — respondió gravemente el empleado. — A 
lo que está haciendo el amor ahora es al negocio de 
las minás de Riosa. 




72 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La viuda anunció al cabo en voz alta que se iba. 
■ — ¿Adonde va Y., Pepa, en este momento? — le 
preguntó el banquero. 

— A casa de Lhardy á encargar unas mortadelas. 

— La acompaño á Y. 

— Yamos; le convidaré á tomar unos pastelitos. 
Al duque le hizo mucha gracia el convite. 

— ¿Yienes, chiquita? — le dijo á su hija. 
Clementina aun pensaba quedarse un rato. Pepa, 

al tiempo de salir del brazo del banquero, dijo en 
alta voz volviéndose á los presentes : 

— ■ Conste que no vamos en coche. 

Lo cual les hizo reir. 

— Conste — dijo el duque riendo — que esto lo 
dice por adularme. 

— Que se explique eso ; no hemos comprendido . . . 
— gritó Cobo Ramírez. 

Pero ya el duque y Pepa habían desaparecido 
detrás del portier. Clementina aguardó sólo cinco 
minutos. Cuando presumió que ya no podía trope- 
zar en la escalera á su padre, se levantó, y pretex- 
tando un quehacer olvidado, se despidió también. 



III 



LA HIJA DE SALABERT 



Bajó con ansia la escalera, y al poner el pie en la 
calle dejó escapar un suspiro ele consuelo. A paso 
vivo tomó la del Siete de Julio, entró en la plaza 
Mayor y luego en la de Atocha. Al llegar aquí quizá 
vino á su pensamiento la imagen del joven que 
la había seguido y volvió la cabeza con inquietud. 
Nada; no había que temer. Ninguno la seguía. En 
la puerta de una de las primeras casas y mejores 
de la calle , se detuvo , miró rápida y disimulada- 
mente á entrambos lados y penetró en el portal. 
Hizo una seña casi imperceptible de interrogación 



74 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



al portero y éste contestó con otra ele afirmación 
llevándose la mano á la gorra. Lanzóse por la esca- 
lera arriba y subió tan de prisa, sin duda para 
evitar encuentros importunos, que al llegar al piso 
segundo le ahogaba la fatiga y se llevó una mano al 
corazón. Con la otra dió dos golpecitos en una de las 
puertas. Al instante abrieron silenciosamente, y se 
arrojó dentro con ímpetu, cual si la persiguiesen. 

— Más vale tarde que nunca , — dijo el joven que 
había abierto, tornando á cerrar con cuidado. 

Era un hombre de veintiocho á treinta años, de 
estatura más que regular, delgado, rostro fino y 
correcto, sonrosado en los pómulos, bigote retorcido, 
perilla apuntada y los cabellos negros y partidos 
por el medio con una raya cuidadosamente trazada. 
Guardaba semejanza con esos soldaditos de papel 
con que juegan los niños; esto es, era de un tipo mi- 
litar afeminado. También se parecía su rostro al 
que suelen poner los sastres á sus figurines , y era 
tan antipático y repulsivo como el de ellos. Vestía 
un batín de terciopelo color perla con muchos y pri- 
morosos adornos; traía en los pies zapatillas del 
mismo género y color con las iniciales bordadas en 
oro. Advertíase pronto que era uno de esos hombres 
que cuidan con esmero del aliño de su persona; que 
retocan su figura con la misma atención y delica- 
deza con que el escultor cincela una estatua; que al 
rizarse el bigote y darle cosmético creen estar cum- 
pliendo un sagrado é ineludible deber de conciencia; 
que agradecen, en fin, al Supremo Hacedor, el ha- 
berles otorgado una presencia gallarda y procuran 
en cuanto les es dado mejorar su obra. 



LA ESPUMA 



75 



— j Qué tarde ! — volvió á exclamar el apuesto 
caballero dirigiéndola una mirada fija y triste de 
reconvención. 

La dama le pagó con una graciosa sonrisa, di- 
ciendo al mismo tiempo con acento burlón: 

— -Nunca es tarde si la dicha es buena. 

Y le tomó la mano y se la apretó suavemente, y le 
condujo luego sin soltarle al través de los corredo- 
res , hasta un gabinete que debía de ser el despacho 
del mismo joven. Era una pieza lujosa y artística- 
mente decorada, las paredes forradas con cortinas 
de raso azul oscuro, prendidas al techo por anillos 
que corrían por una barra de bronce; sillas y buta- 
cas de diversas formas y gustos, una mesa -escrito- 
rio de nogal con adornos de hierro forjado , al lado 
de ella una taquilla con algunos libros, hasta dos 
docenas aproximadamente. Suspendidos del techo 
por cordones de seda y adosados á la pared veíanse 
algunos arneses de caballo, sillas de varias clases, 
comunes , bastardas y de jineta con sus estribos 
pendientes , frenos de diferentes épocas y también 
países, látigos, sudaderos de estambre fino borda- 
dos, espuelas de oro y plata; todo riquísimo y 
nuevo. Las aficiones hípicas del dueño de aquel des- 
pacho se delataban igualmente en los pasillos , que 
desde la puerta de la casa conducían á allí; por 
todas partes monturas colgadas y cuadros represen- 
tando caballos en libertad ó aparejados. Hasta sobre 
la mesa de escribir, el tintero, los pisapapeles y la 
plegadera estaban tallados en forma de herraduras, 
estribos ó látigos. Al través de un arco con colum- 
nas, mal cerrado por un portier hecho de rico tapiz 



70 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



en el que figuraban un joven con casaca y peluca 
ele rodillas delante de una joven con traje Pompa- 
dour, veíase un magnífico lecho de caoba con dosel. 

Así que llegaron á esta cámara, la dama se dejó 
caer con negligencia en una butaquita muy linda y 
volvió á decirle con sonrisa burlona: 

- — ¡Qué! ¿no te alegras de verme? 

— Mucho; pero me alegraría de haberte visto pri- 
mero. Hace hora y media que te estoy esperando. 

— ¿Y qué? ¿Es gran sacrificio esperar hora y me- 
dia á la mujer que se adora? ¿Tú no has leído que 
Leandro pasaba todas las noches el Helesponto á 
nado para ver á su amada?... No, tú no has leído 
eso ni nada... Mejor; yo creo que te sentaría mal 
la ciencia. Los libros disiparían esos colorcitos tan 
lindos que tienes en las mejillas , te privarían de la 
agilidad y la fuerza con que montas á caballo y 
guías los coches... Además, yo creo que hay hombres 
que han nacido para ser guapos, fuertes y diver- 
tidos, y uno de ellos eres tú. 

— Vamos, por lo que estoy viendo me consideras 
como un bruto, que no conoce ni la A, — respondió 
triste y amoscado el joven, en pie frente á ella. 

— ¡No, hombre, no!- — -exclamó la dama riendo; 
y apoderándose de una de sus manos la besó en un 
repentino acceso de ternura. — Eso es insultarme. 
¿Te figuras que yo podría querer á un bruto?... 
Toma, — añadió despojándose del sombrero, — pon 
ese sombrero con cuidado sobre la cama. Ahora 
ven aquí, so canalla; ya que eres tan susceptible, 
¿no consideras que has principiado diciéndome una 
grosería?... ¡Hora y media!... ¿Y qué?... Acércate; 



LA ESPUMA 



77 



ponte de rodillas; deja que te tire un poco de los 
pelos. 

El joven, en vez de hacerlo, agarró una silla-fu- 
madora y se montó en ella frente á su querida. 

■ — ¿Sabes por qué he tardado tanto?... Pues por el 
dichoso niño, que me ha seguido hoy también. 

Al decir esto, se puso repentinamente seria: una 
arruga bien pronunciada cruzó su linda frente. 

— ¡ Es insufrible ! — añadió. — Ya no sé qué hacer. 
A todas horas, salga por la mañana ó por la tarde, 
traigo aquel fantasma detrás de mí. He tenido que 
refugiarme en casa de Mariana; luego, una vez 
allí, no hubo más remedio que aguantar un rato. 
"Vino papá y porque no saliese conmigo esperó otro 
poquito á que se fuese... ¡Ahí ves! 

— ¡ Tiene gracia ese chico! — dijo riendo el caba- 
llero. 

■ — ¡ Mucha ! ¡ Si es muy divertido que le averigüen 
á una dónde va , y lo sepa en seguida todo el mundo 
y llegue á oídos de mi marido! ¡Ríete, hombre, 
ríete! 

— ¿Por qué no? ¿A quién se le ocurre más que 
á ti tomarse un disgusto por tener un admirador 
tan platónico? ¿Has recibido alguna carta? ¿Te ha 
dicho alguna palabra al paso? 

— -Eso es lo que menos importaba. Lo que me 
excita los nervios es la persecución... Luego es un 
mocoso capaz por despecho , si averigua mis en- 
tradas en esta casa, de escribir un anónimo... Y tú 
ya sabes la situación especial en que me encuentro 
respecto á mi marido. 

— No es de presumir : los que escriben anónimos 



78 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



no son los enamorados, sino las amigas envidiosas... 
¿Quieres que yo me aviste con él y le meta un poco 
de miedo? 

— ¡Eso no se pregunta, hombre! — exclamó la 
dama con voz irritada. — Mira, Pepe; tú eres hom- 
bre de corazón y tienes inteligencia, pero te hace 
muchísima falta un poco más de refinamiento en el 
espíritu, para que comprendas ciertas cosas. Debie- 
ras dedicar menos horas al club y á los caballos y 
procurar ilustrarte un poco. 

— ¡Ya pareció aquello ! — dijo el joven con despe- 
cho, muy molestado por la agria reprensión. 

■ — Pues si quieres que no te diga ciertas cosas 
procura callarte otras. 

Pepe Castro se encogió de hombros con superior 
desdén y se alzó de la silla. Dió algunas vueltas 
distraídamente por la estancia y paró al fin delante 
de un cuadrito, que descolgó para sacudirle el polvo 
con el pañuelo. Clementina le miraba en tanto con 
ojos coléricos. Se puso en pie vivamente, como si la 
alzara un resorte: luego, refrenando su ímpetu y ad- 
quiriendo calma, avanzó lentamente hacia la alcoba, 
penetró en ella , recogió su sombrero de la cama y 
comenzó á ponérselo frente al espejillo de una cor- 
nucopia, con ademanes lentos, donde se adivinaba, 
sin embargo, en el levísimo temblor de las manos, 
la sorda irritación que la embargaba. 

— ¡Bueno! — exclamó por último en tono dis- 
traído ó indiferente. — Me voy, chico... ¿Quieres 
algo para la calle? 

El joven dió la vuelta y preguntó con sorpresa: 
-¿Ya? 



LA ESPUMA 



79 



— Ya, — repuso la dama con exagerada firmeza. 
El joven avanzó hacia ella, le echó suavemente 

un brazo al cuello, y levantando con la otra mano el 
velito rojo le dió un beso en la sien. 

— ¡Que siempre ha de pasar lo mismo! Yo soy el 
descalabrado y tú te apresuras á ponerte la venda. 

— ¿Qué estás diciendo ahí? — replicó ella algo 
confusa. — Me voy porque tengo que hacer una 
visita antes de comer. 

— Vamos, Clementina, aunque quieras no puedes 
disimular... Debes comprender que no se pueden 
escuchar con risa los insultos... y tú me estás insul- 
tando á cada momento. 

— Te digo que no te comprendo; no sé á qué 
insultos ni á qué disimulos te refieres, — replicó la 
dama con afectación. 

Pepe intentó con mimo y dulzura quitarle de 
nuevo el sombrero: ella le detuvo con gesto impe- 
rioso. Tomóla entonces por la cintura y la condujo 
hacia el diván: sentóse, y cogiéndole las manos se 
las besó repetidas veces con apasionado cariño. Ella 
siguió en pie sin dejarse ablandar. Tan extremado 
estuvo, sin embargo, en sus caricias y tan sumiso, 
que al cabo, arrancando con violencia sus manos 
de las de él, Clementina dijo medio riendo, medio 
enojada aún: 

— ■ Quita , quita , que ya estoy hastiada de tus la- 
metones de perro de Terranova... ¡Eres un bajo!... 
Primero que yo me humillase de tal modo me harían 
rajas. 

Volvió á quitarse el sombrero , y fué ella misma á 
colocarlo sobre la cama. 



80 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Cuando se está tan enamorado como yo , — 
replicó el joven un poco avergonzado, — no puede 
llamarse nada humillación. 

— ¿Es de veras eso, chico? — dijo acercándose á 
él sonriente y tomándole con sus dedos finos son- 
rosados , la barba. — No lo creo... Tú no tienes 
temperamento ele enamorado... Y si no, vamos á 
probarlo... Si yo te mandase hacer una cosa que 
pudiera costarte la vida, ó lo que es aún peor, la 
honra... algunos años de presidio... ¿lo harías? 

— j Ya lo creo ! 

— ¿Sí?... Pues mira, quiero que mates á mi ma- 
rido. 

— ¡ Qué barbaridad ! — exclamó asustado , abrien- 
do los ojos desmesuradamente. 

La dama le miró algunos segundos fijamente, con 
expresión excrutadora, maliciosa. Luego, soltando 
una sonora carcajada, exclamó: 

— ¿Lo ves, infeliz, lo ves?... Tú eres un señorito 
madrileño, un socio del Club de los Salvajes . .. Ni 
yo, ni mujer ninguna te harían cambiar- el frac y el 
chaleco blanco por el uniforme de presidiario. 

— ¡ Qué ideas tan extrañas ! 

— Sigue, sigue por donde te arrastra tu natura- 
leza de sietemesino y no te metas en honduras. Ya 
comprenderás que te he hablado en broma : así y 
todo me has confirmado en lo que ya pensaba. 

— Pues si tienes formada esa idea tan pobre ele 
mi cariño , no sé por qué razón me quieres , ■ — ex- 
presó el joven volviendo á amoscarse. 

— ¿Por qué te quiero?... Pues por lo que yo hago 
casi todas mis cosas... por capricho. Un día te he 



LA ESPUMA 



81 



visto en el Retiro revolviendo un caballo admirable- 
mente y me gustaste. Luego, á los dos meses, en 
Biarritz, te vi en el asalto del casino tirando con 
un oficial ruso y concluí eje encapricharme. Hice que 
me fueses presentado, procuré agradarte, te agradó 
en efecto... y aquí estamos. 

Pepe concluyó por sufrir con paciencia aquel 
tono entre cínico y burlón de su querida, y á fuerza 
de charlar logró hacerlo desaparecer. Clementina , 
cuando estaba tranquila , era afectuosa , alegre , 
pronta á compadecerse y á los rasgos de generosi- 
dad; su rostro, tan bello como extraño, no adquiría 
nunca dulzura, pero sí una expresión bondadosa y 
maternal que lo hacía muy simpático. Mas por poco 
que sus nervios se excitasen ó se viese contrariada 
en sus pensamientos y deseos, el fondo de altivez, 
de obstinación y aun crueldad que su alma guar- 
daba, subía á la superficie y agitaba sus ojos azules 
con relámpagos de feroz sarcasmo ó de cólera. 

Pepe Castro, que no era hombre ilustrado ni 
ingenioso, sabía no obstante entretenerla agrada- 
blemente con cuentecillos de salón, murmuraciones 
casi siempre de las personas por quienes ella sentía 
marcada antipatía. El recurso era burdo, pero sur- 
tía admirable efecto. «La condesa de T***, señora á 
quien Clementina odiaba de muerte por un desaire 
que en cierta ocasión le había dado, andaba nece- 
sitada de dinero; se lo pidió al viejo banquero Z*** 
y éste se lo había otorgado mediante un rédito 
muy poco apetitoso para la deudora. Los marqueses 
de L***, á quienes también ella profesaba aversión, 
cuando no estaban en el poder daban reuniones 

6 



82 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



allá en su finca de la Mancha y ofrecían espléndido 
buffet á sus electores: cuando el marqués era mi- 
nistro daban también reuniones , pero suprimían el 
buffet. Julita B/**, una jovencita muy linda, que 
tampoco inspiraba simpatías á la altiva dama, había 
sido arrojada de casa de los señores de M*** por 
haberla hallado encerrada en el cuarto del primo- 
génito, un chico de quince años». Estas y otras 
noticias del mismo jaez dejábalas caer el gallardo 
mancebo de sus labios con cierta displicencia cómica 
que despertaba el buen humor de la bella. Era todo 
el talento de Pepe Castro en el orden moral. Los 
demás que poseía referíanse enteramente al físico. 

Se habían disipado las nubes que cubrían la frente 
de Clementina. Mostróse locuaz y risueña: fué pró- 
diga de caricias con su amante en la hora que con 
él estuvo. Quedó bien compensado de los alfilerazos 
que de ella había recibido al principio de la entre- 
vista, gozando de toda la dicha que una mujer her- 
mosa y enamorada puede proporcionar cuando la 
soledad y la ocasión convidan. 

La noche había cerrado ya, tiempo hacía. El joven 
encendió las dos lámparas de la chimenea sin llamar 
al criado, que era su único servidor y el único ser 
viviente asimismo que habitaba con él en aquel 
cuarto. Pepe Castro era hijo de una ilustre familia 
de Aragón: su hermano mayor llevaba un título 
conocido y tenía una hermana además casada con 
otro título. Se había educado en Madrid: á los 
veinte años quedó huérfano. Yivió con su hermano 
primogénito una temporada; no tardaron en reñir 
porque éste, que era económico hasta la avaricia, 



LA ESPUMA 



88 



no podía sufrir con paciencia su despilfarro. Tras- 
ladóse entonces á casa de su hermana; pero á los 
pocos meses, existiendo incompatibilidad de carac- 
teres entre él y su cuñado, chocaron de modo tan 
violento, que se contaba en el club y en los salones 
de la corte que se habían abofeteado y aporreado 
bravamente: no llegó á efectuarse un duelo entre 
ambos por la intervención de algunos respetables 
miembros de la familia. Después de vivir en fonda 
un poco de tiempo, decidióse á poner casa. Tomó un 
criado, se hizo traer el almuerzo de un restaurant 
y comía cuándo en Lhardy, cuándo en casa de 
alguno de sus muchos amigos. Su cuadra la tenía 
muy cerca, en la calle de Urosas , y no estaba mal 
provista: dos jacas de silla, inglesa y cruzada, un 
tiro extranjero y otro español, berlina, charrette, 
milord, break: era un chorro por donde se escapaba 
rápidamente su hacienda , aunque no el más copioso. 
La mayor parte la había dejado sobre el tapete de 
la mesa de juego del club, y una porción, no insig- 
nificante por cierto, entre las uñas de algunas lin- 
dísimas chulas transformadas por él de la noche á 
la mañana en espléndidas y llamativas cortesanas. 
Esto último lo negaba con arrogancia pensando 
que su gloria de seductor podía con ello menosca- 
barse; pero no importa: es exacto como todo lo 
que aquí se puntualiza. 

Quiere decir esto que Pepe Castro se hallaba 
arruinado á la hora presente: á pesar de lo cual, 
seguía viviendo con la misma comodidad y aparato 
que antes. Su trabajo y sus vueltas le costaba. Em- 
préstitos á su hermano hipotecándole alguna finca 



84 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



trasconejada en las ventas y subastas, pagarés á 
algunos arrojados usureros sobre la herencia de 
un tío viejo y enfermo reconociendo tres veces la 
cantidad recibida, joyas que su hermana le rega- 
laba no pudiendo regalarle dinero, cuentas exorbi- 
tantes con el importador de coches y caballos, con 
el sastre, con el perfumista, con Lhardy, con el 
conserje del club, con todo el mundo. Parecía im- 
posible que un hombre pudiera vivir tranquilo en 
tal estado de trampas y enredos. Sin embargo, 
nuestro gallardo joven vivía con la misma admi- 
rable serenidad de espíritu ó idéntica alegría de 
corazón, y como él otros muchos de sus amigos 
y consocios según tendremos ocasión de ver, tan 
arruinados aunque no tan gallardos. 

— Te preparo una sorpresa, — dijo Clementina 
concluyendo de ponerse el sombrero y arreglarse 
el cabello frente al espejo. 

El bello gomoso olfateó el aire como un perro 
que recibe vientos y se acercó á la dama. 

— Si es agradable, veamos. 

— - Y si es desagradable lo mismo, groserazo. Todo 
lo que proceda de mí debe serte agradable. 

— Convenido, convenido. Veamos , — repuso disi- 
mulando mal su afán. 

— Bueno, tráeme aquel manguito. 

Castro se apresuró á obedecer el mandato. Cle- 
mentina, cuando lo tuvo entre las manos se sentó 
con afectada calma en el diván, y agitándolo luego 
en el aire exclamó: 

— • ¿A que no adivinas lo que contiene este man- 
guito? 



LA ESPUMA 



85 



Sus ojos resplandecían de alegría y orgullo al 
mismo tiempo. Los de Castro chispearon de anhelo; 
sus mejillas se colorearon y respondió con voz alte- 
rada entre dudando y afirmando : 

— Quince mil pesetas. 

La expresión alegre y triunfal del rostro de la 
dama se trocó instantáneamente en otra de cólera 
y despecho: 

— ¡ Quita ! , ¡ quita allá, puerco ! — exclamó furiosa 
dándole un fuerte golpe en la cara con el lujoso 
manguito. — No piensas más que en el dinero. . . No 
tienes ni pizca de delicadeza. 

— j Yo pensaba ! . . . 

También hubo cambio de decoración en la fiso- 
nomía de Castro: se puso más triste que la noche. 

— En la guita, sí; ya acabo de decírtelo... Pues 
no, señor; aquí no viene nada de eso. Sólo hay 
un alfilerito de corbata que yo ¡tonta de mí ! he 
comprado al pasar en casa de Marabini, como 
una prueba de que te tengo siempre en el pensa- 
miento. 

■ — Y yo te la agradezco en el alma , pichona , — 
manifestó el joven haciendo un esfuerzo supremo 
sobre sí mismo para vencer el repentino abati- 
miento y resultando de él una sonrisa forzada y 
amarga. — ¿Por qué te disparas de ese modo?... 
Dame eso... Bien se conoce que tienes muy mala 
idea formada de mí. 

Clementina se negó á entregar el recuerdo. El 
joven insistió humildemente. Había, no obstante, 
en sus ruegos, un tinte de frialdad que dejaba 
traslucir, para el espíritu penetrante de una mujer, 



86 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el sordo disgusto y la tristeza que en el fondo del 
alma sentía. 

— Nada, nada; mi pobre alfilerito que estás des- 
preciando horriblemente... (¡se te conoce en la 
cara !) . . . irá á la cajita donde guardo los recuerdos 
de los muertos. 

Alzóse del diván; bajó el velo del sombrero. Pepe 




aun insistía por mostrarse ga- 
lante y desagraviarla. Al fin, 
r cuando ya estaba cerca de la puerta , volvióse re- 
pentinamente y sacó del fondo del manguito una 
' primorosa carterita que le presentó, mirándole al 
mismo tiempo fijamente á la cara. Los ojos del jo- 
ven , después de posarse en la cartera con ávida 
expresión de gozo, chocaron con los de su amada. 



LA ESPUMA 



S7 



Contempláronse unos instantes , ella con expresión 
maliciosa y triunfante , él con gratitud y gozo 
reprimidos. 

• — ¡ Si siempre lo he dicho yo ! ¡Si no hay otra 
como mi nena para saber querer! . . . Ven aquí, deja 
que te dé las gracias, rica mía; deja que te adore 
de rodillas. 

Y la arrastró, embargado por el entusiasmo, hacia 
el diván, la obligó á sentarse de nuevo y se dejó 
caer de rodillas besando con fervor sus manos 
enguantadas. 

— ¡ Jesús , qué locura ! — exclamó la dama un 
tanto confusa. — ¡Vaya una cosa para hacer tales 
extremos ! 

— No es por el dinero, nena mía; no es por el 
dinero : es porque tienes una manera de hacer las 
cosas original; porque tienes la gracia de Dios; 
porque eres una barbiana ... ¡ Toma , toma , rete- 
monísima ! 

Y le abrazaba las rodillas y se las besaba con 
calurosos ademanes. No contento se prosternó aun 
más y le besó los pies ó por mejor decir el tafilete 
de sus zapatos. 

— ¡Qué bajo eres, Pepe! — exclamaba ella riendo. 
— • No importa que me llames lo que quieras. Soy 

tuyo, ¡tuyo hasta la muerte! Te quiero más que á 
Dios. Quiero á estos piececitos tan ricos y los beso 
¿lo ves? A ver; que venga alguien á decirme que 
no debo hacerlo. 

Clementina le miraba risueña, y no era fácil ave- 
riguar si gozaba en realidad ó se divertía simple- 
mente con aquella adoración ó más bien aquel regó- 



88 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cijo estrepitoso de perro que se arrastra al sentirse 
acariciado y lame los pies de su señor. 

— No sólo te debo la felicidad sino también la 
honra. No sabes lo que be sufrido desde anteayer 
por la maldita deuda , — decía él con voz conmovida. 

— ¿Volverás á jugar, eb? ¿volverás á jugar, per- 
dido? — preguntaba ella tirándole de los cabellos, 
borrando aquella primorosa raya que los partía tan 
lindamente. 

— No... particularmente sobre mi palabra te 
aseguro. . . 

— Ni sobre tu palabra, ni sobre tu dinero, gran- 
dísimo trasto... Me voy, me voy, — añadió con un 
gesto de mimo, levantándose y corriendo á mirar 
la hora al reloj de la chimenea. — ¡ Uf , qué tarde!... 
Adiós, chiquillo. 

Y se precipitó á la puerta extendiendo la mano 
á su amante sin mirarle. Este no pudo besarle más 
que la punta de los dedos. Corrió á abrir, pero ya 
ella había echado mano al cerrojo ; por cierto que 
se encolerizó porque resistía á sus débiles tirones. 

— Adiós, adiós; hasta el sábado, — dijo en voz 
de falsete. 

— Hasta pasado mañana. 

— No, no; hasta el sábado. 

Bajó la escalera con la misma precipitación con 
que la había subido, hizo otro gesto imperceptible 
de despedida al portero y salió á la calle. Siguió á 
pie hasta la plaza del Angel y allí detuvo un coche 
de punto y se metió en él. 

Eran más de las seis ; hacía una hora que estaban 
encendidas las luces de los comercios. Ocultóse 



LA ESPUMA 



89 



cnanto pndo en un rincón y dejó vagar sn mirada 
distraída sin curiosidad por las calles que iba atra- 
vesando. Su fisonomía adquirió la expresión altiva, 
desdeñosa, que la caracterizaba, á la cual se añadía 
ahora leve matiz de hastío y preocupación. Por su 
elegancia refinada, por su arrogante porte y sobre 
todo por aquella severa majestad de su rostro pe- 
regrino, nadie vacilaría en diputar á Clementina 
por una de las más altas y nobles damas de la corte. 
No obstante, si lo era de hecho, dado que figuraba 
en todos los salones aristocráticos , en todas las 
listas de personas distinguidas que los periódicos 
publicaban al día siguiente de cualquier sarao, 
carreras de caballos, ú otra fiesta cualquiera, de 
derecho distaba mucho de serlo por su origen. "No 
podía ser más humilde. Su padre la había tenido 
en una inglesa, manceba de un tonelero irlandés 
que había llegado á Valencia en busca de trabajo. 
Llamábase Rosa Coote; era espléndidamente bella 
y lo hubiera sido más á cuidar algo del adorno ó 
aliño de su persona. La miseria, en que ordinaria- 
mente vivía aquel hogar ilícito, la había hecho 
sucia y andrajosa. El granuja del mercadal de Va- 
lencia y la bella inglesa se entendieron á espaldas 
del tonelero, dueño temporal de las gracias de ésta. 
Salabert era más joven, más gallardo; el vicio de 
la borrachera no le tenía dominado como á aquél. 
Rosa le siguió á su zaquizamí abandonando al 
primer amante. A los pocos meses de vivir juntos, 
Salabert, á quien se presentó ocasión de partir á 
Cuba como camarero de un vapor, la abandonó 
á su vez. La inglesa, que llevaba ya en sus entrañas 



90 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el fruto de aquella pasajera unión, rodó algún 
tiempo sin protección, sin recursos, por las calles 
de la ciudad, hasta que entró en relaciones con un 
carpintero del Grao que la recogió y llegó á ha- 
cerla su legítima esposa. Clementina se crió como 
una intrusa en aquel nuevo hogar. Su madre era una 
mujer violenta, irascible, con ráfagas de ternura 
que sólo guardaba para sus hijos legítimos. A ella, 
por todas las señales , la aborrecía y en ella vengó 
injustamente el agravio de su padre. ¡Qué terrible 
infancia la de Clementina ! Si en Madrid se supiesen 
ciertos pormenores, si en rápida visión pudiesen 
ofrecerse á los ojos de la sociedad elegante las 
escenas por las que aquella altiva y encopetada 
dama pasó, pocos envidiarían su existencia. ¡Qué 
torturas , qué refinamientos de crueldad ! A los 
cuatro ó cinco años ya estaba obligada á ser la 
vigilante guardadora de otros dos hermanitos : si en 
esta vigilancia decaía un punto, el castigo venía 
inmediatamente; pero no el castigo como quiera, 
el golpe pasajero, el estirón de orejas; no: el cas- 
tigo era meditado con ensañamiento, procurando 
herir donde más doliera y donde más durase el 
dolor : la azotaba con correas y luego lavaba sus 
tiernas carnes rotas con vinagre , la ponía de rodi- 
llas horas enteras sobre guisantes duros , la obli- 
gaba á traer zapatos que la apretasen, la privaba 
de agua, la restregaba con ortigas... Los vecinos 
habían acudido más de una vez á los lamentos de 
la infeliz criatura; habían increpado á la madre 
desnaturalizada. De ello no resultaba más que al- 
guna reyerta fragorosa en que la feroz irlandesa, 



LA ESPUMA 



01 



chapurrando el valenciano, se despachaba á su gusto 
contra las comadres del barrio, y con mayor encono 
después contra la causante de aquel disgusto. A to- 
das horas gritaba que iba á meterla en la Inclusa. 
A esto se oponía el carpintero, que se jactaba de 
ser hombre de bien y compasivo, que alguna vez 
intervenía en los castigos para aplacarlos , pero que 
la mayor parte de las veces dejaba á su esposa 
«que enseñase á su hija», como él decía á los ve- 
cinos que le recriminaban. Sus ideas pedagógicas 
chocaban con sus instintos piadosos, y cuando lo- 
graban sobreponerse ¡ ay de la desgraciada niña! 

Algunas etapas de este repugnante martirio fue- 
ron horribles. En cierta ocasión, Clementina fué á 
la fuente por agua y rompió el jarro. Era el tercero 
que hacía pedazos en el mes. La niña no quiso venir 
á casa y se refugió en la de una vecina. Esta la llevó 
á su madre, pero no se la dejó sino después de ha- 
cerla prometer que no la castigaría. Y en efecto; no 
la castigó por los medios que antes empleaba: sus 
lamentos podrían atraer á la protectora y producir 
una reyerta. Se le ocurrió la idea diabólica de te- 
nerla con la cabeza metida en el agujero del retrete 
hasta que, medio asfixiada, se desmayó. Los días 
más aciagos para nuestra criatura eran aquellos en 
que el cansancio la rendía á la hora del rosario. La 
cruel inglesa era fanática : para el delito de dormirse 
rezando no había perdón. Una vez, al tiempo de 
acostarse, por repetir medio dormida las oraciones 
que le hacía pronunciar, de tal manera la golpeó, 
que el carpintero, que cenaba tranquilamente en la 
cocina , harto de oir tanto gemido subió al dormito- 



92 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rio ¡y se la arrancó de las manos, sin lo cual acaso 
hubiera muerto entre ellas. 

Aquella serie de inauditas crueldades terminaron 
al fin con otra mayor que trajo consigo la interven- 
ción de la justicia. La madre desnaturalizada, no 
sabiendo ya de qué modo atormentar á su hija, la 
hizo algunas quemaduras en el trasero con una 
bujía. Una vecina averiguó el hecho casualmente, 
lo comunicó á otras vecinas, se armó el consiguiente 
escándalo en el barrio, dieron parte al juez, se ins- 
truyó causa, y, probado el delito, la inglesa fué 
condenada á seis meses de cárcel y la niña recogida 
en un establecimiento de beneficencia. 

Un año después llegó á Valencia Salabert, si no 
hecho un potentado, con alguna hacienda. Enterá- 
ronle de lo ocurrido, fué á ver á su hija al colegio 
de niñas pobres , la sacó de allí y la puso en otro de 
pago, adonde por rara casualidad iba á visitarla. En 
la población, sin embargo, fué loado su rasgo de 
generosidad, que él sabía hacer valer en la conversa- 
ción ofreciéndose á los ojos de sus conocidos como 
un ejemplo vivo de amor paternal y contraste nota- 
ble frente á la perversidad de su antigua querida. 
Poco más tarde se casó en Madrid. Fué su esposa 
la hija de un comerciante en camas ele hierro y col- 
chones metálicos de la calle Mayor. Era una joven 
bastante feíta y enfermiza; pero buena, afectuosa y 
con cincuenta mil duros de dote. Llamábase Carmen. 
A los tres ó cuatro años de casados , ésta , viéndose 
cada vez más delicada de salud, perdió la esperanza 
de tener familia : sabiendo que su marido tenía una 
hija natural en un convento de Valencia, le propuso, 



LA ESPUMA 



93 



con una generosidad no muy frecuente, traerla á 
casa y considerarla como hija de ambos. Salabert 
aceptó con gusto la proposición , fué á buscar á Cle- 
mentina, y desde entonces cambió por entero la 
suerte de esta infeliz niña. 

Tenía entonces catorce años y era ya un por- 
tento de hermosura , mezcla dichosa del tipo inglés 
correcto y delicado y de la belleza severa de la mu- 
jer valenciana. Su tez guardaba los reflejos suaves, 
nacarados, de la raza sajona; en su mirada azul y 
sombría había la misma profundidad y misterio que 
en los ojos negros de las valencianas. Poco desarro- 
llada aún por virtud de su crudelísima infancia , 
por la vicia sedentaria, después, del convento, en 
cuanto cambió de clima y de forma de vida adquirió 
en dos ó tres años la elevada estatura y las ma- 
jestuosas proporciones con que hoy la vemos. Sus 
partes morales dejaban bastante más que desear. Era 
su temperamento irascible , obstinado , desdeñoso y 
sombrío. Si nació con estas propiedades enteramente 
determinadas ó fueron el resultado de sus bárbaros 
martirios, de su tristísima infancia, no es fácil re- 
solverlo. En el convento, donde nadie la trataba mal, 
no fué bien querida de sus maestras y compañeras 
por su carácter receloso , por la ausencia de cariño 
que se notaba en su corazón. Los disgustos de sus 
compañeras no sólo no la conmovían, sino que desper- 
taban en sus labios una sonrisa cruel, que las dejaba 
yertas. Luego tenía, de vez en cuando, accesos de 
furor que la habían hecho temible y odiosa. En 
cierta ocasión, á una niña que le había dicho algunas 
palabras ofensivas le echó las manos al cuello y 



94 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



estuvo muy próxima á asfixiarla. Nunca fué posible 
después que le pidiese perdón, según exigía la supe- 
riora: prefirió estar recluida un mes, á humillarse, 

Los primeros meses que pasó en casa de su padre 
fueron de prueba para la buena de D. a Carmen. En 
vez de una niña alegre y agradecida al inmenso 
favor que la bacía , se encontró frente á frente de 
una fierecilla , un ser antipático sin afecto ni sumi- 
sión , extravagante y caprichosa hasta un grado sor- 
prendente, cuya risa no brotaba ruidosa sino cuando 
algún criado se caía ó el lacayo recibía una coz de 
los caballos. Pero no se desanimó. Con el instinto 
infalible de los corazones generosos, comprendió 
que si aquella tierra no daba amor era porque hasta 
entonces sólo se había sembrado odio. Los afectos 
dulces residen en todo ser humano, como en todo 
cuerpo la electricidad : mas para determinar su exis- 
tencia, para hacerlos vibrar, precisa someterlos á 
una fuerte corriente de cariño por algún tiempo. Y 
esto fué lo que hizo D. a Carmen con su hijastra. 
Durante seis meses la tuvo envuelta en una atmós- 
fera tibia de afecto, en una red espesa de atenciones 
delicadísimas , de testimonios constantes de vivo y 
afectuoso interés. Al fin, Clementina, que principió 
por mostrarse desdeñosa y luego indiferente á aquel 
cariño, que pasaba horas y horas encerrada en su 
cuarto y sólo iba á las habitaciones de su madras- 
tra cuando la llamaba, que no tenía jamás con ésta 
una expansión viviendo en absoluta reserva, sucum- 
bió repentinamente , sintió vibrar en su corazón ese 
algo maravilloso que une á las criaturas humanas 
como á todos los cuerpos del Universo. Cambió de un 



LA ESPUMA 



95 



modo extraño , violento , como todo lo que procedía 
de su temperamento singular. Cayó, cuando menos se 
pensaba, de hinojos ante D. a Carmen, dedicándola 
un respeto tan profundo, un cariño tan apasionado, 
que la buena señora quedó estupefacta y le costó 
gran trabajo creer en su sinceridad. En su alma se 
había operado al fin la revelación de la ternura: al 
calor maternal de aquella bondadosa señora , su co- 
razón de hielo se había derretido : la esencia divina 
del amor penetró donde, hasta entonces, sólo había 
entrado la esencia de Satanás. 

Fué un verdadero milagro. En vez de pasar la 
vida en su cuarto, no sabía salir del de su madrastra 
á quien llamaba mamá, con un gozo, con un fuego, 
con una pronunciación tan decidida , como sólo se 
observa en los devotos sinceros al dirigirse á la 
Virgen. Devoción podía llamarse también lo que 
Clementina sentía por la esposa de su padre. Asom- 
brada de que en el mundo existiese un ser tan dulce, 
tan tierno , no se hartaba de mirarla como si acabase 
de bajar del cielo. Quería adivinarla los pensamien- 
tos en los ojos, quería adelantarse á sus menores 
deseos, quería que nadie la sirviese más que ella, 
quería, en fin, como todo enamorado, la posesión 
exclusiva del objeto de su amor. Una levísima señal 
de descontento de D. a Carmen bastaba para confun- 
dirla y sumirla en el más acerbo dolor. Aquella cria- 
tura tan altanera, que había llegado á hacerse 
odiosa á todos , se humillaba con un placer intenso á 
su madrastra. Era su humillación la del místico que 
se postra por una necesidad invencible del espíritu. 
Cuando sentía la mano de la señora acariciándole el 



96 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rostro, pensaba sentir la de Dios mismo, y apenas 
se atrevía á rozar con sus labios aquellos dedos 
flacos y transparentes. 

Sólo para su madrastra había cambiado tan radi- 
calmente. Con los demás, incluso con su mismo 
padre, seguía mostrando la misma frialdad despre- 
ciativa, el mismo carácter obstinado y altivo. Si apa- 
recía alguna vez más dulce y tratable , no había que 
achacarlo á su voluntad , sino al mandato expreso 
de D. a Carmen. En cuanto este mandato cesaba ó 
se olvidaba, volvía á su primitivo ser malévolo. Los 
criados la aborrecían por el orgullo insufrible que 
comenzó á manifestar así que se dió cuenta de su 
estado de princesa heredera; por no encontrar tam- 
poco en ella ninguna compasión para sus faltas. La 
que más padeció en su servicio fué la institutriz 
inglesa que su padre la había traído. Era ya entrada 
en años, pero tenía gusto en vestirse y aliñarse como 
una damisela. Esta inocente manía sirvió tantas 
veces de burla á la niña, que sólo la necesidad le 
pudo obligar á tolerarlo. ¡Pobre mujer! Todos sus 
secretos técnicos de tocador fueron entregados sin 
piedad á la befa de los criados : sus imperfecciones 
físicas servían, contrahechas por la doncella de la 
señorita, de algazara en la cocina. En cierta solemne 
ocasión, un día de banquete, Clementina le escondió 
la dentadura, que tenía sobre el tocador para lim- 
piarla. Cualquiera puede figurarse la desazón que 
esto produjo á la vieja miss. La cual se vengaba 
cándidamente de ella llamándola señorita Capricho 
y poniéndole por temas, en los ejercicios de inglés y 
francés, algunas máximas y aforismos que le escocie- 



LA ESPUMA 



97 



sen, verbigracia: «La soberbia es la lepra del alma. 
La niña soberbia es una leprosa de quien todos 
deben apartarse con horror. » — « Quien no respeta á 
los mayores nunca llegará á ser respetado» , etc. Cle- 
mentina se reía de estos desahogos : alguna vez llegó 
su insolencia hasta cambiar la sentencia de la pro- 
fesora por otra de su invención. Donde decía : «Nada 
hay tan feo y despreciable como una joven alta- 
nera» , ponía la discípula : «Nada hay tan ridículo y 
digno de risa como una vieja presumida». Alboro- 
tábase la misSy daba parte á D. a Carmen, llamaba 
ésta á su hijastra, la reprendía dulcemente, y al 
verla triste y acongojada desarrugaba el ceño y 
la besaba cariñosamente. Y hasta otra. La verdad es 
que tenían razón miss Ana y los demás criados al 
decir que la señora era quien echaba á perder á la 
chica. D. a Carmen, viviendo en una espantosa sole- 
dad moral, estaba tan cautivada y agradecida al 
vivo cariño que á todas horas le demostraba su 
hijastra, que no tenía ojos para ver sus faltas, y si 
los tenía carecía de fuerzas para corregirlas. 

A los diez y ocho años era Clementina una de las 
mujeres más bellas y uno de los mejores partidos de 
Madrid. El caudal de su padre había crecido como 
la espuma : estaba considerado como uno de los ban- 
queros importantes de la villa y no se le conocía 
otro heredero ni era ya de presumir que lo tuviese. 
Comenzaron los jóvenes de la aristocracia de la san- 
gre y el dinero , los socios más eminentes del Club 
de los Salvajes, á festejarla apremiándola con vivas 
y calurosas declaraciones. Si iba á una tertulia, un 
grupo de muchachos la tenía constantemente amu- 



7 



y8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rallada; si iba á la iglesia, otro grupo mayor la 
esperaba en correcta formación á la salida; si al 
paseo de la Castellana , apuestos caballeros galopa- 
ban en las inmediaciones de su coche sirviéndola de 
escolta; en el teatro veinte pares de gemelos estaban 
sin cesar posados sobre ella. El nombre de Clemen- 
tina Salabert salía en todas las conversaciones de la 
juventud elegante , se veía impreso en todas las cró- 
nicas de salones , sonaba en Madrid como el de una 
de las más brillantes estrellas del firmamento aristo- 
crático. Tuvo buena porción de amoríos ó noviazgos 
que no produjeron huella alguna en su corazón. To- 
maba y dejaba los novios inconsideradamente, con 
lo cual adquirió fama de coqueta y casquivana. Pero 
esto no es obstáculo para que una muchacha encuen- 
tre adoradores : al contrario , el amor propio de los 
hombres les incita á dedicar sus lisonjas á tal clase 
de mujeres, siempre con la esperanza vanidosa de 
ser el clavo que fije la rueda de la veleta. Tampoco 
fué serio inconveniente para ella cierto murmullo 
grosero y malicioso que se levantó y corrió por todo 
Madrid con motivo de la amistad inusitada que enta- 
bló con un joven y célebre torero. La inocencia y 
debilidad deD. a Carmen tuvo buena parte en ello. 
~No sólo consintió esta buena señora que el torero 
entrase en la casa y se sentase á su mesa , sino tam- 
bién que las acompañase en público en más de una 
ocasión. Con esto y con brindarle la muerte de algu- 
nos toros , la maledicencia, que anda suelta en la 
capital como en las provincias , tuvo suficiente pre- 
texto para ensañarse ferozmente con la envidiada 
beldad. Mas como no pudo aportar otra cosa que 



LA ESPUMA 



99 



sospechas atrevidas y vagas conjeturas, y como 
por otra parte existían dos datos positivos que las 
contrapesaban sobradamente, á saber, la hermosura 
y la riqueza excepcionales de la joven, la calumnia 
no produjo merma en los adoradores: sólo sirvió 
para que algún desengañado escupiese con más faci- 
lidad su bilis. 

Clementina ofrecía en sus modales y discursos, 
en esta edad, y la ofreció siempre después, cierta 
tendencia al flamenquismo, ó sea á las formas desen- 
vueltas , á la serenidad burlona , al desgarro especial 
de las chulas de Madrid. Semejante tendencia se ha- 
llará más ó menos exagerada en toda la alta sociedad 
madrileña; es un signo que la caracteriza y la dis- 
tingue de la de otros países. Hay en esta inclinación 
que se observa en Madrid, en el alcázar como en la 
zahúrda, algo de bueno: no es todo malo. Por lo 
pronto significa una protesta contra esa continua 
mentira que el refinamiento y la complicación de las 
fórmulas sociales trae siempre consigo. Es muy loa- 
ble la corrección en los modales y la medida en las 
palabras; pero exageradas producen la frialdad te- 
diosa que nuestros diplomáticos observan en los salo- 
nes extranjeros. Las damas y los caballeros, abruma- 
dos bajo el peso de tanto miramiento, se convierten 
en seres artificiales, en maniquíes cuyos actos y 
dichos están de antemano trazados en un programa. 
Excluir la libertad y la familiaridad de las relacio- 
nes sociales es atentar á la misma naturaleza huma- 
na. Prohibir la franqueza en el trato es destruir el 
encanto que debe tener toda reunión de hombres 
civilizados. Además, en la inclinación mencionada, 



100 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



existe un sentimiento igualitario que no podrá me- 
nos de ser simpático á los amantes de la naturaleza 
y la verdad. Una dama no es un manojo de trapos 
brillantes, de preocupaciones y de frases hechas, 
es ante todo una mujer, donde la educación puede 
y debe templar las impetuosidades del genio y los 
alardes de la vanidad, pero no destruir su carácter 
nativo, transformándola, mientras se halla en socie- 
dad, en un ser frío, seco, sin gracia y sin iniciativa. 
Y no es que en Madrid se desconozcan la exquisita 
finura y la corrección propias de los sitios donde se 
reúnen las clases elevadas; las señoras españolas las 
practican casi siempre escrupulosamente : mas , por 
dicha, á esta práctica va unida la viveza, la gracia, 
la espontaneidad del genio español, haciendo de 
ellas , según atestiguan observadores imparciales , 
las damas más cumplidas, más graciosas y más agra- 
dables de la sociedad europea, sise exceptúan las 
francesas. 

Clementina exageraba un poco su afición á las pa- 
labras y á los gestos flamencos. El gusto le había 
venido no se sabe cómo , por contagio tal vez de la 
atmósfera , pues que las señoras de su categoría no 
suelen alternar mucho tiempo con las chulas. Había 
tenido una doncellita nacida y criada en Maravillas : 
ésta fué en sus ratos de expansión quien le propor- 
cionó mayor cantidad de vocablos y modismos. Lue- 
go su amistad con el torero que hemos mencionado; 
las relaciones que mantuvo después con algunos se- 
ñoritos cultivadores del género; los teatros por ho- 
ras , donde se copian , no sin gracia , las costumbres 
de la plebe madrileña; la amistad con Pepa Frías y 



LA ESPUMA 



101 



otras aristocráticas manólas fueron iniciándola poco 
á poco y la introdujeron al cabo en pleno flamen- 
quismo. Fué entusiasta admiradora de los toros. 
Por milagro dejaba de asistir á una corrida desde 
su palco , ataviada con la consabida mantilla blanca 
y los consabidos claveles rojos. Y discutía las suer- 
tes , y fulminaba censuras , y tributaba aplausos , y 
era tenida entre los aficionados por acérrima y fer- 
vorosa lagartijista. El espectáculo nacional, animado 
y sangriento , estaba muy conforme con su natura- 
leza violenta, indómita. Cuando veía á otras señoras 
taparse los ojos ó hacer otros melindres ante las pe- 
ripecias de la corrida, reía sardónicamente, como si 
dudase de la sinceridad de su espanto. 

Entre los varios adoradores y solicitantes que su 
mano tuvo , y que entraban y caían de su gracia al- 
ternativa y rápidamente , llegó uno que logró fijar 
algo más su atención. Llamábase Tomás Osorio. Era 
un joven de ventiocho á treinta años de edad, rico, 
exiguo y delicado de figura, de rostro agraciado y 
genio vivo y resuelto. Supo hacerse valer más que 
los otros, ó por cálculo ó por verdadera independen- 
cia de carácter. Al entrar en amores con ella no se 
entregó por completo, ni abdicó su voluntad; en 
cuantas reyertas de alguna importancia tuvieron 
durante sus largas relaciones , pues no duraron me- 
nos de dos años, mantuvo con energía su dignidad. 
Era de temperamento bilioso , soberbio , desprecia- 
tivo como ella, confiado en su dinero, y poseía un 
donaire maligno que le daba prestigio entre las 
damas. Gracias á estas cualidades, Clementina no 
se cansó de él tan pronto como de los otros. Al cabo 



102 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de dos años , sin embargo , cuando faltaban sólo al- 
gunos días para realizarse el matrimonio, rompie- 
ron de un modo sonado y basta escandaloso. Todo 
Madrid se enteró. Los comentarios fueron infinitos. 
De ellos resultaba que quien había tomado la inicia- 
tiva para cortar las relaciones había sido el novio. 
Tales dichos, exactos ó no, llegaron á oídos de Cle- 
mentina ó hirieron su orgullo tan vivamente que le 
faltó poco para enfermar de ira. 

Pasó un año. Tuvo algún noviazgo de poca im- 
portancia. Osorio también galanteó á otras jóvenes. 
En ambos se conservaba vivo , no obstante , el re- 
cuerdo de sus amores. A ella la agitaba un deseo 
punzante de venganza : mientras aquel hombre an- 
duviese en sociedad tan contento como aparentaba, 
se sentía humillada. En él , á pesar de su disfraz de 
indiferencia , ardía el fuego del amor ó por lo menos 
del deseo. Clementina había fascinado sus sentidos, 
había penetrado en su carne y por más esfuerzos 
que hacía no podía arrancarla de sí; á todas horas 
soñaba con ella, la veía ante sus ojos cada vez más 
incitante y apetecible. Cuanto más tiempo pasaba 
más crecía el fuego que le consumía y más esfuerzo 
y dolor le costaba adoptar un continente altivo é in- 
diferente al encontrarse con ella en cualquier sarao. 
Clementina, con la sagacidad bastante común en las 
mujeres, llegó al cabo á adivinar que su antiguo 
novio seguía adorándola en secreto y sintió un rego- 
cijo maligno. Desde entonces no se vistió, no se 
adornó más que para él; para aturdirle, para fasci- 
narle , para hacerle beber la amarga copa de los 
celos. 



LA ESPUMA 



103 



De esta época data la fama ruidosa que adquirió 
como mujer elegante. Clementina en este punto era 
una gran artista. Sabía vestirse de tal modo que las 
telas, ni por sus vivos colores, ni por su riqueza, atra- 
jesen demasiado la vista en perjuicio de la figura. 
Comprendiendo que el traje en la mujer no debe ser 
un uniforme sino un adorno , un medio de hacer 
resaltar las perfecciones de que la naturaleza la hu- 
biese dotado, no obedecía ciegamente á la moda: en 
cuanto ésta atentase poco ó mucho á la exposición 
de su belleza, la esquivaba con valor ó la modifi- 
caba. Rehuía los colores chillones, la profusión de 
lazos , los peinados complicados. Consideraba á su 
cuerpo como una estatua y la vestía como tal. De 
aquí una cierta tendencia, que constantemente se 
manifestaba en sus trajes, hacia el ropaje, esto es, 
hacia la amplitud de los pliegues, hacia la vestidura 
larga. Su figura gallarda, majestuosa, ganaba mu- 
cho de esta manera , que aunque algo pronunció 
después de casada, nunca llegó á exagerar, rete- 
nida por su buen gusto. Solía vestirse de blanco: 
con esto y con peinar sus cabellos del modo sencillí- 
simo que los tiene la Venus de Milo, semejaba al 
aparecer en los salones una hermosa estatua que 
llegaba de la Grrecia. Una cosa hacía muy digna 
de censura en el terreno moral , aunque no lo sea en 
el del arte; descotarse con exageración. Una de las 
sumas bellezas que poseía era el pecho: parecía 
amasado por las Gracias para trastornar á los Dio- 
ses. No había en Madrid una garganta mejor mode- 
lada, ni un seno mejor puesto, más delicado, más 
atractivo. El deseo vanidoso de mostrarlo, no conté- 



104 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nido por la vigilancia saludable de una madre , le 
hizo incurrir en más de una ocasión en las censuras 
de la sociedad. Porque la infeliz D. a Carmen, á más 
de no hallarse muy al tanto de los usos sociales , era 
tan débil con los caprichos y fantasías de su hijas- 
tra , que los tomaba 
sin inconveniente 
por actos razona- 
bles , por expresión 
| . de su gusto indiscu- 
H| ? tibie y su elegan- 
cia. Algrín disgusto 
le proporcionó tal 
vanidad. En cierta 
ocasión, al presen- 
tarse en noche de 
baile en casa de Al- 
cudia , la marquesa 
le dijo al saludarla : 
■ — Muy linda, muy linda, 
Clementina. Está V. admi- 
rablemente vestida... Pero 
j n, T : '~\m^ me parece que la han des- 

cotado mucho... Venga Y. 
conmigo, ya arreglaremos 
eso. 

Y la llevó á su tocador 
y con maternal solicitud le puso en el pecho unos 
céfiros que ocultaron lo que en realidad no debía 
mostrarse. La joven procuró disimular su vergüenza 
achacando la falta á la modista; pero se sintió tan 
humillada por aquella lección y por la sonrisa com- 




LA ESPUMA 



105 



pasiva que la acompañó, que nunca más pudo ver 
desde entonces á la devota marquesa. 

Con este soplar incesante y adecuado, la llama de 
Osorio tomaba cada vez más incremento y ya no era 
poderoso por más tiempo á guardarla en el pecho. 
Al cabo se confió á su hermana, que era amiga bas- 
tante íntima de la joven: rogóla que tantease el te- 
rreno á ver si podía avanzar de nuevo el pie sin 
peligro de precipitarse. Mariana dió el recado. Cle- 
mentina escuchólo con mal refrenada alegría y le 
metió los dedos en la boca hasta que la pánfila se- 
ñora de Calderón desembuchó lo que tenía dentro y 
pudo convencerse de que Tomás ardía en amores 
por ella. Cuando se cercioró bien, respondió con 
palabras ambiguas y riendo. «Lo pensaría, lo pen- 
saría . . . Estaba muy agraviada por lo que se había 
dicho de la ruptura de sus relaciones ; . . . pero en 
fin, no le quitaba por completo las esperanzas». 

Se puso á meditar con atención sobre el medio de 
satisfacer las exigencias de su amor propio herido 
y al cabo de algunos días formuló á Mariana la 
siguiente proposición: «Para que consintiese en dar 
su mano á Tomás , era indispensable que éste la pi- 
diese de rodillas á sus padres delante de los testigos 
que ella elegiría á su gusto». A ninguna española 
de pura raza se le hubiera ocurrido semejante ex- 
travagancia. Precisa llevar en las venas sangre bri- 
tánica para concebir un refinamiento tan monstruoso 
de la soberbia. Cuando Osorio tuvo conocimiento de 
la resolución de su ex novia se enfureció atrozmente 
y declaró con arrogancia que antes que pasar por 
tal humillación le harían cachos. No se volvió, 



106 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pues, á hablar del asunto. Siguieron las cosas como 
antes. Mas como á pesar ole sus rabiosos esfuer- 
zos el gusano del apetito le roía cada vez con más 
crueldad las entrañas , el pobre , al cabo de dos 
meses, cayó en un gran abatimiento; sintióse des- 
fallecer de amor y de deseo; no tuvo fuerzas para 
alejarse de Madrid; volvió á rogar á su hermana 
que otra vez entablase las negociaciones. Clemen- 
tina , que estaba bien penetrada ya de que le tenía 
en su poder , se mostró inflexible : ó pasar por aque- 
llas singulares horcas caudinas, ó nada. 

Y Osorio pasó. ¿Qué había de hacer? Efectuóse 
la extraña ceremonia una tarde en casa de la novia. 
Al llegar á ella Osorio se encontró con unas veinte 
personas del sexo femenino , que Clementina había 
elegido entre las conocidas más envidiosas , las que 
más habían murmurado con motivo de su ruptura. 
Adoptó la mejor actitud para semejante caso; grave, 
solemne, suelto de lengua y ademanes, dejando 
traslucir un poco de ironía, como si estuviese repre- 
sentando una comedia por satisfacer la fantasía de 
una enferma. Dijo algunas palabras previamente 
acerca de la historia de sus relaciones; reconocióse 
culpable; elogió desmesuradamente á Clementina, 
con tan poca medida , que en ocasiones parecía 
estar burlando; se confesó indigno de aspirar á su 
mano. Por fin manifestó que siendo ella tan digna 
de ser adorada y tan grande la ventura de poseer su 
mano, no creía hacer nada de más pidiéndola de ro- 
dillas á sus padres. Al propio tiempo dobló una. 
D. a Carmen vino á levantarle riendo y le abrazó con 
efusión. Clementina también le dió un apretón de 



LA ESPUMA 



107 



manos , más alegre al ver lo bien y dignamente que 
salía del paso, que satisfecha en su orgullo. La ver- 
dad es que en aquella ocasión sintió hacia él Jo que 
nunca más volvió á sentir, una migaja de amor. Si 
hubo humillación en semejante escena resultó para 
ella, por la frescura y el aplomo desdeñoso con que 
su novio la llevó á término. Pero no importa: la 
mujer goza más viva y más íntimamente obser- 
vando la superioridad del hombre que humillándole. 
Clementina fué feliz aquella tarde. 

Pero si Osorio salió bien del paso , no le perdonó 
jamás la intención de humillarle, porque era tan or- 
gulloso como ella. La pasión frenética que le había 
inspirado sofocó por algún tiempo todo otro senti- 
miento. Su luna de miel ñió tan pegajosa como bre- 
ve. El choque entre aquellos dos caracteres, de igual 
obstinación y fiereza, era ineludible. Vino pronto y 
vino con una serie de pequeños desabrimientos que 
hicieron desaparecer en un instante del corazón de la 
joven los fugaces destellos de amor que su marido 
le había inspirado. En él duró más tiempo la pasión. 
El conocimiento que cada cual tenía del otro los 
hizo prudentes, rehuyendo un choque formidable 
que había de ser funesto. Pero vino al fin. Se dijo 
entre los murmuradores que Osorio, cansado de la 
indiferencia y los desdenes de su esposa, en una 
hora fatal de ira y desesperación la había ultrajado 
con su misma doncella y en el mismo tálamo nup- 
cial. Después de esta escena, que no sabemos si se 
realizó con los pormenores horrendos que algunos 
daban, puede decirse que quedó roto el matrimonio 
para siempre. Osorio, sin derecho ya para intervenir 



108 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



en la conducta de su mujer, se vio obligado á ser 
mero espectador de ella. Entregóse Clem entina sin 
reserva, sin disimulo, puede decirse también que 
sin pudor, á todos los galanteos que se le ofrecieron. 
El, por su parte, para contrarrestar el ridículo, que 
á causa de ellos pudiera caberle, dióse con más 
descaro aún á la disipación: extrajo mujeres de las 
últimas clases sociales y las convirtió en señoras, 
rodeándolas de un lujo deslumbrador. La Felipa, la 
Socorro y la Nati, cortesanas famosas en la capital, 
que fueron queridas de muchos personajes, minis- 
tros , banqueros y grandes de España , lo habían 
sido primeramente de él. El fué quien, por medio de 
sus celestinas, las había sacado de la calle de la Pa- 
loma , del barrio de Triana en Sevilla ó del Perchel 
de Málaga y había gozado de sus primicias. 

Dentro de casa, marido y mujer se hablaban muy 
poco, lo indispensable solamente. Para evitar la 
molestia que les produciría sentarse solos á la mesa 
tenían siempre algún convidado. Fuera se trataban 
con expansiva y natural confianza : alguna vez Oso- 
rio iba á buscar á su esposa á última hora á la re- 
unión ó teatro donde se hallase. Pero esto era valor 
entendido en el mundo : todos sabían á qué atenerse 
respecto á sus relaciones. Ordinariamente, Clemen- 
tina salía del brazo de su amante: charlaban largo 
rato en el foyer á presencia de todos, esperando el 
coche; entraba al fin en éste; antes de partir to- 
davía cambiaban en tono confidencial buena copia 
de frases entreveradas de alegres carcajadas. La 
moral, la moral elegante quedaba á salvo con que 
el amante no entrase en el mismo coche , aunque 



LA ESPUMA 



109 



fuesen pocos minutos después á juntarse en el dulce 
retiro de un gabinete particular. 

Cuando Clementina llegó á su casa eran las seis y 
media. Silbó el cochero; salió de su pabelloncito el 
portero á abrir la puerta de la verja y luego la del 
coche. El mismo se encargó de pagar al cochero. La 
dama, sin decir una palabra, entró en el jardín, que 
era exiguo, pero lindo y bien cuidado. Subió la es- 
calera de mármol, debajo de una gran marquesina 
que ocupaba más de la mitad de la fachada del 
hotel. No era éste muy grande, pero sí fabricado con 
lujo y arte, de piedra blanca de Novelda y ladrillo 
fino. Osorio lo había hecho construir hacía sola- 
mente cuatro ó cinco años. Como los planos fueron 
largamente meditados y discutidos, ofrecía una ade- 
cuada distribución, que lo hacía más cómodo tal 
vez que el de su suegro , con ser éste tres ó cuatro 
veces mayor. 

Halló á un criado en el recibimiento. 

— Estefanía ¿dónde anda? 

— Hace ya un buen rato que ha llegado, señora. 
Atravesó un magnífico vestíbulo iluminado por 

dos grandes lámparas con bombas esmeriladas soste- 
nidas por sendas estatuas de bronce , siguió por el 
corredor y tomó la escalera que conducía al princi- 
pal sin tropezarse con nadie. Cerca ya del salón 
que daba ingreso á su boudoir halló á Fernando, un 
criadito de catorce años vestido con una librea muy 
cuca y adecuada á sus años. 

— ¿Estefanía? 

— Debe de estar en la cocina. 
■ — Que suba inmediatamente. 



110 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Entró en el boudoir, y yendo al espejo de cuerpo 
entero sostenido por dos pies derechos de madera 
dorada, se despojó del sombrero. Era el gabinete 
una pieza reducida , vestida toda ella de raso azul 
con cenefas de cartón -piedra imitando una guir- 
nalda de flores. Sobre la chimenea, vestida también 
de raso, había dos magníficos candelabros y un 
reloj, obra de nuestros plateros del siglo pasado. Los 
enseres de la chimenea eran igualmente de plata. 
La alfombra blanca con cenefa azul: en medio un 
confidente forrado de tisú de oro; butacas, sillas 
doradas; en el suelo dos grandes almohadones de 
pluma; en un rincón el espejo; en otro un escritorio 
de madera taraceada estilo Pompaclour; en los otros 
dos unas columnas forradas de terciopelo azul soste- 
niendo dos quinqués que esclarecían ahora la es- 
tancia. Comunicaba esta pieza por un lado con el 
tocador de la señora y éste con su dormitorio; por 
el otro con un saloncito donde solía recibir á sus 
amigos los martes por la tarde ó jugar al tresillo de 
noche con los íntimos. En el boudoir sólo entraban 
algunas pocas amigas de confianza que iban á visi- 
tarla en horas no señaladas. Aquí era donde cele- 
braba esos largos coloquios secretos , tan sabrosos 
para las mujeres, donde su pensamiento se vacía por 
entero, pasando de lo más escondido y profundo á 
las frivolidades del día, los pormenores del traje y 
de la moda. 

Pocos segundos después de quitarse el sombrero 
apareció Estefanía. Era una jovencita pálida con 
hermosos ojos negros: vestía, dentro de su con- 
dición, con elegancia y primor; por encima del 



LA ESPUMA 



111 



traje traía un mandil color 'gris orlado de puntilla 
blanca. 

— ¡Ya podías aguardarme, chiquilla! ¿Dónde 
•estabas metida? — dijo con tono de mal humor y 
distraído á la vez la señora. 

— Estaba en la cocina... Había ido á darle unas 
puntadas á la falda de Teresa, que se le ha roto 
con un clavo, — repuso con afectada humildad la 
doncella. 

Clementina guardó silencio , absorta sin duda 
en sus pensamientos. Colocada frente al espejo se 
dejó despojar del abrigo, contemplándose al propio 
tiempo con esa curiosidad eterna que las mujeres 
hermosas sienten por sí mismas. 

— ¿Has estado en casa de Escobar? — preguntó 
al cabo distraídamente. 

— Sí, señora. 

■ — ¿Qué ha dicho? 

— Que no tiene ahora una seda tan doble en ese 
color, pero que si la señora quiere enviará por ella. 

— i Tururú! Para ese viaje no necesitamos alfor- 
jas... ¿Y en La Perfección^ 

— Sí, señora. Que el sábado enviarán los gorros. 

— ¿Has preguntado cómo seguía el padre Miguel? 

— No he tenido tiempo. . . ¡ Está tan lejos ! . . . 

— ¿Cómo lejos? ¿Pues no has ido en coche? 

— No, señora... Juanito me ha dicho que la 
yegua estaba desherrada. . . 

— ¿Porqué no te ha puesto uno délos caballos 
normandos? 

— No sé... Siempre encuentra alguna disculpa 
cuando la señora me manda salir en coche. 



112 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Tal me parece . . . Descuida , hija : ya arreglaré 
yo eso. ¡Bueno está el señor Juanito, con sus ínfu- 
las de indispensable ! 

Al echar una mirada á su doncella reflejada en 
el espejo, creyó observar algo extraño en sus ojos 
y se volvió para mejor verlo. En efecto, Estefanía 
los tenía enrojecidos como de llorar. 

— ¡ Tú has llorado, chica ! 

— ¿Yo? . . . No , señora , no. 

La manera de negarlo era hipócrita : la señora 
no tuvo necesidad de insistir mucho para que se 
lo confesase y aun la causa de su llanto. 

— El jefe, señora, — comenzó á gimotear, — el 
jefe... que las ha tomado de poco tiempo á esta 
parte conmigo. . . En cuando yo digo cualquier cosa, 
suelta la carcajada ó dice una porquería... Y los 
demás, claro, los demás, como me tienen ojeriza 
porque la señora me quiere, y por adular al jefe, 
se ríen también. . . Porque le he dicho hoy que se lo 
diría á la señora , me ha llenado de insolencias y 
me ha echado de la cocina. 

— ¡Echado! ¿Y quién es él para echarte? — ex- 
clamó con ímpetu el ama. — • Ye á llamarle. Es 
menester que yo caliente las orejas , lo mismo á 
ese tío que á Juanito. ¡Si nos descuidamos van 
á mandar en esta casa los criados más que los amos! 

— Señora... yo no me atrevo. ¿Quiere que le 
mande recado por Fernando? 

— Haz lo que quieras , pero llámale. 

Se había irritado vivamente al escuchar los so- 
llozos de su doncella. Estefanía era su predilecta, 
á quien distinguía entre todos los criados y con- 



LA ESPUMA 



113 



fiaba gran parte de sus secretos. Como todos los 
déspotas presentes y pasados , estaba dominada sin 
darse cuenta de ello. El carácter zalamero y adulador 
de la doncellita había ganado su corazón de tal ma- 
nera, que con él , sin saberlo ella misma , le había en- 
tregado la voluntad. Estefanía era de hecho quien 




V 



mandaba en la casa, pues que mandaba en la se- 
ñora. El criado que no entraba en su gracia, podía 
prepararse á salir en un plazo más ó menos corto. 
Y sucedía lo que puede darse como regla segura en 
tales casos , que la preferida y amada de la señora 
era profundamente antipática á la servidumbre : no 
acaece esto solamente por esa pasión vergonzosa 



8 



111 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que en mayor ó menor grado reside en todos los 
seres humanos, la envidia, sino también porque es 
condición precisa del hipócrita y adulador con el 
grande, ser al propio tiempo altanero y malévolo 
con el pequeño. 

Llamado por Fernando , á quien Estefanía dió el 
encargo , no tardó en presentarse en la puerta del 
gabinete el cocinero, con los atavíos del oficio, 
esto es, con mandil y gorra blanca; todo blanquí- 
simo. Era un mocetón de treinta años, de rostro 
fresco y no desagraciado; con largas patillas negras. 
En el ceño que contraía su frente , en la preocupa- 
ción que se observaba en sus ojos, comprendíase 
que ya sabía á qué venía llamado. Clementina se 
había sentado en el confidente. Estefanía se había 
retirado á un rincón y puso los ojos en el suelo al 
entrar el jefe. 

■ — ■ Vamos á ver , Cayetano; acabo de saber que 
después de tratar con muy poca consideración á 
esta chica, la ha echado V. de la cocina. Le llamo 
para decirle que ni yo consiento que ningún criado 
trate mal á otro , ni V. está facultado para echar 
á nadie dentro de mi casa. 

— Señora... yo no la he tratadu mal... Es ella, 
la que ñus trata mal á todus. . . pincha aquí, pincha 
allá, sin dejarnus en paz, — tartamudeó el cocinero 
con marcado acento gallego. 

— Bueno, pues si pincha aquí y pincha allí, nin- 
guna de Yds. está facultadu para desvergonzarse 
con ella. .. Se me dice á mí y concluido, — replicó 
vivamente la señora imitando el acento del jefe. 

— Es que . . . 



LA ESPUMA 



115 



— Es que, nada: ya sabe Y. lo que le lie dicho. 
Hemos concluido, — manifestó el ama con gesto 
imperioso. 

El cocinero, con la cara encendida y todo el 
cuerpo tembloroso , permaneció unos segundos in- 
móvil. Después, antes de retirarse, dirigió una larga 
mirada iracunda á la doncellita , que seguía con los 
ojos en el suelo con expresión hipócrita donde se 
traslucía el triunfo del amor propio. 

- — ¡ Chismosa ! — le vomitó al rostro más que le 
dijo. 

La señora se alzó de su asiento, y rebosando de 
cólera por tal falta de respeto, le dijo: 

— ¿Y cómo se atreve Y. á insultarla en mi pre- 
sencia? Márchese Y. pronto . . . ¡Quítese de mi vista ! 

— Señora , lo que le digu es que ella tiene la 
culpa. . . 

— Pues si tiene la culpa, mejor.. . Yáyase Y. 

— Todus ñus iremus de la casa, señora; porque á 
esa mentecata no hay quién la sufra. 

— Usted, por lo pronto, como si ya se hubiese 
ido. Puede Y. buscar otro sitio donde servir, que 
yo no tolero que ningún criado se me quiera im- 
poner. 

El cocinero quedóse otra vez inmóvil y estupe- 
facto ante aquella brusca despedida; pero reponién- 
dose en seguida giró sobre los talones, diciendo con 
dignidad: 

— Está bien, señora; lo buscaré. 

Clementina siguió murmurando después de ha- 
berse ido: 

— ¡Pero qué atrevido es este gallegazo! ¿Habrá 



116 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mastuerzo? No creo que á nadie más que á mí le 
toquen semejantes criados . . . 

Apaciguándose de pronto por virtud de otra idea 
que le acudió, dijo: 

— Anda, ven á vestirme, que ya es tarde. 
Entró en su tocador seguida de Estefanía , que, 

contra lo que debía presumirse, tenía el sem- 
blante grave y nublado. Comenzó á despojarse rá- 
pidamente de su traje de calle para ponerse el de 
media ceremonia, con que comía y recibía á sus 
íntimos por la noche, más claro siempre, con 
pequeño descote y los brazos cubiertos. La doncella, 
á una indicación suya, sacó un traje color fresa 
exprimida del gran armario de espejo que ocupaba 
enteramente uno de los lienzos de la pared. Antes 
de ponérselo le arregló el pelo y le quitó las bo- 
tinas bronceadas, sustituyéndolas con el zapato 
adecuado. No había abierto su boca la pálida don- 
cellita hasta entonces, reflejando en el rostro cada 
vez más tristeza y preocupación. Al fin, hallándose 
arrodillada á los pies de su ama, levantó los ojos 
para decirla tímidamente : 

— Señora, voy á rogarle una cosa... que no des- 
pida á Cayetano. 

Clementina la miró con sorpresa : 

— ¿Esas tenemos?... Conque después que has 
sido tú la que . . . 

— Es que, señora, — articuló Estefanía ponién- 
dose todo lo colorada que permitía su tez, — si ahora 
le despide me van los demás á tomar ojeriza. 

■ — ¿Y á ti que te importa? 

La doncella insistió con muchas veras y cada vez 



LA ESPUMA 



117 



con palabras más suplicantes y persuasivas. La 
señora negó poco tiempo. Como el asunto era ele 
poca monta y observaba no sin sorpresa el interés 
y aun ansiedad que su predilecta tenía en que el 
cocinero quedase , no tardó en concederlo , ordenán- 
dole que ella arreglase el asunto. Con esto el sem- 
blante de la chica se animó al instante, se puso 
como unas pascuas y comenzó á maniobrar en torno 
de su ama con extraordinaria presteza. 

Dos golpecitos ciados en la puerta las sorprendió 
á ambas. 

— ¿ Quién es? — preguntó la señora. 

— ¿Te estás vistiendo, Clementina? — se oyó de 
fuera. 

Era la voz de su marido. La sorpresa de la dama 
no disminuyó por esto. Osorio subía rarísima vez á 
su cuarto estando ella sola. 

— Sí; me estoy vistiendo. ¿Hay gente abajo? 

— Los de siempre: Lola, Pascuala y Bonifacio. . . 
Es que tengo que hablar contigo. Te espero aquí en 
el salón. 

— Bien; allá voy. 

Desde entonces hasta que terminó de arreglarse, 
Clementina guardó silencio obstinado, expresando 
en el rostro una preocupación sombría que no pasó 
inadvertida para su doncella. En sus dedos, al dar 
los últimos toques á los pliegues de la falda , había 
un ligero temblor, como el de las niñas que por 
primera vez se visten para ir á un baile. 

Osorio la esperaba, en efecto, en el saloncito de 
arriba contiguo á su boUdoir . Estaba sentado negli- 
gentemente en una butaca; pero al ver á su esposa se 



118 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



levantó dejando caer previamente en la escupidera 
la punta del cigarro que fumaba. Clementina ob- 
servó que estaba algo más pálido que de costumbre. 
Era el mismo hombrecillo de facciones correctas y 
mal color que cuando se casó; pero en los últimos 

doce años se había 
gastado bastante 
su naturaleza; mu- 
chas arrugas en la 
cara, el cabello gris 
y la barba tam- 
bién; los ojos me- 
nos vivos. 

Fué á cerrar la 
puerta que su mu- 
jer dejó abierta , y 
acercándose á ésta 
le dijo con afectada 
naturalidad : 

— El cajero me 
ha entregado hoy 
un recibito tuyo de 
quince mil pese- 
tas... Aquí está. 
Sacó la cartera 

y de ella un papelito satinado y oloroso que pre- 
sentó á su esposa. Esta lo miró un instante con 
semblante grave, sombrío, sin pestañear, y guardó 
silencio. 

— Hace quince días me entregó otro de nueve 
mil . . . Aquí está. 

La misma operación, y el mismo silencio. 




LA ESPUMA 



119 



— El mes pasado me presentó tres; uno de siete 
mil, otro de once mil y otro de cuatro mil.. . Aquí 
los tengo también. 

Osorio agitó el puñado de papeles un instante 
delante de los ojos déla dama: viendo que ésta no 
despegaba los labios, preguntó: 

— ¿Estás conforme? 

— ¿Con qué? — dijo secamente. 

— Con que son exactas estas partidas . 

— -Lo serán si están firmados los recibos por mí. 
Tengo poca memoria, sobre todo en cuestiones de 
dinero. 

— Es una gran felicidad , — repuso sonriendo iró- 
nicamente Osorio , mientras volvía á guardar en la 
cartera los papeles. — Yo también he intentado 
muchas veces prescindir de ella. Desgraciadamente, 
el cajero se encarga siempre de refrescársela á 
uno ... ¡ Bueno ! — añadió , viendo que su mujer no 
replicaba. — -Pues no he subido á otra cosa más que 
á hacerte una pregunta , y es la siguiente: ¿Crees 
que las cosas pueden seguir de este modo? 

— No entiendo. 

— Me explicaré. ¿Crees que puedes seguir to- 
mando de la caja cada pocos días cantidades tan 
crecidas como éstas? 

Clementina, que estaba pálida cuando entró, se 
había puesto fuertemente encarnada. 

— Mejor lo sabrás tú. 

— ¿Por qué mejor?. . . Tú debes de saber adonde 
llega tu fortuna. 

— Bien, pues no lo sé, — replicó refrenando con 
trabajo su despecho. 



120 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Nada más claro. Los seiscientos mil duros que 
tu padre me lia entregado al casarme , como están 
en fincas producen, según puedes enterarte de los 
libros, unos veintidós mil duros. El gasto de la casa, 
sin contar con el mío particular, suma bien tres 
veces esa cantidad... Saca ahora, si quieres, la 
consecuencia. 

• — - Si te pesa que se gaste de tu dinero , puedes 
vender las casas, — dijo Clementina con desdeñosa 
sequedad, volviendo á ponerse pálida. 

— Es que si se vendiesen, mañana sería yo respon- 
sable con mi dinero de su importe. ¿No sabes eso? 

■ — Firmaré cualquier papel diciendo que no se te 
haga cargo de nada. 

— -No basta, querida, no basta; la ley no me 
exime nunca de responder de la dote mientras tenga 
dinero... Además, si tú te lo gastases alegremente 
(recalcó esta palabra), el negocio sería para ti muy 
bueno, pero para mí deplorable, porque siempre me 
quedaba en la obligación de . . . subvenir á tus nece- 
sidades. 

— ¿De mantenerme, verdad? — dijo ella con ironía 
amarga. 

— Quería evitar esa palabra . . . pero en efecto es 
la más exacta. 

Hablaba Osorio en un tonillo impertinente y pro- 
tector que estaba desgarrando por varios sitios la 
soberbia de su esposa. Desde las feroces reyertas 
que habían producido su separación debajo del 
mismo techo , no habían tenido una entrevista de 
tal especie como la presente. Cuando por la convi- 
vencia se originaba algún rozamiento, resolvíanlo 



LA ESPUMA 



121 



por una breve y seca explicación de pasada, en que 
ambos, sin deponer el orgullo, usaban de prudencia 
por temor del escándalo. Pero ahora el asunto 
tocaba en lo más vivo á Osorio. Para un banquero, 
por espléndido que sea, lo más vivo es el dinero. 
Además su amor propio, aunque otra cosa aparen- 
tase, había sufrido mucho en los últimos años. No 
basta fingir indiferencia y desdén ante los extravíos 
de una esposa; no basta pagarle en igual moneda 
paseándole por delante de los ojos las queridas, 
hacer gala de ellas ante el público. Las armas serán 
iguales, pero las heridas que la mujer causa son 
más profundas y más graves qne las del hombre. 
El malestar que la conducta libre de su esposa le 
causaba no disminuía con el tiempo : el abismo que 
los separaba era cada vez más profundo. Por eso, la 
airada venganza cogía esta ocasión por los pelos. 

Clementina le miró un instante; luego, encogién- 
dose de hombros y haciendo con los labios una leve 
mueca de desdén, dió la vuelta y se dispuso á salir 
de la estancia. Osorio avanzó unos pasos colocán- 
dose entre ella y la puerta. 

— Antes de irte quiero que sepas que el cajero 
tiene orden de no pagar ningún recibo que no vaya 
visado por mí. 

— Enterada. 

■ — Para tus gastos tendrás una cantidad fija que 
ya determinaremos cuál ha de ser. No quiero más 
sorpresas en la caja. 

Clementina, que iba á salir por la puerta de la an- 
tesala , retrocedió para hacerlo por la de su boudoir. 
Antes de desaparecer , teniendo el portier levantado 



122 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



con una mano y encarándose con su marido, le dijo 
con reconcentrada ira : 

— Al fin resultas un puerco como tu cuñado; sólo 
que éste no se las echa como tú de generoso. 

Dejó caer el portier y dió un granjportazo. 

Osorio hizo un movimiento para arrojarse detrás 
de ella, pero reponiéndose instantáneamente gritó 
más que dijo para que lo oyese bien : 

— ¡ Es claro ! soy un puerco porque no quiero 
mantener señoritos hambrientos. ¡Que los manten- 
gan las viejas que los utilizan! 

Después de dicha esta ferocidad quedó satisfecho 
al parecer, porque en sus labios se dibujó una son- 
risa de triunfo y sarcasmo. 

Cinco minutos después ambos esposos estaban en 
el comedor riendo y bromeando con los tres ó cua- 
tro convidados que tenían. 



IV 



CÓMO ALENTABA Á LA VIRTUD EL SEÑOR DUQUE 
DE REQUENA 



ver, á ver; explica eso. 
— Señor duque, el negocio es clarísimo. Hoy he 
hablado con Regnault. La mina puede producir, 
cambiando los hornos , construyendo algunas vías 
y estableciendo maquinaria á propósito, una mitad 
más de lo que actualmente rinde. Puede llegar á 
producir sesenta mil frascos de azogue. El dinero 
necesario para conseguir esto no pasa de ciento 
á ciento cincuenta mil duros. 




124 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Me parece mucho. 

— ¿Mucho, para un resultado como ese? 
■ — No; me parecen muchos frascos. 

- — Pues á mí no me cabe duda de que es verdad 
lo que dice Regnault. Es un ingeniero inteligente 
y [práctico. Seis años ha estado explotando las de 
California. Además, el ingeniero inglés que ha ido 
con él dice lo mismo. 

Los que así hablaban eran el duque de [Requena 
y su secretario, primer dependiente ó como quiera 
llamarse, pues en la casa no había apelativo desig- 
nado para él. Llamábasele simplemente Llera. Era 
un mozo asturiano, alto, huesudo, de rostro pálido 
y anguloso, brazos y piernas larguísimos, grandes 
manos y pies, brusco y desgarbado de ademanes y 
con unos ojos grandes de mirar franco y sincero 
donde brillaba la voluntad y la inteligencia. Era 
un trabajador infatigable, asombroso. No se sabía 
á qué horas comía ni dormía. Cuando llegaba á las 
ocho de la mañana al escritorio, ya traía hecha la 
tarea de cualquier hombre en todo el día: á las 
doce de la noche aun se le podía ver muchas veces 
con la pluma en la mano en su despacho. Con ese 
don especial para conocer á los hombres, que poseen 
todos los que han de lograr éxito feliz en el mundo, 
Salabert penetró, al poco tiempo de tenerle por 
ínfimo escribiente, el carácter y la inteligencia de 
Llera, y sin darle gran consideración en apariencia, 
porque esto no entraba jamás en su proceder, se 
la dio de hecho acumulando sobre él los trabajos 
de más importancia. En poco tiempo llegó á ser 
el hombre de confianza del célebre especulador, el 



LA ESPUMA 



125 



alma de la casa. Su laboriosidad humillaba á todos 
los demás empleados y de ella se servía Salabert 
para cargarlos de trabajo en horas excepcionales. 
Llera, á un mismo tiempo, era su secretario, su 
mayordomo general, el primer oficial de su oficina, 
el inspector de las obras que tenía en construcción 
y el agente de casi tocios sus negocios. Por llevar á 
cabo este trabajo inconcebible, superior á las fuer- 
zas ele cuatro hombres medianamente laboriosos, 
le daba seis mil pesetas al año. El dependiente se 
creía bien retribuido, considerábase feliz pensando 
que hacía seis años nada más, ganaba cinco mil 
reales. Todos los días, antes de dar su paseo ma- 
tinal y emprender sus visitas de negocios, daba el 
duque una vuelta por el despacho de Llera , se 
enteraba de los asuntos y conversaba con él un rato 
largo ó corto según las circunstancias. 

El duque tenía las oficinas en los altos de su 
palacio del paseo de Luchana, soberbio edificio 
levantado en medio de un jardín que, por lo amplio, 
merecía el nombre de parque. En el verano, los 
corpulentos árboles, tupidos de follaje, apenas de- 
jaban ver la blanca crestería de la azotea. En el 
invierno, las muchas coniferas y arbustos de hoja 
permanente que allí crecían, le daban todavía un 
aspecto muy grato. Era el centro de reunión de 
todos los pájaros del distrito de la Inclusa. Tenía 
acceso por una gran escalinata de mármol: además 
del piso bajo donde se hallaban los salones de reci- 
bir y el comedor poseía otros dos : parte del último 
era lo que ocupaban las oficinas, que no eran muy 
considerables. A Salabert le bastaba para la direc- 



126 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ción de sus negocios con una docena de empleados 
expertos. El lujo desplegado en la casa era sorpren- 
dente: el mobiliario valía no pocos millones. Cho- 
caba con la avaricia, que tocio el mundo atribuía 
á su dueño. Esta y otras contradicciones parecidas 
se irán resolviendo según vayamos penetrando en 
su carácter, uno de los más curiosos y más dignos 

de fijar la atención del 
lector. Las cocinas es- 
taban en los sótanos, 
que eran espaciosos y 
bien dispuestos : el co- 
medor, que ocupaba la 
parte trasera del piso 
bajo, tenía por comple- 
mento un invernadero 
de excepcionales dimen- 
siones, donde crecían 
gran número de arbus- 
tos y flores exóticas y 
donde el agua que ma- 
naba profusamente for- 
maba estanquecillos y 
cascadas muy gratos de 
ver; todo imitando, en 
lo posible, á la natura- 
leza. Las cuadras esta- 
ban en edificio aparte al extremo del jardín, lo 
mismo que la habitación de algunos criados, no 
todos. 

El duque, repantigado en el único sillón que 
había en el despacho de Llera, mientras éste se 




LA ESPUMA 



127 



mantenía frente á él ele pie dando vueltas en la 
mano á unas grandes tijeras de cortar papel, paseó 
tres ó cuatro veces de un ángulo á otro de la boca 
el negro y mojado cigarro, sin contestar á las últi- 
mas palabras de su secretario. Al fin gruñó más 
que dijo : 

■ — ¡Hum! El ministro está cada día más terco. 

— ¡ Qué importa! ¿No sabe V. el secreto de ha- 
cerle ceder?... Telegrafíe Y. á Liverpool y antes 
de quince días el frasco de azogue baja desde 
sesenta á cuarenta duros. 

El duque de Requena había formado por inicia- 
tiva y consejo de Llera, hacía cuatro años, una 
sociedad ó sindicato de azogues con el objeto de 
acaparar todo el mercurio que saliese al mercado. 
Gracias á ello, este producto había subido extraor- 
dinariamente. La sociedad se encontraba con un 
depósito inmenso en Liverpool. El plan de Llera era 
lanzarlo al mercado en un momento dado, produ- 
ciendo una baja enorme que asustase al Gobierno. 
Esto, realizado en la época misma del pago del 
empréstito de trescientos millones de reales que el 
Gobierno había hecho hacía diez años á una casa 
extranjera, le empujaría á pensar en la venta de 
la mina de Eiosa. Si por otra parte se ayudaba á la 
empresa sacrificando algunos millones, subvencio- 
nando periódicos y personajes, podía darse por 
seguro el éxito. Este plan, formado por Llera y 
madurado por el duque , venía desenvolviéndose con 
regularidad y tocaba á su término. 

— Allá veremos, — manifestó el opulento banque- 
ro quedándose unos instantes pensativo. — Cuando 



128 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



salga á subasta, — dijo al cabo, — será necesario 
formar otra sociedad. La de azogues no nos sirve 
para el caso. 

— ¡ Claro que se formará ! 

— El caso es que yo no quiero comprometer en 
este negocio más de oclio millones de pesetas. 

— Eso ya es otra cosa, — manifestó Llera ponién- 
dose muy serio. — -Apoderarse de un negocio de esa 
entidad con tan poco dinero me parece imposible. 
La gerencia irá á parar á otras manos y entonces 
queda reducido á un tanto por ciento mayor ó me- 
nor... ¡es decir, á nacía! 

■ — Verdad, verdad, — masculló Salabert quedán- 
dose otra vez profundamente pensativo. Llera tam- 
bién permaneció silencioso y meditabundo : 

■ — Ya le he indicado á Y. el único medio que bay 
para conseguir la dirección... 

Este medio consistía en tomar una cantidad bas- 
tante crecida de acciones en la mina al ser com- 
prada por la sociedad, seguir comprando todas las 
que se pudiesen, luego comenzar á venderlas más 
baratas , basta llegar á producir el pánico en los 
accionistas. Comprar y vender perdiendo durante 
algún tiempo ; este era el medio que proponía Llera 
para conseguir la baja de las acciones y poder 
adquirir con mucho menos dinero la mitad más una 
y apoderarse por completo del negocio. Salabert no 
lo veía tan claro como su secretario. Era la suya 
una inteligencia perspicaz, minuciosa, penetrante; 
pero le faltaba grandeza é iniciativa en los nego- 
cios , aunque otra cosa pensasen los que le veían 
acometer empresas de excepcional importancia. El 



LA ESPUMA 



129 



pensamiento primordial, la que pudiéramos llamar 
idea madre de un negocio, casi nunca nacía en 
su cerebro: le venía de afuera: pero en él germi- 
naba y se desarrollaba quizá como en ningún otro 
de España. Poco á poco lo iba analizando, dise- 
cando mejor, penetraba hasta las últimas fibras, 
lo contemplaba en sus múltiples aspectos, y una 
vez convencido de que le reportaría ventajas, se 
lanzaba sobre él con rara y sorprendente audacia, 
que era lo que acerca de sus dotes de especulador 
había producido el engaño del público. Estaba bien 
convencido de que una vez resuelto á acometer la 
empresa, cualquier vacilación resultaba perjudicial. 
Esta audacia no procedía, pues, directamente de su 
temperamento, sino de la reflexión: era una muestra 
de su astucia incomparable. 

Por lo demás, su fondo era tímido, y este de- 
fecto, en vez de corregirse con la felicidad casi 
nunca interrumpida de sus éxitos , se aumentaba 
cada día. La avaricia es medrosa y suspicaz, y 
Salabert era cada vez más avaro. Además, con los 
años, es regla sin excepción que el pesimismo va 
penetrando en el espíritu del hombre. Acostum- 
brado á grandes resultados en sus especulaciones, 
nuestro banquero juzgaba deplorable el negocio en 
que no percibía pingües ganancias : si por acaso 
no obtenía ninguna ó había leve pérdida, creía el 
caso digno de ser lamentado largamente. Así que, 
sin el concurso de Llera , sin su carácter osado y su 
imaginación fecunda en invenciones, el duque de 
Requena haría ya tiempo que no se aventuraría 
en un negocio de mediana importancia. En cambio, 



9 



130 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lo que había perdido de inventiva y audacia habíalo 
reemplazado por un tacto y habilidad verdadera- 
mente pasmosos, un conocimiento de los hombres 
que sólo la edad y una atención constante pueden 
lograr. En tal sentido puede decirse que Llera y él 
se completaban á maravilla. Esta sagacidad y este 
conocimiento del corazón humano llegaban en Sala- 
bert á pecar de excesivos; esto es , se pasaba de 
listo en ocasiones. En su trato con los hombres, 
mirándoles siempre del lado de los intereses mate- 
riales, había llegado á formarse tan triste idea de 
ellos , que resultaba monstruosa y le expuso á serios 
percances. Quizá lo que veía en los otros no era 
más que el reflejo de su propia imagen como nos 
sucede á todos los humanos. Para él no había hom- 
bre ni mujer incorruptibles: un poco más caras ó 
un poco más baratas las conciencias, todas estaban 
á la venta. En los últimos años el soborno llegó á 
ser en él una manía. Si tropezaba con personas que 
no se dejaban comprar, nunca imaginaba que lo 
hacían de buena fe, sino porque se estimaban en 
mayor precio del que ofrecía. Era una de las tareas 
más pesadas de Llera arrancarle de la cabeza los 
proyectos de soborno cuando recaían en hombres 
que sin duda habían de rechazarlos con indigna- 
ción. Si tenía un pleito, lo primero que pensaba era 
cuánto dinero iban á costarle los magistrados que 
habían de fallarlo ; si estaba interesado en un expe- 
diente gubernativo, separaba in mente la cantidad 
que debía destinar al ministro ó al subsecretario 
ó á los consejeros de Estado. Desgraciadamente, 
este lápiz negro que tenía siempre en la mano para 



LA ESPUMA 



131 



tiznar el rostro de la humanidad , se empleaba con 
resultado positivo en bastantes ocasiones. 

El duque de Requena ni tenía sentido moral ni 
nunca lo había conocido. Su vida de granuja anó- 
nimo en Valencia, estaba señalada por una serie de 
travesuras y mañas chistosas, por una fecundidad 
tan grande en trazas para sacar al prójimo su di- 
nero, que lo hicieron digno émulo del Lazarillo de 
Tormes, El picaro Guzmán de Alfar ache y otros 
héroes famosos de la novela española. Por cierto 
que antes de ir adelante conviene expresar que un 
grupo de socios del Ateneo había puesto á Sala- 
bert el sobrenombre de El picaro Guzmán con que 
le conocían. Pero este apodo no salió del círculo de 
amigos. Mejor éxito tuvo una frase del presidente 
del Consejo de Ministros explicando las iniciales del 
duque. Decía que á estas iniciales A. S. debía 
ponérseles signo de admiración para que dijeran: 
¡A Ese! 

Contábase con visos de verosimilitud, que en 
Cuba, adonde había ido á buscar fortuna, compró 
un tabernucho en los arrabales de la Habana, con 
todo su mobiliario, incluyendo en él una negra des- 
tinada á su servicio. Esta negra, durante los años 
que tuvo aquel comercio, fué su criada, su ama de 
gobierno, su dependiente y su concubina; de ella 
tuvo varios hijos. Cuando hubo ahorrado algunos 
miles de duros para restituirse á España , liquidó 
sus cuentas vendiendo la taberna, el mobiliario, la 
negra... ¡y los hijos! 

Luego comenzaron los equipos para la tropa , los 
negocios de tabacos, la subasta de carreteras, ce- 



132 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



diénclolas unas veces con primas , otras construyén- 
dolas sin las condiciones exigidas por el contrato, 
los empréstitos al Gobierno, etc., etc. En todos ellos 
desplegó nuestro negociante su rara sagacidad, su 
talento positivo y un «órgano de la adquisividad» 
tan poderoso, que con razón le hicieron famoso 
entre los personajes de la banca. 

No era antipático su trato. Al revés de casi todos 
los que aspiran á las riquezas ó al poder, no era 
fino en los modales ni meloso en las palabras. Era 
más bien brusco que cortés; pero sabía admirable- 
mente distinguir de personas y lo suavizaba cuando 
bacía falta. Esta misma tosquedad nativa servíale 
para disfrazar lo astuto y sutil de su pensamiento. 
Parecía que aquel exterior burdo, rústico, aquellos 
modales exageradamente libres y campechanos no 
podían menos de guardar un corazón franco y leal. 
Era (por fuera nada más) el tipo acabado del cas- 
tellano viejo, honradote, sincero ó impertinente. 
Hablaba poco ó mucho según le convenía , se expre- 
saba con dificultad real ó fingida (que esto nunca 
llegó á averiguarse), tenía de vez en cuando salidas 
chistosas, aunque siempre tocadas de grosería, y 
solía decir en la cara algunas cosas desagradables 
que le hacían temible en los salones. La prepon- 
derancia adquirida por sus riquezas había hecho 
crecer este último defecto : á la mayor parte de las 
personas, aun á las damas, solía hablarles con una 
franqueza rayana en el cinismo y la desvergüenza; 
signos del desprecio que en realidad le inspiraban. 
No obstante, cuando tropezaba con un personaje 
político de los que á él le convenía tener propicios, 



LA ESPUMA 



133 



esta franqueza tomaba otro giro muy distinto y se 
transformaba en adulación y casi casi en servilismo. 
Mas esta farsa, aunque admirablemente desempe- 
ñada, no engañaba á nadie. El duque de Requena 
era tenido por un zorro de marca: por milagro creía 
ya alguno en sus palabras ni se dejaba cautivar por 
aquel aspecto rudo y- bonachón. Los que le habla- 
ban estaban siempre en guardia , aunque fingiendo 
confianza y alegría. Como sucede á todos los que 
han conseguido elevarse, los defectos que universal- 
mente se le reconocían, mejor dicho, la mala fama 
que tenía, no era obstáculo para que se le respetase, 
para que todos le hablasen con el sombrero en la 
mano y la sonrisa en los labios, aunque nunca 
hubiesen de necesitar de él. Los hombres muchas 
veces se humillan por el solo placer de humillarse. 
Salabert conocía esta innata tendencia que tiene 
la espina dorsal del hombre á doblarse y abusaba 
de ella. Muchos que vivían con independencia, no 
sólo le toleraban impertinencias que les hubieran 
parecido intolerables en algún amigo de la infancia, 
sino que apetecían y buscaban su trato. 

— Veremos, veremos, — repitió de nuevo cuando 
Llera le recordó el medio de apoderarse de la ge- 
rencia. — Tú eres muy fantástico; tienes la cabeza 
demasiado caliente; no sirves para los negocios. A 
ver si nos pasa aquí lo que con las alhóndigas. 

Por consejo de Llera, el negociante había cons- 
truido alhóndigas en algunas capitales de España, 
las cuales no habían tenido el éxito que esperaban. 
Como después de todo el negocio no era de gran 
entidad, las pérdidas tampoco fueron cuantiosas. A 



134 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pesar ele eso, el duque, que las había llorado como 
si lo fuesen y no había escaseado á su secretario 
frases groseras ó insultantes , le recordaba á cada 
instante el asunto. Servíale de arma para despreciar 
sus planes, aunque después los utilizase lindamente 
y á ellos debiese un aumento considerable de su 
hacienda. Teníale de esta suerte sumiso, ignorante 
de su valer y presto á cualquier trabajo por enojoso 
que fuera. 

Un poco avergonzado por el recuerdo , Llera insis- 
tió en afirmar que el negocio de ahora era de éxito 
infalible si se le conducía por los caminos que él 
señalaba. Salabert cortó bruscamente la discusión 
pasando á otros asuntos. Informóse rápidamente de 
los del día. La pérdida de una fianza que había 
hecho por un pariente de Valencia , le puso fuera de 
sí , bufó y pateó como un toro cuando le clavan las 
banderillas, se llamó animal cien veces y tuvo la 
desfachatez de decir, en presencia de Llera, que su 
bondadoso corazón concluiría por arruinarle. La 
pérdida, en total, representaba unas veintidós mil 
pesetas. Las fianzas que el duque hacía por sus más 
íntimos amigos ó parientes eran del tenor siguiente: 
Las hacía generalmente en papel , exigía al afian- 
zado un seis por ciento del capital depositado , y se 
encargaba además de cortar y cobrar los cupones. 
De suerte que el capital, en vez de redituarle lo que 
á todos los tenedores de valores del Estado, le pro- 
ducía un seis por ciento más. Así eran los negocios 
que el duque hacía , no tanto por interés como por 
impulso irresistible de su corazón. 

Salió furioso del despacho de su secretario , fuése 



LA ESPUMA 



135 



á la caja y aprendiendo allí que iban á mandar á 
cobrar al Banco nueve mil duros de cuenta corriente, 
él mismo recogió el cheque después de firmarlo: debía 
pasar por allá á celebrar una junta como consejero, 
y de paso ningún trabajo le costaba hacerlo efectivo. 
Salió á pie como era su costumbre por las mañanas. 
En las hermosas coniferas que bordaban los caminos 
del jardín-parque cantaban alegremente los pájaros. 
Bien se comprendía que no habían puesto fianza 
alguna y la habían perdido. El señor duque maldita 
la gana que tenía de cantar ni aun escuchar sus 
regocijados trinos. Pasó de largo con el semblante 
torvo, sin responder á los saludos de los jardineros 
y del portero, mordiendo con más ensañamiento 
que nunca su enorme cigarro. En la calle no tardó 
en colorarse un poco su rostro. Tuvo un encuentro 
agradable y útil. El presidente del Consejo de 
Estado, á quien le gustaba también madrugar , le 
saludó en el paseo de Recoletos. Hablaron algunos 
momentos y los aprovechó para recomendarle , con 
la brusquedad calculada que le caracterizaba , un 
expediente ele ciertas marismas en que estaba inte- 
resado. Después, á paso lento, mirando con sus ojos 
saltones, inocentes, á los transeúntes, deteniéndolos 
particularmente en las frescas domésticas que regre- 
saban á sus casas con la cesta de la compra llena y 
las mejillas más coloradas por el esfuerzo, se dirigió 
al Banco de España. Era mucha la gente que se le 
quitaba el sombrero. De vez en cuando se detenía un 
instante , daba un apretón de manos , y cambiando 
con el conocido que tropezaba cuatro palabras en 
tono familiar y desenfadado, seguía su camino. 



136 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Era temprano aún. Antes de llegar al Banco se le 
ocurrió subir á casa de su amigo y compariente Cal- 
derón. Tenía éste su almacén y su escritorio en la 
calle de San Felipe Neri , tal cual su padre lo había 
dejado, esto es, pobrísimo de apariencia y basta 
lóbrego y sucio. En aquel local, donde la luz se fil- 
traba con trabajo al través de unos cristales polvo- 
rientos resguardados por toscos barrotes de liierro, 
donde el olor de las pieles curtidas llegaba á produ- 
cir náuseas , el viejo Calderón había ido amontonan- 
do con mecánica regularidad duro sobre duro, onza 
sobre onza, hasta formar algunas pilas de millón. 
Su hijo Julián nada había cambiado. A pesar de ser 
uno de los banqueros más ricos de Madrid, no había 
querido prescindir del almacén de pieles , y eso que 
este comercio, comparado con el de letras y efectos 
públicos que la casa llevaba á cabo, poco le repre- 
sentaba . Calderón era un tipo de banquero bastante 
distinto de Salabert. Tenía un temperamento esen- 
cialmente conservador, medroso hasta el exceso 
para los negocios, prefiriendo siempre la ganancia 
pequeña á la grande cuando ésta se logra con riesgo. 
De inteligencia bastante limitada , cauteloso , vaci- 
lante, minucioso. Toda empresa nueva le parecía 
una locura. Cuando veía fracasar á un compañero 
en alguna, sonreía maliciosamente y se daba á sí 
mismo el parabién por el gran talento de que estaba 
dotado: si rendía ganancias, sacudía la cabeza mur- 
murando con implacable pesimismo: «Al freir será 
el reir». Económico, avaro mejor dicho, hasta un 
grado escandaloso en su casa : si la tenía puesta con 
relativo lujo había sido á fuerza de súplicas de su 



LA ESPUMA 



137 



mujer, de burlas de sus amigos, y sobre todo porque 
había llegado á convencerse de que necesitaba gozar 
de cierto prestigio exteriormente si había de compe- 
tir con los muchos é inteligentes banqueros esta- 
blecidos en la corte. Los tiempos habían cambiado 
mucho desde que su padre acaparaba una parte 
considerable de los giros de la plaza. Pero después 
de comprados cuidaba con tal esmero de la conser- 
vación de los muebles, exigía tal refinamiento de 
vigilancia á los criados, á su mujer y á sus hijos, 
que en realidad eran todos esclavos de aquellos 
costosos artefactos. Pues si vamos al coche, no es 
posible imaginarse los temores, las agitaciones sin 
cuento que le costaba. Cada vez que el cochero le 
decía que un caballo estaba desherrado, era un 
disgusto. Tenía un tronco de yeguas francesas de 
bastante precio. Las mimaba tanto ó más que á sus 
hijos. Sacábalas á paseo por las tardes; pero no le 
conducían al teatro por miedo á una pulmonía : 
prefería que su mujer fuese á pie ó en coche de 
alquiler, á exponerse á la pérdida de una de ellas. 
No hay que decir, si alguna se ponía enferma, lo 
que pasaba por nuestro banquero. La preocupación, 
el abatimiento se pintaban en su semblante. Visi- 
tábala á menudo, la acariciaba, y no pocas veces 
ayudaba al cochero y al veterinario en las curas, 
aunque consistiesen en ponerle lavativas. Hasta que 
la enferma sanase no había buen humor en la casa. 

Era un marido cominero. Para esto tal vez no 
le faltaba razón. La apatía de su mujer era tan 
grande, que si él no se encargase de tomar la cuenta 
á la cocinera y manejar las llaves de los armarios, 



138 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Dios sabe cómo andaría la casa. Mariana no dis- 
ponía ni ejecutaba nada. Su papel era el de una 
hija de familia, y lo aceptaba sin pesar. Otra mujer 
cualquiera se creería humillada necesitando acudir 
á cada instante á su marido para los menesteres 
más insignificantes de la vida doméstica : pero ella 
juzgábalo muy natural, y sobre todo muy cómodo 
cuando la sórdida economía de Calderón no la apre- 
taba demasiado. La que alguna vez protestaba sor- 
damente contra esta exclusiva centralización de las 
atribuciones administrativas era su madre, aquella 
señora delgadísima, de ojos hundidos, de quien hici- 
mos mención en el primer capítulo. Tales protestas 
no eran, sin embargo, frecuentes ni duraderas. En 
el fondo había un acuerdo perfecto entre la suegra 
y el yerno. La vieja, como viuda de comerciante de 
provincia, á quien había ayudado á labrar su capital, 
era más amante aún del orden y la economía, mejor 
dicho , era todavía más tacaña que él. Por esto no 
había podido vivir jamás con su hijo: su excesivo 
gasto, y sobre todo el despilfarro, los caprichos 
escandalosos de Clementina, la irritaban, la amarga- 
ban todos los instantes de la existencia. En casa de 
Calderón, su papel era el de vigilante ó inspector 
de la servidumbre, el cual desempeñaba á maravilla. 
Su yerno descansaba confiadamente en ella , y gra- 
cias á esto y á que esperaba que mejorase á Mariana 
en el testamento , la guardaba más consideraciones 
que á ésta. 

Salabert era, en el fondo, tan avaro como Calde- 
rón y casi tan tímido , pero mucho más inteligente : 
su timidez estaba contrapesada por una buena dosis 



LA ESPUMA 



de fanfarronería, y su avaricia por un conocimiento 
profundo de los hombres. Sabía muy bien que el 
aparato, la ostentación délas riquezas, influye nota- 
blemente basta en el ánimo de los más despreocu- 
pados y contribuye en sumo grado á inspirar la 
confianza necesaria para acometer empresas impor- 
tantes. De aquí el lujo con que vivía, su palacio y 
sus trenes, los bailes famosos que de vez en cuando 
daba á la sociedad madrileña. El carácter de Calde- 
rón le inspiraba un desprecio profundo: al mismo 
tiempo le despertaba el buen humor. Al ver la pe- 
quenez de su amigo se crecía , contemplábase más 
grande de lo que en realidad era y experimentaba 
viva satisfacción. No se juzgaba solamente más há- 
bil, más astuto (únicas ventajas que positivamente 
le llevaba), sino generoso y liberal, casi un pródigo. 

Penetró resoplando en el tenebroso almacén de la 
calle de San Felipe Neri, dejando como siempre 
estupefactos , abatidos , aniquilados á los depen- 
dientes, para los cuales el duque de Requena no era 
sólo el primer hombre de España, sino un ser sobre- 
natural. Producíales su vista la misma impresión 
de espanto y entusiasmo , de temor y fervorosa 
adoración que á los japoneses el gran Mikado. Y si 
no se prosternaban y hundían su frente en el polvo 
como aquéllos, por lo menos se ponían colorados 
hasta las orejas y no acertaban en algunos minutos 
á colocar la pluma sobre el papel ni prestaban aten- 
ción á lo que el parroquiano les decía. Mirábanse 
con señales ele pavor y decíanse en voz baja lo que 
de sobra sabían todos: «¡El duque!» «¡El duque!» 
«¡El duque!» 



140 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El duque pasó , como solía cuando por casualidad 
iba por allí, sin dignarse arrojarles una mirada, 
y se fué derecho al pequeño departamento donde 
Calderón solía estar. Mucho antes de llegar á él 
comenzó á decir en voz alta: 

— ¡Caramba, Julián! ¿cuándo saldrás de esta 
cueva? Esto no es una casa de banca; es una cuadra. 
No tiene vergüenza el que viene á visitarte. ¡Puf! 
¿Pero desolláis aquí también las reses, ó qué? Hay 
un hedor insufrible. 

Calderón ocupaba, al final del almacén, un rincón 
separado del resto por un biombo de tabla pintada 
con una puertecita de resorte. Pudo escuchar, pues, 
todas las palabras de su amigo antes que éste empu- 
jase la mampara. 

- — ¡ Qué quieres, hombre ! — ■ dijo algo amoscado 
por haberse enterado los dependientes de la filí- 
pica; — no todos somos duques ni se nos enredan los 
millones en los pies. 

— ¡ Qué millones ! ¿ Se necesitan millones para 
tener un despacho limpio y confortable? Lo que 
debes confesar es que te duele gastar una peseta en 
adecentarte. Telo he dicho muchas veces, Julián; 
eres un pobre y toda la vida lo serás. Yo con mi] 
reales seré más rico siempre que tú con mil duros; 
porque sé gastarlos. 

Calderón gruñó algunas protestas y siguió traba- 
jando. El duque, sin quitarse el sombrero, dejóse 
caer en la única butaca que allí había forrada de 
badana blanca, ó que debió de ser blanca: ahora 
presentaba- un color indefinible entre amarillo de 
ámbar, ceniza y verde botella, con fuertes toques 



LA ESPUMA 



141 



negros en los sitios de apoyar la cabeza y las manos. 
Había además tres ó cuatro banquetas forradas 
de lo mismo y en idéntico estado, una estantería de 
pino llena de legajos, una caja pequeña de valores, 
una mesa de escribir antiquísima de nogal y forrada 
de hule negro , y detrás de ella un sillón tosco y 
grasiento donde se hallaba sentado el jefe de la casa. 
Aquel pequeño departamento estaba esclarecido por 
una ventana con rejas: para que los transeúntes no 
pudiesen registrarlo había visillos que , á más de ser 
de lo más ordinario y barato en el género , ofrecían 
la curiosa circunstancia de ser el uno demasiado 
largo y el otro tan corto que le faltaba cerca de una 
cuarta para tapar por completo el cristal de abajo. 

— Pero hombre, ya que no te mudes de casa deja 
ese dichoso comercio de pieles, que no es digno de 
un hombre de tu representación y tu fortuna. 

— Fortuna . . . fortuna , — masculló Calderón sin 
dejar de mirar al papel en que escribía. — Ya sé 
que se habla de mi fortuna ... ¡Si fuéramos á liqui- 
dar, quién sabe lo que resultaría ! 

Calderón no confesaba jamás su dinero; gozaba 
en echarse por tierra. Cualquier alusión á su ri- 
queza le molestaba en extremo. Por el contrario, 
á Salabert le gustaba dar en rostro con sus millones 
y representar el nabab, por supuesto, á la menor 
costa posible. 

■ — Además, — siguió diciendo con mal humor, — 
todo el mundo se fija en lo que entra, pero nadie 
atiende á lo que sale. Los gastos que uno tiene son 
cada vez mayores. ¿A que no sabes lo que llevo 
gastado este año, vamos á ver? 



142 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Poca cosa, — respondió el duque con sonrisa 
despreciativa. 

— ¿Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil 
duros, y aun estamos en Noviembre. 

— ¿Qué dices?- — -manifestó el duque con viva 
sorpresa. — No puede ser. 

— Lo que oyes. 

— Yaya , vaya , no me metas los dedos por los 
ojos, Julián... A no ser que en esos setenta y 
cinco mil duros estén incluidos los gastos de la casa 
-que estás fabricando en el Horno de la Mata. 

— Pues naturalmente. 

Al duque le acometió al oir esto tal golpe de risa, 
que por poco se ahoga; cayósele el cigarro; la faz, 
ordinariamente amoratada , se puso ahora que daba 
miedo, y el golpe de tos que le vino, acompañando 
á la risa, fué tan vivo, que parecía que iba á caer 
presa de la congestión. 

— ¡Hombre, tiene gracia! ¡tiene muchísima gra- 
cia eso! — -dijo al cabo entre los ñujos de la risa y 
de la tos.- — No se me había ocurrido hasta ahora . . . 
De aquí en adelante incluiré en los gastos de mi 
-casa todas las compras de papel y todas las casas 
que edifique. Voy á aparecer con más gasto que 
un rey. 

La risa tan franca y ruidosa del duque molestó y 
«corrió extraordinariamente á Calderón. 

— No sé á qué viene esa risa ... Si sale de la caja, 
en el capítulo de gastos está... De todas maneras, 
Antonio, más sabe el loco en su casa que el cuerdo 
•en la ajena. 

El duque, de algún tiempo á esta parte, meniv 



LA ESPUMA 



143 



deaba las visitas á su amigo y compañero. Empe- 
zaba á hacerle la rosca para atraerle al negocio de 
las minas de Riosa. Se aproximaba el momento en 
que había de efectuarse la subasta : necesitaba para 
entonces contar con algunos accionistas de conside- 
ración. Don Julián lo era, tanto por el gran capital 
que representaba, como por su carácter mismo. 
Gozaba en el mundo de los negocios fama de preca- 
vido, de receloso mejor: de suerte, que el hecho de 
tomar parte en cualquier especulación la acreditaba 
de segura, y esto era lo que Salabert necesitaba. No 
quiso molestarle, pues, muy fuertemente y cambió la 
conversación. Con la gran flexibilidad, con la finura 
que poseía bajo su corteza ruda, supo ponerle de 
buen temple loando su previsión en cierto negocio 
fracasado donde no se dejó coger, desollando á otros 
negociantes enemigos y reconociéndole tácitamente 
sobre ellos superioridad de talento y penetración. 
Cuando lo tuvo bien trasteado hablóle por tercera 
ó cuarta vez , en términos vagos , del negocio de 
la mina. Ofrecíalo como un ideal inaccesible para 
meterle en apetito. ¡Si algún día fuera posible 
comprar esa mina, qué gran negocio! No había 
conocido otro más claro en su vida. Lo peor era 
que el Gobierno no estaba dispuesto á soltarla. Sin 
embargo, f , con un poco de habilidad y tra- 
bajándolo con constancia, acaso con el tiempo... 
Para entonces necesitábanse algunos hombres que 
no tuviesen inconveniente en invertir un buen capi- 
tal. Si no los hallaba en España, iría al extranjero 
á buscarlos. .. 

Calderón, al oir hablar de un negocio se encogía 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



como los caracoles cuando los tocan. El de ahora 
era tan gordo , por los datos indecisos que el duque 
le suministraba, que le obligó á meterse de golpe en 
la cascara. Así que Salabert comenzó á precisar un 
poco, púsose torvo y sombrío, mostróse receloso é 
inquieto , como si entonces mismo le fuesen á exigir 
una cantidad exorbitante. 

Cuando hubo concluido su largo discurso un 
poco incoherente , que parecía más bien un monó- 
logo , el duque se levantó bruscamente. 

— Yaya, Julianito, me voy de aquí al Banco. 

Al mismo tiempo sacó otro cigarro de la petaca , 
y sin ofrecerle, porque no fumaba, lo encendió por 
fórmula, pues los dejaba apagarse en seguida para 
seguir mordiéndolos. 

D. Julián respiró con satisfacción. 

— ¡Tú siempre con esa actividad febril! — dijo 
sonriendo y alargándole la mano. 

— ¡ Siempre detrás del dinero ! 

Cuando ya iba á trasponer la puerta , Calderón se 
acordó de que podía utilizar aquella visita. 

— Oye, Antonio: tengo ahí un montón de lon- 
dres. .. ¿Las quieres? Te las doy baratas. 

— No me hacen falta ahora. ¿Cómo las cedes? 

— A cuarenta y siete. 

— ¿Son muchas? 

— Ocho mil libras entre todas. 

— Siento no necesitarlas. Es buena ocasión. Adiós. 

Trasladóse al Banco , asistió á la reunión , y des- 
pués de hacer efectivos los nueve mil duros del 
cheque , salió con su amigo Urreta , otro de los céle- 
bres banqueros de Madrid. Al llegar cerca de la 



LA ESPUMA 



145 



Puerta del Sol se dieron la mano para despedirse. 

— ¿Adonde va V. ? — - le preguntó Salabert. 

— Voy de aquí á casa de Calderón , á ver si puede 
facilitarme londres. 

— Es inútil el paseo , — repuso vivamente el pri- 
mero. — Todas las que tenía acabo yo de tomárselas. 

— Hombre, lo siento. ¿Y á cómo se las ha puesto? 

— A cuarenta y seis , diez. 

— No son baratas ; pero me hacen mucha falta y 
aun así las tomaría. 

■ — -¿Le hacen á V. falta de verdad? — dijo Sala- 
bert echándole al mismo tiempo el brazo sobre los 
hombros. 

■ — De verdad. 

— Pues voy á ser su i^rovidencia. ¿Qué cantidad 
necesita Y.? 

■ — Bastante. Diez mil libras lo menos. 

— No puedo tanto: pero por ocho mil, puede Y. 
mandar esta tarde. 

El rostro de Urreta se iluminó con una sonrisa de 
agradecimiento . 

— ¡ Hombre , no puedo permitir . . . ! A Y. le harán 
falta también. . . 

— No tanto como á Y — Pero aunque así fuera... 
Ya sabe Y. que se le quiere mucho: es Y. el único 
guipuzcoano con talento que he tropezado hasta 
ahora. 

Al mismo tiempo , como le llevara abrazado , le 
daba afectuosas palmaditas en el hombro. Estrechá- 
ronse de nuevo la mano, y después que Urreta se 
deshizo en frases de gratitud , á las cuales contes- 
taba Salabert en ese tono brusco y campechanote 

10 



146 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que tanto realza el mérito de cualquier servicio , se 
despidieron. 

El duque tomó inmediatamente un coche de al- 
quiler: 

— A la calle de San Felipe Neri , número . . . 

— Está bien, señor duque, — repuso el cochero. 
Alzó la cabeza el procer para mirarle. 

— ¡Hola! ¿me conoces? 

Y sin aguardar la contestación se metió adentro 
y cerró la portezuela. 

— Julián... Julián, — gritó á su amigo antes de 
abrir la mampara del escritorio. — Vengo á hacerte 
un favor ... ¡ Qué suerte tienes , maldito ! Mándame 
esas londres á casa. 

— ¡Hola! — exclamó el banquero con sonrisa triun- 
fal. — • ¿Las necesitas? 

— ¡ Sí , f . . . . , sí ! Siempre me ha de hacer falta á 
mí lo que á ti te conviene soltar . . . Adiós . . . 

Y sin entrar en el despacho dejó libre la mam- 
para de resorte que tenía sujeta y se fué. Dió las 
señas al cochero de un hotel situado en el barrio de 
Monasterio y se reclinó en un ángulo, mordiendo 
su cigarro y resoplando con evidente satisfacción. 
Experimentóla nuestro banquero después de cometer 
aquella granujada, después de despojar á su amigo 
Calderón de unas cuantas pesetas, como el justo al 
concluir un acto de justicia ó de caridad. Su imagi- 
nación, siempre alerta para los asuntos donde hu- 
biese dinero, vagó, mientras el carruaje le conducía 
al Hipódromo, al través de los varios negocios en que 
estaba comprometido; pero se detuvo muy particu- 
larmente en el de la mina de Riosa. La combinación 



LÁ ESPUMA 



147 



de Llera le iba pareciendo cada vez mejor. Sin 
embargo, tenía sus puntos flacos y á reforzarlos 
se aplicó con el pensamiento, hasta que el coche se 
detuvo delante ele la verja de un hotelito de construc- 
ción barata , con muchos adornos de yeso y madera 
que le hacían semejar á las obras de confitería. 

Apresuróse el portero á abrirle con acatamiento. 
Salvó en tres pasos el diminuto jardín , y al subir 
las pocas escaleras del piso bajo salió á la puerta 
una criada joven. 

— Hola , Petra : ¿y tu ama? 

— Duerme todavía, señor duque. 

— Pues ya son las doce , — dijo sacando su cronó- 
metro. — Voy á subir de todos modos. 

Y pasando por delante de ella, entró en la antesa- 
lita ochavada, despojóse del gabán que la doméstica 
recibió y se encargó de colgar , y subió al piso prin- 
cipal. El dormitorio donde penetró era un gabinete 
con alcoba , divididos por columnas y una gran cor- 
tina de brocatel. Estaba amueblado con lujo de 
gusto dudoso : en vez del sello que imprime cualquier 
persona, si no es enteramente vulgar, al decorado y 
adorno de sus habitaciones, observábase la mano del 
mueblista que cumple el encargo que le han dado , 
segiín el patrón corriente. Las puertas de madera 
del balcón estaban abiertas : la luz penetraba por 
un transparente que representaba un paisaje de 
color de chocolate todo él. Las paredes estaban acol- 
chadas con damasco amarillo, las sillas eran doradas 
igual que una mesilla de centro y un armarito para 
colocar chucherías. Había otro armario de ébano 
con luna. En uno de los lienzos de pared había dos 



148 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



oleografías , no del tocio malas , que representaban 
las dos etapas de una escena. Un cazador pone las 
manos en las dos barandas de un puentecito rústico 
impidiendo el paso á una hermosa 
aldeana y exigiéndole el tributo 
de un beso: debajo 
decía: Le péage. En 
el otro cuadro, el 
mismo cazador, sa- 
tisfecho ya el capri- 
cho, sigue su camino 
fumando con indi- 
ferencia, mientras 
la aldeana vuelve la 
cabeza para contem- 
plarle con vivo inte- 
rés : el rótulo decía : 
Déjá passé. 

Observábase en 
aquella estancia, 
perteneciente á una 
mujer, el mismo des- 
orden que suelen pre- 
sentar los cuartos 
de los estudiantes ó 
militares . Diversas 
prendas de vestir, enaguas, corsé, medias, 
andaban esparcidas por las sillas. Sobre la 
rica alfombra de terciopelo había algunos escupi- 
tajos y puntas de cigarro. En la delicada mesilla del 
centro una licorera con las botellas casi vacías y las 
copas fuera de su sitio. El duque echó una mirada 




LA ESPUMA 



149 



torva á esta licorera y alzó suavemente la cortina 
de la alcoba. En un primoroso lecho de ébano con 
incrustaciones de marfil, reposaba una joven de tez 
blanca, blanquísima, y cabellos negros, negrísimos. 
Reposaba con un abandono sin delicadeza, en una 
posición de animal bien cebado. Hasta en el sueño 
es posible conocer la condición y espiritualidad de 
la persona. 

Salabert tuvo un momento la cortina suspendida : 
luego la corrió con cuidado, y sentándose en una 
butaquita que había al lado de la cama, se puso á 
contemplar con fijeza á la bella dormida. Porque era 
bella en efecto y en grado excelso. Sus facciones, 
notablemente correctas y delicadas; perfil griego, 
frente pequeña y bonita, nariz recta, labios rojos 
un poco gruesos; la tez, un prodigio de la natura- 
leza, mezcla de alabastro y nácar, de rosas y leche, 
debajo ele la cual corría la vida abundante y rica. 
Los cabellos, negros y brillantes, estaban sueltos, 
manchando con el aceite perfumado la almohada 
de batista. A pesar de lo frío del tiempo , tenía 
un brazo y casi medio cuerpo fuera de las sábanas. 
Verdad que en el gabinete ardía con vivo ó intenso 
fuego la chimenea. El brazo estaba enteramente 
desnudo y era de lo más hermoso y mejor torneado 
que pudiera verse en el género. Pero la mano que 
estaba al cabo de este brazo no correspondía á su 
belleza. Era una mano donde la holganza presente 
no había conseguido borrar las huellas del trabajo 
pasado, mano pequeña, pero deformada, con los 
dedos macizos y aporratados, mano plebeya elevada 
de pronto al patriciado. 



150 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Aunque el banquero no se movía, la fijeza y 
avidez de sus ojos posados sobre la joven ejercieron 
sobre ella la consabida influencia magnética: al 
cabo de algunos minutos cambió de postura , suspiró 
con fuerza y abrió los ojos, que eran negros como la 
tinta: fijáronse un instante con vaga expresión de 
asombro en el duque, y cerrándolos de nuevo mas- 
culló una interjección de carretero, hundiendo al 
mismo tiempo la cara en la almohada. Luego, como 
si repentinamente cruzara por su mente la idea de 
que había hecho una cosa fea , dio la vuelta , abrió 
de nuevo los ojos y dijo sonriendo: 

— ¡ Hola ! ¿ eres tú ? 

Al mismo tiempo le alargó la mano. El duque se 
la estrechó , y alzándose de la butaca le dio un 
sonoro beso en la mejilla, diciendo: 

— -Si quieres dormir más te dejaré. No he venido 
más que á darte un beso. 

Pero no era uno, sino una buena porción los que 
le estaba aplicando en ambas mejillas. La joven 
frunció el entrecejo, disgustada sin duda de aque- 
llas caricias, que por venir de un viejo no debían de 
serle agradables. Además, ya se ha dicho que los 
labios del duque , por efecto de la manía de morder 
el tabaco, solían estar sucios. 

— ¡ Quita, quita ! — dijo al fin rechazándolo. — No 
me sobes más. Bastante me has sobado ayer tarde. 
Me he lavado tres veces; echó sobre mí medio frasco 
de rosa blanca y todavía á las doce de la noche me 
olía mal. 

— Olor de tabaco. 

— No: el olor del tabaco me gusta. Olor de viejo. 



LA ESPUMA 



151 



Esta salida brutal no despertó la indignación del 
duque como era de presumir. Soltó una carcajada y 
le dió una palmadita cariñosa en la mejilla. 

— -Pues no me salen baratos los besos. 

Tampoco esta cínica réplica alteró á la bella, que 
en el mismo tono de mal humor dijo: 

— Ya lo creo. Y cuantos más años tengas, más 
caros te irán saliendo. . . Dame un cigarro. 

El duque sacó la petaca. 

— No traigo más que tabacos. 

— No quiero eso... Ahí, sobre ese chisme de 
escribir, debe haber; . . . tráeme. 

El banquero tomó de encima de un pequeño es- 
critorio taraceado algunos cigarritos y se los pre- 
sentó. La joven preparó uno con la destreza de un 
consumado fumador y lo encendió con el fosforo 
que el duque se apresuró á sacar. Este intentó otra 
vez aproximar sus labios repugnantes al hermoso 
rostro de la fumadora , pero fué rechazado con vio- 
lencia. 

— ¡Mira, ó te estás quieto, ó te vas! — dijo ella 
con energía. — - Siéntate ahí. 

Y le señaló la butaquita próxima al lecho. 

El banquero se dejó caer en ella, mirando á la 
joven con sus grandes ojos saltones, que expresaban 
temor. 

— Eres una gatita cada día más arisca. Abusas 
de mi cariño; mejor dicho, de mi locura. Déjame 
siquiera el pie. 

La joven, sin decir palabra, con el mismo sem- 
blante hosco, sacó el pie por entre las sábanas. 
Valia más que la mano: era un pie meridiona], pe- 



152 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



queñito y bien formado. El duque se apresuró á 
cogerlo devorándolo á besos con la glotonería de los 
hombres voluptuosos. 

Poseía, en efecto, uno de los temperamentos más 
lúbricos que puedan encontrarse. Toda la vida 
había sido, en achaque de mujeres, ardiente y voraz. 
En vez de corregirse con los años , esta afición fué 
creciendo hasta dar en una manía repugnante. Era 
notoria en Madrid. Sabíase que, para satisfacerla,, 
después que había llegado á la opulencia, tuvo mil 
extraños caprichos que pagó con enormes caudales. 
Se le habían conocido queridas de extraños y remo- 
tos países, entre ellas una circasiana y una negra. 
Era en realidad esta pasión la gran compuerta por 
donde se escapaba como un río su dinero; pero era 
al mismo tiempo el único que no le dolía gastar. El 
boato de su casa le causaba dolor, un cosquilleo 
punzante: lo tenía por cálculo y por fanfarronería, 
pero le pesaba en el alma aunque aparentase otra 
cosa; allá, en las intimidades secretas de su casa, 
cuando no había de trascender al público, esca- 
timaba, regateaba, sustraía de una cuenta cual- 
quier cantidad por insignificante que fuese; no 
tenía inconveniente en mentir descaradamente para 
escamotear á un comerciante algunas pesetas. El 
dinero que las mujeres le costaban, entregábalo sin 
vacilaciones ni remordimientos , como si todos 
sus trabajos y desvelos, sus grandes y continuos 
cálculos para extraer el jugo á los negocios, no 
tuviesen otra significación ni otro destino que el de 
adquirir combustible para alimentar el fuego de su 
liviandad. 



LA ESPUMA 



153 



Entre las muchas queridas pagadas que había te- 
nido, ninguna adquirió tanto ascendiente sobre él 
como la que tenemos delante. Era ésta una joven de 
Málaga, llamada Amparo, que hacía tres ó cuatro 
años vendía flores por los teatros y tenía su kiosco 
en Recoletos. Desde luego llamó la atención por su 
belleza y desenvoltura y se hizo popular entre los 
elegantes. Festejáronla, persiguiéronla, y aunque al 
principio resistió á los ataques , cuando éstos vinie- 
ron en una forma más positiva, se dejó vencer. Fué, 
durante algún tiempo, la querida del marqués de 
Dávalos, un joven viudo con cuatro hijos, que 
gastó con ella sumas cuantiosas que no le perte- 
necían. Por gestiones activas de su familia, por 
escasearle ya el dinero y por desvío de la misma 
Amparo, que halló otro pollo mejor para desplumar, 
se rompió esta relación, no sin sentimiento tan 
vivo del joven marqués que le produjo cierto tras- 
torno intelectual. Después del sustituto de éste, 
tuvo Amparo otros varios queridos en la aristocra- 
cia de la sangre y el dinero. Fué conocida y popular 
en Madrid con el nombre de Amparo la malagueña. 
En los paseos, en los teatros, adonde acudía con 
asiduidad , fué durante tres ó cuatro años un pre- 
cioso elemento decorativo. Porque á más de su 
hermosura singular, había llegado á adquirir en poco 
tiempo, si no distinción, elegancia. Sabía vestirse, 
facultad que no es tan común como parece, sobre 
todo en esta clase de mujeres. Tenía bastante ins- 
tinto para buscar la armonía de los colores, la 
sencillez y pureza de las líneas ; no pretendía llamar 
la atención, como la mayor parte de sus iguales , por 



154 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lo exagerado ele sus sombreros y el vivo contraste 
ele los colores. Por esta razón había entre las damas 
madrileñas cierta indulgencia Hacia ella : en sus 
ratos de murmuración le guardaban más conside- 
raciones que á las otras; la reconocían un cutis muy 
fino , unos ojos muy hermosos, y gusto. 

Fuera de esta dote natural que la acercaba á las 
señoras de verdad, Amparo era en su trato tan 
tosca, tan incivil, tan bestia y tan ignorante como 
lo son casi siempre en España las criaturas de su 
condición, al menos en el presente momento. Más 
adelante quizá lleguen á ser tan cultas y refinadas 
como las cortesanas de la Grecia ó como las cocottes 
francesas , al decir de los viajantes de comercio. Hoy 
son lo que arriba se lia dicho , sin ánimo , por su- 
puesto, de ofenderlas. Después de pertenecer al 
marqués de Dávalos y á otros tres personajes, sin 
perjuicio de los devaneos furtivos que se autorizaba, 
vino al poder del duque de Requena, ó éste al poder 
de ella, que es lo más exacto. Salabert, según iba 
envejeciendo y menguando energía, (para todo lo 
que no fuese adquirir dinero, se entiende), crecía en 
sensualidad. El vicio se transformaba en desorden 
vergonzoso y en pasión desenfrenada, como suele 
acaecer á los viejos y á los niños viciosos. Amparo 
dio con él en esta última etapa y logró apoderarse 
de su voluntad sin premeditación. Era demasiado 
necia para concebir un plan y seguirlo. Su carácter 
desigual , brutalmente soberbio , su misma estupi- 
dez, que la hacía no prever las consecuencias de sus 
actos, la ayudaron á dominar al célebre banquero. 
Hacía un año que era su querida y que estaba 



LA ESPUMA 



155 



instalada en aquel hotelito del barrio de Monasterio- 
Al principio procuraba refrenar su genio y tenerle 
contento mostrándose dulce y amable. Pero como 
esto le costaba un esfuerzo, y como, por otra parte t 
pudo cerciorarse en seguida de que los desdenes, el 
mal humor y basta los insultos, lejos de enfriar la 
pasión del duque la encendían más, dio rienda suelta 
á su genio: aparecióla criatura salida del cieno T 
con su grosería, sus inclinaciones plebeyas, su 
carácter agresivo y desvergonzado. El duque, que 
hasta entonces había logrado mantener su indepen- 
dencia frente á sus queridas, y eso que de algunas 
llegó á prendarse fuertemente, se encaprichó de 
tal modo por ésta, que al poco tiempo le toleraba 
frases que ajaban su dignidad y tiempo adelante 
actos que aun más la escarnecían. Por supuesto, 
este dominio duraba solamente los momentos de 
sensualidad, las horas que consagraba al placer. 
Así que salía del templo de Venus, recobraba su 
razón el imperio, volvía á sus empresas con cre- 
ciente ambición. 

Amparo fumaba tranquilamente en silencio , man- 
dando pequeñas nubes de humo al techo , mientras 
el duque seguía en la honrosa tarea de besar su pie. 
De pronto, la bella hizo un movimiento brusco , 
retiró el pie con viveza, é incorporándose dijo: 

— Voy á vestirme. Toca ese botón. 

El duque se levantó para cumplir el mandato y á 
los pocos instantes se presentó Petra á vestirla. 
Mientras lo llevaba á cabo , ama y doncella cam- 
biaron algunas impresiones con excesiva familiari- 
dad, mientras el banquero seguía con fijeza, entre 



156 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



atento y distraído, todos los movimientos de la 
faena. 

— Señorita, ¿ha visto Y. ayer á la Felipa guiando 
dos jaquitas que parecían ratones? Por aquí pasó... 
¡ Qué preciosidad ! No lie visto cosa más mona en 
la vida. . . A ver cuándo el señor duque le compra 
á Y. otra pareja así,— dijo Petra mirando con el 
rabillo del ojo al banquero, mientras ataba las 
cintas de la bata á su ama. 

— ¡Ps! — exclamó ésta alzando los hombros con 
desdén. — No me ha dado nunca por guiar. Es ofi- 
cio de los cocheros; pero si me diese, ¡ya lo creo 
que me compraría un tronco igual ! 

Y al mismo tiempo se volvió un poco, con media 
sonrisa, hacia el duque, que dejó escapar un gru- 
ñido corroborante , pasando con su peculiar movi- 
miento de boca el cigarro al lado contrario. 

— Pues son muy lindas para ir á los toros. ¡Y que 
no estaría bien la señorita con su mantilla blanca 
guiando ! 

— ¿Mantilla para guiar? ¡ Estás aviada, hija ! 

— Bueno, pues de sombrero. El caso es que esta- 
ría de mistó: no como esa desorejada de la Felipa 
que ya no tiene carne para hartar á un gato . . . 

La doncella, mientras le recogía el pelo, charlaba 
por los codos. El fondo de su charla era constante- 
mente adulador. Amparo escuchaba con cierta com- 
placencia. Alguna vez la interrumpía con frases del 
mismo jaez que las que la doméstica usaba, en más 
de una ocasión, acompañadas de interjecciones que 
aquélla no se atrevía á pronunciar. Contaba que el 
día anterior había tropezado en la calle con Mora- 



LA ESPUMA 



157 



tinij y que el famoso torero le había dicho al pasar: 
«Recuerdos á tu ama». Al mismo tiempo la maligna 
doncella miraba ele reojo al duque. Amparo sonrió 
lisonjeada; pero hizo al mismo tiempo una fingida 
mueca de desdén , diciendo : 

— - Lo mismo da. Ya sabes que me revienta. 

— Señorita, es hoy el único que se tira de verdad. 

— ¡ Pa chasco ! Es un chancleta que no sabe lo 
que hace. Con ese c... que se trae, ¿cómo ha de 
torear ni hacer nada de provecho? 

— Pues tiene muchos partidarios. 

— ¡ Calla ! ¡ calla ! que ni tú ni él valéis un perro 
chico... Anda; tráeme pronto esa gorra, y lár- 
gate. 

Así que la doncella se hubo marchado, el duque, 
en quien los recuerdos del torero despertaron los 
celos y el mal humor, dijo saliendo al gabinete y 
tendiéndose groseramente en el sofá : 

— Parece que esta noche has tenido media juerga. 
¿Quién ha estado aquí? 

Amparo dirigió la vista á la licorera, donde el 
duque la tenía posada. 

— Pues han estado Socorro y Nati hasta cerca de 
las tres. 

— ¿ Nadie más? 

— Con sus amigos León y Rafael. 

— ¿Nadie más? 

— Nadie más, hombre. ¿Me vas á examinar? 

— Es que yo he sabido que ha estado también 
Manolito Dávalos. 

El duque no lo sabía : quiso sacar de mentira 
verdad. 



158 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— Cierto: también lia estado Manolo, — replicó 
con indiferencia. 

— Bueno, pues será la última vez, — dijo mor- 
diendo con rabia el cigarro. 

- — -Eso será si á mí se me antoja, chavó, — mani- 
festó la bella ex florista levantando Lacia él los ojos 
con expresión provocativa. 

Salabert dejó escapar ciertos gruñidos que Am- 
paro consideró ofensivos. Hubo una escena violenta. 
La bella reclamó con fiereza su independencia y le 
cantó lo que ella llamaba con clásica erudición 
«verdades del barquero». El banquero, excitado, 
contestó con su grosería habitual. El era quién pa- 
gaba: por lo tanto, tenía derecho á prohibir la 
entrada en aquella casa á quien le pareciese. La 
disputa se fué agriando en términos que ambos 
levantaron bastante la voz, sobre todo Amparo, en 
quien á poco que la rascaran aparecía la criatura 
de plazuela. Cruzáronse frases de pésimo gusto, 
aunque pintorescas. La malagueña llamó al duque 
tío lipendi, gorrino, y concluyó por arrojarle del 
gabinete. Pero aquél no hizo maldito el caso, antes 
enfurecido la faltó abiertamente al respeto , em- 
pleando en su obsequio algunos epítetos expresivos 
de su exclusiva invención y otros recogidos con cui- 
dado de su larga experiencia. Por último, quiso dejar 
sentado de un modo incontrovertible que allí era el 
amo, y con este fin, puramente lógico, dió una tre- 
menda patada á la mesilla dorada donde reposaba 
la aborrecida licorera , que se derrumbó con estré- 
pito y se hizo cachos. Amparo, que no se dejaba 
sobar por nadie, según decía á cada momento, aun- 



LA ESPUMA 



159 



que á cada momento se pusiese en contradicción 
consigo misma, presa de un furor irresistible, con 
los ojos llameantes de ira, alzó la mano tomando 
vuelo y descargó en las limpias y amoratadas me- 
jillas del procer una sonora bofetada. 

Los cabellos del lector se erizarán seguramente 
al representarse lo que allí pasaría después de este 
acto bárbaro é inaudito. Acaso sería conveniente 
dejarlo en suspenso como la famosa batalla del 
héroe manchego y el vizcaíno. Sin embargo, para 
no atormentar su curiosidad inútilmente , nos apre- 
suramos á decir lo que pasó desdeñando este recurso 
de efecto. El caso no fué trágico, por fortuna, si bien 
digno de atención y de meditarse largamente. El 
duque se llevó la mano al sitio del siniestro y ex- 
clamó sonriendo* con benevolencia: 

■ — '¡Demonio, Amparito, no creí que tuvieras la 
mano tan pesada! 

Aquélla, que se había puesto pálida después de su 
irreflexivo arranque, quedó estupefacta ante la ex- 
traña salida del banquero. Tardó algunos segun- 
dos en darse cuenta de su sinceridad. 

— Eres una gran chica , — siguió aquél echándola 
un brazo al cuello y obligándola á sentarse de 
nuevo, y él junto á ella. — Esta bofetada no la 
tasaría en menos de cien pesos cualquier perito in- 
teligente. Fuerte, sonora, oportuna... reúne todas 
las condiciones que se pueden apetecer . . . 

— Vamos, no te guasees, que tengo hoy muy 
mala sangre, — dijo la Amparo, escamada y presta 
otra vez á enfurecerse. 

— No es broma , y la prueba de ello es que voy á 



160 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pagártela en el acto. Pero mucho ojo con que 
vuelva por aquí Manolito Dávalos , porque no 
vuelves tú á ver el color de mis billetes. 

■ — Si fué una casualidad, hombre, — dijo la Am- 
paro dulcificándose . — Yino esta noche porque 
había ido de juerga con León y Rafael, y á última 
hora se le ocurrió á Nati hacerme una visita. 

— Pues basta de casualidades. Yo no aspiro á que 
me adores ¿sabes?; pero no quiero pagar las queri- 
das á esos perdularios de sangre azul. ¿Lo has oído, 
salero? 

Al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo en 
busca de la cartera. Su semblante, que sonreía con 
la expresión triunfal del que lleva en el bolsillo la 
llave de todos los goces de este mundo, se contrajo 
de pronto. Una nube de inquietud pasó súbito por 
él. Buscó con afán. La cartera no estaba en aquel 
sitio. Pasó á los demás bolsillos. Lo mismo. 

— ¡ F. . . . ! ¡ me han robado la cartera ! 
Amparo le miró con ojos donde se reflejaba la 

duda. 

— ¡ F ! ¡ me han robado la cartera ! — volvió á 

exclamar con más energía. — ¡Me han robado diez 
mil y pico de duros ! 

— ¡ Yaya , vaya , qué guasoncillo está el tiempo ! 
— dijo Amparo ya enojada otra vez. No tuvo pene- 
tración para distinguir el susto verdadero del 
fingido . 

— ¡ Sí, sí; no ha sido mala guasa ! ¡ Maldita sea mi 
suerte ! ¡ Si cuando un día principia mal...! Tres mil 
duros de la fianza y cerca de once mil ahora . . . 
¡Pues señor, no ha sido mal empleada la mañana! 



LA ESPUMA 



161 



Se levantó bruscamente del sofá y principió á dar 
vueltas por la estancia , presa de una agitación ex- 
traña en quien tantos millones poseía. Un torrente 
de palabras, de gruñidos, de sucias interjecciones 
que expresaban demasiado á lo vivo su disgusto, 
se escapó de sus labios. Arrojó con furia el cigarro, 
que en él era signo de gravísima preocupación. 
Amparo, viéndole tan excitado, se rindió á la evi- 
dencia, y preocupada también por el caso le dijo: 

— Quizá no te la hayan robado. Puede ser que la 
perdieses... ¿Dónde has estado? 

— ¿Crees tú que alguna vez se hayan perdido 
once mil duros? — repuso en tono amargo parán- 
dose frente á ella. — Es decir, se pierden, sí; pero 
otro los encuentra antes de llegar al suelo. 

Acabando de decir esto , quedó repentinamente 
suspenso , como si brillase una luz salvadora en su 
cerebro. Miró con ojos escrutadores por algunos 
instantes á su querida, y haciendo un esfuerzo por 
sonreír, dijo, tornando á sentarse al lado de ella: 

— ¡Pero qué animal soy! ¡Vaya una bromita sa- 
lada , y qué bien que te habrás reído de mí ! 

— ¿Qué dices? — preguntó la Amparo estupe- 
facta. 

— ¡Venga esa cartera, pícamela! Venga esa car- 
tera. 

Y el duque , riendo sincera ó fingidamente , la 
echó un brazo al cuello y comenzó por un lado y 
por otro á manosearla como buscando el sitio donde 
tuviera oculto el dinero. 

Dando una fuerte sacudida la joven se desprendió 
de sus brazos y se levantó : 

11 



162 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Oye , tú . . . ¿Me tomas á mí por una ladrona? — 
exclamó enfurecida. 

■ — No, sino por una guasoncilla. ¿Te has querido 
reir de mí, verdad? 

La joven replicó con energía que el guasón era él 
y que bastaba de bromas, que no estaba dispuesta 
á tolerarlas en esa materia. El duque insistió toda- 
vía; pero viendo la indignación real de su querida 
y no teniendo dato alguno para suponer que fuese 
ella quién le sustrajo la cartera , recogió velas. En 
cuanto perdió esta esperanza , su rostro se nubló de 
nuevo. Aunque dió satisfacciones á x\mparo, no 
fueron éstas muy calurosas. Quedábale, en el fondo, 
la duda. Bien lo echó de ver ella , por lo que siguió 
enojada. Concluyó por decirle: 

— Mira, lo mejor que puedes hacer es irte á al- 
morzar. iSTo quiero más historias . . . ¡ Ah ! y no dejes 
de traerme esta noche guita , que me está haciendo 
mucha falta ... A no ser que prefieras que te mande 
á casa las cuentas . . . 

Salió el duque echando pestes del coruscante ho- 
telito , y como por las inmediaciones no había co- 
ches y no quería utilizar el de su querida , por más 
que él lo pagara , encaminóse á pie hacia su casa. 
Cayó en ella como una bomba, no de pólvora ó 
dinamita , porque no entraban en su temperamento 
los procedimientos fragorosos , sino de ácido sulfú- 
rico ó sublimado corrosivo que se extendió por toda 
ella molestando y requemando á los habitantes. Su 
mujer, el portero, el cocinero, Llera y casi todos 
los empleados recibieron en mitad del rostro alguna 
frase grosera pronunciada en el tono cínico y bur- 



LA ESPUMA 



163 



lón que caracterizaba su discurso. Después de al- 
morzar encerróse en el escritorio con su mal humor 
á cuestas. No hacía una hora que allí estaba, cuando 




entraron á avisarle que un cochero de punto deseaba 
hablar con él. 
■ — ¿Qué quiere? 

— No lo sé. Desea hablar con el señor duque. 
Este, iluminado repentinamente por una idea, 

dijo: 

— Que pase. 

El cochero que entró era el mismo que le había 
conducido desde casa de Calderón á la de su que- 
rida. Salabert le miró con ansiedad. 



164 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Qué traes? 

— Esto ? señor duque , que sin duela debe de ser 
de Y. E., — dijo presentándole la cartera perdida. 

El banquero se apoderó de ella , la abrió pronta- 
mente, y sacando el montón de billetes que contenía, 
se puso á contarlos con la destreza y rapidez propias 
de los hombres de negocios. Cuando concluyó, dijo: 

— Está bien: no falta nada. 

El cochero, que, como es natural, esperaba una 
gratificación, quedóse algunos instantes inmóvil. 

— Está bien, hombre, está bien. Muchas gracias. 

Entonces, con el despecho pintado en el semblan- 
te, el pobre hombre dió las buenas tardes y se dirigió 
á la puerta. El duque le echó una mirada burlona y 
antes de llegar á ella le dijo, sonriendo con sorna: 

— Oye, chico. No te doy nada porque para los 
hombres tan honrados como tú, el mejor premio es 
la satisfacción de haber obrado bien. 

El cochero, confuso é irritado á la vez, le miró de 
un modo indefinible; sus labios se movieron como 
para decir algo; mas al fin salió ele la estancia sin 
articular palabra. 



PRECIPITACIÓN 



Raimundo Alcázar, que así se llamaba aquel 
joven rubio tan pertinaz y enfadoso que siguió á 
Clementina cuando hemos tenido el honor de cono- 
cerla al comienzo de la presente historia , recibió la 
mirada iracunda que aquélla le dirigió al entrar en 
casa de sú cuñada con admirable sosiego y resig- 
nación. Esperó un momento á ver si sólo iba á dejar 
algún recado , y como no saliese se alejó tranquila- 
mente en dirección á la plazuela de Santa Cruz. Se 



166 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



detuvo en un puesto de flores. La florista, al verle 
llegar, le sonrió como á un antiguo parroquiano y 
echó mano al ramo de rosas blancas y violetas que 
sin duda estaba ya preparado para él. Dirigióse á 
la Plaza Mayor y tomó el tranvía de Carabanchel. 
Dejólo donde se bifurca con el camino que conduce 
al cementerio de San Isidro y siguió hacia éste á 
pie. Ascendió con rapidez la cuesta, llegó y pene- 
tró en el nuevo recinto, donde, como exige la ley, á 
los muertos se les da tierra, no se les encajona en 
largas y sombrías galerías. Con paso rápido avanzó 
hasta una sepultura con losa de mármol blanco 
rodeada de una pequeña verja, y se detuvo. Per- 
maneció algunos minutos inmóvil contemplándola. 
Sobre la losa estaba escrito con caracteres negros 
este nombre: Isabel Martínez de Alcázar. Debajo 
de él, estas dos fechas separadas por un guión: 
1842-1883, que indicaban sin duda las del naci- 
miento y la muerte de la persona allí enterrada. 
Había sobre la losa algunas flores marchitas. Rai- 
mundo las recogió con cuidado , deshizo luego el 
ramo que traía , esparció las frescas flores sobre 
la tumba, y con la misma cuerda hizo otro ramo 
con las marchitas. Con éste en una mano y el som- 
brero en la otra, permaneció otra vez algún tiempo 
de pie contemplando con ojos húmedos aquella 
sepultura. Luego se alejó rápidamente y salió del 
cementerio sin echar una mirada de curiosidad en 
torno suyo. 

Raimundo Alcázar había perdido á su madre ha- 
cía ocho ó nueve meses. No había conocido á su 
padre, ó, por mejor decir, no tenía recuerdo de el, 



LA ESPUMA 



167 



pues desapareció de este mundo cuando sólo conta- 
ba él cuatro años. Llamábase también Raimundo, y 
era , al morir, catedrático de la Universidad de Se- 
villa. Cuando se casó con su madre no era más que 
un joven en espera de colocación: por eso el padre 
de Isabel, comerciante en ferretería de la calle de 
Esparteros, se había negado á autorizar aquellos 
amores, los persiguió con tenacidad y sólo consintió 
en el matrimonio cuando Alcázar llevó por oposi- 
ción la cátedra mencionada. Era hombre de ex- 
cepcional inteligencia , publicó algunos libros de la 
ciencia á que se había dedicado, que era la Geología; 
y su muerte, acaecida cuando sólo contaba treinta y 
dos años de edad, fué llorada en la pequeña esfera 
en que los hombres de ciencia viven en España. 
Isabel, con su hijo Raimundo, se volvió á Madrid 
á la casa paterna, donde, tres meses después de 
fallecido su esposo , dió á luz una niña que tomó el 
nombre ele Aurelia. 

Era Isabel una mujer singularmente hermosa , y 
como hija única de un comerciante que pasaba por 
bien acomodado, no le faltaron pretendientes. Re- 
chazó todas las proposiciones de matrimonio. Pasa- 
ba por romántica entre las amigas , quizá porque 
poseía alguna más inteligencia y corazón que la 
mayor parte de ellas. Era admiradora del talento y 
le repugnaban los seres prosaicos que constituían 
casi la totalidad de las relaciones de su padre. Ido- 
latraba la memoria de su marido á quien había 
adorado en vida como á un hombre superior , emi- 
nente: conservaba como precioso tesoro todas las 
frases de elogio que la prensa había tributado á sus 



168 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



obras : el único deseo , el único afán de su vida era 
que su hijo siguiese las huellas del padre, fuese un 
hombre respetado por su talento é ilustración. Dios 
quiso colmar sus votos. Primero comenzó á ver al- 
zarse ante sus ojos la imagen corporal de su marido 
reproducida en el hijo. No sólo en el rostro, sino en 
los ademanes , los gestos y el timbre de voz era una 
copia exacta. Luego el niño, por su comportamiento 
en el colegio, -principió á causarle vivos placeres: era 
inteligente y aplicado : los maestros se mostraban 
de él muy satisfechos. Cada frase de elogio que lle- 
gaba á sus oídos, cada nota de sobresaliente que 
veía escrita debajo del nombre de su hijo, producía 
á la pobre madre espasmos de alegría. Ya no abri- 
gaba duda alguna de que heredaba el talento de su 
padre. 

Alguna vez sentía remordimientos pensando que 
distribuía con poca equidad el cariño entre sus dos 
hijos. Por más esfuerzos que hacía para mantener 
el equilibrio, no podía menos de confesarse que 
amaba mucho más á Raimundo. Su inmenso cariño 
se traducía en constantes caricias , en nimios cuida- 
dos que enervaban y enmollecían el temperamento 
del niño. Se criaba, en suma, con demasiado mimo. 
Él, por su parte, la profesaba una afición tan ar- 
diente , tan exclusiva , que en ciertos momentos se 
convertía en verdadera fiebre. Cada vez que tenía 
que apartarse de sus faldas para ir al colegio le cos- 
taba algunas lágrimas. Exigía que se pusiera al bal- 
cón para despedirle: antes de doblar la esquina de 
la calle , se volvía más de veinte veces para enviarle 
besos con la mano. Era ya hombre y estudiante de 



LA ESPUMA 



169 



Facultad, y todavía Isabel conservaba esta costum- 
bre de salir al balcón para despedirle cuando iba á 
sus clases. Por su natural, ó tal vez por esta edu- 
cación un poco afeminada , Raimundo fué un niño 
tímido, retraído de los juegos de sus compañeros, 
luego un adolescente melancólico, y por fin un 
joven serio y de pocas palabras. Apenas tuvo ami- 
gos. En la Universidad paseaba con sus condiscípu- 
los antes de entrar en cátedra; pero en cuanto daba 
la hora tornábase á casa y no le gustaba salir sino 
acompañando á su madre y hermana. Mucho antes 
de esta época, cuando contaba solamente diez años, 
había muerto su abuelo. Así que, en cuanto llegó 
á los diez y seis , comenzó á desempeñar el papel de 
hombre en la casa . Llevaba á su madre al teatro, 
la acompañaba á hacer visitas , y algunas noches , 
cuando hacía buen tiempo , salía de paseo con ella 
por las calles, dándole el brazo como un marido ó 
un galán. La belleza de Isabel no disminuía con la 
edad. Al verlos juntos , nadie imaginaba que eran 
madre é hijo, sino hermanos, cuando no esposos. 
Esto era causa para el joven de cierto malestar. 
Porque como en Madrid los hombres no se distin- 
guen por un excesivo respeto á las damas, oía, á su 
pesar, frases de admiración, requiebros, lo que ha 
dado en llamarse flores, que los transeúntes dirigían 
á su madre. Sentía, al escucharlas, una mezcla 
extraña de vergüenza y placer, ele celos y de or- 
gullo que le agitaba. La situación de un hijo en 
estos casos es bien excepcional y embarazosa. 

El viejo Martínez, después de retirado del co- 
mercio, había tenido quiebras en su fortuna, consis- 



170 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tente en acciones de una fábrica de pólvora que 
sufrieron depreciación, y en valores del Estado. 
Sólo les dejó una renta de siete á ocho mil pesetas. 
Con ella vivían los tres con economía, pero sin fal- 
tarles lo necesario, en un cuarto segundo de la calle 
de Grravina. Raimundo siguió la carrera de ciencias. 
Quería ser catedrático como su padre, y, dada la bri- 
llantez con que salía en los exámenes, nadie dudaba 
que lo conseguiría pronto. Mostraba también, como 
su padre, decidida afición á las ciencias naturales; 
pero en vez de dedicarse á la Geología , fijóse con 
predilección en la Zoología, y de ésta en aquella 
parte que comprende el estudio interesantísimo de 
las mariposas. Comenzó á hacer acopio de ellas, y 
desplegó un afán y una inteligencia que pronto le 
hicieron poseedor de una rica colección. Antes de 
terminar la carrera, era ya un notable entomólogo. 
Se había hecho construir escaparates que cubrían las 
paredes de su habitación, donde estaban expuestos 
los cartones con las más raras y preciosas especies. 
Estuvo ahorrando dos años para comprar un micros- 
copio , y por fin adquirió uno bastante bueno que le 
proporcionó grato solaz al par que utilidad. Porque 
si bien aquel estudio particular no era suficiente 
para obtener una cátedra , le ayudaba no poco 
teniendo presente que no es posible profundizar 
cualquier ramo de la ciencia sin estudiar las rela- 
ciones que mantiene con los demás, sobre todo con 
los más próximos. 

El día que se hizo doctor , y fué justamente aca- 
bados de cumplir los veintiún años , la pobre Isabel 
experimentó una de esas alegrías sólo compren- 



LA ESPUMA 



171 



sibles para las madres. Le abrazó derramando un 
raudal de lágrimas. 

— Mamá, — le dijo Raimundo. — Estoy ya en 
aptitud de hacer oposición á una cátedra. Me voy á 
dedicar con ahinco á prepararme, y en cuanto la 
lleve, renuncio á lo que puedas dejarme en heren- 
cia para que hagas una dote á Aurelia. Yo tengo 
pocas necesidades y me bastará con el sueldo. 

Estas palabras generosas conmovieron á la madre: 
cada día hallaba más razones para adorar á aquel 
hijo modelo. 

Dedicóse Raimundo con ardor al estudio , pro- 
fundizando las materias de algunas asignaturas, 
sin abandonar por eso sus aficiones entomológicas. 
Gracias á éstas y al nombre glorioso que su padre 
le había legado , se dió á conocer pronto entre los 
hombres de ciencia. Escribió algunos artículos, se 
puso en relación con varios sabios extranjeros y 
tuvo la satisfacción de recibir de ellos frases de 
elogio que le alentaron. Bien puede decirse que era 
un muchacho feliz. Sin deseos imposibles que le 
royeran las entrañas, sin amores tormentosos ni 
amistades molestas, disfrutando de la tranquilidad 
del hogar, del cariño de la familia y de los puros 
goces de la ciencia , deslizábanse sus días serenos y 
dichosos. A las amigas de su madre les sorprendía 
tanta formalidad. ¿No tenía novia Raimundo? ¿No 
le gustaban siquiera las muchachas? Isabel contes- 
taba sonriendo y con transparente satisfacción: 

— No sé : creo que hasta ahora no le ha dado por 
ahí. Está tan metido por mis faldas que parece 
un niño de tres años. .. La verdad es que le ha de 



172 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



costar trabajo hallar una mujer que le quiera tanto 
como yo. 

Y así era como ella lo decía. Teníale envuelto en 
una atmósfera de protección, de tibios y amorosos 
cuidados que le sería casi imposible bailar al lado 
de una esposa por tierna que fuese. Sólo las madres 
poseen esa abnegación absoluta , infatigable , sin 
esperanza ni deseo siquiera de reciprocidad. Todo 
lo que la vida material exige, lo tenía satisfecho 
Raimundo con un refinamiento que pocos hombres 
disfrutarían. Jamás se le había ocurrido pensar ni 
en su alimento , ni en su ropa ó calzado , ni aun en 
aquellos menesteres de que las mujeres no suelen 
entender. Todo estaba previsto y regularizado per- 
fectamente en su vida. Podía consagrarse con en- 
tera libertad al ejercicio de su inteligencia. Si se 
quejaba de mal sabor de boca, ya tenía á su madre 
por la mañana al lado de la cama con un vaso de 
limón y polvos laxantes; si le dolía la cabeza, con 
el agua sedativa ó los paños de leche y adormideras. 
Si por la noche tosía, por poco que fuese, ya estaba 
intranquila y no paraba hasta que silenciosamente 
y en camisa iba á cerciorarse de que su hijo no se 
había destapado. Cuando Aurelia estuvo en edad 
de hacerlo, también comenzó á ayudar á la madre 
en esta tarea de ahuyentar todo dolor , de arrancar 
las espinas por pequeñas que fuesen del camino del 
joven entomólogo. 

Desgraciadamente, y aun mejor pudiéramos 
decir naturalmente, pues que la felicidad es imposi- 
ble en este mundo , esta existencia dichosa tuvo 
pronto un término. Isabel cayó enferma con pulmo- 



LÁ ESPUMA 



178 



nía , de la cual no quedó bien curada por haberla 
quizá descuidado ó por no haberse atrevido el mé- 
dico á aplicarle ciertos remedios un poco crueles. 
Quedóle un catarro pulmonar que la debilitó bas- 
tante. Por consejo del médico fué á Panticosa en 
compañía de Raimundo, quedando Aurelia en casa 
de unos parientes. Se repuso un poco, pero fué para 
recaer pocos días después de llegar á Madrid. Des- 
caeció notablemente, hasta el punto de que la gente 
de fuera vio con' claridad que se moría. A Rai- 
mundo no se le pasó por la cabeza. Aquella existen- 
cia estaba tan ligada á la suya, que las dos no 
formaban más que una: le pasaba como á casi todos 
los enfermos que no saben que se mueren. Aunque 
muy enferma , Isabel seguía con la misma diligencia 
gobernando la casa. Raimundo la había rogado, y 
luego, prevalido del inmenso ascendiente que sobre 
ella tenía , la había prohibido que se ocupara en 
ningún menester. Pero ella, burlando su vigilancia, 
arrastrada de esa inclinación invencible que sienten 
las mujeres hacendosas hacia el trabajo, no abando- 
naba sus tareas. Un día, cuando ya puede decirse 
que estaba moribunda, la sorprendió Raimundo de 
rodillas limpiando con un paño el pie de una mesa. 
Quedó estupefacto , y después de reñirla cariñosa- 
mente la levantó cubriéndola de besos. 

Una amiga devota que vino á visitarla la insinuó 
que debía confesarse. Isabel se impresionó triste- 
mente: su hijo, que la encontró llorando, enfure- 
cióse y prorrumpió en denuestos contra los beatos; á 
pesar de esto, la enferma, que iba ya penetrándose 
de su estado , exigió con dulzura y firmeza á la par 



174 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que viniese el cura. Raimundo , disgustado , llamó 
en su apoyo, para negarse á ello, al médico. Este 
contestó al principio evasivamente: por último, dijo 
que eso nunca estaba de más, que si los sanos se 
hallaban expuestos á una muerte repentina , con 

mayor razón los enfer- 
mos. Ni aun con eso 
entró la luz en el espí- 
ritu del joven. Después 
de Confesada, Isabel 
siguió lo mismo, lo 
cual contribuyó á man- 
tener su ilusión. Le- 
vantábase, comía á la 
mesa , paseaba del bra- 
zo de Raimundo por la 
sala y pasaba la mayor 
parte del día en una 
butaca. Estaba, sin 
embargo, tan dema- 
crada , que los que la 
veían á intervalos lar- 
gos quedaban sorpren- 
didos. Lejos de perder 
con esto la belleza, 
parece que se había 
aumentado: la tez era más fina y transparente, los 
ojos más brillantes. 

Una mañana dijo que no tenía deseos de le- 
vantarse. Raimundo se sentó al lado del lecho y 
se puso á leerla una novela. Al cabo de un rato le 
dijo: 




LA ESPUMA 



175 



— Estoy mal á gusto. Incorpórame un poco, que 
no tengo fuerzas yo. 

Fué á hacerlo , y en el mismo instante su madre 
dejó caer la cabeza hacia un lado y se quedó muerta, 
sin un suspiro , sin una contracción que acusase 
dolor, como un pájaro, según la expresiva imagen 
del vulgo. 

El grito desgarrador del joven atrajo á la gente 
de casa. Sacáronle de ella unos parientes y le 
llevaron á la suya, lo mismo que á su hermana. En 
el estado de estupor en que quedó , les fué fácil con- 
ducirlo adonde les plugo. Aquella tarde fueron 
unos amigos á verle y lo hallaron relativamente 
animado, lo cual no dejó de sorprenderles un poco, 
porque sabían el frenético cariño que profesaba á 
su madre. Habló de su ciencia con ellos, y habló 
largo rato, expresándose con verbosidad en él inu- 
sitada. Por donde vinieron á sospechar que estaba 
bajo una fuerte excitación. Esta sospecha se confir- 
mó al oirle proponerles jugar al tresillo. Cumplie- 
ron su gusto, pero al poco rato el joven comenzó á 
desvariar tristemente. 

— Oyes, mamá, ¿qué te parece de este juego? — 
dijo llamando á una señora que allí estaba. 

Los circunstantes se miraron unos á otros aterra- 
dos y compadecidos. Y desde entonces no hizo ni 
dijo ya cosa con cosa. Su exaltación fué creciendo: 
empezó á reir de un modo tan extemporáneo, que 
nadie dudó de que aquello concluiría por una fuerte 
explosión nerviosa. En efecto, cuando menos se es- 
peraba, alzóse repentinamente de la silla, corrió al 
balcón, lo abrió, y si no le hubieran sujetado á 



176 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tiempo se hubiera precipitado á la calle. Al fin 
cayó con un fuerte ataque del que por fortuna salió 
pronto. Después vino el aplanamiento, que le obligó 
á guardar cama tres ó cuatro días. Por último, el 
tiempo fué ejerciendo su operación sedante. A los 
quince días estaba bueno, aunque bajo el peso de 
un abatimiento grande que en vano lucharon sus 
parientes y amigos por aliviar. 

Propusiéronle sus tíos quedarse á vivir con ellos, 
dado que era demasiado joven para ponerse al 
frente de una casa, y sobre todo para guardar y 
autorizar á su hermana. El contaba entonces veinti- 
trés años , y ella poco más de diez y ocho. Ni uno ni 
otro aceptaron el arreglo. Quisieron vivir solos y 
juntos. Tomaron un cuarto tercero en la calle de 
Serrano , muy lindo y alegre , trasladaron á él sus 
muebles, y después de instalados empezó á deslizarse 
su vida, triste sí por el recuerdo siempre presente 
de su madre, pero apacible y serena. Raimundo fijó 
su atención y sus cuidados en Aurelia. Penetrado 
de su papel de padre y protector de aquella niña 
huérfana, hizo con ella lo que su madre había hecho 
con él hasta entonces; la atendió y la mimó con un 
amor y un esmero que conmovía á los amigos que los 
visitaban. Aurelia no era hermosa ni tenía gran ta- 
lento; pero sentía hacia su hermano, porque su madre 
se la había infundido, una adoración idolátrica. Sin 
embargo, aun en lo referente á la vida material, sin- 
tió el joven el vacío de su madre. Aurelia se esfor- 
zaba en que no echase de menos nada; pero estaba 
bastante lejos de alcanzar la suprema delicadeza de 
aquélla. Poco á poco, no obstante, se fué adiestrando 



LA ESPUMA 



177 



en el gobierno de la casa. Además, Raimundo ya 
no exigía los refinamientos de antes. El sentimiento 
de protección, la conciencia de los deberes que 
tenía que llenar hacia su hermana , le hacía no 
pensar en sí mismo. Al contrario, cualquier aten- 
ción de Aurelia le sorprendía, y la agradecía como si 
viniese de un niño. Ambas existencias se fueron 
compenetrando . 

Vivían modestamente. El cuarto les costaba veinte 
duros; no tenían más que una criada. Así que, la 
renta de treinta mil reales que poseían les bastaba. 
Como procedía de papel del Estado y acciones de 
una fábrica, su administración era facilísima. Rai- 
mundo pudo dedicarse con más ardor que nunca al 
estudio: deseaba cumplir, respecto á su hermana, la 
promesa que había hecho á la madre , de renunciar 
á su parte de herencia y constituirla una dote que 
la permitiese casarse bien. Después que salió de 
casa , fué dos veces por semana al cementerio á es- 
parcir algunas flores sobre la tumba de su madre. 
Los domingos llevaba consigo á Aurelia. Salía poco 
habitualmente : el estudio preparatorio para hallarse 
apercibido á una oposición, de un lado, y del otro su 
manía de colector y escrutador del mundo de los 
insectos, absorbían casi todo su tiempo. Por milagro 
entraba en los cafés , ni al teatro podía asistir por 
razón del luto. 

Un día, hallándose en una librería de la Carrera 
de San Jerónimo , donde solía pasar algunos ratos 
hojeando las obras recién llegadas del extranjero, 
acertó á entrar en la tienda una hermosa dama ele- 
gantemente vestida. Al verla, los ojos de Raimundo 

12 



178 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



se dilataron expresando el asombro y se posaron 
sobre ella, con una intensidad que la obligó á volver 
la cabeza hacia otro lado. Mientras compraba unas 
novelas francesas, la estuvo contemplando exta- 
siado , dando señales de alteración en su fisonomía. 
El libro que tenía asido temblaba ligeramente en 
sus manos. Al salir ella, dejólo caer y trató de se- 
guirla; pero á la puerta estaba un carruaje espe- 
rándola. El lacayo, sombrero en mano, le abrió la 
portezuela, y los caballos arrancaron al instante con 
velocidad. 

— ¿Qué es eso , D. Raimundo? — le dijo el depen- 
diente, viéndole entrar de nuevo en la tienda. — 
¿Le ha hecho á Y. impresión mi parroquiana? 

El joven sonrió disimulando su turbación, y res- 
pondió con fingida indiferencia : 

— A cualquiera le llamará la atención una mujer 
tan hermosa. ¿Quién es? 

— ¿No la conoce Y.? Es la señora de Osorio , un 
banquero , hija de Salabert. 

— ¡ Ah! ¿hija de Salabert? ¿Yive en aquel palacio 
grande del paseo de Luchana? 

— No, señor; vive en un hotel de la calle de Don 
Ramón de la Cruz. 

No quería saber más y se despidió. Aquella dama 
se parecía de un modo asombroso á su madre. La 
situación de su espíritu, todavía agitado y dolorido, 
hizo que tal semejanza adquiriese más relieve á sus 
ojos del que realmente tenía, le produjese una viva 
impresión. Pocos momentos después pasaba por de- 
lante del hotel de Osorio tres ó cuatro veces; pero 
no logró ver nuevamente á la señora. Al otro día 



LA ESPUMA 



179 



fué al paseo del Retiro y allí la halló . Desde enton- 
ces espió y siguió sus pasos con una constancia que 
revelaba el profundo sentimiento que embargaba su 
espíritu. Aunque tenía bien presente la fisonomía de 
su madre , el semblante de Clementina Salabert se 
lo traía á la memoria con mayor energía , y esto le 
producía un vivo dolor en el cual se placía , aunque 
parezca paradójico. Bien lo entenderá el que baya 
visto desaparecer de este mundo á un ser querido. 
Suele haber cierta voluptuosidad en escarbar la 
llaga , en renovar la pena y el llanto. Raimundo no 
podía contemplar mucho tiempo el rostro de Cle- 
mentina sin sentir las lágrimas correr por sus meji- 
llas. Por esto, quizá, era por lo que la buscaba en 
todas partes. Sin embargo, había una dureza y 
severidad en él que no había tenido jamás el de su 
madre : pero cuando sonreía , al desaparecer esta 
dureza, la semejanza era realmente maravillosa. 

No se le ocultó á nuestro mancebo el enojo que la 
dama recibía de su tenaz persecución. Y no podía 
menos de reírse interiormente de aquel extraño 
error. Si supiese esta señora — se decía cuando 
veía un gesto de desdén en sus labios — por qué me 
gusta tanto , ¡ qué grande sería su asombro ! Una 
corriente de simpatía y hasta es posible decir de 
adoración le iba ligando á ella. Si no fuese por 
aquel aspecto imponente que tenía, es fácil que le 
hubiera dirigido la palabra , le hubiera hecho enten- 
der qué gran consuelo le daba con su presencia. 
Pero Clementina estaba colocada en una esfera tan 
alta, que temía su desdén. Bastante era el que le 
mostraba por el solo delito de contemplarla. Por 



180 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



otra parte, habían llegado á sus oídos rumores que 
la desacreditaban, los cuales no procuró confirmar, 
primero porque no le importaba , y después porque 
una vez confirmados se vería obligado á despre- 
ciarla, y no quería que una mujer que tanto se 
parecía á su madre en la figura fuese un ser despre- 
ciable. Se abstuvo de pedir noticias de ella. Con- 
tentóse con satisfacer siempre que podía aquel 
extraño deseo de renovar su dolor, de conmoverse 
hasta derramar lágrimas. Como no frecuentaba la 
alta sociedad ni podía asistir al teatro para procu- 
rarse este placer, necesitaba seguirla en la calle ó 
en el paseo cuando no iba en coche. También averi- 
guó que iba los domingos á misa de dos en los Jeró- 
nimos , y allí la pudo contemplar con más espacio y 
sosiego. 

Había dado cuenta á su hermana del hallazgo, 
pero no hizo ningún esfuerzo para mostrárselo- 
Temía que Aurelia no viese tan clara como él la 
semejanza y le arrancase, por esto, parte de su ilu- 
sión. Dos ó tres veces á la semana, Clementina solía 
salir á pie por la tarde, como el día en que por vez 
primera la vimos. Raimundo, desde el mirador de 
su gabinete de la calle de Serrano convertido en ob- 
servatorio , espiaba su llegada, y en cuanto la colum- 
braba á lo lejos, se echaba á la calle para seguirla 
hasta donde pudiese. A la dama le molestaba esta 
persecución fuertemente, por ser la hora en que iba 
á casa de su amante. No porque le importase mucho 
que se divulgasen sus nuevos amores, sino por un 
resto de pudor que conservaba. A ninguna mujer, 
por desvergonzada que sea , le gusta que la vean 



LA ESPUMA 



181 



entrar en casa de un querido. Además sabía, por- 
que se lo habían dicho recientemente , que los mari- 
dos , cuando sorprenden á sus esposas en flagrante 
adulterio y las matan , están exentos de responsabi- 
lidad. Como estaba convencida de que el suyo la 
detestaba , temía que se aprovechase de este recurso 
para deshacerse de ella. Estos vagos terrores, unidos 
al residuo de vergüenza que le quedaba , fomenta- 
ban su irritación contra Raimundo . Su carácter 
violento, caprichoso, despótico, se alteraba con 
aquel obstáculo imprevisto. M siquiera había repa- 
rado bien en la fisonomía del joven. Le odiaba sin 
dignarse hacerse cargo de su figura. Luego, el 
sosiego con que éste recibía los gestos provocativos 
de desprecio que no le escatimaba , le parecían una 
ofensa. Bien mirado, aquel chicuelo se estaba bur- 
lando de ella : porque no era creíble que un enamo- 
rado mostrase tanta serenidad y cinismo. Sin duda, 
después que advirtió que la molestaba , se propuso 
mortificarla para vengarse. Y no cabía duda que lo 
lograba cumplidamente. Las vueltas que se veía 
precisada á dar para huirle, las visitas que haoía 
sin gana y todas las zozobras que aquel muchacho 
le costaba, se lo hacían cada día más aborrecible 
y le iban requemando la sangre. Ideó salir en coche, 
meterse en las Calatravas y despedirlo allí: pero 
Raimundo, al verse privado por varios días de verla, 
también dió en la flor de tomar un coche de punto 
y seguir el suyo. Esto hizo rebosar su enojo y se 
prometió á sí misma hacer concluir aquella imper- 
tinente y molesta persecución, aunque no sabía 
cómo. Primero pensó en que Pepe Castro hablase 



182 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



y amenazase al muchacho; pero al ver la sangre 
fría con que aquél lo tomaba, se indignó y no volvió 
á mentarle el asunto. Luego imaginó abordarle ella 
misma en la calle y rogarle con pocas palabras frías 
y desdeñosas que no la molestase más. Cuando llegó 
la ocasión no se atrevió á hacerlo, aunque no pe- 
caba de tímida: el trance le pareció grave. 

En estas dudas y vacilaciones se hallaba , cuando, 
bajando por la calle de Serrano, al levantarlos ojos 
casualmente hacia arriba , acertó á ver en un mira- 
dor bastante alto á su enemigo. Cruzóle entonces 
por la mente la idea de averiguar su nombre y 
escribirle. Y en efecto, con la violencia que ca- 
racterizaba todas sus acciones, al pasar por delante 
de la casa entró en el portal y se dirigió á la ga- 
rita de los porteros. 

— ¿Tiene Y. la amabilidad ele decirme quién 
habita el cuarto tercero de esta casa? 

— Son dos señoritos muy jóvenes, hermano y 
hermana. Sólo viven aquí desde hace cuatro meses. 
Han quedado huérfanos, al parecer, hace poco 
tiempo . . . 

La portera, al ver una señora tan elegante, se 
mostró locuaz y complaciente; pero Clementina la 
atajó en seguida. 

— -¿Cómo se llama el señorito? 

— D. Raimundo Alcázar. 

— Mil gracias. 

Y se alejó inmediatamente. Salió á la calle y di ó 
unos cuantos pasos; mas, de pronto, se le ocurrió 
que el escribirle tenía sus inconvenientes , y que en 
realidad era preferible tener una explicación verbal 



LA ESPUMA 



183 



de la cual nadie que la conociera podía enterarse 
en aquellos momentos. Detúvose un momento inde- 
cisa, y bruscamente dio la vuelta y se metió de 
nuevo en el portal : cruzó sin decir nada por delante 
de la portera y subió con pie ligero las escaleras. 
Al llegar al piso tercero , á pesar del brío y ente- 
reza de su carácter , sintió un poco desfallecida 
la voluntad y estuvo á punto de dar la vuelta. Su 
temperamento orgulloso y obstinado la empujó, 
sin embargo, al pensar que el joven la había visto 
entrar y se enteraría de su arrepentimiento. En el 
piso tercero había dos cuartos, derecha ó izquierda. 
Clementina había visto papeles en uno: por lo mis- 
mo, llamó sin vacilar en el de la derecha, obser- 
vando que tenía un felpudo para los pies delante de 
la puerta, señal evidente de que era el habitado. 

Salió á abrirle una criada á quien preguntó por 
don Raimundo Alcázar. 

— Deseo verle, — dijo después que se enteró de 
que estaba en casa. 

La criada la introdujo en la sala, y como le 
pareciese rara aquella visita, le preguntó: 

— ¿Aviso á la señorita? 

— No, no; avise Y. al señorito, que es á quien 
deseo hablar. 

Se hallaba éste, en tanto, en su despacho, presa de 
una violenta agitación. Al ver á la dama entrar 
en el portal por primera vez, se había sobresaltado 
sin motivo preciso para ello : tranquilizóse al verla 
salir, y otra vez se alteró cuando entró nueva- 
mente. Cruzó por su mente la idea de que pudiese 
subir á su casa; pero al instante la desechó como 



184 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



inverosímil. Imaginó más bien que vendría á visi- 
tar á alguno de los inquilinos de los cuartos prin- 
cipal ó segundo , que eran personas de calidad. No 
obstante, á despecho de su razón, no se tranqui- 
lizaba. Cuando oyó sonar el timbre de la puerta 
quedó aterrado. Apenas tuvo ánimo para dirigirse 
hacia la antesala. Antes que pudiese hacer una 
seña á la criada , ya ésta había abierto obligándole 
á retirarse vivamente á su despacho. Estuvo ten- 
tado á negarse , aunque ya estaba la señora en 
la sala : pero al fin se decidió á salir reflexionando 
que no había motivo racional üara ello. 

Raimundo no tenía mucho trato de gente. Las 
relaciones de su madre habían sido escasas; unos 
cuantos parientes, algunas familias conocidas. Por 
su parte , tampoco había hecho nada por ensanchar 
este círculo. Ya hemos dicho que no había estre- 
chado amistad íntima con ninguno de sus condiscí- 
pulos. Menos había procurado la entrada en los 
casinos, tertulias y saraos de la corte. Su adoles- 
cencia y los días que llevaba de juventud, se habían 
deslizado serenos en el seno del hogar estudiando 
y coleccionando mariposas. Conocía la vida por los 
libros. La naturaleza le había dotado, no obstante, 
de un claro y simpático ingenio , de fácil palabra 
y de cierta dignidad de modales que suplía bastante 
bien á esa elegancia y distinción que el roce conti- 
nuado con la nata y flor de la sociedad engendra. 

Entró en la sala tranquilo ya y aun con una vaga 
predisposición á la hostilidad, que el estrambótico 
paso de aquella señora le infundía. Hízole una 
profunda reverencia. La situación era tan extraña, 



LA ESPUMA 



185 



que Clementina, á pesar de su orgullo, su experien- 
cia, su desenfado y hasta bien puede decirse su des- 
garro, se encontró repentinamente cohibida. Tuvo 
necesidad de hacer un esfuerzo para adquirir brío. 

— Aquí me tiene Y. ; — le dijo en un tono agrio 
que resultó inoportuno y descortés. 

■ — Usted me dirá á qué debo el honor de esta 
visita , — repuso Raimundo con voz un poco tem- 
blorosa. 

— Pues... (la dama vaciló unos instantes) lo 
debe V. al honor que me hace siguiéndome hace 
dos meses como una sombra chinesca á todas 
partes. ¿Le parece á V. que es agradable traer un 
espantajo detrás en cuanto una sale á la calle? Ha 
conseguido Y. ponerme nerviosa , y para no enfer- 
mar como el lego de Los Madgyares 1 he dado el paso 
ridículo de subir hasta aquí á rogarle que cese en 
su persecución. Si Y. tiene que decirme algo inte- 
resante , dígamelo de una vez y concluyamos. 

Fueron estas palabras pronunciadas arrebata- 
damente , como quien se encuentra en una situación 
falsa y quiere salir de ella exagerando el enojo. 
Raimundo la miró lleno de asombro , cosa que 
molestó á Clementina y aun más la precipitó. 

— Señora , siento en el alma haberla ofendido . . . 
Estaba muy lejos de mi ánimo. . . ¡Si Y. supiera los 
sentimientos que en mí despierta su figura ! . . . (bal- 
bució con trabajo). 

Clementina le atajó diciendo: 

— Si Y. va á declararme su amor, puede aho- 
rrarse la molestia. Soy casada... y aunque no lo 
fuese sería lo mismo. 



186 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No, señora; no voy á hacerle una declaración, 
— repuso el joven entomólogo sonriendo. — Voy á 
explicarle á V. mi persecución. Comprendo bien 
que V. se haya equivocado respecto á los senti- 
mientos que me inspira , y encuentro natural que le 
hayan ofendido. ¡ Qué lejos estará Y. de sospechar 
la verdad ! Yo no estoy enamorado de Y. Si lo 
estuviese , es bien seguro que no la seguiría como 
un pirata callejero,... sobre todo en las circuns- 
tancias en que ahora me encuentro . . . 

Raimundo se puso serio al llegar aquí ó hizo 
una pausa. Luego dijo precipitadamente, con voz 
alterada por la emoción : 

— Señora , mi madre se ha muerto hace poco 
tiempo. . . y Y. se parece muchísimo á mi madre. 

Y al pronunciar estas palabras se quedó mirán- 
dola con una atención ansiosa, húmedos los ojos, 
haciendo esfuerzos heroicos por no romper á so- 
llozar. 

Esta revelación produjo en Clementina asombro 
y duda al mismo tiempo. Permaneció inmóvil y 
muda mirándole también fijamente. Raimundo com- 
prendió lo que pasaba por su espíritu, y dijo em- 
pujando la puerta de su despacho: 

— Yea Y., vea Y. si no es verdad lo que le digo. 
La dama avanzó dos pasos y vió en la pared 

frontera, sobre el sillón mismo de la mesa de es- 
cribir, el retrato en fotografía ampliada de una 
señora excepcionalmente hermosa, y que , sin duda, 
guardaba cierto parecido con ella, aunque no tan 
claro como el joven decía. Sobre el retrato, sujeto 
al marco, había un ramo de siemprevivas. 



LA ESPUMA 



187 



— Algo nos parecemos , — 



dijo después de con- 



templar el retrato con atención. — Pero esa se- 
ñora era más hermosa que yo. 

— No; más hermosa, no. Tenía más dulzura en 
los ojos y eso daba á su fisonomía un encanto inde- 
cible. Era su alma pura 
y bondadosa que bri- 
llaba en ellos. ' \ v.,; 

Pronunció estas pa- .^BB^ ?""" 1 ""' '"''''""'^S 



— Cuarenta y un 
años. 

— Yo tengo treinta y cinco , — replicó con mal 
disimulada satisfacción. 

Raimundo volvió hacia ella la vista. 

— Es V. joven aún y muy bella . . . Pero mi madre 



labras con entusiasmo, 
sin reparar en la falta 
de galantería que esta- 
ba cometiendo. El or- 
gullo de Clementina 
padeció aún más por 
la inocencia y sinceri- 
dad con que fueron 
pronunciadas. Ambos 
contemplaron el retra- 
to en silencio algunos 
segundos. En los ojos 
de Raimundo tembla- 
ban dos lágrimas. La 
dama dijo al cabo: 




— ¿Qué edad tenía 
su mamá? 



188 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tenía la tez más fresca á pesar de llevarle algunos 
años. Su cutis era terso como el raso. En los ojos 
no se notaba cansancio alguno. Parecían los de un 
niño... Es natural. La vida de mamá fué suave y 
tranquila; ni su cuerpo ni su alma se habían 
gastado. 

No observaba que indirectamente estaba diciendo 
algunas groserías á la señora que tenía presente. 
Esta se sintió fuertemente picada; pero no osó 
mostrarlo porque el dolor del joven y la sinceridad 
con que hablaba le impusieron respeto. Lo que hizo 
fué cambiar de conversación, echando una mirada 
de curiosidad por el despacho. 

— Parece que se dedica Y. á coleccionar ma- 
riposas. 

— Sí, señora, desde niño. He logrado reunir una 
cantidad de especies bastante respetable. Las tengo 
muy lindas y curiosas . . . Mire V. 

Clementina se acercó á uno de los armarios. 
Raimundo se apresuró á abrirlo y le puso en la 
mano un cartón donde estaban fijadas algunas lin- 
dísimas de vivos y brillantes colores. 

■ — En efecto, son bonitas y originales. ¿Qué 
utilidad saca Y. de coleccionarlas? ¿Las vende Y.? 

— No , señora , — repuso sonriendo el joven. — Es 
con un fin puramente científico . 

— ¡Ah! 

Y le echó una rápida mirada de curiosidad. 
Clementina no simpatizaba mucho con los hombres 
de ciencia , pero le infundían cierto vago respeto 
mezclado de temor, como seres extraños á quienes 
una parte del mundo concede superioridad. 



LA ESPUMA 



189 



— ¿Es V. naturalista? — le preguntó después. 

— Estudio para serlo. Mi padre lo ha sido . . . 
Mientras le mostraba su preciosa colección con el 

gozo especial no exento de desdén con que los sabios 
enseñan sus trabajos á los profanos, le fué ente- 
rando de su vida sencilla. Al llegar á la enfermedad 
de su madre volvió á conmoverse y las lágrimas á 
brotar á sus ojos. Clementina le escuchaba con 
atención, recorriendo con la vista los cartones que 
le ponía delante, dejando escapar algunas pala- 
bras , ora de elogio á los matizados insectos , bien 
de compasión cuando Raimundo llegó á describirle 
la muerte de su madre. Afectaba desembarazo, 
distracción: no lograba, sin embargo, disipar la 
confusión en que la ponía el extraño paso que había 
dado, la situación anómala en que se hallaba. Salió 
de ella bruscamente, como hacía siempre las cosas. 
Se puso seria y tendió la mano al joven, diciéndole : 

— Mil gracias por su amabilidad , señor Alcázar. 
Me voy, celebrando mucho que no haya sido el ob- 
jeto de su persecución el que yo sospechaba... De 
todos modos , sin embargo, le ruego no continúe en 
ella... Ya ve Y.; soy casada, y cualquiera podría 
pensar que yo la aliento ó doy algún motivo . . . 

— Pierda Y. cuidado, señora. Desde el momento 
en que á Y. la molesta me guardaré de seguirla. 
Perdóneme Y. en gracia del motivo , — respondió 
el joven apretándole la mano con una naturalidad 
y afectuosa simpatía que lograron interesar á la 
dama. Pero no lo demostró: al contrario, se puso 
más seria y emprendió la marcha hacia la sala. 
Raimundo la siguió, y al pasar delante de ella para 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



abrirla la puerta, le dijo sonriendo con una fran- 
queza seductora : 

— No valgo nada , señora ; pero si algún día 
quisiera Y. servirse de mi insignificante persona, 
¡no sabe Y. el placer que me causaría con ello! 

— G-racias, gracias, — 
repuso secamente Clemen- 
tina sin detenerse. 

Al llegar á la puerta de 
la escalera y al tirar del 
pasador, el joven vio aso- 
mar la cabecita curiosa de 
su hermana en el fondo del 
pasillo. 

— Yen aquí , Aurelia , - — 
la dijo. 

Pero la niña no hizo caso 
y se retiró velozmente. 

— Aurelia , Aurelia . 
Bien á su pesar , ésta 

salió al pasillo y avanzó 
hacia ellos sonriente y roja como una cereza. 

— Aquí tienes á la señora de quien te he hablado, 
que tanto se parece á mamá. 

Aurelia la miró sin saber qué decir , sonriente y 
cada vez más ruborizada. 

■ — ■ ¿No se parece muchísimo? Di. 

— Yo no lo encuentro ... — respondió la joven 
después de vacilar. 

— ¿Lo ve Y.? — exclamó la dama volviéndose á 
Raimundo con la sonrisa en los labios.- — ■ No ha 
sido más que una fantasía, una alucinación. 




LA ESPUMA 



191 



Traslucíase un poco de despecho debajo de estas 
palabras. La presencia de Aurelia hacía más falsa 
aún su situación. 

— No importa , — repuso Raimundo. — Yo veo 
claro el parecido, y basta. 

La puerta estaba ya abierta. 

— Tanto gusto ... — dijo Clementina dirigiéndose 
á Aurelia sin extenderle la mano, inclinándose con 
una de esas reverencias frías , desdeñosas , con que 
las damas aristócratas establecen rápidamente la 
distancia que las separa del interlocutor. 

Aurelia murmuró algunas frases de ofrecimiento. 
Raimundo salió hasta la escalera para despedirla, 
repitiéndola algunas frases amables y cordiales que 
no impresionaron á la dama , á juzgar por su conti- 
nente grave. 

Bajó las escaleras descontenta de sí misma, em- 
bargada por una sorda irritación. No era la primera 
vez, ni la segunda tampoco , que su temperamento 
impetuoso la colocaba en estas situaciones anó- 
malas y ridiculas. 



VI 



DESDE EL CLUB DE LOS SALVAJES 
Á CASA DE CALDERÓN 



Pintorescamente diseminados por los divanes 
y butacas de la gran sala de conversación del Club 
de los Salvajes, yacen á las dos de la tarde hasta 
una docena de sus miembros más asiduos . Forman 
grupo en un rincón el general Patino, Pepe Castro, 
Cobo Ramírez, Mamoncito Maldonado y otros dos 
socios á quienes no tenemos el gusto de conocer. 
Algo más lejos está Manolito Dávalos, solo, y más 
allá Pinedo con algunos socios, entre los cuales sólo 



13 



194 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



conocemos á Rafael Alcántara y á León G-nzmán, 
conde de Agreda, por haber sido los de la fiesta 
nocturna en casa de la Amparo que tanto disgustó 
al duque de Requena. Las posturas de estos jóvenes 
(porque lo son en su mayoría) responden admira- 
blemente á la elegancia que resplandece en todas 
las manifestaciones de su espíritu refinado. Uno 
tiene puesta la nuca en el borde del diván y los 
pies en una butaca , otro se retuerce con la mano 
izquierda el bigote y con la derecha se acaricia una 
pantorrilla por debajo del pantalón, quién se man- 
tiene reclinado con los brazos en cruz , quién se 
digna apoyar la suela de sus primorosas botas en el 
rojo terciopelo de las sillas. 

Este Club de los Salvajes es más bien un arreglo 
que una traducción del inglés (Savage Club). Por 
mejor decir, se ha traducido con una graciosa 
libertad que mantiene vivo dentro de él el genio 
español en estrecha alianza con el británico. A más 
del título, pertenece al inglés todo el aparato ó 
exterior de la sociedad. Los miembros se ponen 
indefectiblemente el frac por las noches si es in- 
vierno, el smoking si es verano; los criados gastan 
calzón corto y peluca; hay un elegante y espacioso 
comedor, sala de armas, gabinete de toilette, cuar- 
tos de baño y dos ó tres habitaciones para dormir; 
tiene el club, asimismo, servicio particular de co- 
ches y caballos de silla. El genio español se mani- 
fiesta en multitud de pormenores internos. El que 
más lo caracteriza es el de la ausencia de metal 
acuñado, lo cual da origen á muchas y extrañas 
relaciones de los socios entre sí y de los socios con 



LA ESPUMA 



195 



el mundo exterior, que constituyen esa complicada 
y hermosa variedad que no se hallará en ningún 
otro pueblo de la tierra. Da lugar, sobre todo, á un 
desarrollo inmenso , inconcebible , de esa palanca 
poderosa con que el siglo xix ha llevado á término 
las más grandiosas y estupendas de sus empresas, el 
Crédito. Realízanse dentro del Club de los Salvajes 
tantas operaciones de crédito como en el Banco de 
Londres. No sólo se prestan los socios entre sí di- 
nero y juegan sobre su palabra, sino que también 
realizan la misma operación con el club , conside- 
rado como persona jurídica , y hasta con el con- 
serje en calidad de funcionario y como particular. 
Fuera del círculo, los salvajes, arrastrados de su 
entusiasmo y veneración por el crédito, lo hacen 
jugar en casi todas sus relaciones con el sastre , el 
casero, el constructor de coches, el importador de 
caballos, el joyero, etc., sin mencionar aquí otras 
grandes operaciones de la misma clase que de vez 
en cuando realizan con algún banquero ó propie- 
tario. Gracias, pues, á este inapreciable elemento 
económico, se había hecho casi innecesario, entre 
los socios del club , el numerario , reemplazándolo 
dichosamente por otro medio enteramente abstracto 
y espiritual, la palabra; la palabra oral ó escrita. 
Vivían, gastaban lo mismo que sus colegas y mo- 
delos de Londres, sin libras esterlinas, ni chelines, 
ni pesetas, ni nada. 

Es evidente, pues, la superioridad del club espa- 
ñol sobre el inglés en este respecto. También lo es 
en cuanto á la franqueza y cordialidad con que los 
socios se tratan entre sí. Poco á poco se habían ido 



196 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



alejando de las formas correctas, ceremoniosas, 
que caracterizan á los graves gentteman de la Gran 
Bretaña, dando á su trato cada vez más color local, 
acercándolo en lo posible al de nuestros pintorescos 
barrios de Lavapiós y Maravillas. El medio, la raza 
y el momento son elementos de los cuales no se 
puede prescindir, lo mismo en la política que en las 
sociedades de recreo. 

El club empieza á animarse siempre después de 
las doce de la noche, llega á su período álgido á las 
tres de la madrugada, y desde esta hora comienza á 
descender. A las cinco ó seis de la mañana se reti- 
ran todos santamente en busca de reposo. Durante 
el día suele verse poco concurrido. Sólo dos ó tres 
docenas de socios van por las tardes , antes del pa- 
seo , á culotear sus boquillas. Embotados aún por el 
sueño, hablan poco. Les hace falta la excitación de 
la noche para que muestren en todo su esplendor 
sus facultades nativas. Estas parecen concentradas 
en la nobilísima tarea de poner la boquilla de un 
hermoso color de caramelo. Si los objetos de arte 
han sido en otro tiempo objetos útiles, si el Arte 
arrastra consigo la idea de inutilidad como algunos 
afirman, hay que confesar que los socios del Club 
de los Salvajes, en materia de boquillas obran como 
verdaderos artistas. Hácenlas venir de París y de 
Londres; traen grabadas las iniciales de sus dueños 
y encima la correspondiente corona de conde ó mar- 
qués si el fumador lo es; guárdanlas en preciosos 
estuches, y cuando llega el caso de sacarlas para 
fumar lo realizan con tales cuidados y precaucio- 
nes, que en realidad se convierten en objetos mo- 



LA ESPUMA 



197 



lestos más que útiles. Hay salvaje que se estraga 
fumando sin gana cigarro sobre cigarro, sólo por el 
gusto de ahumar la boquilla antes que alguno de 
sus colegas. Y si no es así, por lo menos, nadie se 
cuida de saborear el tabaco: lo importante es soplar 
el humo sobre la espuma de mar y que vaya to- 
mando color por igual. De vez en cuando sacan el 
fino pañuelo de batista, y con una delicadeza que 
les honra se dedican largo rato á frotarla mientras 
su espíritu reposa dulcemente abstraído de todo 
pensamiento terrenal. Graves, solemnes, armonio- 
sos en sus movimientos , los socios más distinguidos 
del Club de los Salvajes chupan y soplan el humo del 
tabaco de dos á cuatro de la tarde. Hay en esta 
tarea algo de íntimo y contemplativo, como en toda 
concepción artística, que les obliga á bajar los 
párpados y á subir las niñas de los ojos para mejor 
recrearse en la pura visión de la Idea que reside 
en toda boquilla de ámbar y espuma de mar. 

En este elevadísimo estado de alma se hallaba 
nuestro amigo Pepe Castro ahumando una que figu- 
raba la pata de un caballo, cuando le sacó de su 
éxtasis la voz de Rafael Alcántara que desde lejos 
le gritó : 

— ¿Conque es verdad que has vendido la jaca, 
Pepe? 

— Hace ya unos días. 

— ¿La inglesa? 

— ¿La inglesa? — exclamó levantando los ojos 
hacia su amigo con asombro y reconvención. — No, 
hombre, no; la cruzada. 

— Chico, como no hace dos meses siquiera que 



198 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la lias comprado, no creía que te deshicieses de 
ella. 

— Ahí verás tú, — replicó el bello calavera adop- 
tando un continente misterioso. 

— ¿Algún defecto oculto? 

■ — -A mí no se me oculta ningún defecto, — dijo 
con orgullo. 

Y todos lo creyeron , porque en este ramo del 
saber humano no tenía rival en Madrid, si no era el 
duque de Saites , reputado como el primer mayoral 
de España. 

— Ah, vamos, falta de luz. 

— Tampoco. 

Rafael Alcántara se encogió de hombros y se 
puso á hablar con los que tenía cerca. Era un joven 
rubio, de fisonomía gastada, de ojos pequeños y ver- 
dosos, malignos y duros. Como otros tres ó cuatro 
de los que asistían á diario al club , entraba en él 
y alternaba con toda la aristocracia, sin derecho 
alguno. Alcántara era de familia humilde, hijo de 
un tapicero de la calle Mayor. En muy poco tiempo 
se había gastado la pequeña hacienda que le dejó 
su padre y después vivió del juego y á préstamo. 
A todo Madrid debía y hacía gala de ello. La con- 
dición que le mantenía abiertas las puertas de la 
alta sociedad era su valor y su cinismo. Alcántara 
era hombre bravo de veras, se había batido tres ó 
cuatro veces y estaba siempre dispuesto á hacerlo 
por el más mínimo pretexto. Además, era un des- 
vergonzado, hablaba siempre entono despreciativo, 
aunque fuese á la persona más respetable, y estaba 
dispuesto á burlarse de todo el mundo. Estas cuali- 



LA ESPUMA 



199 



dades le habían hecho adquirir gran prestigio entre 
los jóvenes salvajes; se le trataba como á un igual, 
se contaba con él en todas las francachelas; pero 
nadie preguntaba por su dinero. 

— Mi general, le habrá á Y. gustado ayer la 
Tosti, ¿eh? — dijo Ramoncito Maldonado dirigién- 
dose á Patiño. 

— En la romanza solamente , — repuso el gue- 
rrero sensible después de dirigir con destreza una 
larga bocanada de humo á su boquilla que repre- 
sentaba un obús montado sobre su cureña. 

■ — No diga Y. que en el dúo ha estado mal. 

— ¡ Yaya si lo digo ! 

— Pues, señor, entonces declaro que no entiendo 
una palabra, porque me ha parecido sublime,— 
replicó el joven con señales de hallarse picado. 

— Esa declaración te honra , Ramón. Sabes ha- 
certe justicia, — dijo Cobo Ramírez, que no perdía 
ocasión de vejar á su amigo y rival. 

■ — ¡Ya lo creo , como que sólo tú eres el inteli- 
gente ! — exclamó vivamente el concejal. — Mira, 
Cobo, aquí el general puede hablar porque tiene 
motivos, ¿estamos? . . . pero tú debes callarte porque 
me gastas una oreja como la de una cocinera. 

— Pero hombre, ¿por qué se picará tanto Ramon- 
cito, en cuanto Y. le dice algo? — preguntó el gene- 
ral riendo. 

— No sé, — repuso Cobo dando un chupetón al 
cigarro mientras sus facciones se contraían con una 
leve sonrisa burlona. — Si le contradigo se enfada, 
y si repito lo que él dice, lo mismo. 

— -¡Se entiende, chico, se entiende! Si ya sabemos 



200 



AE MANDO PALACIO VALDÉS 



que eres un guasón de primera fuerza; no necesitas 
esforzarte más delante de estos señores. . . Pero lo 
que es ahora, has dado una buena pifia. 

— Yo sostengo lo mismo que el general. El dúo 
estuvo muy mal cantado, — dijo con calma provo- 
cativa Cobo. 

— ¡Qué importa que tú sostengas uno ú otro! — 

exclamó ya fuera de 
sí Maldonado. — ■ ¡Si 
no conoces una nota 
de música ! 

— ¡Alto! Tengo más 
derecho á hablar de 
música , puesto que 
no cencerreo como tú 
el piano. Por lo me- 
nos soy un ser ino- 
fensivo. 

Siguió una disputa 
larga entre ambos, 
viva y descompuesta 
por parte de Mamon- 
cito, tranquila y sar- 
cástica por la de Cobo, 
que se gozaba en sa- 
car á aquél de sus 
casillas. No poco se divertían también los presen- 
tes, poniéndose unos de parte del concejal y otros 
de su competidor para más prolongar el recreo. 

— ¿Sabéis que esta tarde se bate Alvaro Luna? — 
dijo uno cuando ya iban hastiados de los dimes y 
diretes del concejal y Cobo. 




LA ESPUMA 



201 



— Eso me lian dicho , — respondió Pepe Cas- 
tro cerrando los ojos con voluptuosidad, mientras 
chupaba el cigarro. — En el jardín de Escalona, 
¿verdad? 

■ — Creo que sí. 

— ¿A sable? 

— A sable. 

— Vamos, un chirlo más, — dijo León Guzmán 
desde su asiento. 

— Con punta. 

— -¡ Oh ! ya es otra cosa. 

Y los salvajes presentes mostraron entonces inte- 
rés en el duelo. 

— Alvaro tira poco. El coronel debe llevarle ven- 
taja. Es más hombre, y además tira con mucha 
energía. 

— Con demasiada, — dijo Pepe Castro sacando 
el pañuelo después de haber arrojado la punta clel 
cigarro y poniéndose á frotar con esmero la bo- 
quilla. 

Todos volvieron los ojos hacia él porque tenía 
fama de habilísimo tirador. 
— ¿Crees tú? 

— Desde luego. La energía es conveniente hasta 
cierto límite; pasando de él, muy expuesta, sobre 
todo cuando los sables tienen punta. Si se las cor- 
tasen, todavía redoblando los ataques sin descanso 
se puede hacer algo. Por lo menos, es posible atur- 
dir al contrario. Pero cuando la llevan hay que 
andarse con ojo. Alvaro no tira mucho; pero es frío, 
tiene un juego cerrado y estira el pico que es un 
primor. Que no se descuide el coronel. 



202 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿La cuestión ha sido por la cuñada de Alvaro? 

— Al parecer. 

— ¿Y á él qué diablos le importa?... 

— ¡ Ps... ahí verás ! 

— Como no esté enamorado de ella , no com- 
prendo... 

— Todo podría ser. 

— ¡La niña es de oro! Este verano, en Biarritz, 
ella y el chico de Fonseca se ponían de un modo 
por las noches en la terraza del casino , que era 
cosa de sacar fotografías iluminadas. 

— Allá Cobo, antes de irse, hizo también algunos 
cuadros disolventes en los jardinillos. 

■ — ¡Sí, sí; bien me ha comprometido esa chica ! — 
dijo Cobo en tono cómicamente desesperado. 

— Ya no tenías mucho que perder. Desdé el nego- 
cio de Teresa estás deshonrado, — dijo Alcántara. 

- — Siempre va la desgracia con la hermosura, — 
apuntó con tonillo irónico üamoncito. 

— ¿También tú, Ramón? — exclamó con afectado 
asombro Cobo. — Vamos, llegó el momento de que 
los pájaros tiren á las escopetas. 

— Pues, señores, confieso mi debilidad. No puedo 
estar al lado de esa chica sin ponerme malo, — dijo 
León G-uzmán. 

■ — Ni esa niña puede tampoco estar al lado de un 
chico tan guapo y tan risueño como tú, sin ponerse 
enferma también, — dijo Rafael Alcántara. 

— ¿Me quieres seducir, Rafael? 

— Sí, chico, para que me dejes mañana la llave 
ele tu cuarto y no parezcas en toda la tarde por allá. 
Lo necesito. 



LA ESPUMA 



203 



— Es que tengo una colcha preciosa de raso. 

— Se tendrá cuidado con la colcha. 

- — ■ Y hay además un criado que se dedica, con 
gran afición, al dibujo por las tardes. 

— Se le darán dos duros al criado para que vaya 
á dibujar á otro lado. 

— Y una vecinita que pasa la vida acechando 
desde su ventana lo que hay y lo que no hay en mi 
habitación. 

— Se la convidará... digo, se bajarán las per- 
sianas... Oye, Manolito, ¿te vas á pasar toda la 
juventud tirado en ese diván sin decir palabra? 

Manolito Dávalos descansaba, en efecto, en ac- 
titud sombría y melancólica, sin que le hubiesen 
impulsado á levantar la cabeza los dichos de su 
amigo. Al oirse nombrar la alzó con sorpresa y mal 
humor. 

— ¡ Si tú te encontraras en mi posición, qué poca 
gana tendrías de bromear, Rafael ! — dijo exhalando 
un suspiro. 

Hay que advertir que el joven marqués de Dáva- 
los, que nunca había poseído una inteligencia muy 
clara, teníala de algún tiempo á esta parte bastante 
perturbada. Según la expresión vulgar estaba un 
poco chiflado ó tocado. Sus amigos sabían todos 
que este trastorno procedía de la ruptura con la 
Amparo, que le había comido en poco tiempo su 
fortuna y de quien estaba aún profundamente ena- 
morado. Tratábanle con cierta protección entre 
burlona y benévola ; pero se abstenían , si no es 
muy embozadamente y con precauciones, de bro- 
mearle con su ex querida, porque alguna vez que se 



204 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



propasaron, Manolito fué víctima de ataques de 
cólera muy semejantes á la locura. Tenía poco más 
de treinta años, estaba calvo, la tez y los labios 
marchitos, los ojos apagados. Sus cuatro hijos ha- 
bíalos recogido la suegra. Yivía en una fonda con 
la pensión que le pasaba una tía vieja de quien 
era presunto heredero." Sobre la esperanza de esta 
herencia algunos usureros le prestaban dinero. 

— Si yo me encontrara en tu caso, ¿sabes lo que 
haría, Manolo?. . . Casarme con mi tía. 

Los amigos rieron, porque la tía de Lávalos tenía 
cerca de ochenta años. 

— Bueno, bueno, — exclamó éste con acento do- 
loroso; — bien se conoce que no has tenido que 
luchar con indecentes usureros toda la mañana para 
concluir por dejarles algo... que es una infamia 
empeñar,- — añadió por lo bajo. 

— ¡ A mí con ingleses !. . . ¿Tú no sabes, Manolito, 
que todos los meses tengo que renovar el timbre 
de la puerta de mi casa porque lo gastan ellos de 
tanto tirar?... Pero yo lo tomo con más filosofía. 
Lejos de disgustarme, experimento una gran satis- 
facción cada vez que viene á visitarme un acreedor, 
porque es la prueba de que soy un buen hijo, de 
que cumplo la última voluntad de mi padre. 

Los salvajes de los dos grupos le miraron con cu- 
riosidad, sonriendo. 

— ¿ Cómo es eso , Rafael ? — preguntó Pepe 
Castro. 

■ — Habéis de saber que mi padre se murió dicién- 
dome : «¡El deber, hijo! ¡el deber! ¡Ante todo el 
deber!»... Fueron sus últimas palabras. Yo, cum- 



LA ESPUMA 



205 



pliendo con este sagrado consejo, procuro deber 
todo lo posible. 

Hizo gracia á sus compañeros este rasgo cínico 
y lo celebraron con algazara. Rafael, sustrayéndose 
modestamente á sus aplausos, se acercó á Dávalos, 
y pasándole una mano por encima del hombro le 
dijo, bajando la voz aunque no tanto que no pu- 
diesen oirle los amigos: 

— Pues sí, Manolito, no es broma. Yo me casaría 
con mi tía. ¿Qué se pierde con ello? Es una vieja. . . 
¡Mejor! Así se morirá más pronto. Pero en cuanto 
te cases entras á manejar su fortuna y no tienes 
necesidad de aguardar los años que á ella se le antoje 
vivir. A ti lo que te hace falta como á mí es guita. 
Desengáñate ; si la tuviéramos nos pondríamos más 
gordos que Cobo Ramírez... Además, en cuanto 
seas rico, le birlas la Amparo á Salabert , ¿no com- 
prendes? 

El marquesito levantó la vista hacia su amigo 
abriendo mucho los ojos, donde se reflejaba la duda 
de si hablaba en serio ó en broma. No advirtiendo 
en el rostro imperturbable de Alcántara señal de 
burla, comenzó á enternecerse: habló de su antigua 
querida con tal entusiasmo y veneración que haría 
reir á cualquiera. El proyecto ya no le pareció tan 
insensato : se entretuvo en pesarle largamente y es- 
tudiarle por todas sus fases. Mientras tanto Rafael 
le escuchaba con afectada atención , animándole á 
proseguir con signos y frases de afirmación. Nadie 
pensaría que se estaba mofando de él, á no ser por- 
que de vez en cuando, aprovechando los instantes 
en que el tocado marqués miraba á la punta ele 



206 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sus botas buscando alguna frase bastante expresiva 
para ponderar su amor, hacía guiños maliciosos 
á los amigos que los contemplaban con curiosidad 
burlona. 

Abrióse la mampara del salón y apareció Alvaro 
Luna. Los salvajes le acogieron con exclamaciones 
de afecto y burla. 

— ¡Bravo , bravo ! Aquí está el reo en capilla. 

— Mirad qué cara trae. 

— ¡ Como que está al borde de la tumba ! 

El recién llegado sonrió vagamente y tendió una 
mirada escrutadora por el salón. Alvaro Luna, conde 
de Soto, era hombre de treinta y ocho á cuarenta 
años, delgado, de mediana estatura, ojos vivos y 
duros y rostro bilioso. 

— ¿Habéis visto á Juanito Escalona? — preguntó. 

— Sí, — dijo uno. — Aquí ha estado hace una 
media hora. Me ha dicho que le aguardases, que 
á las cuatro menos cuarto en punto vendría. 

— Bueno , esperaremos , — repuso avanzando con 
calma y sentándose al lado de ellos. 

La broma continuó. 

— Veamos, veamos cómo está ese pulso, — dijo 
Rafael cogiéndole por la muñeca y sacando al 
mismo tiempo el reloj. 

El conde entregó su mano sonriendo. 

— -¡Jesús, qué atrocidad! ¡Ciento treinta pulsa- 
ciones por minuto ! Ningún condenado á muerte las 
ha tenido. 

No era verdad. El pulso estaba normal , y así 
lo manifestó el mismo Alcántara á los amigos 
haciendo una seña negativa. Alvaro no se alteró 



LA ESPUMA 



207 



por la mentira. Poseído de su valor y convencido de 
que no dudaban de él , siguió con la misma vaga 
sonrisa en los labios. 

— Vaya , mañana á las cuatro de la tarde el 
entierro. Lo siento, porque tenía que ir de caza con 
Briones, — dijo uno. 

— ¡Y que no es pequeña la carrera desde la 
casa mortuoria á San Isidro! — respondió otro. 

— No , hombre , no, — apuntó un tercero ; — lo 
llevarán á la estación del Norte para conducirlo á 
Soto, al panteón de familia. 

Las bromas no eran de buen gusto. Sin embargo, 
el conde no se impacientaba, quizá temiendo que el 
más pequeño signo de impaciencia , en aquella oca- 
sión, hiciese dudar de su serenidad. Alentados con 
esta paciencia, los jóvenes salvajes cada vez le apre- 
taban más con su vaya , repitiendo con variantes la 
misma idea del entierro. La verdad es que se iban 
haciendo pesados; pero no lograron ahuyentar su 
fría y vaga sonrisa. Respondíales pocas veces: cuan- 
do lo hacía era con breves palabras displicentes. 
Al fin, sacando el reloj, dijo: 

— Son las tres. Quedan tres cuartos de hora. 
¿Quién quiere echar un tresillo? 

Era un pretexto para librarse de aquellas moscas 
y al mismo tiempo un acto que confirmaba su 
sangre fría. Tres de los amigos se fueron con él á 
la sala de juego. No tardaron en rodearles los 
demás. La broma siguió lo mismo que en el salón. 

— ¡ Miradle , cómo le tiembla la mano ! 

— Dentro de una hora ese hombre habrá dejado 
de existir. 



208 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Oyes, Alvaro, debías de legarme la Conchilla. 

— No hay inconveniente , — repuso aquél arre- 
glando sus cartas. 

— Ya lo oyen Veis., señores; la Conchilla es mía 
por testamento... ¿Cómo se llama este testamento, 
León? 

— Testamento nuncupativo, — dijo éste, que sabía 

algo de leyes por an- 
dar en pleito bacía 
tiempo con unos pri- 
mos. 

— La Conchilla me 
pertenece por testa- 
mento nuncupativo . 
Grr acias , Alvaro. Ha- 
ré que vista luto y 
respetaremos tu me- 
moria hasta clonde se 
pueda. ¿Tienes algo 
que encargarme? 

— Sí , que la sacu- 
das el polvo cada ocho 
ó diez días. Si no 
suelta algunas lágri- 
mas todas las sema- 
nas se pone enferma. 

■ — Corriente. Así se 
hará. 

— ¡ Ah! y que sea con el bastón. Se ha acostum- 
brado á ello y no lo tolera con la mano. 

— Perfectamente. 

Cada vez era mayor la algazara. La imperturba- 




LA ESPUMA 



209 



bilidad del conde hacía muy buen efecto. Detrás de 
aquellas bromas se adivinaba que sus amigos le 
querían y respetaban su valor. En esto apareció 
un criado y le presentó una carta en bandeja de 
plata. La tomó y la abrió con curiosidad. Al reco- 
rrerla volvió á sonreír y la pasó á los que tenía al 
lado. Era del dueño de la Funeraria ofreciéndole 
sus servicios y remitiéndole un prospecto con los 
precios. Alguno de aquellos chicos se había diver- 
tido en pasarle aviso. Tampoco se ofendió: parecía 
muy interesado en el juego. 

Al fin entró en la sala Juanito Escalona en su 
busca. Después de ajustar cuentas se levantó de 
la silla. Todos le rodearon. 

— ¡ Buena suerte , Alvaro ! 

— Me da el corazón que lo ensartas. 

— ~No seas tonto; nada de ensartar. A concluir 
pronto, aunque sea con un rasguño. 

En aquel momento terminaban las bromas y es- 
tallaba el compañerismo. El conde encendió un 
cigarro puro con toda calma y dijo con la mayor 
naturalidad : 

— Hasta luego, señores. 

Había una parte efectiva de valor en aquella ac- 
titud serena, imperturbable del conde; pero había 
también buena porción de esfuerzo y estudio. Los 
jóvenes salvajes, aunque poco dados en general á 
la literatura, recibían no obstante su influencia. 
Lo que entre ellos priva son los folletines y las 
novelas de salón. Estas novelas trazan la figura de 
un hombre ideal lo mismo que los libros de caba- 
llería. Solamente que en las antiguas novelas, el 

14 



210 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lionibre dechado era el que por amor á las nobles 
ideas de justicia y caridad acometía empresas su- 
periores á sus fuerzas , mientras en las modernas es 
el que por temor al ridículo se abstiene de todo 
entusiasmo y de toda acción generosa. Al hombre 
que arriesgaba su vida en todos los momentos por 
una causa útil á sus semejantes, ha sustituido el 
que la arriesga por las nonadas de la vanidad ó la 
soberbia. Al caballero ha sucedido el espadachín. 

Quedáronse los tertulios comentando la serenidad 
del conde. Se le ensalzó aunque no muy vivamente 
ni por mucho tiempo , porque es regla primera del 
buen tono no asombrarse jamás, y la segunda 
hablar prolijamente de las cosas leves y con so- 
briedad de las graves. Deshízose al fin la tertulia 
vespertina, saliendo casi todos sus preclaros miem- 
bros y esparciéndose por Madrid á difundir sus 
doctrinas, las cuales pueden resumirse de este modo: 
«El hombre nació destinado á firmar pagarés y 
gastar bigotes retorcidos. El trabajo, la instruc- 
ción, el orden, son atentatorios al estado de natu- 
raleza y deben proscribirse de toda sociedad bien 
organizada ». 

Ramoncito Maldonado, como siempre, se agarró 
á los faldones de su amigo Pepe Castro. El lector 
está enterado ya de la profunda admiración que 
le profesaba. Ahora le toca saber que Pepe Castro 
se dejaba admirar lleno de condescendencia, y que 
de vez en cuando- se dignaba iniciarle en algunos 
inefables secretos referentes á sus altas concepcio- 
nes sobre las yeguas inglesas y las boquillas de 
ámbar. Ramoncito iba poco á poco adquiriendo 



LA ESPUMA 



211 



nociones claras, no sólo de estas cosas sino también 
del modo más adecuado de combinar el idioma 
francés con el español en la conversación familiar. 
Pepe Castro poseía el don admirable de olvidar, en 
un momento dado , la palabra castellana, y después 
de algunas vacilaciones pronunciar la francesa con 
perfecta naturalidad. Ramoncito también lo hacía, 
pero con menos elegancia. Asimismo iba distin- 
guiendo bastante bien las ostras de Arcachón de 
las que no son de Arcachón, el Cháteau-Laffite del 
Cháteau-Margaux , la voz de pecho , en los tenores , 
de la voz de cabeza , y la pasta dentífrica de Akin- 
son de las otras pastas dentífricas. No obstante, 
Ramoncito , como todos los neófitos , mucho más si 
poseen un temperamento exaltado y entusiasta, 
exageraba la doctrina del maestro. Sean ejemplo de 
esta exageración los cuellos de camisa. Porque Pepe 
Castro los gastase altos y apretados ¿había razón 
para que Ramoncito anduviese por esas calles de 
Dios con la lengua fuera , padeciendo todo el día 
los preliminares de la pena del garrote? Y si Pepe 
Castro, por motivo de una enfermedad nerviosa que 
había tenido de niño, cerraba el ojo izquierdo con 
frecuencia, lo cual sin duda le agraciaba, ¿con qué 
derecho pasaba el día Ramoncito haciendo guiños á 
la gente con el suyo? Además, el joven concejal 
cargaba de perfumes no tan sólo el pañuelo y la 
barba, sino toda su ropa, de suerte que á los diez 
metros aun trascendía y de cerca producía mareos. 
Pues bien, después de examinadas detenidamente, 
no hemos hallado en las ideas de su venerado maes- 
tro nada que justifique esta censurable tendencia. 



212 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Los más bellos y elevados preceptos de los grandes 
hombres , degeneran y se pervierten al realizarse 
por sectarios y continuadores. Pepe Castro, aunque 
advertía estas deficiencias ó imperfecciones de su 
discípulo, no se las echaba en cara; antes, con la 
nobleza propia de los grandes caracteres , extendía 
sobre él su clemencia para perdonarlas y ocultarlas. 
Nadie osaba, en su presencia, hacer burla de los 
cuellos ni de los guiños de Ramoncito. 

Eran poco más de las cuatro cuando entrambos 
salvajes salieron del club abrochándose los guantes. 
A la puerta estaba la charrette de Castro, que éste 
despidió dando hora al cochero para el paseo. Antes 
debía hacer una visita á ruego de Ramoncito. 
Caminaron por la calle del Príncipe, donde el club 
está situado, á paso lento, observando con fijeza 
á las mujeres que cruzaban. Deteníanse á veces 
un instante para hacer algunas indicaciones lumi- 
nosas sobre su garbo y elegancia , no como el 
tímido transeúnte que contempla y suspira , sino 
como dos bajáes que entrasen en un mercado de 
esclavas y antes de elegir discutiesen las cuali- 
dades de cada una. A los hombres arrojábanles 
una rápida mirada despreciativa , y por si esto 
no bastaba se envolvían en una fuerte bocanada 
de humo para hacerles presente que ellos, Pepe y 
Ramón, pertenecían á un mundo superior, y que 
si caminaban por la calle del Príncipe era sólo 
por capricho y momentáneamente. Siempre que 
se dignaban pasear un poco á pie entre calles como 
ahora , en la expresión de su rostro había cierto 
matiz de sorpresa al ver que su paso no era acó- 



LA ESPUMA 



213 



gido por la muchedumbre con rumores de admi- 
ración. 

Maldonado era más locuaz que su amigo. Sobre 
lo que iba y venía expresaba su opinión levantando 
el rostro sonriente hacia Castro, que permanecía 
grave, solemne, respondiendo con monosílabos y 
adecuados gruñidos. Digamos que Mamoncito era 
mucho más bajo que su maestro, no sólo moral sino 
también físicamente. Cuando paseaban á pie repre- 
sentaban verdaderamente, el uno al sabio profesor 
que va dejando caer gota á gota el raudal de su 
ciencia; el otro al ardoroso neófito ávido de ente- 
rarse y penetrar cuanto abarca su vista. 

— ¿Adonde vamos? — preguntó distraídamente 
Castro al llegar á las cuatro calles. 

— Hombre, ¿no habíamos quedado en pasar por 
casa de Calderón? — dijo tímidamente y un poco 
despechado Ramoncito. 

— ¡ Ah! sí: se me había olvidado. 

El joven concejal guardó silencio, admirando en 
su fuero interno aquella singular facultad de olvi- 
darlo todo, que poseía su amigo. Y siguieron por la 
Carrera de San Jerónimo hacia la Puerta del Sol. 

— ¿Cómo estás con Esperancita? — se dignó pre- 
guntar Castro, soltando una bocanada de humo y 
parándose á mirar un escaparate. 

Ramoncito se puso serio repentinamente, casi 
casi pálido y comenzó á balbucir á tropezones. 

■ — Lo mismo, chico... Tan pronto arriba como 
abajo... Unos días la encuentro muy amable... es 
decir, amable, no; pero al menos habladora. Otros 
con un hocico de tres varas : se marcha en cuanto 



214 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



entro: apenas contesta al saludo, como si la hubiese 
ofendido. . . Comprendo que alguna vez ha tenido 
motivos para estar enfadada , porque en el Real 
suelo ir al palco de las de Gramboa , y pienso que se 
le ha metido en la cabeza que me gusta Rosaura. . . 
; Mira tú qué tontería ! ¡ Rosaura ! . . . Pero hace 
lo menos un mes que no subo á saludarlas... y lo 
mismo: ¡lo mismo, chico, lo mismo!... El otro día 
la pude pillar sola en el gabinete unos momentos , y 
de prisa y corriendo la he dicho que deseaba saber 
en qué quedábamos; porque ya ves tú, no es cosa 
de estar haciendo el oso eternamente... Me es- 
cuchó con paciencia ... Te advierto que yo estaba 
enteramente arrebatado y apenas sabía lo que iba 
diciendo. Cuando concluí me dijo que no tenía mo- 
tivos para estar enfadado y se escapó á ]a sala. 
Después de esto ¿quién no había de entender que 
estaba el asunto arreglado? Vamos á ver, cual- 
quiera en mi caso ¿no pensaría que íbamos á entrar 
en el terreno de la formalidad?. . . Pues nada, á los 
dos días voy por allá, intento hablarla aparte en 
calidad de novio y me da un bufido que me dejó 
helado... Y así estoy: ni sé si me quiere ó si deja 
de quererme, ni tengo tranquilidad para dedicarme 
á mis quehaceres, ni hago otra cosa que pensar en 
esa maldita chiquilla. 

— Yo creo, — respondió Castro sin dejar de con- 
templar con atención el escaparate frente al cual 
estaban, — que esa niña te ha cogido la acción. 

Ramoncito le miró sorprendido y respetuoso á 
la vez. 

— ¿Cómo la acción? — -se aventuró á preguntar. 



LA ESPUMA 



215 



— Sí; la acción. Lo importante, en cualquier 
combate, es coger la acción al contrario. Si en el 
momento en que él piensa atacarte atacas tú con 
decisión, es casi seguro que llegas. Si vacilas, eres 
perdido. 

Al pronunciar las últimas palabras, dejó de con- 
templar el escaparate y siguió su marcha majes- 
tuosa por la acera. Ramón hizo lo mismo. No había 
entendido bien la aplicación que podía tener este 
símil arrancado á la esgrima en su caso, pero se 
abstuvo de pedir explicaciones. 

— ¿De modo que tú opinas . . . ? 

- — Opino que estás demasiado enamorado de esa 
chica y que ella lo sabe. 

— Pero vamos á ver, Pepe, ¿qué motivos puede 
tener para rechazarme? — comenzó á decir sulfu- 
rado Ramoncito y como hablándose á sí mismo. — 
¿Qué es lo que espera esa chiquilla?... Su padre 
tiene dinero; pero serán varios hermanos á repar- 
tirlo. Mariana es joven, y cuando menos se pensaba 
ha principiado otra vez á echar al mundo niños. 
Además, ya sabes cómo es D. Julián. Antes que 
soltar un cuarto le harán rajas. Y francamente, 
esperar á que se muera no me parece un nego- 
cio. Yo no soy un potentado, pero tengo fortuna 
regular, que es mía ya, sin esperar á que se muera 
nadie... Puedo proporcionarla las mismas como- 
didades que tiene en su casa y el mismo lujo... 
mayor lujo, — añadió sacudiendo la cabeza con 
plausible resolución. — Luego, tengo por delante 
una carrera política. ¿Sabe ella si el día menos 
pensado no seré subsecretario ó director? Mi fami- 



216 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lia es mejor que la suya: mi abuelo no ha sido un 
tendero como el padre de D. Julián. . . Luego, no es 
una divinidad ni mucho menos , una de esas chicas 
que llamen la atención, ¿sabes tú?... ¿Porqué 
hace tantos remilgos cuando yo soy quien le hago 
favor? ¿Sabes quién tiene la culpa? Pues Cobo 
Ramírez y otros babiecas como él , que la han lle- 
nado la cabeza de viento ... ¡ Sin duda espera la 
tonta que venga un príncipe de sangre real á 
buscarla! . . . 

Ramoncito negaba belleza á su adorada, lo cual 
es signo de hallarse profunda y sinceramente ena- 
morado el hombre; no ser hija de la vanidad su 
afición. El exceso de amor le arrastraba á inju- 
riarla. 

Castro meditó que tal vez la circunstancia de ser 
un poco desgalichado y tener el cutis lleno de pecas, 
influiría para que su amigo no lograse éxito lison- 
jero en esta como en otras empresas que había 
acometido , pero se abstuvo de manifestar tal sos- 
pecha. Prefirió asentar, cerrando los ojos y so- 
plando el humo del cigarro , esta verdad de carácter 
general : 

— Las chicas son muy estúpidas. 

Ramoncito , de acuerdo con ella en principio , 
insistió , no obstante , en determinarla por medio de 
aplicaciones más ó menos legítimas. 

— ¡ Es una mentecata ! . . . No sabe ella misma lo 
que quiere... ¿Crees que será posible llevarla al 
terreno de la formalidad algún día? 

Esto del terreno de la formalidad era una frase 
que miraba con marcada predilección el joven con- 



LA ESPUMA 



217 



cejal. Siempre que hablaba de Esperancita brotaba 
de sus labios tres ó cuatro veces , como si necesaria- 
mente fuera asociada á sus amores. 

Pepe Castro sintió un malestar indecible y guiñó 
su ojo izquierdo infinitas veces. En realidad, nunca 
le había gustado anticipar ideas sobre los aconteci- 
mientos futuros. Era más caballista que profeta. 
Pero en este caso le repugnaba doblemente porque 
nada halagüeño podía anunciar á su amigo y ad- 
mirador. Sacóle del compromiso la aparición de 
una joven hermosa y elegantemente vestida que 
venía al encuentro de ellos por la acera del Prin- 
cipal. 

— Aquí está la Amparo, — dijo con la gravedad 
displicente y desdeñosa que Ramoncito admiraba. 

La querida de Salabert se acercó á ellos sonriente, 
saludándoles con efusión, particularmente á Pepe 
Castro. Este le apretó la mano sin perder de su 
gravedad ni separar la boquilla de los dientes , lo 
mismo que á un camarada á quien se acaba de ver 
en el cafó. 

— ¿Adonde vais, granujas? 

— Pues á casa de Calderón á pasar un rato. 

— Yenid conmigo. Voy á comprar un joyero. Me 
ayudaréis á elegirlo ... y me lo pagaréis. 

Hablaba en tono alegre y afectuoso : no parecía 
la misma criatura desabrida y mal humorada que 
hemos visto en su hotelito del barrio de Monasterio. 
Sin duda, todo el mal humor lo reservaba para 
Salabert. 

— ¡ Esto es bueno ! ■ — exclamó Castro, dignándose 
sonreír levemente. — ¿Nos pides joyas á nosotros 



218 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cuando tienes en tu casa el bolsillo de Salabert? 
Mete la mano en él, tonta. 

— Ya lo hago, hijo. Descuida. 

■ — ■ Pues bien podías proteger un poco al pobre 



más de cuarenta mil duros. 

— ¡Eche Y. duros! Así me lucía á mí el pelo 
cuando le puse á la puerta. Si tardo un poco más 
en hacerlo , voy á San Bernardino á la grande 
Dumond. 

— Bien, pues no los ha gastado. ¿A mí qué? — 
repuso el gallardo Pepe alzando los hombros. — 
¿Quieres venir á cenar hoy con nosotros á Tornos? 

— ¿Con quién? 

— Con éste y conmigo. Invitaremos también á 
León y á Rafael para que lleven á Nati y Socorro. 
¿Tienes inconveniente en que vaya Manolo? 




Manolo, que anda á oscu- 
ras hace tiempo. 



— ¡Ay, pobrecillo! ¿Pero 
de veras anda tan mal de 
guita? Yo creí que sólo era 
de la cabeza. 



— Eso es; ríete después 
que le has desplumado. 



— Oyes tú, niño: yo no 
le he desplumado, por una 
razón muy sencilla: cuan- 
do vino á mi poder ya no 
tenía plumas, — dijo la Am- 
paro poniéndose seria. 



— No es verdad eso. Ma- 
nolo ha gastado contigo 



LA ESPUMA 



219 



— ¡Al contrario, hijo, si á Manolo le quiero más 
de lo que te figuras! 

— Pues harías bien en darle de vez en cuando 
alguna conferencia íntima: sino, me temo que haya 
que llevarlo pronto al manicomio. 

— No creas que está siempre en mi mano ; el 
otro tío es muy escamón. Después del Real ¿verdad? 
No me llevéis más gente. El ruido no me conviene 
ahora que estoy bien colocada ¿sabéis? Hasta luego. 
Oye, tú, feo, — dirigiéndose á Ramón, — ¿por qué 
no hablas? Ya me han dicho que quieres casarte 
con la chiquilla de Calderón. . . Pues hijo, tú horro- 
roso y ella más fea que azotar á un Cristo, vais á 
echar unos nenes que habrá que enseñarlos en una 
barraca. Adiós, Pepe: no te olvides de los boque- 
rones. Ya sabes que no ceno sin ellos. Hasta luego. 

Ramoncito se había puesto rojo de ira al oir tra- 
tar con tal desprecio á su adorada, sin tener pre- 
sente que un momento antes había hecho él lo 
mismo; y hubiera arremetido á la Amparo con algu- 
na insolencia gorda, si ésta no se hubiese alejado 
sin fijarse poco ni mucho en la desazón que cau- 
saba. Contentóse con murmurar fatídicamente re- 
chinando un poco los dientes : 

— ■ ¡ Me parece que voy á ponerte yo la vergüenza 
que no tienes! 

El encuentro con la querida de Salabert, en el 
momento en que se hallaba en lo más culminante 
de sus confidencias, le había turbado, y por eso no 
había despegado los labios. Apresuróse á anudar el 
hilo por donde aquélla lo había roto, preguntando á 
su amigo y maestro: 



220 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



- — Vamos á ver, Pepe: tú en mi caso ¿qué harías? 

Castro caminó en silencio nn rato mirando con 
fijeza á los balcones de las casas, sorprendido sin 
duda de que la gente no saliese á verle pasar. Luego, 
dando tres ó cuatro largos chupetones al cigarro y 
revistiendo un aire reflexivo y grave, respondió: 

— Hombre, (pausa); yo, en tu caso, principiaría 
por no estar enamorado. El amor es para los f an- 
dullos ¡ no para ti y para mí. 

— ¡Eso es inevitable, Pepe! — exclamó el conce- 
jal en un estado tan triste y miserable que daba 
pena verlo. 

— Bien , pues si no puedes vencer esa chifladura, 
lo mejor es no darla á conocer. ¿Por qué tratas de 
persuadir á Esperancita de que te mueres por ella? 
¿Crees que eso sirve para algo? Procura convencerla 
de lo contrario y verás cuánto mejor es el resultado. 

• — ¿Qué quieres que haga? — preguntó con an- 
gustia. 

— Que no te manifiestes tan rendido, hombre. 
Que no seas tan melón. No vayas tanto á su casa; 
no la mires con ojos de carnero á medio degollar. 
Llévale la contraria cuando diga alguna tontería: 
insinúala que hay mujeres que te gustan mucho 
más; date un poco de tono, y ya verás cómo el 
asunto toma mejor aspecto . . . 

— ¡No puedo, no puedo, Pepe! — exclamó Ma- 
moncito pasándose la mano por la frente en el 
colmo de la congoja. — Al principio todavía era 
dueño de mí; podía hablarla con desembarazo y 
coquetear con otras . . . ¡ Hoy me es imposible ! Así 
que la tengo delante me aturdo, me atortolo, no 



LA ESPUMA 



221 



digo más que necedades. Si la encuentro de mal 
humor sobre todo. Cada contestación suya me deja 
helado. No puedes figurarte qué tono tan displi- 
cente sabe sacar esa chiquilla cuando quiere. Si 
trato de hablar con otra, basta que Esperanza me 
ponga la cara risueña para que la deje inmediata- 
mente. He llegado á pasar un mes sin dirigirla 
apenas la palabra; pero al fin no pude resistir 
más y volví á entregarme. Prefiero su conversación, 
aunque me maltrate, á la de todas las demás. . . 

Ambos guardaron silencio como si caminasen 
bajo el peso de una grave desgracia. Pepe Castro 
meditaba. 

— Estás perdido, Ramón, — dijo al fin tirando 
la punta del cigarro y frotando la boquilla con el 
pañuelo antes de guardarla. — Estás completamente 
perdido. Todo eso que me cuentas no tiene sentido 
común. Si supieses conducirte no hubieras llegado 
á semejante estado. A las mujeres se las trata siem- 
pre con la punta de la bota : entonces marchan 
admirablemente . . . 

Después de verter estas breves y profundas pala- 
bras, se paró delante de un escaparate. 

— Hombre, mira qué collar tan bonito. Si le 
viniese bien al Pert se lo compraba. 

Mamoncito miró el collar sin verlo, enteramente 
absorto en sus tristísimos pensamientos. 

— Pues, sí, Jamoncillo, — continuó el distinguido 
salvaje echándole un brazo sobre el hombro, — estás 
perdido... Sin embargo, yo me comprometía á lo- 
grar que Esperanza te quisiera con tal que hicieses 
lo que te he dicho... Ensaya mi método. 



222 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Ensayaré lo que quieras. Deseo salir á todo 
trance de esta situación, — repuso el concejal con- 
movido. 

■ — Pues mira , por lo pronto no irás á casa de Cal- 
derón sino cada ocho ó diez días... Iremos juntos 
ó nos encontraremos allá. No debes quedar solo: en 
un momento de debilidad echarías á perder toda la 
obra. Hablarás poco con Esperanza y mucho con 
las chicas que allí estén. Procura ensalzar á las 
rubias, á las altas, á las blancas, en fin, á las mu- 
jeres que tienen el tipo opuesto al de ella y no dejes 
de entusiasmarte bastante. Llévale la contraria, 
pero sin apurarte mucho. Eres muy testarudo y no 
conviene disputar demasiado. Un tono suave y des- 
preciativo surte mejor efecto. Lo más conveniente 
es que me mires de vez en cuando. Yo te haré 
alguna seña con disimulo : de este modo irás siem- 
pre pisando en firme . . . 

Todavía, antes de llegar á la puerta de la casa 
de Calderón, tuvo tiempo Castro para ampliar con 
otros valiosos datos esta gallarda muestra de su 
talento didascálico. Sólo una inteligencia maravi- 
llosamente perspicua unida á larga y aprovechada 
experiencia, sólo un espíritu refinado podía pene- 
trar tan hondamente en el secreto conflicto que la 
resistencia de Esperanza á consagrar su corazón á 
Mamoncito, había creado. Al mismo tiempo era el 
único que podía darle una solución satisfactoria. 
El joven concejal llegó al domicilio de su adorada 
en un estado de relativa tranquilidad. En cuanto á 
sus propósitos íntimos , sólo podemos decir que iba 
determinado á revestirse de un gran aspecto de 



LA ESPUMA 



223 



dignidad y á oponer abierta resistencia á las ten- 
dencias invasoras de la niña de Calderón. 

Para comenzar juzgó oportuno meter las manos 
en los bolsillos y plegar los labios con una sonri- 
silla irónica y protectora. De esta suerte entró en 
el gabinete donde estaba reunida la familia del 
opulento banquero, balanceando la cabeza como si 
no pudiese con ella á causa del número incalculable 
de pensamientos que guardaba dentro. De los mo- 
dales elegantes á los modales groseros no hay más 
que un paso, como de lo sublime á lo ridículo. Así 
que, no nos atrevemos á asegurar que Hamoncito, 
en la primera etapa de su conversación con Espe- 
rancita , se mantuviese siempre del lado de acá de 
la elegancia. Hay algún fundamento para pensar 
que no fué así. Lo que, salvando nuestra conciencia 
de historiadores veraces podemos afirmar, es que 
Esperancita tardó bastante tiempo en advertirlo, y 
que después de advertido no causó en ella la honda 
impresión que debía de esperarse. 

En el gabinete -costurero donde les introdujeron, 
estaban bordando D. a Esperanza , Mariana y Espe- 
rancita. O hablando con exactitud, las que borda- 
ban eran D. a Esperanza y Esperancita: Mariana se 
mantenía sentada en una butaca, mirando al vacío, 
en perfecto estado de inmovilidad. Pepe Castro y 
Ramón eran amigos íntimos de la familia y se les 
recibía sin ceremonia y con agrado. Después de 
algunos efusivos apretones de manos, con la sola 
excepción del de Maldonado á Esperancita, que no 
llegó á realizarse porque aquél se distrajo inten- 
cionalmente para dar comienzo digno á la gran 



224 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



serie de desaires de todas clases con que pensaba 
atormentar á su adorada , acomodáronse en sendas 
sillas. Pepe al lado de Mariana, y Ramón junto á 
D. a Esperanza. Antes de hacerlo, el joven concejal 
tuvo ya un momento de debilidad. Viendo á Espe- 
rancita un poco apartada de su madre y abuela, 
pensó que era propicia ocasión para mantener con 
ella conversación secreta , y vaciló en llevar allá su 
silla. Una mirada expresiva de Castro le hizo volver 
en su acuerdo. 

— Buenos ojos le vean á Y., Pepe, — dijo Espe- 
rancita clavando los suyos, risueños y nada feos, en 
el famoso salvaje. 

— Preciosos son los que le están viendo ahora, — 
se apresuró á decir Ramoncito. 

Castro, antes de contestar, le volvió á mirar seve- 
ramente, y el concejal, aturdido, dijo para amen- 
guar un poco su torpeza: 

— Porque esta es la familia de los ojos bo- 
nitos. 

■ — Gracias , Ramón. Ya empieza Y. á ser falso 
como todos los políticos, — manifestó Mariana. 

— ¡Siempre justiciero, Mariana, — exclamó aquél, 
rojo de placer, oyéndose llamar hombre público. 

— ¿Cuántos días hace que no he estado aquí? — 
preguntó Castro á la niña. 

— Lo menos quince . . . Yerá Y. : ha estado la 
última vez, un lunes: . . . estaba aquí Pacita. . . Hoy 
es sábado . . . Trece días justos. 

Nunca había tenido tan presentes los días en que 
Maldonado visitaba la casa. Castro acogió esta 
prueba de interés con indiferencia. 



LA ESPUMA 



225 



— Pensó que no hacía tantos días... ¡Cómo se 
pasa el tiempo! — añadió profundamente. 

— ¡Claro! A Y. se le pasa volando, lejos de 
nosotros. 

El joven sonrió bondadosamente y pidió permiso 
para encender un cigarro. Después dijo: 

— No; aun se me pasa más de prisa al lado de 
ustedes. 

— ¿Más que en casa de tía Clementina? — pre- 
guntó la niña en un tono inocente que hacía dudar 
de su intención. 

Castro se puso serio y la miró fijamente. Sus rela- 
ciones con la hija de Salabert se habían mantenido 
hasta entonces bastante secretas. El que se des- 
cubriesen en casa de la hermana del marido, le 
inquietó. Esperancita se puso como una cereza bajo 
la penetrante mirada del joven. 

— Lo mismo , — concluyó por decir con frial- 
dad. — Todos son buenos amigos. 

— ¿Ya Y. hoy á casa de mi cuñada? — dijo Ma- 
riana sin advertir lo que pasaba. 

— Iremos Ramón y yo: ¿no es sábado hoy? ¿Y 
ustedes? 

— Yo no tengo gana de recepción. Hace unos días 
que me encuentro un poco molesta de la garganta. 

— No digas que estás enferma, mamá. Di que te 
gusta más meterte en la cama temprano, — mani- 
festó Esperancita con mal humor. 

La madre la miró con sus ojos grandes, apagados. 

— Si tengo la garganta irritada, niña. 

— ¡ Qué casualidad ! — exclamó ésta en tonillo 
irónico. — No te he oído eso hasta ahora. 



15 



226 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Si es que tú tienes ganas de ir, — repuso Ma- 
riana acabando de adivinarlo,- — que te lleve tu papá. 

— ■ Bien sabes que papá, no saliendo tú, no quiere 
salir. 

El tono de Esperancita revelaba despecho. Por 
los ojos de Ramoncito pasó un relámpago de alegría 
legítima y dirigió una mirada de triunfo á su amigo 
Pepe. La niña mostraba deseos de ir desde que supo 
que él asistiría también. 

La conversación comenzó á rodar sobre lugares 
comunes , deteniéndose con predilección en el más 
común de todos en la corte , ó sea sobre los artistas 
del teatro Real. Se habló de la belleza de la Tosti. 
Ramón cito, enternecido por el triunfo que acababa 
de obtener, quiso negársela y maldijo de las mu- 
jeres altas, y sobre todo de las rubias. A él no 
le gustaban más que los tipos morenitos , carirre- 
dondos , de mediana estatura y de ojos negros (en 
fin, el de Esperancita; no le faltaba más que nom- 
brarla). Su amigo Pepe, alarmado por este desahogo 
que daba al traste con todos los planes de asedio 
en que habían convenido, le hizo una porción de 
guiños disimulados hasta que consiguió traerlo al 
buen camino; pero lo hizo tan mal, esto es, comenzó 
á contradecirse de un modo tan lamentable, que las 
señoras se lo hicieron notar en seguida, y se aturdió 
y se hizo un lío del cual no hubiera podido salir sin 
un capote que muy á tiempo le echó su amigo y 
maestro. Para reparar un poco la torpeza se puso á 
contarles lo que había pasado el día anterior en el 
Ayuntamiento, con tales pormenores, que Mariana 
no tardó en bostezar como una bendita que era, 



LA ESPUMA 



227 



y doña Esperanza se enfrascó en su bordado y dió 
señales de estar pensando en cosas muy distintas. 
Esperancita terminó por hacer una seña á Castro 
para que se acercase. Este obedeció trasladándose 
á una sillita cerca de la de ella. 

— Oiga, Pepe, — le dijo la niña en voz baja y 
temblorosa. — Hace poco le he visto á Y. ponerse 
serio conmigo. No sé si habré dicho algo que le 
pudiera molestar. Si fué así , perdóneme. 

— No sé á qué alude Y. A mí no puede moles- 
tarme nada de lo que me diga una niña tan linda 
y tan simpática como Y., — manifestó el joven con 
su bella sonrisa de sultán. 

— Me alegro de que haya sido únicamente apren- 
sión... Muchas gracias por las flores, si es que usted 
las siente, que lo dudo... A mí me dolería en el 
alma causarle á Y. ningún disgusto. . . 

Al decir estas últimas palabras , la niña se rubo- 
rizó hasta las orejas. 

— Pues tengo noticia de que es Y. aficionada á 
darlos. 

— ¡Oh, no! 

— Eso dice mi amigo Ramón. 

El rostro de Esperancita se oscureció al oir este 
nombre. Una arruguita severa cruzó su frente vir- 
ginal. 

- — No sé por qué lo dice. 

■ — ¿No le remuerde á Y. nada la conciencia? 

— Ni pizca. 

— ¡ Oh , qué corazón tan empedernido ! 

— ¿Por qué? Si le he proporcionado alguna pena 
será que él se la habrá buscado. 



228 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Eso mismo le he dicho yo.. . Pero, en fin, creo 
que el enfermo ya está en vías de curación y que 
no se pondrá más al alcance de sus dardos... Le veo 
bastante más alegre y despreocupado de algunos 
días á esta parte. 

Castro trabajaba sinceramente y de buena fe por 
su amigo. 

— Mucho me alegraría de que así sucediese, — 
respondió la niña con perfecta naturalidad. 

Castro hizo una defensa apasionada de su amigo 
y lo recomendó con toda eficacia á la benevolencia 
de Esperanza. Mas al verter en el oído de ésta algu- 
nas exageradas frases de elogio, el tono displicente 
con que las pronunciaba y la sonrisa burlona que 
no se le caía de los labios , las desvirtuaban bas- 
tante. Aunque así no fuese, la hija de Calderón las 
hubiese acogido con la misma hostilidad. 

— ¡Vamos, Pepe, Y. tiene ganas de guasearse! 

— ¡Que sí, Esperancita, que sí! Ramón tiene un 
gran porvenir y no será difícil que con el tiempo 
le veamos ministro. 

El concejal, mientras tanto, explicaba con la 
fluidez que le caracterizaba, á Mariana y D. a Espe- 
ranza , de qué modo había descubierto un fraude de 
consideración en los derechos de consumos : tres- 
cientos cincuenta jamones se habían introducido, 
hacía pocos días, de matute con la anuencia de al- 
gunos empleados del municipio. Mamoncito pensaba 
llevar á estos empleados á la barra en brevísimo 
plazo. Mariana le suplicaba que no fuese excesiva- 
mente severo con ellos; serían tal vez padres de fa- 
milia; mas no lograba ablandarle. Indudablemente r 



LA ESPUMA 



229 



sus principios de justicia municipal eran más infle- 
xibles que sus músculos cervicales, á juzgar por el 
número incalculable de veces que volvía la cabeza 
hacia el sitio en que Esperancita y Pepe depar- 
tían. No estaba celoso: tenía confianza plena en la 
lealtad de su amigo; pero le gustaba que su adorada 
le escuchase cuando pronunciaba las frases : « á 
la barra», «yo pienso dictaminar en mal sentido», «la 
ley municipal exige que los aforos», etc., á fin de 
que el ángel de sus amores se fuera penetrando de 
los altos destinos á que la suerte la tenía reservada 
uniéndose á un hombre tan enérgico y tan adminis- 
trativo. Todos aquellos discursos pronunciados en 
alta voz, no eran más que una continua y tierna in- 
vitación para que de una vez entrase «en el terreno 
de la formalidad». 

Oyéronse en esto pasos en la habitación contigua, 
y una tos que los presentes conocían admirable- 
mente. D. a Esperanza, al escucharla, entregó con 
precipitación, mejor dicho, arrojó la labor que te- 
nía entre manos en el regazo de su hija. Cuando 
Calderón entró, Mariana bordaba con afectada apli- 
cación mientras su madre se mantenía mano sobre 
mano, como si hiciese largo rato que se hallase en 
tal postura. Ramoncito y Castro apenas se fijaron 
en esta maniobra. La razón de ella era que Calderón 
no perdonaba á su esposa la apatía, la pereza, juz- 
gando estos vicios como verdaderas calamidades, 
considerándose muchas veces desgraciado por ha- 
berse unido á una mujer tan holgazana. No que el 
trabajo de ella importase poco ni mucho en su casa: 
pero su temperamento de trabajador infatigable se 



230 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



revelaba en presencia de otro tan diametralmente 
contrario. La flojedad, el abandono de Mariana 
crispaban sus nervios, daban lugar á agrias contes- 
taciones y á reyertas frecuentes. Ella se defendía 
suavemente, alegando que sus padres no la habían 
criado para jornalera, porque tenían medios sufi- 
cientes para hacerla vivir como señora. Con esto don 
Julián se enfurecía aun más y gritaba que todo el 
mundo tiene el deber de trabajar, por lo menos de 
hacer algo; la completa ociosidad es incomprensible; 
la mujer está obligada á cuidar de que no se desper- 
dicie la hacienda de la casa , ya que no contribuya á 
acrecentarla, etc., etc. En fin, que la causa de los 
disgustos domésticos era esta irremediable holgaza- 
nería de la señora. D. a Esperanza era muy diversa 
de su hija: temperamento activo, vigilante, tan 
avara ó más que su yerno, no podía jamás estar un 
cuarto de hora sin tener algo entre manos. En los 
negocios interiores de la casa no tenía intervención 
muy señalada, porque Calderón se complacía en or- 
denarlo y manejarlo por sí mismo todo. Y esto sig- 
nifica una contradicción que debemos hacer resaltar 
para que se comprenda bien su carácter. Quejábase 
amargamente porque su mujer no servía para llevar 
el gobierno de la casa , porque él se veía obligado á 
hacerse cargo de él; y no obstante, sabiendo que 
su suegra servía muy bien para el caso , no quería 
entregárselo. Esto hace sospechar que, aunque Ma- 
riana fuese un prodigio de actividad y de orden, no 
consentiría tampoco en abandonar la dirección de 
los asuntos interiores como de los exteriores. Su ca- 
rácter receloso y sórdido le hacía preferir siempre 



LA ESPUMA 



231 



el trabajo al descanso; quisiera tener cien ojos para 
ponerlos todos sobre los objetos de su pertenencia. 

D. a Esperanza también deploraba el carácter de 
su bija y marchaba muy de acuerdo con la ruindad 
de su yerno, ayudándole no poco en la vigilancia de 
la casa. Mas, aunque la reprendiese á menudo por 
su apatía, como al fin había salido de sus entrañas, 
le dolía que Calderón lo hiciese , sentía vivamente 
las reyertas matrimoniales. Por eso, siempre que 
podía las evitaba aunque fuese á costa de un sacri- 
ficio, tapando las faltas de Mariana, haciéndose ella 
misma voluntariamente culpable de ellas. Tal era la 
razón de haberla entregado con tanta premura el 
cojín que estaba bordando. 

D. Julián entró con un libro en la mano, que no 
era el Diario, ni el Mayor , ni el Copiador de cartas, 
sino lisamente el folletín de La Correspondencia, que 
acostumbraba á recortar con gran esmero y luego 
cosía. Aunque parezca raro, D. Julián era aficio- 
nado á las novelas; pero no leía más que las de La 
Correspondencia, ó las piadosas que regalaban á su 
hija en el colegio. Por impulso propio no había 
entrado jamás en una librería á comprar alguna. ISTo 
sólo era aficionado á leerlas, sino lo que aun es más 
raro, se enternecía notablemente con ellas. Porque 
guardaba en su pecho un gran fondo de sensibi- 
lidad : era una flaqueza de su organismo, lo mismo 
que el asma y el reuma. Las desgracias del prójimo, 
la miseria, le compadecían extremadamente: si pu- 
diesen remediarse de cualquier otro modo que no 
fuese con dinero, es seguro que las haría desapare- 
cer en seguida. Los rasgos de generosidad le hacían 



232 



ARMANDO PALACIO VALDÉfS 



llorar de entusiasmo; pero se juzgaba, y con razón, 
impotente para llevarlos á cabo. Así y todo hacía 
esfuerzos supremos por violentar su naturaleza: en 
realidad , no era de los ricos menos limosneros que 
hubiese en Madrid: tenía una cantidad fija des- 
tinada á los pobres y les llevaba la cuenta en sus 
libros como si fuesen acreedores. Una vez agotada 
la cantidad mensual, creemos que si viese morirse 
de hambre en la calle á un desgraciado, no le soco- 
rrería con una peseta, no por falta de sensibilidad, 
sino por las profundas raíces que tenían en su cora- 
zón los números. La idea de desprenderse de algo 
suyo por otro medio de enajenación que no fuese la 
compra - venta , era para él casi incomprensible. Sus 
limosnas tenían por esto un mérito muy superior á 
las de otras personas. 

Cuando entró en el costurero manifestaba en el 
rostro señales de hallarse conmovido. Después de 
haber saludado á los forasteros, dijo sentándose en 
una butaca: 

— Acabo de leer en esta novela un capítulo pre- 
cioso . . . ¡precioso ! . . . No pude resistir á la tentación 
de venírselo á leer á éstas . . . 

Se detuvo porque no se atrevía á proponérselo 
á Castro y Ramoncito, aunque lo deseaba. Era muy 
amigo de leer en alta voz, por lo mismo que lo hacía 
medianamente. Mariana se complacía mucho en oir 
leer; de modo que, por este lado, marchaba bien el 
matrimonio. 

— Léelo, hombre . . . Creo que á Pepe y Ramón no 
les molestará, — dijo aquélla. 

Castro hizo un leve signo de aquiescencia. E-a- 



LA ESPUMA 



233 



moncito se apresuró á manifestar con ademanes ex- 
tremosos que tendrían un gran placer. . . que él era 
muy aficionado á los bellos capítulos, etc. ¡Pocas 
gracias ! Viniendo del padre de su amada , sería 
capaz de escuchar con atención la lectura de la 
tabla de logaritmos. 

D. Julián se caló las gafas y se puso á leer, con 
una voz blanca de gola que tenía reservada para 
estas ocasiones, cierto capítulo en que se describían 
los sufrimientos de un niño perdido en las calles de 
París. Al instante comenzaron á arrasársele los ojos 
y á alterársele la voz: concluyó por anudársele de 
tal suerte, que apenas se le entendía, y Ramoncito 
se vió necesitado á tomarle el legajo y á continuar 
la lectura hasta el fin. Castro, en presencia de aque- 
llas ridiculeces , ocultaba su sonrisa de hombre 
superior detrás de grandes bocanadas de humo. 

Terminado el capítulo y comentado en los térmi- 
nos más lisonjeros por todos los presentes, Mariana 
volvió los ojos hacia su labor y observó que iba á 
hacer falta un pedazo de seda para el forro, pues 
estaba á punto de terminarse. D. a Esperanza, con 
quien comunicó este pensamiento , fué de la misma 
opinión. 

— Ramoncito, — dijo la primera, — hágame el 
favor de oprimir ese botón. 

El concejal se apresuró á cumplir el mandato. Al 
cabo de un instante se presentó la doncella de 
la señora. 

— Tiene V. que salir á comprar una vara de 
seda , — le dijo ésta. 

La doméstica, después de enterarse de las par- 



234 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ticularidades del encargo, se dispuso á salir para 
darle cumplimiento, cuando D. Julián, que había 
escuchado atentamente, la detuvo con un gesto. 

— Aguárdese un momento... Voy á ver si por 
casualidad tengo yo lo que les hace falta. 

Y salió con paso vivo de la estancia. No tardó 
tres minutos en regresar con un paraguas viejo 
entre las manos. 

— A ver si os puede servir la seda de este para- 
guas, — dijo. — Me parece que es del mismo color... 

Castro y Maldona- 
do cambiaron una mi- 
rada significativa. 

Mariana lo tomó ru- 
borizándose. 

— En efecto, es del 
mismo color... pero 
está todo picado.. . No 
sirve. 

Esperancita fingía 
estar absorta en su 
labor; pero tenía el 
rostro como una ama- 
pola. Tan sólo doña 
Esperanza tomó en serio el asunto y lo discutió. 
Al fin fué desechado, con disgusto del banquero, 
que quedó murmurando algunas frases poco hala- 
güeñas acerca del orden y economía de las mujeres. 

Ramoncito ya no podía sufrir más aquella pena 
de Tántalo á que la experiencia de su amigo le 
condenaba. No cesaba de mirar hacia el sitio donde 
éste y Esperancita departían. Principió por levan- 




LA ESPUMA 



235 



tarse de la silla con pretexto de estirar un poco las 
piernas y dio unos cuantos paseos. Poco á poco fué 
acercándose á ellos y concluyó por detenerse delante. 

■ — Qué tal, Esperanza... ¿Hace mucho que no 
ha visto á su amiga Pacita? 

¡ Qué pretexto tan burdo para detenerse ! El 
mismo lo comprendió así y se ruborizó al pronun- 
ciar estas palabras. Castro le dirigió una mirada 
fulminante; pero, ó no la vió, ó se hizo como que 
no la veía. Esperancita frunció el entrecejo y con- 
testó secamente que no se acordaba con precisión. 

Esto bastaría para que cualquiera se diese por 
advertido. Ramoncito no se dió. Antes quiso pro- 
longar la conversación con frases absurdas ó insus- 
tanciales, y hasta tuvo conatos de agarrar una silla 
y sentarse al lado de ellos : pero Castro se lo impidió 
dándole, al descuido, un feroz y expresivo pisotón 
en los callos que le hizo volver en su acuerdo. Con- 
tinuó, pues, su paseo melancólico y no tardó en 
sentarse de nuevo junto á sus futuras suegra y 
abuela. Al poco rato estaba empeñado en una dis- 
cusión animada con Calderón sobre si el adoquinado 
de las calles debía de hacerse por contrata ó por 
administración. De buena gana hubiera cedido: su 
interés estaba en hacerlo, porque al fin se trataba 
del hombre en cuya mano estaba su felicidad ó su 
desgracia; pero aquel picaro temperamento terco y 
disputón con que la naturaleza le dotara, le arras- 
traba á proseguir, aunque veía á su suegro encen- 
dido y á punto de enfadarse. 

Afortunadamente para él, antes que llegase este 
punto, se presentó en la estancia un criado. 



236 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



■ — ¿Qué hay, Remigio?— le preguntó el banquero. 

— Acaba de llegar un amigo del Pardo , el co- 
chero de los señores de Múdela, y me ha dicho que el 
señorito Leandro se encontraba un poco enfermo... 

— ¡ Claro ! ¡ Qué le había de pasar á ese chiquillo ! . . . 
No está acostumbrado á tales juergas. Toda la vida 
en el colegio ó pegado á las faldas de su madre. De 
pronto le sacan á esta vida agitada.. . ¿Y qué es lo 
que tiene? 

Leandro era un sobrino carnal de D. Julián, hijo 
de una -hermana que residía en la Mancha. Había 
venido á pasar una temporada á Madrid y la pasaba 
alegremente reunido á otros muchachos de la misma 
edad. Para una excursión de campo había pedido 
á su tío el carruaje. Este, por no ofender á su her- 
mana á quien por razón de intereses estaba obligado 
á guardar consideraciones, se lo había otorgado, 
aunque con gran dolor de su corazón. 

- — Me parece que le ha hecho daño el sol y la 
comida. . . 

— Bueno, una indigestión... Eso pasará pronto. 

— Yo creo que debías ir allá, Julián, — manifestó 
Mariana. 

— Si hubiese necesidad , claro que iría. Pero por 
ahora no la veo. . . Di tú, Remigio, ¿no puede tras- 
ladarse aquí? ¿Se ha quedado en la cama? 

— Ahí está el caso, señor, — dijo el criado dando 
vueltas á la gorra y bajando los ojos como si te- 
miese dar una noticia muy grave. — La cuestión es 
que una de las yeguas, la Primitiva, está enfosada. 

Calderón se puso pálido. 

— ¿Pero no puede venir? 



LA ESPUMA 



237 



— No, señor, está bastante malita , según dice el 
cochero de Múdela... ¡Claro! como esos chicos no 
entienden, la han hartado de agua.. . 

D. Julián se levantó presa de violenta agitación, 
y sin decir palabra salió de la estancia seguido de 
Remigio. 

Castro y Ramoncito cambiaron otra vez una mi- 
rada y una sonrisa. Esperancita las sorprendió y se 
puso colorada. 

— ¡ Qué á pecho toma papá estas cosas ! 

— ¡Podría no tomarlo, niña! — exclamó doña 
Esperanza con voz irritada. — -Un tronco que ha 
costado quince mil pesetas... ¡Pues digo yo si es 
una gracia de Leandrito ! 

Y siguió un buen rato desahogando su furia, casi 
tan grande como la de su yerno. Castro y Ramon- 
cito se levantaron, al fin, para irse. Mariana, que 
había tomado con mucha filosofía la desgracia, les 
invitó á comer. 

— Quédense ustedes... Ya ha pasado la hora de 
paseo. 

— No puedo, — dijo Castro. — Hoy como en casa 
de su hermano. 

— ¡Ah! verdad que es sábado: no me acordaba. 
Nosotras iremos (si no estoy peor) á Jas diez, á la 
hora del tresillo. 

■ — ¿Come Y. todos los sábados en casa de tía 
Clementina? — preguntóle por lo bajo Esperancita 
con una inflexión extraña. 

El lechuguino la miró un instante. 

— Casi todos como en casa de su tío Tomás. 

— Tía Clementina es muy guapa y muy amable. 



238 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



• — Esa fama goza, — repuso Castro un poco in- 
quieto ya. 

— Tiene muchos admiradores. ¿No es V. uno de 
los más entusiastas? 

— ¿Quién se lo ha dicho á V.? 

— Nadie; lo supongo. 

— Hace Y. bien en suponerlo: su tía es, á mi 
juicio, una de las señoras más hermosas y distin- 
guidas de Madrid... Yaya, hasta otro rato, Espe- 
rancita. 

Y le alargó la mano con un aire displicente que 
hirió á la niña. El despecho de ésta se manifestó 
llamando á Ramoncito, que se mantenía un poco 
alejado. 

— Y usted, Ramón, ¿por qué no se queda? ¿Come 
usted también en casa de tía Clementina? 

— No : yo no... 

— Pues quédese Y. , hombre. Ya procuraremos que 
no se aburra. 

— ¡ Yo aburrirme al lado de Y.! — exclamó el con- 
cejal, casi desfallecido de placer. 

- — Nada, nada: definitivamente se queda ¿verdad? 
Que se vaya Pepe, ya que tiene otros compromisos. 

Ramoncito iba á decir que sí con todas las veras 
de su alma; mas por encima de la cabeza de la niña, 
Castro principió, á hacerle signos negativos, con 
tanta furia, que el pobre dijo con voz apagada: 

— No. . . yo tampoco puedo. . . 

— ¿Por qué, Ramón? 

— ... Porque. . . tengo que hacer. 

— Pues lo siento. 

El concejal estaba tan conmovido que apenas 



LA ESPUMA 



239 



pudo murmurar algunas palabras de gracias. Salió 
de la estancia casi á rastras. Una vez en la calle, 
Pepe le felicitó calurosamente y le anunció que 
aquella firmeza daría buenos resultados. Pero él 
acogió las enhorabuenas con marcada frialdad, y se 
obstinó en guardar silencio basta su casa, donde 
su amigo y maestro le dejó al fin llena la cabeza 
de lúgubres presentimientos y tan triste como la 
noche. 



VII 



COMIDA Y TRESILLO EN CASA DE OSOKIO 



l día siguiente de haber subido á casa de Rai- 
mundo, Clementina se sentía aún más avergonzada 
y pesarosa de haberlo hecho que en el momento de 
bajar la escalera. Los seres orgullosos sienten re- 
mordimientos por una acción que en su concepto 
les ha humillado, como los justos cuando han fal- 
tado á la humildad. En su interior confesaba que 
había dado un paso en falso. La serenidad y la cor- 
tesía de aquel muchacho, á la vez que le elevaban 




16 



242 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á sus ojos, irritaban su amor propio. ¡Qué comen- 
tarios no habrían hecho él y su hermana después de 
aquella ridicula y extemporánea visita ! Al pensar 
en ello se le subían los colores á la cara. Por no ver 
ni ser vista de Alcázar desde su mirador, dejó de 
salir á pie. El joven cumplía su promesa: no halló 
rastro de él por ninguna parte. 

Mas sin saber por qué causa, la imagen de éste 
flotaba siempre delante de sus ojos; con frecuencia 
acudía á su mente. ¿Era por aversión? ¿por resen- 
timiento? Clementina no podía de buena fe afir- 
marlo. Su ex perseguidor no tenía nada en la figura 
ni en el trato que lo hiciese aborrecible. ¿Sería, por 
el contrario, que le hubiese impresionado dema- 
siado favorablemente su presencia? Tampoco. Veía 
diariamente en sociedad muchos jóvenes más ga- 
llardos y de más agradable conversación. Así que, 
la sorprendía tanto como la irritaba encontrarse 
pensando en él , y nunca dejaba de protestar inte- 
riormente contra esta involuntaria inclinación, y de 
enfadarse consigo misma. Transcurridos algunos 
días después de la escena relatada decidióse á salir 
una tarde á pie. El no hacerlo le iba pareciendo 
cobardía, conceder demasiado honor á aquel chi- 
quillo. Cuando pasó cerca de su casa levantó los 
ojos y le vió como siempre al mirador con un libro 
en la mano. Bajólos instantáneamente y cruzó de 
largo muy seria y espetada. Mas á los pocos pasos 
sintió un vago malestar interior como si no quedase 
contenta de sí misma. La verdad es que el no sa- 
ludar ó no haber siquiera esperado el saludo del 
joven, no había estado bien hecho después de sus 



LA ESPUMA 



243 



francas explicaciones y ele la amabilidad que con 
ella había usado mostrándole la rica colección de 
sus mariposas y ofreciéndosele tan finamente. 

Al día siguiente salió también á pie y reparó la 
injusticia del anterior clavando con fijeza su vista 
en el alto mirador. Raimundo le envió un saludo 
tan respetuoso y una sonrisa tan inocente, que la 
hermosa dama se sintió halagada y no pudo ocul- 
tarse que aquel joven tenía singular dulzura en los 
ojos que le hacía muy simpático, y que su conver- 
sación, si no repleta de donaires, revelaba firmeza 
de entendimiento y un espíritu culto. Estas obser- 
vaciones debió hacerlas á su debido tiempo, pero 
no las hizo por causas que ignoramos. Desde este 
día comenzó á salir como antes. Al cruzar por de- 
lante de la casa de Raimundo nunca dejaba de 
enviar su cabezadita amistosa al mirador, desde 
donde le contestaban con verdadera efusión. Y se- 
gún iban transcurriendo los días, el saludo era cada 
vez más expresivo. Sin decirse una palabra parece 
que se establecía la confianza entre ellos. 

Clementina no trató de analizar el sentimiento 
que le inspiraba el joven Alcázar. Era poco aficio- 
nada á mirarse por dentro. Creía vagamente que ha- 
cía una obra de caridad mostrándose cortés con él. 
«¡Pobre muchacho ! — se decía- — ¡cómo adoraba á 
su madre ! Y ella ¡ qué feliz debió de haber sido con 
un hijo tan bueno y cariñoso!» Una tarde, cuando 
ya llevaba más de un mes de estos saludos , le pre- 
guntó Pepe Castro : 

— Oyes: ¿ha dejado de seguirte ya aquel chi- 
quillo rubio de marras? 



244 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Clementina sintió un sacudimiento raro y se puso 
levemente colorada sin saber ella misma por qué. 

— Sí... hace ya lo menos un mes que no le lie 
visto. 

¿Por qué mentía? Castro estaba tan lejos de pen- 
sar que entre aquel perseguidor desconocido y su 
querida mediase ninguna relación, que no advirtió 
el rubor y pasó enseguida á otra cosa con indife- 
rencia. Mas, para nuestra dama, aquel singular 
sacudimiento y aquel calorcillo en las mejillas fué 
una especie de revelación vaga de lo que en su espí- 
ritu acaecía. El primer dato concreto de esta reve- 
lación fué que al salir de casa de su amante, en 
vez de ir pensando en él, reflexionó que Alcázar 
cumplía demasiado fielmente su palabra de no se- 
guirla. El segundo fué que al detenerse en un esca- 
parate de joyería y ver un imperdible de brillantes 
en figura de mariposa, se dijo que algunas de las 
que había visto en casa de su amiguito rubio eran 
mucho más hermosas y brillantes. El tercero lo 
adquirió al entrar en casa de Fe á comprar unas 
novelas francesas: ocurriósele al ver tanto libro, 
que su amante Pepe Castro no había leído ninguno 
de ellos, ni lo leería probablemente. Antes, le hacía 
gracia esta ignorancia : ahora la encontraba ri- 
dicula. 

Transcurrían los días, y la señora de Osorio, has- 
tiada de la vida elegante, habiendo agotado todas 
las emociones que ofrece á una dama ilustre por su 
hermosura y su riqueza , se iba placiendo extrema- 
damente en aquel saludo inocente que casi todos 
los días cambiaba con el joven del mirador. Una 



LA ESPUMA 245 

tarde, habiéndose bajado del coche en el Retiro 
para dar unas vueltas á pie, tropezó con Alcázar y 
su hermana en una de las calles de árboles. Diri- 
gióles un saludo muy expresivo. Raimundo contestó 
con el mismo afectuoso respeto de siempre; pero 
Clementina observó que la niña lo hizo con marcada 
frialdad. Esto la preocupó y la puso de mal humor 
para todo el día , por más que nunca quiso confe- 
sarse que la causa de su malestar y melancolía era 
ésta. Poco á poco, debido más que á nada á su tem- 
peramento irritable y caprichoso, aquella aventura 
amorosa que había muerto al nacer, iba ocupando su 
espíritu haciendo brotar en él un deseo. Los deseos 
en esta dama eran siempre apetitos violentos, sobre 
todo si hallaban algún obstáculo : como tales , pasa- 
jeros también. 

Cierta mañana , después de haber saludado á Rai- 
mundo cerrando y abriendo la mano repetidas veces 
con la gracia peculiar de las damas españolas, y 
después de haber andado poco trecho, por un movi- 
miento casi involuntario volvió la cabeza y levantó 
de nuevo los ojos al mirador. Raimundo la estaba 
mirando con unos gemelos de teatro. Se puso fuer- 
temente colorada y apretó el paso embargada por la 
vergüenza. ¿Por qué habría hecho aquella tontería? 
¿Qué iba á pensar el joven naturalista? Cuando me- 
nos , se figuraría que estaba enamorada de él. Pues 
á pesar de que estas ideas bullían alborotadas en 
su cabeza mientras caminaba de prisa para doblar 
la esquina y ocultarse á las miradas de aquél, no 
estaba tan irritada contra sí misma como otras ve- 
ces. Sentía vergüenza, es verdad; pero luego que 



246 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pudo caminar despacio , una emoción dulce invadió 
su espíritu , sintió un cosquilleo grato allá en el 
corazón como hacía ya muchísimo tiempo que no 
sentía. «¡Si volveré á mis tiempos de fanciulla! » 
se dijo sonriendo. Y comenzó á recrearse con su 
propia emoción, considerándose feliz con aquel re- 
torno á las inocentes turbaciones de la primera edad. 
Tan embebida marchaba en su pensamiento, que 
al llegar á la Cibeles , en vez de tomar la calle de 
Alcalá para ir á casa de Castro con quien estaba 
citada para aquella hora, dió la vuelta como si estu- 
viera paseando por aquel sitio. Cuando lo advirtió 
se detuvo vacilante: al fin se confesó que no tenía 
grandes deseos de acudir á la cita. «Voy á ver á 
mamá, — se dijo. — La pobre hace ya días que no 
pasa un rato conmigo». Y emprendió la marcha 
hacia el paseo de Luchana. Se puso de un humor 
excelente. Un piano mecánico tocaba el brindis de 
Lucrecia por allí cerca y se paró á escucharlo , 
¡ ella que se aburría en el Real oyéndolo á las más 
famosas contraltos ! Pero la música es una voz del 
cielo y sólo se comprende bien cuando el cielo ha 
penetrado ya un poco en nuestro corazón. 

Por la acera de Recoletos bajaba Pinedo, aquel 
memorable personaje que vivía con un pie en el 
mundo aristocrático y otro en la clase media- cova- 
chuelista á la que en realidad pertenecía. Traía á 
su lado á una linda joven que debía de ser su hija, 
aunque Clementina no la conocía: Pinedo la tenía 
alejada de la sociedad que frecuentaba, la ocultaba 
cuidadosamente lo mismo que Triboulet. La esposa 
de Osorio siempre había tratado á este personaje 



LA ESPUMA 



247 



con un poco de altanería , lo cual no era raro en ella 
como ya sabemos. Mas ahora el estado placentero de 
su espíritu la tornó expansiva y llana por algunos 
instantes. Como Pinedo cruzase grave dirigiéndole 
un sombrerazo ceremonioso según su costumbre, la 
dama se detuvo y le abordó con la sonrisa en los 
labios. 

— Amigo mío, usted es hombre práctico; también 
aprovecha estas horas de la mañana para respirar el 
aire puro y tomar un baño de sol. 

Contra su costumbre y naturaleza , Pinedo quedó 
un poco turbado, tal vez porque no le hiciera gracia 
presentar á su hija á esta vistosa señora. Repúsose 
instantáneamente, sin embargo, y respondió incli- 
nándose con galantería : 

— Y á ver si Dios me concede unos tropezones 
tan desagradables como el que ahora he tenido. 

Clementina sonrió con benevolencia. 

— No debe Y. echar flores aunque sea de este 
modo indirecto trayendo á su lado una joven tan 
linda. ¿Es su hija? 

— Sí , señora . . . : la señora de Osorio , — añadió 
volviéndose á la niña. 

Esta se puso roja de placer al oirse llamar linda 
por aquella dama á quien tanto conocía de vista y 
de nombre. Era una muchacha alta y esbelta , de 
rostro moreno , con facciones menudas y bien tra- 
zadas y unos ojillos dulces y alegres. 

— Pues había oído decir que tenía Y. una niña muy 
bonita; pero veo que la fama se ha quedado corta. 

La chica enrojeció aún más y apenas pudo mur- 
murar las gracias. 



248 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Vamos, Clementina, no siga V. que se lo va á 
creer . . . Esta señora , Pilar , — añadió volviéndose 
á ella , — se complace en decir mentiras agradables 
como otros en decir verdades amargas. 

— ■ Ya lo veo que es muy amable, — repuso la niña. 

— ~No baga Y. caso. Que es Y. hermosa, está á 
la vista. 

— ¡ Oh, señora ! . . . 

— Y diga Y., padre tirano, ¿por qué no la divierte 
usted un poco más? ¿Está bien hecho que á usted se 
le vea en todos los teatros, bailes y reuniones y 
tenga encerrada á esta niña preciosa? ¿O es que se 
le figura que tenemos más gusto en verle á Y. que 
á ella? 

El pobre Pinedo sintió un estremecimiento de 
dolor que trató de ocultar. Clementina había tocado 
con frivolidad en la parte más sensible de su 
corazón. Su sueldo ya sabemos que no le consentía 
más que vivir modestamente. Si entraba en una 
sociedad que ne le correspondía era precisamente 
para conservar el empleo, que era su único sostén 
y el de su hija. Esta nada sabía aún de aquel plan 
de vida. Pinedo esperaba casarla con un hombre 
modesto y trabajador y que no conociese jamás 
aquel mundo en que no podía vivir y que él despre- 
ciaba en el fondo del alma , aunque tal vez , por la 
fuerza de la costumbre , no pudiese ya vivir á gusto 
en otro. 

— Es muy joven aún. . . Tiene tiempo de diver- 
tirse, — repuso con sonrisa forzada. 

— ¡Bah, bah! diga Y. que es Y. un grandísimo 
egoísta. . . ¿Y cuánto tiempo hace que no ha estado 



LA ESPUMA 



249 



usted encasa de Yalpardo? — añadió la dama pa- 
sando á otra conversación. 

— -Pues el lunes. La condesa me ha preguntado 
con mucho interés por Y. y se lamenta de que la 
haya abandonado. 

— -¡Pobre Anita: es verdad! 

Sobre los dueños de la casa y sobre sus tertulios. 
Pinedo y Clementina comenzaron una conversación 
animada, inagotable. Pilar escuchó con atención al 
principio; pero como no conocía á la mayor parte 
de aquellos personajes concluyó por distraerse pa- 
seando su vista por las inmediaciones, fijándola en 
los pocos transeúntes que á aquella hora acertaban 
á pasar por allí. 

— Papá, — dijo aprovechando un momento de 
pausa. — Ahí viene aquel joven amigo tuyo, que 
mantiene á su madre y á sus hermanas. 

Clementina y Pinedo volvieron al mismo tiempo 
la cabeza y vieron llegar á Rafael Alcántara, el 
célebre calavera que hemos conocido en el Club de 
los Salvajes. 

— ¡ Que mantiene á su madre y á sus herma- 
nas! — exclamó la dama con asombro. 

— Sí, un joven muy bueno, amigo de papá, que 
se llama Rafael Alcántara. 

Al volver la vista, cada vez más sorprendida, á 
Pinedo, éste le hizo una seña bastante expresiva. 
No sabiendo lo que aquello significaba, pero calcu- 
lando que su amigo tenía interés en que no se califi- 
case á Alcántara como merecía, Clementina se calló. 
El joven salvaje, al cruzar, les hizo un saludo entre 
familiar y respetuoso. 



250 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Pinedo alargó al instante la mano para despe- 
dirse. 

— Ya sabe Y. que hoy es sábado, — dijo la dama. — 
Yaya Y. á comer. 

— Con mucho gusto. Recuerdos á Osorio. 

— Y lleve Y. á esta joven tan monísima. 

• — Ya veremos; ya veremos, — replicó el covachue- 
lista otra vez desconcertado. — Si hoy no pudiera, 
otro día será. 

— Hoy ha de ser, padre tirano... Hasta luego, 
¿verdad, preciosa? 

Y le cogió el rostro á la niña y le dió un beso en 
cada mejilla , dicióndole al mismo tiempo : 

— He tenido una gran suerte en conocerla. Hacen 
falta en mi salón niñas lindas y simpáticas. 

Y cada vez más alegre, sin saber por qué, se des- 
pidió y siguió adelante diciéndose: «¿Qué diablo de 
interés tendrá Pinedo en convertir en santo á ese 
perdido de Alcántara?» El pie ligero, las mejillas 
rojas, los ojos brillantes, como en los días de su 
adolescencia, llegó á la verja del gran jardín que 
rodeaba el palacio de su padre. El portero se apre- 
suró á abrirla y á sonar la campana. Entró en la 
mansión ducal y, contra su costumbre, dirigió una 
leve sonrisa á dos criados de librea, que la espera- 
ban en lo alto de la escalinata. Pasó en silencio 
por delante ele ellos y fué derecha á las habitaciones 
de su madrastra como quien ha recorrido aquel ca- 
mino muchos años. 

La duquesa estaba, en aquel momento, de confe- 
rencia con el médico director de un asilo de ancianas 
pobres, que ella había fundado hacía poco tiempo 



LA ESPUMA 



251 



en unión de otras varias señoras. Al levantarse la 
cortina y ver á su hijastra, sonrió con dulzura. 

— ¿Eres tú, Clementina? Pasa, hija mía, pasa. 

Esta sintió encogérsele el corazón al ver el rostro 




\ 



L / '". W \ • " .. 

pálido y marchito de su madre. Abalanzóse á ella y 
la besó con efusión. 

— ¿Te sientes bien, mamá? ¿Cómo has pasado la 
noche? 

— Perfectamente . . . Tengo mala cara ¿verdad? 



252 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ;No ! ■ — se apresuró á decir la dama. 

— Sí, sí. Ya lo he visto al espejo. Me siento 
bien... Solamente la debilidad me atormenta... Y 
como he perdido enteramente el apetito , no puedo 
vencerla... Vamos á ver, Iradier, — dijo encarán- 
dose de nuevo con el módico que estaba de pie 
frente á ella , — de manera que V. se encargará de 
vigilar á las criadas y enfermeras para que nunca 
dejen de guardar las debidas consideraciones á las 
viejecitas ¿no es cierto? 

El médico era un joven simpático, de fisonomía 
inteligente. 

— Señora duquesa, — respondió con firmeza.- — Yo 
haré cuanto esté de mi parte porque las asiladas no 
tengan motivo de queja. Sin embargo , debo repe- 
tirla que, á pesar de nuestros esfuerzos, es posible 
que siga Y. recibiendo alguna. No puede Y. com- 
prender hasta qué punto son impertinentes y mali- 
ciosas ciertas mujeres. Sin motivo alguno, sólo por 
placer de herir lo mismo á mí que á mis compañe- 
ros , nos llenan á veces de insolencias. Cuanto más 
atentos nos mostramos con ellas, más se ensober- 
becen. Yo pruebo el caldo y el chocolate todos los 
días y no he hallado hasta ahora lo que esa mujer le 
ha dicho. Las horas son siempre fijas; jamás he 
visto retraso alguno en las comidas. Procure usted 
enterarse y se convencerá de que quien tiene motivo 
á quejarse, son las pobres criadas á quienes las asi- 
ladas tratan groseramente . . . 

El médico se había ido exaltando al pronunciar 
estas palabras con acento de sinceridad. La duquesa 
sonrió dulcemente. 



LA ESPUMA 



253 



— Lo creo, lo creo, Iradier... Las viejas solemos 
ser muy impertinentes . . . 

— ¡ Oh, señora , eso es según . . . ! 

— Por regla general lo somos. . . Pero esta imper- 
tinencia ya es por sí una enfermedad y debe excitar 
compasión en los que no padecen de ella. A V. no 
necesito recomendársela, porque tiene un corazón 
unry caritativo. A los que no lo tengan tan bonda- 
doso suplíqueles V., en mi nombre, la suavidad 
con las pobrecitas asiladas. 

— Se hará, señora, se hará, — respondió el mé- 
dico, ganado por la singular dulzura de la funda- 
dora. El jueves la esperamos á V. ¿verdad? 

— No sé si esta fatiga lo permitirá. 

— Sí, sí, se lo garantizo yo. 

Y comprendiendo que estaba ya de más, el joven 
cortó la conferencia , estrechando con afecto y res- 
peto que se le traslucía en los ojos, la mano de 
la duquesa , y saludando ceremoniosamente á Cle- 
mentina. 

Luego que salió, ésta, que había estado contem- 
plando con emoción reprimida el semblante descom- 
puesto de su madrastra , conmovida por la bondad 
que respiraban todas sus palabras, se levantó del 
asiento y fué á arrodillarse delante de ella, y apo- 
derándose de sus manos blancas y descarnadas las 
besó con efusivo transporte de cariño. Esta mujer 
tan altanera con todo el mundo, sentía un goce es- 
pecial, semejante al de los místicos, en humillarse 
ante su madrastra. La voz de ésta removía como un 
conjuro mágico las débiles chispas de bondad y de 
ternura que ardían en su corazón y les prestaban 



254 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



por un instante el aspecto de incendio. D. a Carmen 
le quitó suavemente el sombrero, lo puso en un sillón 
contiguo y se inclinó para besarla amorosamente en 
la frente. 

— Hace cuatro días justos que no has venido á 
verme, picara. 

— Ayer no he podido, mamá. Pasó casi todo el 
día arreglando mis cuentas, haciendo números. ¡Oh, 
qué horribles números! 

— ¿Y por qué los haces? ¿No está ahí tu marido? 

— Pues, precisamente, por miedo á mi marido 
los hago. ¿Usted no sabe que se ha vuelto un mise- 
rable, un tacaño, lo mismo que su cuñado? 

D. a Carmen sabía que los negocios de Osorio no 
andaban muy bien, que recientemente había expe- 
rimentado fuertes pérdidas en la Bolsa ; pero no se 
atrevió á decir nada á su hija. 

— ¡Pobre hija mía! ¡Ocuparte tú en esas cosas 
cuando sólo has nacido para brillar como una es- 
trella de los salones ! 

— Ya no le faltaba más que eso para hacerse del 
todo antipático, ¡odioso! ¡Si las cosas pudiesen 
hacerse dos veces ! 

Bruscamente, la expresión de ternura había des- 
aparecido de sus ojos reemplazándola otra sombría 
y feroz. Una arruga profunda surcó su tersa frente 
de estatua. Y con voz sorda comenzó á exponer sus 
quejas, á descubrir los agravios que su marido le 
hacía diariamente. A nadie en el mundo, más que 
su madrastra, haría tales confidencias, que en ella 
no provocaban lágrima alguna. D. a Carmen era 
quien las vertía una á una de sus ojos cansados. 



LA ESPUMA 



255 



— ¡Hija de mi alma! ¡Yo que hubiera dado mi 
vida por verte feliz! ¡Qué ciegos hemos estado, lo 
mismo tu padre que yo, al entregarte á ese hombre! 

— ¡Mi padre! ¡ Otro que tal! ¡Un hombre que no 
ha sabido jamás que tiene en casa una santa á quien 
debía adorar de rodillas! La verdad es que cuando 
pienso. . . 

— ¡Calla, calla: es tu padre! — exclamó la du- 
quesa tapándole la boca con la mano. — Yo soy 
feliz: si tu padre tiene algunos defectos, yo tengo 
más aún: de modo, que no hay mérito en perdonár- 
selos, si él me perdona en cambio los míos... No 
hablemos de tu padre , hablemos de ti misma . . . 
No sabes lo que me duelen esos apuros de dinero, 
á los cuales no estás acostumbrada. Yo, si pudiera, 
los remediaría al instante... Pero bien sabes que 
manejo muy poco dinero. Del que saco de la caja 
tengo que dar cuenta á Antonio, y á éste no se le 
engaña fácilmente. Algún puñadito de oro, sí, puedo 
poner aparte para ti: pero mis ahorros no te saca- 
rán de pilancos. Sin embargo, confío en que tus 
apuros no durarán mucho tiempo. . . 

Hizo una pausa la bondadosa señora, quedóse mi- 
rando al vacío tristemente, y luego, abrazando á su 
hijastra que aun permanecía de rodillas y acercando 
los labios á su oído, le dijo en voz baja: 

— Mira, hija mía, yo no tardaré en morir y 
pienso dejarte todo cuanto tengo. La mitad de la 
fortuna de tu padre es mía, según me ha dicho el 
abogado de la casa. 

Clementina sintió una vibración en el alma que á 
un psicólogo le costaría mucho trabajo definir: fué 



256 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



una mezcla de dolor, de asombro, y acaso también, 
ele un poquito de alegría. El dolor predominó, no 
obstante, y abrazó á su madrastra y la besó cariño- 
samente repetidas veces. 

— ¿Qué está Y. diciendo ahí?... ¡Morirse! No: yo 
no quiero que Y. se muera. Usted me hace mucha 




más falta que su dinero. Sin Y. yo hubiera sido 
una mujer muy perversa. . . y temo que el día en 
que Y. me falte lo sea. Los únicos momentos en que 
siento un poco de blandura en el corazón son los 



LA ESPUMA 



257 



que paso á su lado: parece, mamá, como si Y. me 
transmitiera algo de esa virtud tan grande que 
tiene . . . 

— Basta, basta, aduladora, — dijo D. a Carmen 
poniéndole otra vez la mano en la boca. — Tú te 
tienes por peor de lo que eres. Tu corazón es bueno. 
Lo que te hace parecer mala alguna vez es el or- 
gullo ¡el orgullito! ¿no es verdad? 

— Sí, mamá, sí, es cierto... Usted no sabe lo que 
es el orgullo y los tormentos que proporciona á 
quien lo siente tan vivo como yo. Estar pensando 
constantemente en que nos hieren. Ver enemigos 
en todas partes. Sentir una mirada como la hoja 
de un puñal en el corazón. Escuchar una palabra 
y darle un millón de vueltas en la cabeza hasta 
marearse y ponerse enferma. Vivir con el corazón 
ulcerado, con el alma inquieta... ¡ Oh, cuántas veces 
he envidiado á las personas virtuosas y humildes 
como V. ! ¡ Qué feliz sería yo si no llevase á cuestas 
este carácter triste y receloso, esta soberbia que me 
consume!... ¡Y quién sabe, — añadió después de una 
pausa , — quién sabe si hubiera sido más dichosa en 
otra esfera ! Tal vez si fuera una pobre y me hubiera 
casado con un joven modesto, trabajador, inteli- 
gente, sería mejor mi suerte. Obligada á ayudar á 
mi marido, á cuidar de la hacienda, á pensar en los 
pormenores de la casa como las demás mujeres que 
trabajan y luchan, no hubiera quizá llegado adonde 
llegué. . . Yo necesitaba un marido afectuoso, dulce, 
un hombre de talento que supiese dirigirme... Hoy 
mismo, mamá, acostumbrada como estoy al lujo y á 
la vida de sociedad , me retiraría con gusto de ella , 



IT 



258 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



me iría á vivir á un rinconcito alegre, allá en el 
campo, lejos de Madrid. No me haría falta más que 
un poco de amor y tenerla á V. á mi lado para ins- 
pirarme buenos sentimientos. 

El espíritu de Clementina, gratamente impresio- 
nado por la niñería de la calle de Serrano, por 
aquella inocente aventura de colegiala, se inclinaba 
á los sentimientos idílicos. Toda dama cursada y 
aun baqueteada en los encuentros amorosos guarda 
en el último rincón de su cerebro una égloga que 
de tarde en tarde sale á la superficie. La buena de 
D. a Carmen la escuchaba y la animaba con su son- 
risa cariñosa. Las confidencias de la hermosa dama 
se prolongaron largo rato. Recordaba sus tiempos 
de niña , cuando contaba á su madrastra las decla- 
raciones de amor que le habían hecho en el baile de 
la noche anterior y le leía los billetitos que le remi- 
tían sus adoradores. Aquel retorno á los tiempos 
pasados la hacía feliz. Tentada estuvo de hablarla 
de Pepe Castro y de Raimundo y exponerle las 
emociones pueriles que agitaban su alma aquella 
mañana; pero un sentimiento de respeto la con- 
tuvo. La duquesa era tan excesivamente condes- 
cendiente que tocaba en los límites de la estupidez: 
es probable que si la hubiera hecho confidente de 
sus adulterios la hubiera escuchado sin escandali- 
zarse. Almorzaron juntas y solas porque el duque lo 
hacía aquel día con un ministro. Por la tarde, des- 
pués de aligerada y refrescada el alma con larga 
é íntima charla, ambas se trasladaron en coche 
á San Pascual , rezaron allí una estación al Santí- 
simo, siempre expuesto en aquella iglesia, y se 



LA ESPUMA 



259 



trasladaron al paseo del Retiro. Antes de oscurecer, 
porque el relente de la noche no le convenía á la 
duquesa y Clementina necesitaba ir temprano á 
su casa, dieron orden al cochero de retirarse. 

Era sábado, día de comida y tresillo en el hotel 
de Osorio. Antes de subir á vestirse, Clementina 
dio una vuelta por el comedor, contempló la mesa 
con detenimiento y ordenó algunos cambios en los 
canastillos de frutos que sobre ella habían colocado. 
Se hizo traer el paquete de los menú escrito en un 
papel imitación de pergamino con las iniciales do- 
radas del dueño de la casa , llamó al secretario de 
su marido, le hizo escribir sobre cada uno el nom- 
bre de los invitados y luego fué por sí misma colo- 
cándolos sobre los platos. En el medio ella y su 
marido, uno frente á otro; á la derecha ó izquierda 
de Osorio los dos puestos de honor para dos damas; 
á la derecha é izquierda de ella otros dos puestos 
para dos caballeros, y así sucesivamente según la 
categoría , la edad ó la afección particular que sen- 
tía por sus invitados. Habló luego algunos minutos 
con el maítre cfhótel, y después de dar algunas últi- 
mas disposiciones se fué. Al llegar á la puerta se 
volvió, echó una nueva mirada penetrante á la 
mesa , y dijo : 

— Quite Y. esas flores con perfume que están 
cerca del puesto de la señora marquesa de Alcudia 
y cámbielas por camelias ú otras que no lo tengan. 

La devota marquesa no podía sufrir los aromas 
á causa de sus frecuentes neuralgias. Clementina, 
odiándola en el fondo del alma , le guardaba más 
consideraciones que á ninguna de sus amigas; la 



260 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



alta nobleza de su título, su carácter severo, y 
hasta su fanatismo la hacían respetada en los salo- 
nes, á los cuales prestaba realce su presencia. 

Subió á su cuarto seguida de Estefanía, aquella 
doncellita tan enemiga del cocinero. Estrenaba un 
magnífico traje color crema, descotado. Ordinaria- 
mente se ponía para estas comidas de los sábados 
trajes de media etiqueta, esto es, con las mangas 
hasta el codo. Ahora quiso lucir su celebrado des- 
cote en honor de un diplomático extranjero que 
comía por vez primera en su casa. Mientras se 
dejaba arreglar el pelo, su espíritu vagaba dis- 
traído por los sucesos del día. No había acudido á 
la cita de Pepe: de seguro vendría furioso. Su labio 
inferior se alargó con displicencia y sus ojos brilla- 
ron maliciosamente como diciendo: «¿Y á mí qué?» 
Después se acordó del saludo á su juvenil ex perse- 
guidor, de aquella inoportuna vuelta de cabeza. Un 
sentimiento de vergüenza volvió á acometerla : sus 
mejillas lo atestiguaron adquiriendo un poco más 
de color. Tornó á llamarse para su fuero interno, 
tonta, imprevisora, loca. Por fortuna, el chico pa- 
recía modesto y discreto. Otro cualquiera formaría 
castillos en el aire al instante. Pensó bastante en él 
y pensó con simpatía. La verdad es que tenía una 
presencia muy agradable y un modo de hablar 
suave y firme á la vez, que impresionaba. Luego 
aquel cariño entrañable á la memoria de su madre , 
su vida retirada , su extraña manía de las mari- 
posas, todo le hacía muy interesante. Cuantas ve- 
ces había pensado Clementina esto mismo desde 
hacía dos meses no podremos decirlo; pero sí que lo 



LA ESPUMA 



261 



había pensado un número bastante considerable. Su 
espíritu, embargado por una dulce somnolencia, 
volvió á inclinarse al idilio. Aquel cuarto tercero, 
aquel despacho alegre, aquella vida dulce y oscura. 
¡ Quién sabe ! La felicidad se encuentra donde me- 
nos se piensa. Un puñado de trapos, otro de joyas, 
algunos platos más sobre la mesa no pueden darla á 
nadie. Pero un pensamiento lúgubre, que hacía al- 
gún tiempo amargaba todos sus sueños, le cruzó por 
la mente. Ella era ya una vieja; sí, una vieja; no 
había que hacerse ilusiones. A Estefanía le costaba 
cada vez más trabajo ocultar las hebras plateadas 
que en sus rubios cabellos aparecían. Aunque se re- 
sistía tenazmente á echar sobre su hermosa cabeza 
ningún producto químico, presentía que no iba á 
haber otro remedio. El amor candoroso, vivo, feliz 
con que la aventura del joven Alcázar le había hecho 
soñar, estaba vedado para ella. No le quedaba ya, y 
eso por poco tiempo, más que los devaneos vulgares, 
insulsos , de los tenorios aristócratas , iguales unos á 
otros en sus gustos, en sus palabras y en su ina- 
guantable vanidad. ¿Qué relación podía ya existir 
entre aquel niño y ella, como no fuese la de madre 
á hijo? Algunas veces dudaba si el sentimiento de 
Raimundo por ella fuese enteramente el que él había 
manifestado en su entrevista: mas ahora veía con 
perfecta claridad que hablaba ingenuamente, que 
entre un chico de veinte años y una mujer de treinta 
y siete (porque tenía treinta y siete por más que se 
quitase dos) el amor era imposible, al menos el amor 
que ella apetecía en aquel momento. Estas reflexio- 
nes labraron una arruguita en su frente, la arruga 



262 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de los instantes fatales. Hizo un esfuerzo sobre sí 
misma para pensar en otra cosa. 

Mirando á su doncella en el espejo observó que 
estaba densamente pálida. Volvióse para mejor cer- 
ciorarse, y la dijo: 

— ¿Te sientes mal, chica? Estás muy pálida. 

— Sí , señora , — manifestó la doncellita algo 
confusa. 

— ¿Las náuseas de otras veces? 

— Creo que sí. 

— Pues , anda , vete y que suba Concha. ¡ Es raro ! 
Mañana avisaremos al médico á ver si te da algún 
remedio. 

— No, señora, no,— se apresuró á contestar Este- 
fanía. — Esto no es nada. Ya pasará. 

Algunos minutos después bajaba la dama al salón, 
deslumbrante de belleza. Estaba ya en él Osorio 
paseando con su amigo y comensal, casi cotidiano, 
Bonifacio. Era un señor grave y rígido, de unos se- 
senta años de edad, calvo, de rostro amarillo y dien- 
tes negros. Había sido gobernador en varias pro- 
vincias y últimamente desempeñaba el cargo de jefe 
de sección en un ministerio. Hablaba poco, nunca 
llevaba la contraria , primera é indispensable virtud 
ele todo el que quiere comer bien sin gastar dinero, 
y ostentaba eternamente en el frac una cruz roja de 
Calatrava, de cuya orden era caballero. Por cierto 
que lo primero que se veía en la sala de su casa era 
un gran retrato del propio Bonifacio en traje de ce- 
remonia , con una pluma muy alta en la gorra y un 
manto blanco de extraordinaria longitud sobre los 
hombros. Este caballero de Calatrava, personaje mis- 



LA ESPUMA 



263 



terioso del cual decía Fuentes (otro personaje más 
alegre del cual hablaremos) que era un hombre con 
vistas al patio, tenía una manía bastante original, 
la de coleccionar fotografías obscenas. Guardaba en 
su casa dos ó tres baúles llenos hasta arriba de ellas. 
Pero esta afición no la conocía nadie más que los 
libreros y fotógrafos , que tenían buen cuidado de 
pasarle recado así que llegaba de París, Londres ó 
Viena una remesa. En un rincón estaban sentadas 
Pascuala , una viuda sin recursos que servía á Cle- 
mentina mitad de amiga , mitad de dama de com- 
pañía, y Pepa Frías que acababa de llegar. Al pasar 
por delante de los dos hombres para ir á saludar á 
Pepa , las miradas de los esposos se cruzaron rápi- 
damente como relámpagos tristes y siniestros. El 
rostro de Osorio, ordinariamente sombrío, bilioso, 
estaba ahora imponente de ferocidad. No fué más 
que un instante. l*n cuanto las damas cambiaron 
algunas palabras , el banquero se acercó á ellas con 
Bonifacio y empezó á embromar con acento cariñoso 
á su esposa sobre el traje, 

- — ¡Vaya un talle que me gasta mi mujer!. .. Chica, 
aunque tú no quieras oirlo te diré que te vas ajamo- 
nando á pasos de gigante. 

— No diga V. eso, Osorio; si precisamente Cle- 
mentina es una de las mujeres que tienen el cutis 
más terso en Madrid, — dijo Pascuala. 

— ¡ Toma ! Buen dinero me ha costado el estucado 
que se ha puesto en París esta primavera. 

Clementina seguía también la broma; pero le cos- 
taba más trabajo fingir. Al través de las sonrisas 
nerviosas que iluminaban su rostro por momentos y 



264 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de las cortadas frases enigmáticas , se percibía bien 
el malestar, la inquietud y hasta un dejo de odio. 

Sonó la campana de la verja repetidas veces. El 
salón se pobló en pocos minutos con las quince ó 
veinte personas que estaban invitadas. Llegó la 
marquesa de Alcudia sin ninguna de sus bijas. Rara 
vez las traía á casa de Osorio. Vino también la mar- 
quesa de Ujo, una mujer que había sido hermosa: 
ahora estaba demasiado marchita : lánguida como 
una americana, aunque era de Pamplona, algo ro- 
mántica, presumiendo de incomprensible y con afi- 
ciones literarias. La acompañaba una hija bastante 
agraciada , más alta que ella y que debía tener lo 
menos quince años , á pesar de lo cual su madre 
la traía con las faldas á media pierna porque no la 
hiciese vieja. La pobre niña sufría esta vergüenza 
con resignación, poniéndose colorada cuando al- 
guno dirigía la vista á sus pantorrillas. 

Llegó el general Patiño , conde de Morillejo: no 
faltaba ningún sábado. Vinieron también el barón 
y la baronesa de E-ag por primera vez. Clementina 
les dió la preferencia colmándoles de delicadas aten- 
ciones. El barón era plenipotenciario de una nación 
importante. El ministro de Fomento Jiménez Ar- 
bós, Pinedo, Pepe Castro y los condes de Coto- 
rraso entraron casi á la vez. A última hora, cuando 
faltaban pocos minutos para las siete , llegó Lola 
Madariaga y su marido. Esta señora, mucho más 
joven que Clementina, era no obstante su íntima 
amiga, el confidente de sus secretos. Comía tres ó 
cuatro veces á la semana con ella , y raro era el día 
que no salían juntas á paseo. No podía llamársela 



LA ESPUMA 



265 



hermosa; pero su fisonomía tenía tal animación, sus 
ojos brillaban con tanta gracia y su boca se ple- 
gaba con tal malicia al sonreír dejando ver unos 
dientes de ratón blancos y menudos, que siempre 
había tenido muchos adoradores. De soltera fué 
una coquetuela redomada, trayendo al retortero los 
hombres, gozando en acapararlos todos, prodigando 
las mismas sonrisas insinuantes , idénticas miradas 
abrasadoras al hijo de un duque que á un emplea- 
dillo de ocho mil reales, al viejo de venerable calva 
y nariz arremolachada que al mancebo de veinte 
años gallardo y apuesto , al rico como al pobre , al 
noble como al plebeyo. Su coquetería, parecida en 
esto al amor de Jesucristo á la humanidad, igualaba 
todas las castas, todos los estados, uniendo á los 
hombres en santa fraternidad para participar del 
fuego admirable de sus ojos negros, de unos hoyitos 
muy lindos que formaban sus mejillas al reir y de 
otra multitud de dones y frutos con que la provi- 
dencia de Dios la había dotado. Después de casada, 
seguía mostrando la misma entrañable benevolencia 
hacia el género humano, si bien de un modo más 
sucesivo, esto es, un hombre después de otro ó, á 
lo sumo, de dos en dos. Su marido era un mejicano 
rico con rasgos de indio en la fisonomía. 

Poco después que éstos entró en el salón Fuentes, 
un hombrecillo vivaracho, feo, raquítico, bastante 
marcado por las viruelas. Nadie sabía de qué vivía: 
suponíansele algunas rentas. Frecuentaba todos los 
salones de algún viso de la corte y se sentaba á las 
mesas mejor provistas. Sus títulos para ello eran 
los de pasar por hombre de animada y chispeante 



266 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



conversación, ingenioso y agradable. Más de veinte 
años hacía que Fuentes venía alegrando las comi- 
das y los saraos de la capital, desempeñando en 
ellos el papel de primer actor cómico. Algunos de 
sus chistes habían llegado á ser proverbiales : repe- 
tíanse no sólo en los salones sino en las mesas de los 
cafés, y hasta llegaban alas provincias. Contra lo 
que suele suceder en esta clase de hombres no era 
maldiciente. Sus chistes no tendían á herir alas per- 
sonas, sino á alegrar el concurso y obligarle á admi- 
rar lo fácil, lo vivo y lo sutil de su ingenio. Todo lo 
más que se autorizaba era apoderarse de las ridicule- 
ces de algún amigo ausente y formar sobre ellas una 
frase graciosa; pero nunca ó casi nunca á costa de 
la honra. Estas cualidades le habían hecho el ídolo 
de las tertulias. Ninguna se consideraba completa si 
Fuentes no daba al menos una vueltecita por ella. 

— ¡ Oh, Fuentes ! ¡ Oh , Fuentes ! • — gritaron todos 
viéndole aparecer. 

Y una porción de manos se extendieron para salu- 
darle. Apretando las primeras que llegaron á chocar 
con la suya , se dirigió desde luego á la señora de la 
casa, con voz cascada que ayudaba mucho al efecto 
cómico, diciendo: 

■ — Perdone Y. , Clementina , si llego con un poco 
de retraso. Yiniendo hacia acá me cogió por su 
cuenta Perales, ya sabe Y. ¡Perales!, no tengo más 
que decir. Luego, cuando pude desprenderme de 
sus manos, ahí en la esquina del ministerio de la 
Guerra, caí en las del conde de Sotolargo, y ése ya 
sabe Y. que es pesado con un cincuenta por ciento 
de recargo. 



LA ESPUMA 



267 



— ¿Por qué? — se apresuró á preguntar Lola Ma- 
dariaga. 

— Porque es tartamudo, señora. 

Los convidados rieron, algunos á carcajadas; otros 
más discretamente. La frase venía preparada: se 
conocía á la legua; pero así y todo produjo el efecto 
apetecido, parte porque en efecto había hecho gra- 
cia, parte también porque todo el mundo se creía 
en el deber de ponerse risueño en cuanto Fuentes 
abría la boca. 

Un instante después un criado de librea abrió de 
par en par las puertas del salón, diciendo en alta 
voz : 

— La señora está servida. 

Osorio se apresuró á ofrecer el brazo á la baro- 
nesa de Rag y rompió la marcha hacia el comedor 
seguido de todos los convidados. Cerrando la comi- 
tiva iba el barón conduciendo á Clementina. 

Los criados esperaban puestos en fila con la ser- 
villeta al brazo, capitaneados por el maitre. Osorio 
fué designando á cada invitado su puesto : no tar- 
daron en acomodarse todos. La mesa ofrecía un 
aspecto elegante, armonioso. La luz, que caía de dos 
grandes lámparas con reflectores, hacía resaltar los 
vivos colores de las flores y las frutas , la blancura 
del mantel , el brillo del cristal y la porcelana : pero 
esta luz, demasiado cruda, hace daño á la belleza 
de las damas , las desfigura como un aparato foto- 
gráfico. Para templarla y producir una iluminación 
suave y normal , Clementina hacía colocar dos can- 
delabros con numerosas bujías á los extremos de la 
mesa. Todas las señoras estaban más ó menos des- 



268 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cotadas: alguna, como Pepa Frías, escandalosa- 
mente. Los caballeros, de frac y corbata blanca. 

La conversación fué en los primeros momentos 
particular: cada cual hablaba con su vecino. La 




baronesa de Rag , una belga de pelo castaño y ojos 
claros, bastante gruesa, preguntaba á Osorio los 
nombres de los objetos que había sobre la mesa. 
Hacía muy poco tiempo que estaba en España y 
apetecía con ansiedad conocer el castellano. Ciernen- 



LA ESPUMA 269 

tina y el barón hablaban en francés. Pepa Frías, 
que estaba entre Pepe Castro y Jiménez Arbós , le 
dijo al primero por lo bajo : 

— ¿Qué le parece á V. de la jeta del marido de 
Lola? ¿verdad que para gaucho no es del todo mala? 

Castro sonrió con la superioridad que le caracte- 
rizaba. 

— Sí , debió de haber lazado muchas vacas en la 
pampa. 

— Hasta que al fin una vaca le lazó á él. 

— Pero no fué en la pampa. 

— Ya sé: en los jardinillos: no me diga V. nada. 

El general Patiño , fiel á su naturaleza y á su tra- 
dición militar, se desplegó en guerrilla para atacar 
á la marquesa de Ujo, que tenía al lado. 

— Marquesa , las perlas le sientan admirable- 
mente. Un cutis suave y levemente bronceado como 
el de Y., donde se transparenta toda la savia y 
todo el fuego del mediodía, exige el adorno oriental 
por excelencia. 

— Usted tan lisonjero como siempre, general. Me 
pongo las perlas porque es lo mejor que tengo. Si 
tuviese unas esmeraldas tan hermosas como Cle- 
mentina, dejaría las perlas en sus estuches,- — -res- 
pondió la dama, mostrando al sonreír unos dientes 
bastante desvencijados donde brillaba en algunos 
puntos el oro del dentista. 

— Haría V. mal. Las mujeres hermosas están en 
la obligación de ponerse lo que les va mejor. Dios 
quiere que sus obras maestras se manifiesten en 
todo su esplendor. Las esmeraldas sientan bien á las 
linfáticas; pero Y. es como la uva de Jerez, dora- 



« 



270 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

dita por fuera y guardando en el corazón un licor 
que marea y embriaga. 

— ¡ Si dijera Y. como una pasa ! 
— - ¡ Oh, no , marquesa ! ¡ oh, no ! . . . 

Y el general rechazó con fuego la especie y 
empleó toda su elocuencia en desbaratarla como si 
tuviese delante un ejército enemigo. 

Mientras tanto los criados comenzaban á dar 
vuelta á la mesa presentando los platos. Otros, con 
la botella en la mano, murmuraban al oído de los 
invitados: Sauterne, Jerez, Margaux, en un tono ca- 
vernoso semejante al que emplean los cartujos para 
recordarse mutuamente la muerte. 

— Yo no bebo más que champagne frappé hasta el 
fin, — dijo Pepa Frías al que tenía detrás. 

— ¡ Cuánto calor , Pepa, cuánto calor ! — exclamó 
Castro. 

— No lo sabe Y. bien, — repuso la viuda con 
entonación maliciosa. 

— Por desgracia. 

— O por fortuna. ¿Está Y. ya cansado de Cle- 
mentina ? 

Fuentes no se encontraba bien con aquel cu- 
chicheo. Le dolía desperdiciar su ingenio en con- 
versación particular, para una sola persona. Asió 
la primera ocasión por los cabellos para levantar la 
voz y atraerse la atención de los comensales. 

— Ayer le he visto á Y. por la mañana en la 
carrera de San Jerónimo, Fuentes, — le dijo la con- 
desa de Cotorraso que estaba tres ó cuatro puestos 
más allá. 

— Según á lo que Y. llame mañana, condesa. 



LA ESPUMA 



271 



— Serían las once, poco más ó menos. 

— Entonces, permítame V. que lo dude , porque 
hasta las dos estoy siempre en la cama. 

— ¡ Oh, hasta las dos ! — exclamaron varios. 

— Eso ya es una exageración, Fuentes, — dijo la 
marquesa de Alcudia. 

— Pero es una exageración aristocrática, mar- 
quesa. ¿Quién se levanta primero en Madrid? Los 
barrenderos, los mozos de cuerda, los pinches de 
cocina. Un poco más tarde encontrará Y. á los hor- 
teras abriendo las tiendas, alguna vieja que va á 
oir misa, lacayos que salen á pasear los caballos, 
etcétera, etc. Luego empiezan á salir los empleadi- 
tos de las casas de comercio y los escribientes de 
las oficinas del Estado que llevan todo el peso 
de ellas, las modistillas, etc., etc. A las once ya 
hallará Y. gente más distinguida, oficiales del ejér- 
cito, estudiantes, empleados de tres mil pesetas, 
corredores de comercio , etc. A las doce comienzan 
á salir los peces gordos, los jefes de negociado, los 
banqueros, algunos propietarios; pero sólo después 
de las dos de la tarde podrá Y. ver en la calle á los 
ministros, á los directores generales, á los títulos de 
Castilla, á los grandes literatos. .. 

Los comensales escuchaban embelesados aquella 
ingeniosa defensa de la pereza y se creían en el 
caso de reírse y decirse unos á otros por lo bajo: 

— ¡ Este Fuentes ! ¡ oh ! ¡ este Fuentes tiene la 
gracia de Dios ! 

Y alguno, por el placer de oirle nada más, le 
llevaba la contraria. 

— Pero hombre: ¿habrá nada más agradable que 



272 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



levantarse por la mañana á respirar el aire puro 
y bañarse con la luz del sol? 

— Prefiero bañarme en agua tibia con una bote- 
Hita de Kananga. 

— ¿Me negará Y. que el sol es hermoso? 

— Es hermoso, pero un poco cursilón. Yo no 
digo que allá al principio del mundo no fuese una 
cosa asombrosa, digna de verse; pero Yds. com- 
prenderán que ahora está anticuado. ¿Hay nada 
más ridículo en una época tan positivista como la 
presente que llamarse Febo y gastar cabellera de 
oro? Además, el sol no tiene mérito alguno intrín- 
seco: está ahí ardiendo porque Dios lo ha puesto; 
pero la luz del gas , la luz eléctrica representan 
el esfuerzo de un hombre de genio, es el triunfo 
de la inteligencia, hace recordar nuestro poder 
sobre la materia , la soberanía del espíritu en todo 
el Universo . . . Luego — añadió bajando un poco la 
voz,- — al sol se le puede ver sin que cueste dinero, 
y yo siempre he aborrecido los espectáculos gratis. 

Los comensales no cesaban de reir. Fuentes, 
animado por aquellas risas, se desbordaba en para- 
dojas, en frases ingeniosas y sutiles, cayendo á ojos 
vistas en el amaneramiento. Le pasaba lo que á los 
grandes actores demasiado aplaudidos : no sabía 
contenerse á tiempo y entraba al fin en el terreno 
de la extravagancia. De aquí á lo insulso no hay 
más que un paso, y Fuentes lo daba con frecuencia. 

El conde de Cotorraso persistía en defender al 
astro del día para excitar el ingenio de su detrac- 
tor. El sol era quien animaba la Naturaleza, quien 
calentaba nuestro cuerpo aterido, etc. 



LA ESPUMA 



273 



— Eso de que el sol produzca animación, lo niego, 
— replicaba Fuentes;- — Madrid está mucho más 
animado por la noche que por el día , y para calen- 
tarme prefiero el cok, que no ocasiona tabardillos... 
Vamos á ver, conde, fíjese bien: ¿qué mérito puede 
tener una cosa que á la fuerza ha de ver siempre su 
lacayo primero que usted? 

Como alguien dijera riendo que Fuentes tenía 
buena sombra , éste replicó vivamente : 

— ¿Lo ve Y., conde? Hasta para decir que un 
hombre tiene gracia se dice que tiene buena sombra. 
A nadie se le ocurre decir que tiene buen sol. 

Y con motivo de las sombras se habló de la del 
manzanillo. La marquesa de Ujo preguntó al me- 
jicano, marido de Lola, si en su país había man- 
zanillos. Ballesteros, que así se llamaba, replicó que 
no, pero que había visto muchos en el Brasil. La 
marquesa se informó con viva curiosidad de las 
particularidades del árbol; pero quedó sumamente 
disgustada cuando el mejicano le dijo que la- som- 
bra no mataba y que sólo su fruto desprendía un 
agua corrosiva. 

— ¿De modo que durmiendo debajo de él no se 
muere ? 

— Señora, yo no he dormido ¿sabe?; pero he al- 
morsado con varios amigo debaho de uno y no nos 
ha pasao ná . 

— Entonces, ¿cómo se suicida Sélika en La Afri- 
cana acostándose á la sombra de ese árbol? 

— Eso es una patraña, una invensión de los poeta 
¿sabe? Será una cosa bonita, pero no tiene nada de 
verdá. 



18 



274 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La marquesa, desencantada por aquel dato rea- 
lista, no quiso salir de su poética creencia y arguyo 
que tal vez los manzanillos de la India fuesen dis- 
tintos de los del Brasil. 

Hablóse de las producciones de Méjico. 

— ¿Es verdad que Y. posee ochocientas mil vacas, 
Ballesteros? — preguntó Clementina. 

— ¡Oh, señora; eso es una exagerasión! A lo sumo 
que llegará mi rebaño es á tresientas mil. 

— Si fuesen mías, — dijo Fuentes, — construiría 
un estanque mayor que el del Retiro, lo llenaría de 
leche y navegaría por él. 

— Nosotro no utilisamo la leche, señor, ni la 
manteca tampoco. La carne alguna vese la conver- 
timo en tasaho ¿sabe? y la esportamo. Mas por lo 
regulá solo sacamo partido de las piele ¿sabe? Los 
cuerno también los vendemo para la fabricasión de 
los objeto de asta. 

— ¡Que te quemas! ¡que te quemas! — -exclamó 
Pepe Castro por lo bajo. 

Pero no tanto que no lo oyese Jiménez Arbós, 
que estaba del otro lado de Pepa Frías, y no le 
acometiese un acceso de risa que procuró con todas 
sus fuerzas sofocar. 

— Anda , barbiana , alárgame ese frasquito de 
mostaza, — dijo Pepa Frías dirigiéndose á Clemen- 
tina para disimular también la risa que le había 
acometido. 

— Bajbiana, bajbiana... ¿Qué es que bajbiana? — 
preguntó la baronesa de Rag á Osorio en su afán de 
aprender pronto el español. 

Este se apresuró á explicárselo como pudo. 



LA ESPUMA 



275 



Pepa hablaba ele vez en cuando por lo bajo con 
Jiménez Arbós : solían ser algunas frases rápidas 
que probaban la inteligencia en que estaban y al 
mismo tiempo el deseo de mostrarse prudentes. La 
conversación con Pepe Castro, que tenía á su iz- 
quierda, era más animada. 

— ¿Por qué no aconseja Y. á Arbós que coma 
más carne? — le preguntaba el lechuguino al oído. 

— ¿Para qué? 

— Para lo que se come carne generalmente; para 
nutrirse y adquirir fuerzas con que soportar las 
fatigas que nuestros deberes nos imponen. 

— ¡ Ya ! — exclamó la viuda con entonación iró- 
nica. — Mire Y. por sí y deje á los demás arreglar 
sus cuentas como Dios les dé á entender. 

— Ya ve Y. que procuro nutrirme. 

— Sí, pero que vaya un poco también al cerebro, 
porque el día menos pensado se cae Y. en la calle 
de tonto. 

- — ¿Se ha ofendido Y.? — preguntó riendo el ele- 
gante como si hubiese dicho la cosa más descabe- 
llada del mundo. 

— No , hombre , no : es que lo creo así. No en- 
tiendo cómo Clementina puede sufrir semejante 
narciso. 

— ¡ Chis , chis ! ¡ Prudencia , Pepa , prudencia ! — 
exclamó Castro con susto, levantando los ojos hacia 
su querida. 

— ¿Sabe Y. que disimula muy bien? No la he 
visto dirigirle á Y. una sola mirada hasta ahora. 

Castro, que hacía días estaba un poco despechado 
por la frialdad de su dueño, sonrió forzadamente 



276 



ARMANDO PALACIO VALUES 



frunciendo en seguida el entrecejo. A Pepa no le 
pasó inadvertido este gesto. 

— Mire Y. qué cara tan nublada tiene en este 
momento Osorio. ¡Inspira horror! Y toda la culpa 
la tiene Y., picaro. 

— ¡Yo! Nada de eso: deben de ser cuestiones de 
guita las que le ponen tan amarillo. Me han dicho 
que está arruinado ó muy próximo á arruinarse. 

Pepa se estremeció visiblemente. 

— ¿Qué dice Y.? ¿Por dónde ha sabido Y. eso? 

— Pues me lo han dicho ya varios. 

La viuda se volvió bruscamente hacia Jiménez 
Arbós sin ocultar su agitación y le preguntó en voz 
baja y alterada : 

— ¿Ha oído Y. algo de que Osorio esté arruinado? 
■ — Sí, lo he oído. Osorio viene jugando á la baja 

hace tiempo y los fondos se empeñan en subir,- — • 
respondió el estadista levantando la cabeza con un 
gesto petulante propio del pavo real. 

En el tono con que pronunció estas palabras se 
advertía satisfacción. Para un ministro, jugar á la 
baja es siempre un crimen digno de castigo. 

— Yo no sé lo que tendrá comprometido en esta 
liquidación; pero si es mucho está perdido, porque 
el consolidado ha subido un entero; y si se empeña 
en no liquidar inmediatamente, á fin de mes puede 
tener muy bien dos enteros de alza. 

Todo el buen humor de Pepa había desaparecido 
de repente. Bajó la cabeza y dejó caer el tenedor 
sin ánimo para concluir el trozo de jamón de York 
que se había puesto. El ministro, observando su 
silencio y su tristeza , le preguntó : 



LA ESPUMA 



277 



■ — ¿Tendría V., por casualidad, fondos en su 
poder? 

— Por casualidad, no... ¡por estupidez mía! Tiene 
en su mano casi toda mi fortuna. 

— ¡ Olí diablo, diablo! 

— Se me está haciendo rejalgar en el cuerpo lo 
que he comido. Creo que me voy á poner mala, — 
dijo la viuda poniéndose realmente pálida. 




Arbós hizo esfuerzos por tranquilizarla. Tal vez 
no fuese cierto todo. En las ruinas como en las 
fortunas improvisadas se exagera siempre mucho. 
Además, si algún compromiso había sagrado para 
Osorio debía de ser el de ella, una dama que le confía 
su dinero por pura amistad. 

Aunque hablaban en falsete , sus fisonomías gra- 
ves y sus ademanes decididos llamaron la atención 
del general Patiño, el cual, con admirable penetra- 
ción, dijo á la marquesa de Ujo : 

— Mire V. á Pepa y á Arbós: hay nube de verano 



278 



ARMANDO PALACIO YALDÉS 



entre ellos. ¡Qué hermoso es "el amor hasta en sus 
fugaces tormentas ! 

Mientras tanto los condes de Cotorraso, Lola Ma- 
dariaga, Clementina y los barones de Bag hablaban 
del arsénico como medicamento para engordar y 
poner terso y brillante el cutis. Lola Madariaga era 
la primera vez que lo oía y se mostraba llena de 
júbilo, y anunciaba que iba inmediatamente á ensa- 
yar la virtud milagrosa del veneno. 

— ¡Dios mío , Lolita ! — exclamó Fuentes. — Si 
usted, como es ahora, causa tales estragos en los co- 
razones masculinos , ¡ qué va á sucede'r cuando lleve 
cuatro ó cinco meses con un régimen de arsénico ! 
Señor Ballesteros , no consienta Y. que lo tome : es 
tratarnos con demasiada crueldad. 

— -Vamos, amigo Fuentes, — repuso la graciosa 
morena dirigiendo una mirada insinuante á Castro, 
porque se le había metido en la cabeza arrancárselo 
á Clementina , — ¿me quiere V. tomar el pelo? 

— ¡ Tomaj el pelo !... ¿qué es que tomaj el pelo"? — - 
preguntó la baronesa de Bag á Osorio. 

A esta baronesa la estaba desvistiendo con la ima- 
ginación Bonifacio, contemplándola desde lejos sin 
pestañear. Hacía días que había comprado entre 
otras fotografías obscenas la de una mujer desnuda 
meciéndose en una hamaca. Se le antojaba que la 
baronesa se parecía mucho á aquella mujer y tra- 
taba de averiguar, por medio de un prolijo examen 
exterior, si interiormente guardaría la misma se- 
mejanza. 

Terminó al fin la comida no sin dedicar, por su- 
puesto, un buen rato de conversación al teatro Beal, 



LA ESPUMA 



279 



á Gayarre y á la Tosti. No la hubieran digerido 
bien si les faltase. El café, como era costumbre en 
casa de Osorio, se sirvió en el mismo comedor. 
Luego, las señoras con algunos hombres se fueron al 
salón; otros se quedaron fumando, pero no tardaron 
en ir á reunirse con los demás. Hacía allí un calor 
insufrible. 

Pepe Castro aprovechó la confusión de la salida 
para preguntar á Clementina : 

— ¿Cómo no has ido esta mañana? 
Clementina detuvo el paso, le miró con sonrisa 

protectora. 

— ¿Esta mañana?. . . No sé. 

— ¿Cómo no sabes? — dijo frunciendo su augusta 
frente el real mozo. 

— No sé; no sé, — y dió un paso para alejarse sin 
dejar de sonreír con un leve matiz de burla. 

— ¿Y mañana irás? 

— Veremos, — respondió alejándose. 

Castro sintió aquella sonrisa como un golpe en 
medio del pecho. Se mordió el labio inferior y mur- 
muró : — ¿Coqueteamos, eh? ¡Ya me las pagarás, 
hermosa ! 

En el salón había ya algunas personas, entre ellas 
Ramón Maldonado y la hija de Pepa Frías con su 
marido. En otro saloncito contiguo estaban prepa- 
radas hasta seis mesas de tresillo. Algunos se sen- 
taron desde luego á jugar. Otros esperaron á que 
llegasen los compañeros de costumbre. No tardaron, 
en efecto, en poblarse entrambos salones. Llegó don 
Julián Calderón con Mariana y Esperancita , Cobo 
Ramírez con León Guzmán y otros tres ó cuatro 



280 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pollastres , el general Pallares , los marqueses ele 
Veneros y otras varias personas, entre las cuales 
predominaban los banqueros y hombres ele negocios. 

Uno de los últimos en llegar fué el duque ele 
Requena, á quien se hizo la misma acogida ruidosa 
y lisonjera que en todas partes. Entró jadeando, 
fumando, escupiendo, con la seguridad insolente de 
ser respetado que su inmensa fortuna le había hecho 
adquirir. Hablaba poco, reía menos; emitía sus opi- 
niones con rudeza y 
se dejaba adorar del 
corro de señoras que 
le rodeaba. Tenía las 
mejillas más amora- 
tadas que nunca, los 
ojos sanguinolentos, 
los labios negros; es- 
taba tan feo, que 
Fuentes dijo á Pinedo 
y á Jiménez Arbós se- 
ñalándole : 

— Ahí tienen uste- 
des al diablo recibien- 
do á sus brujas en el 
aquelarre de los sá- 
bados. 

Se le invitó á jugar 
al tresillo como siem- 
pre; pero rehusó. Había visto á dos banqueros á 
quienes quería pescar para su negocio de la mina 
de Eiosa. Además le convenía hacer la corte á Ji- 
ménez Arbós algunos momentos. Ya había conse- 




LA ESPUMA 



281 



guido que la mina saliese á subasta con todos sus 
accesorios de montes y pertenencias. En la Gaceta 
había salido el anuncio. La compañía para comprarla 
estaba ya formada; pero entre los socios había des- 
avenencia , porque unos pretendían comprarla al 
contado (entre ellos estaba Salabert) y otros' que- 
rían aprovechar los diez plazos que el Gobierno 
concedía. La diferencia en la tasación de una á otra 
forma, era enorme. 

El duque se acercó á Biggs, el representante de 
una casa inglesa que entraba con una parte muy 
considerable en la compañía y que capitaneaba el 
partido de la compra á plazos; le echó familiar- 
mente el brazo sobre el hombro y le llevó al hueco 
de un balcón , dicióndole con rudeza : 

- — -¿Conque ustedes empeñados en que nos arrui- 
nemos? 

Y comenzó á tratar el asunto con una franqueza 
que desconcertó al inglés. Este respondía á las sali- 
das brutales del duque con razonamientos corteses y 
suaves, sonriendo siempre benévolamente. El duque 
acentuaba su rudeza, que en el fondo era muy 
diplomática. 

— Yo no tengo gana de tirar mi dinero. Me ha 
costado mucho trabajo adquirirlo, ¿sabe Y.? Proba- 
blemente, al fin y al cabo, me veré obligado á cor- 
tar por lo sano, separándome del negocio. 

— Señor duque , yo no tengo culpa , — respondía 
Biggs con marcado acento inglés. — He recibido ins- 
trucciones. 

— Las instrucciones son dadas según los consejos 
de un zorro viejo que hay en Madrid. 



282 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Oh, señor duque! — exclamó Biggs riendo, — 
no hay sorro vieco, no. 

Y la discusión continuó sin que el banquero espa- 
ñol pudiese obtener nada del inglés, pero dejándole 
bastante preocupado. 

Pepa Frías, vivamente agitada, hablaba aparte 
con Jiménez Arbós, después de haberse enterado, 
preguntando á algunos banqueros, de que los nego- 
cios de Osorio no marchaban bien. No obstante, 
todos le suponían con medios de hacer frente á sus 
compromisos : su capital era grande , y, aunque en 
las últimas liquidaciones de Bolsa había experimen- 
tado pérdidas fuertes, no creían que eran lo bas- 
tante para producir una quiebra. Hay que advertir 
que ninguno de aquellos señores operaba sobre dife- 
rencias como Osorio. Este se había enviciado, y, á 
pesar de las advertencias de sus amigos y compañe- 
ros, no podía vencer aquella pasión del juego, que 
tarde ó temprano había de conducirle á la ruina. 
Pepa le observaba disimuladamente, y con la pene- 
tración maravillosa de las mujeres adivinaba debajo 
de su exterior frío, tranquilo, mucha mar de fondo. 
Mientras Arbós procuraba tranquilizarla con frase 
correcta, atildada (ni aun hablando á su querida 
prescindía de las formas oratorias), la viuda medi- 
taba un plan salvador. Este plan consistía en dar la 
voz de alarma á Clementina y arrancarla la promesa 
de librar sus fondos de la quema, si es que la había, 
apelando á su propio dote. Fiando mucho en su 
diplomacia y en el temperamento desprendido de su 
amiga, serenóse un poco. Arbós tuvo ocasión una 
vez más, viendo acudir la calma á su rostro, de pe- 



LA ESPUMA 



283 



netrarse de las excepcionales dotes persuasivas con 
que la providencia de Dios le había favorecido. 

Pepa tuvo ánimos para sentarse á jugar al tresillo 
con Clementina , Pinedo y Arbós. Al cruzar el salón 
grande vio sentados en un rincón á su hija y á su 
yerno en la actitud de dos tórtolas enamoradas. 
Acercóse á ellos, y, como no había logrado barrer 
de su espíritu la preocupación, hablóles con cierta 
aspereza. 

— ¡ Ayer os mandabais cartitas y hoy hay que 
traer agua caliente para despegaros! Por lo visto, 
hijos, tomáis el matrimonio á turno impar... Vamos, 
vamos, separaos que no está bien aparecer tan sobo- 
nes delante de gente. 

Emilio se sintió herido por aquel tono autorita- 
rio, y con las mejillas encendidas iba á contestar 
una descantada á su suegra; pero ésta pasó de largo 
entrando en la sala de tresillo. Así y todo, quedó 
murmurando pestes, diciendo que él no había aguan- 
tado jamás ancas de nadie y que menos las aguanta- 
ría ahora de su suegra, con otra porción de frases 
igualmente enérgicas que derramaron la tristeza por 
el rostro de Irenita y hubieran concluido por ha- 
cerla llorar, si él, volviendo en su acuerdo, no le 
hubiera regalado un pellizquito en el brazo muy 
sentido y amoroso, rogándole al propio tiempo que 
le diese la mitad de la pastilla de menta que su 
linda mujer cita tenía en la boca. Con esto volvieron 
á arrullarse como si estuvieran en una selva virgen 
y no en el hotel de Osorio. 

Un grupo de cinco ó seis niñas , entre las cuales 
estaba Esperancita , hablaba animadamente con al- 



284 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gnnos pollastres. Cobo Ramírez y nuestro inteli- 
gente amigo Ramoncito Maldonado, eran dos de 
ellos. Difícil es exponer las ideas que entre aquella 
florida juventud se cambiaban. Todas debían de ser 
muy finas, muy alegres, muy intencionadas, á juzgar 
por la algazara que producían. Sin embargo, apli- 
cando el oído , se observaba pronto que los gestos 
de las niñas, aquel levantar de ojos, aquel agitar 
la cabeza, aquel mirar picaresco, aquel romper en 
sonoras carcajadas , no correspondían exactamente 
á las palabras que se pronunciaban. Decía un pollo 
verbigracia : 

— Manolita; ayer la he visto á Y. en San José 
confesando con el padre Ortega. 

La interesada reía con un gozo extremado. 

— ¡No es verdad, Paco, no me lia visto Y.! 
Decía otro : 

— Pilar, ¿dónde compra Y. esos abanicos tan 
monísimos? 

Pilar prorrumpía en carcajadas. 
■ — ¡Qué guasón! Y ¿dónde ha comprado Y. aquel 
perro tan feo que llevaba Y. hoy en el paseo? 

— Feo, sí; pero gracioso. Confiéselo Y. 

Tales frases hacían desbordar la alegría de aque- 
llos pechos juveniles. Se hablaba recio, se reía más 
aún, se gesticulaba. Las niñas, sobre todo, parecía 
que tenían azogue, mostrando sin cesar las dos filas 
de sus dientes cuando los tenían bonitos ó tapán- 
doselos con el abanico cuando no eran presentables. 
Pero, sobre todo, lo que alborotó el grupo y levantó 
más tempestad de carcajadas, fué una contestación 
de León Guzmán. Manolita , una chatilla de ojos 



LA ESPUMA 



285 



negros y boca grande con dientes preciosos , pre- 
guntó á León qué hora era. Este, sacando el reloj, 
respondió que las diez y cuarto. El reloj del conde 
estaba parado: eran ya cerca de las doce. Esta equi- 
vocación hizo gozar vivamente á las niñas. Manolita, 
sobre todo, quería desvestirse de risa: cuanto más 
hacía para reprimir el flujo de sus carcajadas, con 
más ímpetu salían á su boca fresca y húmeda. 

Indudablemente , en las frases , en la apariencia 
vulgares y hasta estúpidas de los pollos, debe de 
existir un fondo de humorismo tan profundo como 
vivo, que sólo las jóvenes de quince á veinte años 
son capaces de recoger y gustar. 

Pero León Guzmán, una vez sosegada la risa, 
pudo con maña retirarse un poco y entablar conver- 
sación aparte con Esperancita. Esto llenó de dolor y 
sobresalto á Ramón. Hacía días que venía obser- 
vando que el conde de Agreda miraba con buenos 
ojos á su dueño adorado. Considerábale más temible 
que á Cobo, por ser hombre de brillante posición. 
Cobo, según lo que veía, no adelantaba un paso, 
lo cual le tranquilizaba. Pero el asunto cambiaba 
ahora de aspecto. Por eso ya no tomaba parte en la 
alegría del grupo y dirigía á la pareja unos ojos de 
carnero que despertaban lástima. Sin embargo, la 
niña , á su gran satisfacción , no se mostraba dema- 
siado amable con el conde ; parecía preocupada, 
triste , y dirigía frecuentes y rápidas miradas hacia 
el sitio donde el propio Ramón estaba. Verdad que 
detrás de él, en un diván, se hallaban sentados Pepe 
Castro y Lola Madariaga, charlando con gran ani- 
mación; pero el concejal no se hizo cargo de esto. 



286 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Cuajido León se levantó, Ramoncito le llevó aparte 
á un rincón y le dió con frase sentida sus quejas. 
Debía de saber que él, Maldonado, bacía tiempo que 
obsequiaba á Esperanza , que estaba enamorado de 
ella perdidamente. Sentía en el alma que un amigo 
tan íntimo le viniese á nacer daño. Recordóle con 
enternecimiento la infancia, sus juegos, el colegio: 
concluyó por suplicarle con voz entrecortada por la 
emoción que si no tenía un gran interés por Espe- 
rancita dejase de darle celos. León le escuchó entre 
impaciente y confuso : por librarse de él prometió 
todo lo que quiso. Luego, cuando se vió entre los 
amigos, contó la ridicula conferencia y se rió en 
grande á costa del desdichado concejal. 

El duque de Requena, después que dijo á Biggs lo 
que se proponía , se sentó á jugar al tresillo con la 
condesa de Cotorraso, el mejicano, marido de Lola, 
y el general Pallarés. Poco después bufaba lleno de 
furia porque le venían malas cartas. A pesar de su 
opulencia jugaba siempre con el mismo afán que si 
le importase mucho la pérdida ó la ganancia de unos 
cuantos duros. Si la suerte le era adversa se ponía 
de un humor endiablado, murmuraba y hasta lle- 
gaba á decir frases inconvenientes á los compañeros. 
Su hija se veía muchas veces obligada á templarle 
y á quitarle las cartas de la mano para ponerse ella 
en su lugar. 

Ahora Clementina estaba de buen talante ju- 
gando en la mesa próxima , y se reía de Pepa Frías 
porque se mostraba silenciosa y preocupada. 

— Oiga Y., Pinedo, no me acordaba ya, — dijo 
arreglando el abanico de cartas que tenía en la 



LA ESPUMA 



287 



mano, — ¿por qué tenía Y. interés esta mañana en 
hacer pasar por un santo delante de su hija al per- 
dido de Alcántara? 

— Es un secreto, — respondió el gran vividor. 

— ¡ Que se diga, que se diga! — exclamaron á un 
tiempo Pepa y Clementina. 

Se hizo de rogar un poco. Al fin, obligándoles á 
prometer antes que lo guardarían fielmente, les dijo 
que, habiendo observado en las niñas tendencia se- 
ñalada á enamorarse de los calaveras, de los vagos, 
de los malvados, y á rechazar á los hombres laborio- 
sos y formales, para que su hija no cayera en poder 
de alguno de aquéllos invertía las referencias que le 
hacía de cada cual. Cuando pasaba á su lado un 
chico honrado y trabajador, le ponía de loco y de 
perdido que no había por donde cogerlo; si, por el 
contrario, pasaba uno que mereciese en realidad tales 
dictados, como Alcántara, se hacía lenguas de el. 

Pepa, Clementina y Arbós suspendieron el juego 
para escuchar sonrientes aquel singular relato. 

— ¿Y produce efecto el procedimiento? — pre- 
guntó el ministro. 

— Hasta ahora admirable. Jamás se le ocurre á mi 
hija mentar en la conversación á los que yo le doy 
por buenos muchachos. En cambio, ¡ cuántas veces 
me dice muy risueña!: «¿Sabes, papá, que hoy he 
visto á aquel amigo tuyo tan perdis? No se puede 
negar que tiene cierta gracia en la cara y que pa- 
rece un chico fino. ¡Es lástima que no formalice!» 

En aquel momento, Cobo Ramírez, que andaba 
por allí resoplando como un buey cansado, se acercó 
á la mesa y quiso saber de qué se reían. No le fué 



288 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



posible arrancarles el secreto. Pinedo les hizo mía 
seña prohibitiva porque tenía mucho miedo á su 
lengua. También Pepe Castro, harto de dar celos á 
Clementina con su amiga Lola, sin que aquélla pa- 
reciese siquiera advertirlo, se levantó y se fué apro- 
ximando silenciosamente afectando melancolía. Se 
puso detrás de Pepa Frías y apoyó los brazos en el 
respaldo de la silla. La viuda estaba tan escandalo- 
samente descotada que en aquella actitud se podía 
ver más de lo que la decencia permite. 

— ¡No vale mirar, Pepe! — exclamó Cobo con ma- 
ligna sonrisa. 

— Miro las cartas, — respondió aquél. 

— ¡ Vamos, no sea V. desvergonzado, Cobo ! — dijo 
Pepa dándole con ellas en las narices y volviéndose 
á Castro: 

— Quítese de ahí, Pepe. No quiero que se me 
contemple á vista de pájaro. 

Fuentes se acercó para despedirse. 

— ¿No toma chocolate? — le preguntó Clementina 
dándole la mano. 

— ¿Cómo quiere V. que tome chocolate un hom- 
bre á quien le acaban de descerrajar un soneto á 
quema ropa? 

— ¿Mariscal? 

— El mismo. En el comedor y á traición. 

Mariscal era un joven poeta, empleado en el Mi- 
nisterio de Ultramar, que hacía sonetos á la Virgen 
y odas á las duquesas. 

— Pero ya me he vengado como un marroquí , — 
siguió. — Le he presentado al conde de Cotorraso 
que le está dando una conferencia sobre los acei- 



LA 'ESPUMA 



289 



tes. Miren ustedes qué cara de sufrimiento tiene el 
pobre. 

Los tresillistas volvieron la cabeza. Allá en un 
rincón estaban, en efecto, los dos. El conde hablaba 
con calor y le tenía cogido por la solapa según su 
costumbre. El desgraciado poeta, con el rostro con- 
traído, echando miradas de socorro á todas partes, 
se dejaba sacudir como un hombre á quien conducen 
á la cárcel. 

— Arbós, ¿no cree Y. que he llevado mi venganza 
demasiado lejos? 

Para no destruir el efecto de su frase se marchó 
bruscamente. Todas las noches recorría dos ó tres 
tertulias , donde se celebraban su gracia y sus inge- 
niosidades. 

Los criados entraban con bandejas de chocolates 
y de helados. Cobo Ramírez cogió una mesilla japo- 
nesa , la llevó á un rincón , sentóse frente á ella y se 
apercibió á engullir. 

Pepa Frías echó una mirada en torno, y, viendo 
al general Patiño acercarse, le dijo: 

— General, tome Y. estas cartas: estoy cansada 
de jugar. Dáselas tú á Pepe, Clementina , vamos un 
poco al salón. 

El general y Castro ocuparon el sitio de las 
damas. Estas se fueron al salón grande: mas antes 
de llegar á él, dijo Pepa: 

— Mira , tengo que hablarte de un asunto impor- 
tante. Yamos á otro sitio. 

Clementina la miró con sorpresa. 

— ¿Quieres que vayamos al comedor? 

— No; mejor es que subamos á tu cuarto. 

19 



290 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Volvió á mirarla con más sorpresa aún, y, alzando 
los hombros , dijo : 

— Como tú quieras. ¡ Cosa grave debe de ser ! 

Mientras subían la escalera, Clementina imagi- 
naba que su amiga iba á hablarle de Pepe Castro, 
de sus amores. Y como en realidad el asunto no le 
interesaba como antes, marchaba con cierta indi- 
ferencia no exenta de aburrimiento. Cuando se 
encontraron frente á frente en el boudoir, le dijo 
Pepa cogiéndola por las muñecas y mirándola fija- 
mente : 

— Vamos á ver, Clementina, ¿tú sabes cómo an- 
dan los negocios de tu marido? 

Fué un golpe en medio del pecho. Clementina, 
aunque sin precisión, tenía noticia de las pérdidas 
de Osorio, de su creciente y febril afán ele jugar. El 
mismo, en una explicación que con ella tuvo, la ha- 
bía amedrentado para arrancarle la firma. Además 
le veía cada día más delgado y más sombrío. Pero 
aunque se preocupaba un instante de estas cosas, el 
tren complicado de su vida de mujer elegante, ayu- 
dado por el deseo de no pensar en asuntos enfadosos, 
se las apartaban pronto de la memoria. Nunca se le 
pasó por la imaginación que tales pérdidas pudiesen 
afectar seriamente á sus comodidades, á su ostenta- 
ción, ni aun á sus caprichos. La conducta de Osorio, 
que nada le había dicho de restringir los gastos , 
daba pretexto á perseverar en esta creencia. Pero 
el gusano permanecía vivo allá en el fondo: no había 
más que hostigarle como hizo Pepa, para que royese 
lindamente . 

— ¿Los negocios de mi marido? — dijo balbu- 



LA ESPUMA 



291 



ciendo, como si no entendiese. — Yo nunca me en- 
tero... ni le pregunto. 

— Pues me han dicho que ha tenido grandes pér- 
didas en estos últimos tiempos. . . 

— Allá él , — exclamó la dama reponiéndose y 
alzando los hombros con supremo desdén. 

— Es que á ti también te puede chamuscar el pelo, 
hija mía... ¿Tienes asegurada tu dote? 

— No sé lo que es eso. . . ¿No te he dicho que no 
entiendo de negocios? 

— Pues en este asunto debieras procurar ente- 
rarte. 

— Pues yo te digo que no me preocupa nada y te 
ruego que hablemos de otra cosa. 

Clementina se mostraba más altanera y desdeñosa 
cuanta más insistencia veía en Pepa. Su orgullo, 
siempre alerta, le hacía suponer que ésta había pre- 
parado aquella conferencia para mortificarla. 

■ — Es que... querida mía, debo advertirte que tu 
marido no especula solamente con su capital, — dijo 
la viuda picada ya. 

— ¡ Ah! ¡Ya pareció aquello! Vamos, tú tienes al- 
gunos ochavos en poder de Osorio y temes perderlos, 
¿verdad? — dijo Clementina con sonrisa sarcástica, 
reprimiendo su cólera con trabajo. 

Pepa se puso pálida. Una ola de ira le subió tam- 
bién del corazón á los labios y estuvo á punto de 
echarlo todo á rodar y ponerse á reñir como una 
verdulera, para lo cual tenía dotes especialísimas ; 
pero un pensamiento interesado, un pensamiento de 
conservación la contuvo. Si rompía con su amiga, 
si la irritaba , las probabilidades de salvar su capi- 



292 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tal disminuían. Comprendió que el mejor partido 
era no excitar su naturaleza indómita y esperar que 
la amistad ó su mismo orgullo la impulsasen á la 
generosidad. Hizo un esfuerzo para reprimir sus 
ímpetus ante la mirada altiva y provocativa de su 
amiga y dijo con abatimiento: 

— Pues sí, Clementina, te lo confieso. Tu marido 
tiene en su poder lo poco que poseo. Si lo pierdo me 
quedo sin una peseta. No sé qué será de mí... Antes 
que depender de mi yerno, prefiero pedir limosna. 

• — Pedir limosna , no : te traeré á casa para acom- 
pañarme en lugar de Pascuala, — dijo con desdén 
la dama , en quien la soberbia aun no se había apa- 
ciguado. 

Pepa sintió más este flecliazo que el anterior, 
pero logró contenerse también. 

— Vamos, chica, — dijo volviendo á cogerla por 
las muñecas cariñosamente, — no me eches á la cara 
los millones. Si he venido á aburrirte con estas cosas 
es porque te tengo por mi mejor amiga. Ya sé yo 
que se exagera mucho, y que la envidia anda suelta 
por el mundo. La mayor parte de lo que cuentan 
de las pérdidas de Osorio, probablemente no será 
verdad. . . 

— Y si lo fuese, la cosa tiene muy poca importan- 
cia para mí. Figúrate que hoy mismo me ha dicho 
mi madrastra que me deja por heredera de toda su 
fortuna. 

Pepa abrió los ojos con sorpresa. 

— ¿La duquesa? ¡Oh, pues no son más que cin- 
cuenta millones de pesetas!... Creo que la pobre está 
muy enferma. . . 



LA ESPUMA 



2<J3 



— Bastante. 

La soberbia se sobreponía en aquel instante á 
todo sentimiento afectuoso en el corazón de Cle- 
mentina. Pronunció aquel bastante en un tono que 
daba frío. 

Las dos amigas, al cabo de unos minutos, se en- 
tendían perfectamente. Pepa, afectando siempre 
desenfado, adulaba de todos los modos posibles á su 
amiga, como hermosa, como rica, como elegante. 
Clementina se dejaba adular, respiraba con delicia 
aquel tufillo de incienso. En cambio prometía que 
ni un céntimo perdería Pepa de su capital. 

Bajaron la escalera cogidas por la cintura, char- 
lando como cotorras. Al llegar á la puerta del salón, 
antes de soltarse se dieron un apretado y cariñoso 
beso. Ninguna de las dos pensó que lo que las tenía 
enlazadas no eran sus propios brazos, sino los de un 
cadáver: el cadáver de una santa y generosa señora. 




ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO 



PÁGS. 

I. . . — Presentación de la farándula 5 

II. . — Más personajes 39 

III. . — La hija de Salabert 73 

IV. . — Cómo alentaba á la virtud el señor duque de 

Requena 123 

V. . . — Precipitación 165 

VI. . — Desde el Club de los Salvajes á casa de Cal- 

derón 193 

VII. — Comida y tresillo en casa de Osorio 241